dar el tiempo al trabajo

Delhy Tejero: Trinos (detalle) 1967

Miércoles 2-agosto-1939

(…) Escribir corrigiendo dos o más veces, todo lo [que] sea necesario hasta sintetizar. Y pintar sintetizando también. Matisse casi lo ha conseguido, es un gran artista. Cuando se pierde la habitudine di laborare los primeros días no hay más que adquirirla, sentarse a esperar a que venga, proponérse[lo] es dar el tiempo al trabajo, no a otra cosa, hasta que llegue.

El arte occidental se diferencia por el deseo infinito, ilimitado de romper, abrir. Por eso es la perspectiva, los muros con el gran paisaje, con fondo; los techos en perspectivas profundas.

Delhy Tejero: de 1938-1939 En Roma en París, en Los Cuadernines (Diarios 1936-1968), Eolas ediciones, León, p. 214

de un corazón a otro

Ángeles Santos: Un mundo (1929)

Prólogo del tiempo que no está en sí

I

Nada estaba previsto.
Todo era inminente.

II

Un día después de un tiempo inmemorial,
mientras el cielo se movía de pie,
de un ojo a otro;
y se pensaba de un corazón a otro
en las ciudades,

el orden del vacío preparaba
una palabra que no sabía su nombre.

(La palabra, aquella, del tamaño del aire).

III

También, potencia descansada, el viento,
alzado tumbador de estrellas,
desde el trueno que escucho sin memoria
esclarecer para contar sus ángeles,
rasgaba los templos ardorosos.

IV

También un toro, sí, también un toro pálido
tenía la cara terrenal
y con su grande uña cardial golpeaba el mundo.

V

Los ríos conjugándose, ordenándose en sílabas de agua,
trasoían su límite de peces y de fuego.

VI

Apenas se escribían los frutos y los niños,
con el palote antiguo que reunía los verbos
antes en libertad, acéfalos, sin vías
en la ruta de una mañana eterna.

VII

La noche se soñaba su figura de mayo.
¿Cómo sería su verde partiendo de las hojas?
¿Cómo sería su verde ya cercano
a tan claro designio de laureles
y razonado en pétalo profundo?

Quería una palabra para escuchar su color en la noche.

VIII

Los ángeles buscaban un cuerpo para el llanto,
con el sexo menor posado en una lámpara,
y su peinado, apenas pronombre de las olas.

IX

Las islas navegaban rumbo un pueblo de cobre,
madurando en peceras su sol de porcelana,
mas noche y día las encontró en la arena,
con el oído al pie de la colmena,
y con sus musgos dando su lámpara ordenada

X

Más allá de su arrullo, a un año de sus vísceras amadas,
el arpa desataba su sonrisa, sus tálamos nacientes.
Era ya necesario organizarle la cuerda
y la estatura que crecían a la altura del álamo;
pronto entraría

en sus obligaciones de armonía.

XI

Allá en su edad,
-seca, sin fin memoria de la nieve-
el frío creaba su niñez.
Nadie sabía si era un quelonio mortal,
o el corazón sin fecha de un anillo perenne.

Todos lo amaban y lo confundían
con su asonancia de oro sembrado en el desierto.

Ya lo anunciaba la ciudad llena de cosas jóvenes.
Un día vendría el relámpago a soplarle los hombros,
un huracán liviano lo llevaría consigo;
desde entonces el frío resonaría
con los que lo olvidaron hace siglos,
hace nueve sollozos de abejas insepultas.

XII

El océano sólo era una larga presencia de caballo
alrededor del mundo,

y el caballo era, apenas, un labio descifrado
y perdido de súbito,

sal,
víspera del agua,
ingrávida y solemne.

XIII

Los cristales designaban unánimes costumbres y gestiones:
el humilde epídoto trepaba por el cuarzo
con gecónida pata;

y el cistal de roca en su perímetro oscilante,
rehuía los contactos con el hierro,
y al pasar por coléricos destellos,

se afirmaba sin mancha.

XIV

Corderillos adentro, mariposas adentro,
dándole honor al polvo,
colmándolo de azules convenciones y seres imprevistos,
se fundaba la gracia carnal de las ciudades.

XV

La abeja resumía en su seno de virgen prematura,
la abreviada dulzura de un padre inagotable.

XVI

Era la paz primera que nadie repetía.

Andaba ya un gran hueso buscándose al oído,
de la mañana al bronce, de la noche a los ciervos.

XVII

Era la infancia de Dios,
cuando hablaba con una sola sílaba,

y seguía
creciendo en secreto.

Eunice Odio: El tránsito de fuego, ediciones Sin Fin, Barcelona, 2019, pp. 45-49.

el sonido de las palabras

Max Ernst: The Entire City (hacia 1935)

LA HOGUERA

A veces había una hoguera y yo me adentraba en ella
y salía ileso de ella y seguía mi camino,
y para mí era otra cosa más que había hecho.
Lo de apagar la hoguera se lo dejaba a los otros,
que se apresuraban hacia el tempestuoso humo con escobas
y mantas para sofocar las llamas. Cuando habían terminado,
se apiñaban para hablar de lo que habían visto:
la suerte que habían tenido al ver el fulgor del calor,
el sonido de las cenizas como un siseo o, mejor aún, al haber conocido la fragancia
del papel quemado, el sonido de las palabras que exhalaban el último suspiro.

*

FIRE

Sometimes there would be a fire and I would walk into it
and come out unharmed and continue on my way,
and for me it was just another thing to have done.
As for putting out the fire, I left that to others
who would rush into the billowing smoke with brooms
and blankets to smother the flames. When they were through
they would huddle together to talk of what they had seen—
how lucky they were to have witnessed the lusters of heat,
the hushing effect of ashes, but even more to have know the
fragrance
of burning paper, the sound of words breathing their last.

Mark Strand: Hombre y camello. Poemas, Visor, Madrid, 2010, Trad. de Dámaso López García, pp. 36-37

anticuerpos

Margaret Bourke-White: Untitled #45 (Twenty Parachutes), 1937.

A veces tengo la impresión de que una epidemia pestilencial azota a la humanidad en la facultad que más la caracteriza, es decir, en el uso de la palabra; una peste del lenguaje que se manifiesta como pérdida de fuerza cognoscitiva y de inmediatez, como automatismo que tiende a nivelar la expresión en sus formas más genéricas, anónimas, abstractas, a diluir los significados, a limar las puntas expresivas, a apagar cualquier chispa que brote del encuentro de las palabras con nuevas circunstancias.

No me interesa aquí preguntarme si los orígenes de esta epidemia están en la política, en la ideología, en la uniformidad burocrática, en la homogeneización de los mass-media, en la difusión escolar de la cultura media. Lo que me interesa son las posibilidades de salud. La literatura (y quizá sólo la literatura) puede crear anticuerpos que contrarresten la expansión de la peste del lenguaje.

Quisiera añadir que no solo el lenguaje parece afectado por esta peste. También las imágenes, por ejemplo. Vivimos bajo una lluvia ininterrumpida de imágenes; los media más potentes no hacen sino transformar el mundo en imágenes y multiplicarlas a través de una fantasmagoría de juegos de espejos: imágenes que en gran parte carecen de la necesidad interna que debería caracterizar a toda imagen, como forma y como significado, como capacidad de imponerse a la atención, como riqueza de significados posibles. Gran parte de esta nube de imágenes se disuelve inmediatamente, como los sueños que no dejan huellas en la memoria; lo que no se disuelve es una sensación de extrañeza, de malestar.

Pero quizá la inconsistencia no está solamente en las imágenes o en el lenguaje: está en el mundo. La peste ataca también la vida de las personas y la historia de las naciones vuelve informes, casuales, confusas, sin principio ni fin, todas las historias. Mi malestar se debe a la pérdida de forma que constato en la vida, a la cual trato de oponer la única defensa que conseguido concebir: una idea de literatura.

Italo Calvino: Exactitud, en Seis propuestas para el próximo milenio, Siruela, Madrid, 2010, Trad. de Aurora Bernárdez y César Palma, pp.68-69

de qué modo

Max Ernst. Histoire naturelle [Historia natural]. La roue de la lumière [La rueda de la luz] (lámina XXIX, 1926)

Es verdad: Mas ¿de qué modo es verdad?

Eunice Odio: El tránsito de fuego, ediciones Sin Fin, Barcelona, 2019, p. 43

como un pez

Bart van der Leck: Leñadores (1927)

Ejemplo

Primero, descompongo la figura.
Segundo, petrifico sus elementos en el aire.
Tercero, nombro esos elementos
que al palparlos se esfuman.

Pero nunca serán suficientes
estas palabras que no sangran,
este poema que no sangra,
esta mano que al cortarla con un hacha
se queda saltando como un pez
en el fregadero.

Tan vacías son las figuras que me rodean.
Tan alucinante el concepto.

Frank Báez: Jarrón y otros poemas, Cielonaranja, 2013, p. 18

sin limpiar el cielo

Rafael Pellicer (Madrid, 1906-1963): Las universitarias (1934)

Hoy 13 de julio [de 1941] y todavía sin limpiar el cielo, qué sucio está, qué viejo y qué desplanchado siempre. Ya nunca volverá a estar tan limpio, tan tirante con aquel color azul cielo…

Delhy Tejero: de Primer cuaderno de Madrid, en Los Cuadernines (Diarios 1936-1968), Eolas ediciones, León, p. 242