suma, sigue

Francis PicabiaUntitled (Espagnole et agneau de l’apocalypse), 1927-1928.

[OTRO POCO DE CALMA, CAMARADA…]

Otro poco de calma, camarada;
un mucho inmenso, septentrional, completo,
feroz, de calma chica,
al servicio menor de cada triunfo,
y en la audaz servidumbre del fracaso.

Embriaguez te sobra, y no hay
tanta locura en la razón, como este
tu raciocionio muscular, y no hay
más racional error que tu experiencia.

Pero, hablando más claro
y pensándolo en oro, eres de acero,
a condición que no seas
tonto y rehuses
entusiasmarte por la muerte tanto
y por la vida, con tu sola tumba.

Necesario es que sepas
contener su volumen sin correr, sin afligirte,
tu realidad molecular entera
y más allá, la marcha de tus vivas
y más acá, tus mueras legendarios.

Eres de acero, como dicen,
con tal que no tiembles y no vayas
a reventar, compadre
de mi cálculo, enfático ahijado
de mis sales luminosas!

Anda, no más; resuelve,
considera tu crisis, suma, sigue,
tájala, bájala, ájala;
el destino, las energías íntimas, los catorce
versículos del pan:¡cuántos diplomas
y poderes, al borde fehaciente de tu arranque!
¡Cuánto detalle en síntesis, contigo!
¡Cuánta presión idéntica, a tus pies!
¡Cuánto rigor y cuánto patrocinio!

Es idiota
ese método de padecimiento,
esa luz modulada y virulenta,
si con sólo la calma haces señales
serias, características, fatales.

Vamos a ver, hombre;
cuéntame lo que me pasa,
que yo, aunque grite, estoy siempre a tus órdenes.

28 Nov 1937

César Vallejo: Poemas humanos, Cátedra, Madrid, 1988, pp. 240-241

 

espejos

MAX ERNST: Ci-fut une hirondelle (1927)

Y estás en alguna parte, en islas, sellada por tu propio brillo,
mientras la tierra me quema los dedos y los dedos
entran en el corazón como una quemadura y el corazón
propagado
es el incendio en la cabeza – a veces
la cabeza no sabe que los pulmones arrastran las llamaradas del mundo como un gran agujero
de voces: un rumor
de crepitaciones: una fuerza: una rapidez
entre las formas – de espejos brillando
por detrás de los rostros: y tú levantas un brazo: sacas del fondo de todo la raíz aún viva de cada cosa:
una constelación magnética entre los pies separados
– veo tu muerte en mi propio movimiento:
en la llama que corre por el paisaje,
en el paisaje
que yergues, que después abandonas a su propio espacio
de paisaje en el tiempo,
externo: atravesado por noches,
por luces, transformaciones, ideas de quien ve,
por sus desarrollos ocultos – veo
que resucito a tu lado, esa especie de estilo
o energía,
cuando casa y paisaje circulan como islas
en un torrente a la vuelta –
y entonces lo que tocas es ese mismo corazón tuyo cruzado
por imágenes lujosas: el filme encendido;
membranas del cuerpo rutilando al paso de los astros de mármol –
y tu rostro se arranca de la sombría gravedad
del fondo
de la belleza, de los poderes terrestres y el peso
de tanta profundidad: y un instante explota
de esa estrella enmarañada en mi cabeza, como
el corazón se profundiza, los dedos
tiran
de las líneas de lumbre con que se cose la tierra,
la grieta de su sangre abismada – a veces
el espejo es mi propio cuerpo,
su herida: pero entre islas, bajo
lo que circula: espuma del aire, los cometas,
en el sueño suntuoso
de animales
casi fijos, los rostros abiertos a los rayos de nuestros rostros,
a nuestros dedos que les llegan al centro del corazón –
porque todo anda dentro de mí, y el mundo
se agota
en tu movimiento entre lazos
de sangre, cabellos reluciendo, las piedras
inclinadas hacia tus lugares respiratorios: el árbol
creciendo en cada parada, con toda tu inspiración
en mi muerte, aquí, un árbol
combustible
donde la fruta centellea: paraíso de espacios múltiples
y veloces,
entrañado en mí como si yo fuese el árbol
y tú fueses un espejo que el árbol despedazase por su fuerza
y en el espejo yo, como una imagen, fuese despedazado,
brillando.

(Dedicatoria)

Herberto Helder: de O el poema continuo, Hiperión, Madrid, Trad. de Jesús Munárriz, 2006, pp.145-149

 

la literatura

Oct. 15, 1925 (New York Times)

Ahora bien, la literatura no es una cosa cerrada, ni la antigua ni la nueva; está menos cerrada que cualquier otra disciplina, por ejemplo, que la historia, la física, la biología, en las cuales cualquier nuevo conocimiento deja atrás al antiguo. No está cerrada, puesto que todo su pasado se apiña en el presente. Con la fuerza de todos los tiempos empuja contra nosotros, contra el umbral del tiempo sobre el que nos apoyamos, y su empuje, con potentes conocimientos viejos y nuevos, nos hace saber que ninguna de sus obras quería ser datada y convertida en inofensiva, sino que todas ellas contenían la condición de sustraerse a cualquier acuerdo y ordenamiento definitivos. Trato de denominar utópicas estas condiciones que residen en las propias obras.

Si estas condiciones utópicas no estuvieran en las obras, la literatura, a pesar de nuestra participación, sería un cementerio. Sólo tendríamos un depósito de coronas. En ese caso, cada obra sería sustituida y mejorada por otra, cada una de ellas sería enterrada por la siguiente.

Sin embargo, la literatura no necesita ningún panteón, no comprende la muerte, ni el cielo, ni ninguna redención, sino el más fuerte propósito de influir en el presente; en éste o en el próximo.

Pero la literatura, siempre la literatura…

Ingeborg Bachmann: La literatura como utopía, Pretextos, Valencia, Trad. de Mónica Fernández Arizmendi y Àngels Giménez Campos, 2012, pp.217-218

experiencia

REMBRANDT VAN RIJN: A Woman bathing in a Stream (1654)

R. B.- Creo que es muy importante. Creo que no hay que hacer nada, en ningún campo, más allá de la propia experiencia. Lo que se hace sin experiencia cae en el vacío.

Robert Bresson: Aspectos de la creación dramática: la adaptación, en Bresson por Bresson, entrevistas (1943-1983), Intermedio, Barcelona,Trad. de León García Jordán y Vanesa G. Cazorla, 2015 p.169

*

Como ya le he dicho, no cito a Flaubert sino que es ésta una frase que yo misma habría escrito con gusto. “Con mi mano quemada escribo sobre la naturaleza del fuego.” Pues si uno antes no se ha quemado la mano no puede escribir sobre eso.

Ingeborg Bachmann: Entrevista del 22 de marzo de 1971, en Debemos encontrar frases verdaderas. Conversaciones y entrevistas, Universidad Nacional Autónoma de México, Ciudad de México, Trad. de Ana María Cartolano, 2000, p.84

signos

 

Egon Schiele: Girasoles (1911)

Los signos del dolor

La Revolución Francesa no acabó con todas las tiranías. La muerte en la guillotina de Luis XVI no alejó a los ciudadanos ni del dolor ni de la muerte. Por el contrario, la transición entre el Antiguo y el Nuevo Régimen transformó el miedo en una forma de padecimiento que compartieron por igual testigos y víctimas. El nuevo orden no benefició a unos a expensas de otros; no hizo distinciones entre estamentos o clases; no salvaguardó a los nobles ni a la Iglesia; no discriminó entre fuerte o débiles, entre burgueses y campesinos, entre pobres y ricos, o entre mujeres, hombres o niños. Por el contrario, el sufrimiento igualó y deformó sus rostros; modificó sus gestos y expresiones; convirtió su presencia pública en un teatro de máscaras, gritos y gestos uniformes. Puesto que el dolor se comportaba, a todos los efectos, como un animal salvaje, no faltaron plumas dispuestas a escribir su historia. Pero no ya la crónica política o civil del padecimiento colectivo, sino su historia natural: la forma en la que el daño se expresaba como un fenómeno natural y, en el extremo, como el grito de la vida. De entre todas ellas, destaca la de Marc-Antoine Petit (1766-1811). Este médico y cirujano de Lyon redactó en 1799 un discurso que, en su fondo y forma, se asemejaba a la vieja tradición de la diatriba política. En su estilo rezumaba todavía la prosa del famoso Discurso que el ilustrado Buffon escribió para su Historia natural. Tenía entonces treinta y tres años:

Ciudadanos: he venido a hablaros de vuestro enemigo, del enemigo eterno del género humano, de un tirano que golpea con la misma crueldad a la infancia y a la vejez, al débil y al fuerte, que no respeta ni los talentos ni los rangos, que jamás se detiene ni ante el sexo ni ante la edad; que no tiene amigos a los que perdonar ni esclavos a los que favorecer, que aflige a sus víctimas delante de sus amigos, en el seno de sus placeres; que no teme el resplandor del día más que el silencio de la noche; contra quien la anticipación es vana y la defensa tanto menos segura cuanto que parece armarse contra nosotros con todas las fuerzas de su naturaleza.

Algunos años antes, en 1793, la Convención había ordenado de la destrucción de Lyon, una ciudad que los jacobinos consideraban un reducto realista. Bajo el lema «Lyon ya no existe», unas mil ochocientas personas fueron asesinadas por las denominadas mitraillades, descargas de mosquetes disparadas a discreción contra la población civil; otras muchas fueron ejecutadas en la guillotina. Los cuerpos caían al suelo con la misma facilidad con la que se derrumbaban los edificios de la segunda ciudad más importante de Francia. O al revés: los muros cedían como se quiebran los huesos de las estructuras anatómicas. Aunque la comparación provenía de los teóricos del Nuevo Régimen, no pasó inadvertida al cirujano Petit. En 1796, tan solo tres años después de las masacres, pronunció un nuevo discurso en la apertura del curso de Anatomía y Cirugía del Hôtel-Dieu sobre la influencia de la Revolución en la sanidad pública: «Las revoluciones son a los cuerpos políticos sobre los que actúan lo mismo que los medicamentos a los cuerpos humanos alterados sobre los que deben restablecer la armonía», escribió. Tanto en relación con el organismo fisiológico como con el cuerpo político, el restablecimiento de la salud debía ir siempre precedido de una sensación lesiva. A su juicio, el mismo sufrimiento, ya fuera físico o político, que atenazaba a la humanidad, no solo constituía el signo de una enfermedad, sino también la primera manifestación de su remedio.

Javier Moscoso: Historia cultural del dolor, Taurus, Madrid, 2011, pp.127-128

en el pensamiento

Dora Maar: Modelo en bañador (1936)

Creo que lo que reprocho a los libros, en general es eso: que no son libres. Se ve a través de la escritura: están fabricados, están organizados, reglamentados, diríase que conformes. Una función de revisión que el escritor desempeña con frecuencia consigo mismo. El escritor, entonces, se convierte en su propio policía. Entiendo, por tal, la búsqueda de la forma correcta, es decir, de la forma más habitual, la más clara y la más inofensiva. Sigue habiendo generaciones muertas que hacen libros pudibundos. Incluso jóvenes: libros encantadores, sin poso alguno, sin noche. Sin silencio. Dicho de otro modo: sin auténtico autor. Libros de un día, de entretenimiento, de viaje. Pero no libros que se incrusten en el pensamiento y que hablen del duelo profundo de toda vida, el lugar común de todo pensamiento.

No sé qué es un libro. Nadie lo sabe. Pero cuando hay uno, lo sabemos. Y cuando no hay nada, lo sabemos como sabemos que existimos, no muertos todavía.

Marguerite Duras: Escribir, Tusquets, Barcelona, Trad. de Ana María Moix, 2009, p.36

desplazamiento

Max Ernst. Deux Oiseaux (1926)

Sé de memoria
esos desconocidos caminos
que puedo recorrer
con los ojos cerrados

Mis movimientos
no tienen la gracia axiomática
del pez en el agua

del buitre y del tigre

parecen desordenados
como todo lo que se ve
por primera vez

Me siento obligado a inventarme
un modo propio de desplazamiento
de respiración
de existencia

en un mundo que no es ni agua
ni aire, ni tierra, ni fuego

cómo saber de antemano
si uno ha de nadar
volar, caminar o arder

Al inventar el quinto elemento
el sexto
me veo obligado a revisar mis tics
mis costumbres, mis certezas

pues pretender pasar de una vida acuática
a otra terrestre
sin modificar el funcionamiento
del aparato respiratorio
es la muerte

*

Je connais par cœur
ces chemins inconnus
je peux les parcourir
les yeux fermés

Mes mouvements
n’ont pas la grâce axiomatique
du poison dans l’eau

du vautour et du tigre

ils paraissent désordonnés
comme tout ce qu’on voit
pour la première fois

Je suis obligé d’inventer
une façon de me déplacer
de respirer
d’exister

dans un monde qui n’est ni eau
ni air, ni terre, ni feu

comment savoir d’avance
si l’on doit nager
voler, marcher ou brûler

En inventant le cinquième élément
le sixième
je suis obligé de réviser mes tics
mes habitudes, mes certitudes

car vouloir passer d’une vie aquatique
à une vie terrestre
sans changer la destination
des son appareil respiratoire
c’est la mort

Gherasim Luca: fragmento de El inventor del amor, La poesía, señor hidalgo, Barcelona, Trad. de Eugenio Castro, 2007, pp.24-27