las amarras

Joan Miró: ‘Peinture (femme, tige, coeur)’ (1925)

Los fragmentos de la noche

Cómo aislar los fragmentos de la noche
para apretar algo con las manos,
como la liebre penetra en su oscuridad
separando dos estrellas
apoyadas en el brillo de la yerba húmeda.
La noche respira en una intocable humedad,
no en el centro de la esfera que vuela,
y todo lo va uniendo, esquinas o fragmentos,
hasta formar el irrompible tejido de la noche,
sutil y completo como los dedos unidos
que apenas dejan pasar el agua,
como un cestillo mágico
que nada vacío dentro del río.
Yo quería separar mis manos de la noche,
pero se oía una gran sonoridad que no se oía,
como si todo mi cuerpo cayera sobre una serafina
silenciosa en la esquina del templo.
La noche era un reloj no para el tiempo
sino para la luz,
era un pulpo que era una piedra,
era una tela como una pizarra llena de ojos.
Yo quería rescatar la noche
aislando sus fragmentos,
que nada sabían de un cuerpo,
de una tuba de órgano
sino la sustancia que vuela
desconociendo los pestañeos de la luz.
Quería rescatar la respiración
y se alzaba en su soledad y esplendor,
hasta formar el neuma universal
anterior a la aparición del hombre.
La suma respirante
que forma los grandes continentes
de la aurora que sonríe
con zancos infantiles.
Yo quería rescatar los fragmentos de la noche
y formaba una sustancia universal,
comencé entonces a sumergir
los dedos y los ojos en la noche,
le soltaba todas las amarras a la barcaza.
Era un combate sin término,
entre lo que yo le quería quitar a la noche
y lo que la noche me regalaba.
El sueño, con contornos de diamante,
detenía a la liebre
con orejas de trébol.
Momentáneamente tuve que abandonar la casa
para darle paso a la noche.
Qué brusquedad rompió esa continuidad,
entre la noche trazando el techo,
sosteniéndolo como entre dos nubes
que flotaban en la oscuridad sumergida.
En el comienzo que no anota los nombres,
la llegada de lo diferenciado con campanillas
de acero, con ojos
para la profundidad de las aguas
donde la noche reposaba.
Como en un incendio,
yo quería sacar los recuerdos de la noche,
el tintineo hacia dentro del golpe mate,
como cuando con la palma de la mano
golpeamos la masa de pan.
El sueño volvió a detener a la liebre
que arañaba mis brazos
con palillos de aguarrás.
Riéndose, repartía por mi rostro
grandes cicatrices.

Lezama Lima

Flores del poema

 

Joan Colom: Fotografía de la serie ‘La calle‘ (1958-1961)

 

Llamado por los malos poetas

Se necesitan malos poetas.
Buenas personas, pero poetas
malos. Dos, cien, mil malos poetas
se necesitan más para que estallen
las diez mil flores del poema.

Que en ellos viva la poesía,
la innecesaria, la fútil, la sutil
poesía imprescindible. O la in-
versa: la poesía necesaria,
la prescindible para vivir.

Que florezcan diez maos en el pantano
y en la barranca un Ele, un Juan,
un Gelman como elefante entero de cristal roto,
o un Rojas roto, mendigando
a la Reina de España.

(Ahora España
ha vuelto a ser un reino y tiene Reina,
y Rey del reino. España es un tablero
de alfiles politizados y peones
recién comidos: a la derecha, negros, paralizados, fuera del juego).

Y aquí hay torres de goma, alfiles
politizados y damas policiales
vigilando la casa.

A la caza del hombre,
por hambre, corren todos, saltan
de la cuadrícula y son comidos.

Todo eso abunda: faltan los poetas,
los mil, los diez mil malos, cada uno
armado con su libro de mierda. Faltan,
sus ensayitos y sus novela en preparación.

Ah.. y los curricola,
y sus diez mil applys nos faltan.

No es la muerte del hombre, es una gran ausencia
humana de malos poetas. Que florezcan
cien millones de tentativas abortadas,
relecturas, incordios,
folios de cartulina, ilustraciones
de gente amiga, cenas
con gente amiga, exégesis, escolios,
tiempo perdido como todo.

Se necesitan poetas gay, poetas
lesbianas, poetas
consagrados a la cuestión del género,
poetas que canten al hambre, al hombre,
al nombre de su barrio, al arte y a la industria,
a la estabilidad de las instituciones,
a la mancha de ozono, al agujero
de la revolución, al tajo agrio
de las mujeres, al latido
inaudible del pentium y a la guerra
entendida como continuidad de la política,
del comercio,
del ocio de escribir.

Se necesitan Betos, Titos, Carlos
que escriban poemas. Alejandras y Marthas
que escriban. Nombres para poetas,
anagramas, seudónimos y contraseñas
para el chat room del verso se necesitan.

Una poesía aquí del cirujeo en la veredas.
Una poesía aquí de la mendicidad en las instituciones.
Una poesía de los salones de lectura de versos.

Una poesía por las calles (venid a ver los versos por las calles…)

Una poesía cosmopolita (subid a ver los versos por la web…).

Una poesía del amor aggiornado (bajad a ver poesía en el pesebre del amor…)

Una poesía explosiva: etarra, ética,
poéticamente equivocada.

En los papeles, en los canales
culturales de cable, en las pantallas
y en los monitores, en las antologías y en revistas
y en libros y en emisiones clandestinas
de frecuencia modulada se buscan
poetas y más malos poetas:
grandes poetas celebrados pequeños,
poetas notorios, plumas iluminadas,
hombres nimios, miméticos,
deteriorados por el alcohol,
descerebrados por la droga,
hipnotizados por el sexo
idiotizados por el rock,
odiados, amados por la gente aquí.

En las habitaciones se buscan.
En un bar, en los flippers,
en los minutos de descanso de la oficina,
entre dos clases de gramática,
en clase media, en barrios
vigilados se buscan.

¿Habrá en la tropa?
¿En los balnearios, en los baños
públicos que han comenzado a construir?
¿En los certámenes de versos?
¿En los torneos de minifútbol?
¿Bajo el sol quieto?
¿A solas con su lengua?
¿A solas con una idea repetitiva?
¿Con gente?
¿Sin amor?

No es el fin de la historia, es
el comienzo de la histeria lingual.

Todo comienza y nace de una necesidad fraguada en la lengua.
Falsifiquemos el deseo:
Te necesito nene.
Para empezar te necesito.
Para necesitar, te pido
ese minuto de poesía que necesito, necio:
quisiera ver si me devuelves el ritmo de un mal poema,
que me acarices con sus ripios,
que me turbes la mente con otra idea banal,
y que me bañes todo con la trivialidad del medio.

Y en medio del camino, en el comienzo
de la comedia terrenal, quiero vivir
la necedad y la necesidad
de un sentimiento falso.

Se necesitan nuevos sentimientos,
nuevos pensamientos imbéciles, nuevas
propuestas para el cambio, causas
para temer, para tener,
aquí en el sur.

Y arriba España es un panal
de hormigas orientales:
rumanas, tunecinos,
suecas a la sombra de un Rey.

Riámonos del Rey.
De su fealdad.
De su fatalidad.
De Su Graciosa Realidad.
La realidad es un ensueño compartido.
La realidad de España
es su filosa lengua pronunciando la eñe
y su mojada espada pronunciando el orden
del capital y la sintaxis.

¡Ay, lengua: aparta de mí este cuerno de la prosperidad clavado en tu ingle,
suturada de chips, y cubre
nuestras heridas con el bálsamo de los malos poemas..!

(Buenos Aires, 2002)

Rodolfo Fogwill: Útimos Movimientos, en Poesía Completa, Alfaguara, Barcelona, 2017, p. 351-355

 

sensación reunida

Egon Schiele: Pareja sentada (1915)

CARA

Otra vez el dolor y su ciencia
imponen entre nuestros dichos deseo.

El dolor como deseo y el dolor
como indúctil posibilidad.

“…nada de historia,
nada de teoría literaria,
nada de nada” -dijiste.

Nada de lo que hay que saber,
de lo que hay que aprender a saber;
no pueden escribir las sensaciones.

La atención consiste en encontrar
en esta foto
el cuerpo que en el deseo había perdido
el hilo de las sensaciones.

-voces oídas.
La voz de “pa”, “ma”
A la cisterna de las palabras
del agua llovida.

Allí estaré, mientras juntás el agua para el pelo

deseándote.

Allí mirando el poder de los embustes,
las teorías,
los saberes que en el cuerpo
como un tatuaje te hacen detener
las propias imágenes consentidas,

las alcanzadas por indiferencia, por rencor,
por miedo puro

indiferente en ellos,
diferente en mí.

Allí estaré esperándote.

Solo nuestro dolor parece el sentido;
y placer, aunque ausente,
la sensación reunida.

Sólo niega
el sentido.
su sentido

el tacto,
incluso el sabor
-y esa mano pequeña
que lleva la del padre herido como un juguete.

En un divino mapa que viaja otra vez
hacia la guerra de Oriente,
hacia otra escollera inmaterial
de indolente paciencia…

Arturo Carrera: Potlatch, Amargord, Madrid, 2010, pp. 31-32

mis costuras

Asger Jorn: Study for Interplanetary Female (1953)

EL EXTRAÑO

HABLAN de mí sólo en voz baja
y señalan mis costuras.
Ponen veneno en mi comida.
Hago los bártulos, me marcho
a la ancestral manera de mi estirpe.
Hablan de mí sólo en voz baja.
Sigo siendo el extraño del lugar.

Mascha Kaléko: Tres maneras de estar sola, Renacimiento, Salamanca, Trad. de Inmaculada Moreno, 2012, p. 83

He buscado en la noche

Anish Kapoor: Untitled (1987)

MATERIA

Cadencia y ritmo,
y augur
de cosas que tú aventas
con tus dedos abiertos,
hacia mis ojos, recargados
de tu sospecha.

Comezón dolorosa
de tu ausencia,
y lento repasar entre las cosas
nuevas
y entre las viejas.

Y cegadora nota última
-confirmación de la sospecha
que gravita en mis ojos-
cuando sucede la experiencia.
He buscado en la noche,
hundido mis brazos
-materia de la noche-,
y te he tropezado entre mis dedos,
concreta.

Vicente Aleixandre: Ámbito, Edición facsímil de la Revista Litoral, Málaga, 1928, p. 100

desfile intermitente

Henri Matisse: The Blue Window (1913)

The stuff the dreams are made of

Por ti sobrevivir coa forza necesaria
para erixirme en sombra do que fun
Sen ti ser eu de novo
orfo doutro destino
resignado a ser eco da túa ausencia
vida e morte en desfile intermitente
Humildemente ser nada por ti
unha figura fuxidía na sombra
da mesma materia que os nosos soños
co esprito intoxicado de nostalxia.

Lois Pereiro: Poemas 1981-1991, Edicións Positivas, Santiago de Compostela, 2010, p. 73

cabeza de proa

Sam Francis: Blue Blood Stone (1960)

(…)

oh, luz amigábel

oh, fresca fonte da luz

Aqueles que non inventaron nin a pólvora nin o compás

Aqueles que nunca souberon do mar nin o vapor nin a electricidade

Aqueles que non exploraron nin os mares nin o ceo

mais aqueles sen quen a terra non sería a terra

xibosidade tanto máis benéfica que a terra deserta,

máis que a terra

silo onde se preserva e madura o que de máis terra ten a terra

a miña negritude non é unha pedra, a súa xordeira arrebolada

contra o clamor do día

a miña negritude non é unha nube de auga morta no ollo morto da terra

a miña negritude non é nin unha torre nin unha catedral

 

fúndese na carne vermella do chan

fúndese na carne ardente do ceo

atravesa o abatamento opaco da súa erguida paciencia.

 

Eia polo Kailcedrato real!

Eia por aqueles que nunca inventaron nada

por aqueles que nunca exploraron nada

por aqueles que nunca domaron nada

 

mais abandónanse, cativados, á esencia de todo

ignorantes das superficies mais cativados polo movemento de todo

despreocupados de domar, mais a xogar o xogo do mundo

 

verdadeiramente son os fillos maiores do mundo

os poros abertos a todos os alentos do mundo

eira fraternal de todos os alentos do mundo

leito sen escape de todas as augas do mundo

fulgor do lume sagrado do mundo

carne da carne do mundo latexando co movemento mesmo do mundo!

 

Tépedo mencer de virtudes ancestrais

 

Sangue! Sangue! todo o noso sangue conmovido polo corazón viril do sol

aqueles que saben da feminidade da lúa de corpo de aceite

a exaltación reconciliada do antílope e da estrela

aqueles cuxa supervivencia avanza na xerminación da herba!

Eia perfecto círculo do mundo e pechada concordancia!

 

Escoitade o mundo branco

terriblemente canso do seu esforzo inmenso

as súas articulacións rebeldes renxen baixo as estrelas duras

as súas rixideces de aceiro azul atravesan a carne mística

escoita as súas vitorias desleais anunciar as súas derrotas

escoita nas súas grandiosas coartadas o seu torpe tropezar

 

Piedade para os nosos vencedores omniscientes e inxenuos!

 

Eia polos que nunca inventaron nada

por aqueles que nunca exploraron nada

por aqueles que nunca domaron nada

 

Eia pola alegría

Eia polo amor

 

Eia pola dor nas ubres de bágoas reencarnadas.

E aí está ao esmorecer a alba a miña pregaria viril non quero oír nin as risas nin os gritos, coa mirada fixa nesta cidade que eu profetizo, fermosa,

dádeme a fe salvaxe do feiticeiro

dádelle ás miñas mans forza para moldear

dádelle á miña alma a afouteza da espada

non me agocho, para nada. Facede da miña cabeza unha cabeza de proa

e de min mesmo, corazón meu, non fagades nin un pai, nin un irmán,

nin un fillo, mais si o pai, o irmán, o fillo,

nin un marido, mais si o amante deste pobo único.

 

Facédeme rebelde a calquera vaidade, mais dócil ao seu xenio coma o puño á extremidade do brazo!

Facédeme comisario do seu sangue

facédeme depositario do seu resentimento

facede de min un home de determinación

facede de min un home de iniciación

facede de min un home de recollemento

mais fai tamén de min un home de sementeira

 

facede de min o executor destas altas obras

(…)

 

Aimé Césaire: Caderno dun regreso á terra natal, Laiovento, Santiago de Compostela, Trad. de Manuel Ángel García Fernández, 2019, pp. 48-51

fe de vida

Francis Picabia: L’Oeil, Caméra (1919-1922)

NANA DE LAS CICATRICES

No cabe duda de que el peso,
si nos referimos a los desperdicios,
es de suma importancia,
sobre todo
para determinar su naturaleza,
ya que existen muchas clases de desperdicios.
Hay desperdicios minuciosos,
desperdicios ingrávidos,
y, debido a ello, el peso es decisivo.
Ese es el caso de la cicatriz.
Es un desperdicio ingrávido,
pero también es una fe de vida.
El peso de una hoja
es igual al de una cicatriz.
Eso cantaban los expertos
en el funcionamiento de las básculas.

Francisca Aguirre: Nanas para dormir desperdicios [2006-2010], en Ensayo General. Poesía Reunida, Calambur, Madrid, 2018, p. 421

láminas de ceniza

Marcel Duchamp: Nu descendant un escalier (1912)

La mar y su orilla

Un día, en una de nuestras grandes playas públicas, un hombre fue designado para mantener la arena limpia de papeles. Con tal propósito se le proporcionó un palo, o bastón, con un largo y lustroso punzón metálico en la punta.

El resto del equipo consistía en una enorme cesta de alambre en la que quemar papeles, una caja de cerillas para prenderles fuego y una casa.

Esa casa era singular. Era de madera, con un tejado inclinado, de aproximadamente metro y medio por metro y medio por dos metros, y construida sobre estacas clavadas en la arena. No tenía ninguna ventana, ni puerta en el marco de la puerta, y en el interior no había nada. No había ni siquiera una escoba, así que nuestro amigo de vez en cuando tenía que arrodillarse y sacar con las manos la arena que había entrado adherida a las suelas de sus zapatos.

Cuando el viento que soplaba en la playa era demasiado fuerte o demasiado frío, o cuando se sentía fatigado, o cuando tenía ganas de leer, se sentaba en la casa. Dejaba que las piernas le colgasen en el umbral o las doblaba bajo su cuerpo en el interior.

Como casa era más la idea de una casa que una verdadera casa. Habría podido ocupar cualquiera de los dos extremos de la escala de ideas de casa. Podía haber sido una perfecta casa de juguete para un niño, o la casa ideal para una persona mayor, ya que se habían suprimido todos los inconvenientes de la mayoría de casas.

Era un refugio, pero no servía para vivir en ella, sino para reflexionar en ella. Era a las casas ordinarias lo que el sombrero ceremonial para pensar es a un sombrero ordinario.

Evidentemente, según las leyes de la naturaleza una playa debería ser capaz de mantenerse limpia por sí sola, tal como hacen los gatos. Todos hemos observado lo descrito en los versos de Keats:

Las aguas que se baten en su sagrado cometido de pura ablución de las orillas habitadas de la tierra.

Pero el ritmo de la vida moderna es demasiado rápido. Nuestras imprentas producen demasiado papel cubierto de caracteres impresos, que de un modo u otro acaba en los mares y sus orillas, y a la naturaleza le toca hacerse cargo.

Así que del señor Boomer, Edwin Boomer, casi se podría decir que había ingresado en el «sacerdocio».

Cada noche recorría algo más de un kilómetro hacia un lado y hacia el otro, en la oscuridad, con su linterna y su palo, y un saco de patatas para meter los papeles; una imagen pintoresca, en cierto modo como un Rembrandt.

Edwin Boomer vivía la más literaria de las vidas. Ningún poeta, novelista o crítico, incluso el que se pasa ocho horas al día inclinado sobre su mesa de trabajo, podría imaginarse la intensidad de su concentración en la vida de las palabras.

Su cabeza, en la pequeña nube de luz producida por la linterna, estaba constantemente inclinada hacia delante, mientras sus ojos inspeccionaban la arena, o estudiaban los papeles y fragmentos de papel que encontraba.

Leía a todas horas. Tenían los hombros enconvados y se había visto obligado a ponerse gafas después de aceptar su trabajo.

Los papeles que no parecían interesantes a la primera ojeada los echaba en el saco; los que quería estudiar se los guardaba en los bolsillos. Después los planchaba en el suelo de la casa.

Debido a esta necesidad de discriminar, había llegado a ser un excelente juez.

A veces atravesaba con su punzón uno tras otro papeles sin interés o no impresos, hasta que estaba repleto desde lo que podría llamarse la empuñadura hasta la punta. Entonces parecía uno de esos accesorios de oficina que solían verse en los despachos de empresarios o médicos poco ordenados. A veces encendía con una cerilla ese fajo de papeles y caminaba con el palo en alto cual una antorcha. Como si fuesen sus facturas pagadas, o una de esas picantes especialidades de carne llamadas kebabs, servidas en los restaurantes sirios o rusos.

Además de la lectura y esas posibilidades de iluminación intermitente, los papeles, sobre todo los periódicos, tenían otros usos. Podía colocárselos bajo el abrigo en invierno para protegerse mejor del frío viento marítimo. Durante esa estación podía extender varias capas de hojas en el suelo de la casa, con la misma finalidad. En alguna parte, en alguna de sus abundantes lecturas, había leído que la tinta utilizada para la impresión de periódicos los hacía útiles para destruir olores, pero a él no se le ocurría ningún uso personal de esa propiedad.

Conocía todas las cualidades del papel en todos sus estados, de seco a empapado. El papel de periódico húmedo se volvía sólo parcialmente translúcido. Se pegaba a su pie o a su mano, y en lugar de romperse se separaba lentamente en tiras de un modo que a él le parecía repugnante.

Si estaba realmente empapado de agua de mar, se podía hacer con él una bola o darle otras formas. Una o dos veces, estando borracho (Boomer solía llegar al trabajo en ese estado varias veces a la semana), había intentado modelarlo con cierta tosquedad. Pero en cuanto los bustos o animales que había hecho se secaban, también los quemaba.

Los periódicos amarilleaban muy deprisa, incluso después de tan solo un día de exposición a los elementos. A veces encontraba uno de había un par de días que alguien había tirado, medio plegado, medio arrugado. Al acercarlo a la luz de la linterna, se fijaba, antes incluso que en las guerras y asesinatos, en los efectos producidos por las esquinas amarilleadas en las páginas blancas, y en cómo las páginas exteriores contrastaban con las interiores. Los periódicos muy viejos adquirían un color muy similar al de la arena.

Las noches en que Boomer estaba más borracho, el mar era de gasolina, terriblemente peligroso. Lo contemplaba con temor, mirando por encima del hombro entre cada una de las frases que leía y la siguiente, y encendía el fuego en la playa, lo más lejos posible. Tenía un aspecto resplandeciente, untuoso y explosivo. Entonces era lo bastante tonto para pensar que podía arder y destruir su único modo de ganarse la vida.

En las noches ventosas resultaba más complicado limpiar la playa, y en esos momentos Boomer era más un cazador que un coleccionista.

Pero era interesante contemplar el vuelo de los papeles. Había hecho muchas comparaciones minuciosas entre ellos y los pájaros que ocasionalmente volaban al alcance de la luz de la linterna.

Un pájaro, claro está, regido por un cerebro, por una larga tradición, por un deseo que a menudo puede resultar comprensible de llegar a algún lugar o conseguir algo, volaba en línea recta, o en una sucesión de curvas que eran parte de una recta. Se podía distinguir la diferencia entre sus vuelos metódicos para conseguir algo y sus vuelos para lucirse.

Pero los papeles no tenían ningún objetivo discernible, ni cerebro, ni sentimiento de pertenencia a una especie o un grupo. Se elevaban, caían, permanecían indecisos, dudaban, se desplomaban, volaban directos hacia su perdición en el mar, o giraban sobre sí mismos en pleno vuelo paracaer en la arena y permanecer allí inmóviles.

Si algún estilo favorito parecían tener, era el vuelo oblicuo, deslizándose lateralmente.

Hacían un uso más sutil de las corrientes de aire y se abandonaban a ellas más juguetonamente que los a menudo testarudos pájaros. Pero tampoco es que estuviesen orgullosos de sus ardides, sino que parecían inconscientes de la bravura, de la irresponsabilidad que demostraban, y de la presencia de Boomer, que esperaba para atraparlos con su afilado punzón.

El pliegue en mitad de las grandes hojas de periódicos hacía la función de una columna vertebral, pero las alas no se movían de forma coordinada. Los periódicos de tamaño más pequeño volaban un poco mejor que los de hojas más grandes. Los vuelos de los pequeños pedazos arrugados eran los más espectaculares.

Había noches en que el aire parecía rebosante de ellos. Desde la perspectiva de la visión ebria de Boomer las letras parecían salir volando de las páginas. Alzó su linterna y su palo y corrió moviendo los brazos, mientras los titulares y las frases revoloteaban a su alrededor, como un hombre que trata de espantar a una bandada de palomas.

Cuando los atravesó con el punzón, pensó en el Viejo Marinero y el Albatros, porque, naturalmente, se había enfrentado muchas veces a ese intimidatorio poema.

Era en las noches sin viento cuando podía realizar mejor su trabajo y podía disponer de varias horas para sí mismo en la madrugada. Se instalaba en la casa, con las piernas cruzadas, y colgaba la linterna de un clavo que había colocado a la altura adecuada. Las paredes sin pulir refulgían y el reducido espacio no tardaba en caldearse.

Sus estudios podían dividirse en tres grupos, y él mismo los ordenaba mentalmente de esta forma.

Primero, y el más numeroso: todo lo que parecía concernirle, su trabajo, la vida y cualquier instrucción o aviso que se refirieran a ello.

Segundo: las historias sobre otra gente que le cautivaba, cuyas carreras seguía día a día en los periódicos y en fragmentos de libros y cartas, y a cuyas nuevas aventuras siempre estaba atento.

Tercero: las noticias que le resultaban ininteligibles, que le desconcertaban por completo pero al mismo tiempo le interesaban tanto que las guardaba para leerlas. Éstas in tentaba, de forma casi frenética, colocarlas en la primera y después en la segunda de las dos primeras categorías.

Daremos algunos ejemplos de cada uno de los grupos.

Del primero: «El Ejercitante se beneficiará más, cuanto más se aísle de sus amigos y conocidos, y de toda preocupación terrenal, por ejemplo abandonando la casa en la que moraba e instalándose en otra casa o habitación, de modo que pueda permanecer en la mayor soledad posible… (borrado) logra utilizar con más libertad sus facultades naturales para buscar diligentemente lo que tanto desea.»

Sin duda, eso estaba muy claro.

Y éste era el tipo de advertencia que le inquietaba: «El hábito de leer detenidamente publicaciones periódicas puede añadirse perfectamente al catálogo de ANTINEMOTÉCNICOS de Averroes, o debilitadores de la memoria.» Y también «comer fruta que todavía no ha madurado; contemplar las nubes y los objetos móviles suspendidos en el aire (eso a él le tocaba muy de cerca); cabalgar entre una multitud de camellos; reírse con frecuencia (no); escuchar una sucesión de chanzas y anécdotas; el hábito de leer lápidas en los cementerios, etc.» (Y esos últimos quizá también le concerniesen.)

De la segunda categoría: «Ella durmió unas dos horas y regresó a su lugar en el agujero, llevando consigo una bandera americana, que colocó a su lado. Su marido le había traído comida y ella anunció que tenía la intención de permanecer sentada en ese agujero hasta que la Empresa Pública de Servicio Social abandonase la idea de colocar allí un poste.»

Boomer estuvo haciéndose preguntas sobre esa mujer durante dos noches. La tercera encontró esto, que parecía, según su manera de ver las cosas, clarificar un poco más la situación. Pese a que era un pedazo de una página de un libro, y el primer texto procedía de un recorte de periódico.

«Tener asumido su señorío le permitía conservar, en cada uno de los momentos de su vida, todos los privilegios; eso la hacía maravillosamente dulce, casi generosa; así que no distinguía los minúsculos ojos protuberantes de los más diminutos insectos sociales, a menudo dotados de ese alcance, de…»

Sin embargo, podía tener que esperar dos noches más, o dos semanas, antes de encontrar el siguiente eslabón de esa secuencia concreta.

Entre el tercer grupo, de cosas fascinantes pero desconcertantes, Boomer guardaba retazos como éste (una pequeña tira, intacta, de papel rosa):

«GAFAS DE BROMA CON OJOS MOVIBLES. Colóquese las gafas y póngase la boquilla en la boca. Sople intermitentemente; los párpados y las cejas ascenderán y bajarán. El movimiento puede ser rápido o lento según el efecto cómico que se quiera lograr. Si las patillas resultan demasiado cortas en el caso de una cabeza grande, doble hacia arriba la parte curva de la patilla detrás de la oreja. ¡El celuloide es inflamable! ¡¡Por lo tanto no acerque sus gafas a una llama!!»

Esto podría haber pertenecido perfectamente a la categoría de las advertencias que le concernían personalmente. Pero, si bien era capaz de hacer caso de la última advertencia, había muchas cosas en las instrucciones precedentes que le resultaban incomprensibles.

Y esto, escrito a lápiz en un papel de carta, borroso pero legible:

«No me sentía bien en lo que a mi dentadura se refiere, y me hice arrancar tres dientes grandes, porque a veces me ponían nervioso o enfermo, y ése es el motivo por el que no pude mandar mi ejercicio pese a que creo ser capaz de escribir como todos los Autores, ya que pienso que estoy más dotado para ello que para cualquier otro tipo de trabajo, ya que me estoy concentrando en los ejercicios de forma continuada, una y otra vez.

»Señor Margolies, pienso en cómo esos Autores escriben esos largos relatos de 60.000 o 100.000 palabras en esas revistas, y de dónde sacan su inspiración y los materiales.

»Me encantaría escribir relatos como los de esos Escritores.»

Pese a que Boomer no albergaba deseos tan pueriles, tenía la sensación de que la pregunta planteada tenía algo que ver con su propio estilo de vida: casi podría habérsele dirigido a él tanto como a ese desconocido señor Margolies. Pero ¿cuál era la respuesta? Cuantos más papeles recogía y más papeles leía, menos le parecía entender. En cierto modo, dependía de «la imaginación de ellos» e incluso era su esclavo, pero al mismo tiempo lo veía como una suerte de enfermedad.

Vamos a añadir uno más de los acertijos que nuestro amigo se propone a sí mismo. Era éste, en unas letras borrosas sobre un papel marrón muy viejo (no hacía ninguna distinción entre las perplejidades de la prosa o las de la poesía):

Como una habitación tuerta, tapizada de noche sólo este lado, que hostil al ojo no deja sino un estrecho pasadizo a la luz, está recubierto de una tapicería de un blanco brillante, un centenar de formas, que se pierden en la corriente de aire, avanzan sin miedo, aglomerándose en el estrecho camino; y sobre ese muro luminoso danzan jugueteando oscuramente.

Sonaba como algo que hubiese experimentado en carne propia. En primer lugar, su casa le parecía la «habitación tuerta, tapizada de noche», y además estaba toda su vida por la noche en la playa. Primero los papeles revoloteando en el aire y después lo que había escrito en ellos eran el «centenar de formas».

¿Es necesario que expliquemos que para cuando estaba preparado para empezar a leer, Boomer habitualmente no estaba muy borracho? El efecto del alcohol se había disipado. Se seguía sintiendo aislado e importante, pero anormalmente lúcido.

Pero ¿qué significaban esas cosas?

Bien por los minúsculos ejércitos de letras que continuamente asediaban sus ojos, o bien porque realmente era así, el mundo, la totalidad del mundo que veía, le acabó pareciendo, al cabo de los años, también impreso.

Boomer levantó la linterna y observó a la lavandera que correteaba distraídamente de aquí para allá.

Ante sus ojos fatigados parecía un signo de puntuación sobre el fondo de «olas torneadas y rodantes». Iba dejando delicadas marcas con sus patas. Su plumaje era moteado; y sobre todo en los estrechos rebordes de las alas aparecían unas manchitas que podrían ser letras, si consiguiera acercarse lo suficiente para leerlas.

A veces, la gente que frecuentaba la playa durante el día, a la que él nunca veía, sentía la necesidad de escribir en la arena. Boomer, por su parte, pensaba que borrar esas inscripciones también formaba parte de sus deberes. Enfocaba la linterna y borraba «Colegio Francis Xavier», «Lillian», «¡Qué diablos!».

La propia arena, si recogía un puñado y se la aproximaba a los ojos, tenía cierto parecido con el papel impreso, triturado o molido.

Pero el mejor momento de las largas noches de estudio era cuando ya había acabado de limpiar la zona que le había sido asignada y estaba preparado para prender fuego al papel acumulado en la cesta de alambre.

Todavía le ardía la frente, de beber o de leer tanto, pero se mantenía lo más cerca posible del febril calor del papel prendido y observaba con atención cada detalle de la incineración.

La llama avanzaba uniformemente, sin prisas, por un pedazo de papel, y un segundo después el papel ennegrecido se replegaba hacia arriba o hacia abajo. Caía retorciéndose y tomando formas que en ocasiones parecían hermosas creaciones en hierro forjado, pero pasados unos instantes se descomponían al mínimo soplo de viento.

Grandes copos de papel ennegrecido, con los bordes todavía centelleantes de rojo, revoloteaban en el aire. Y mientras podía seguirlos con la mirada, jamás había visto maniobras tan inteligentes y vibrantes.

Después quedaban frágiles láminas de ceniza, tan blancas como el papel originario y suaves al tacto, o un montón de plumas grises como las de una pintada.

Pero el hecho es que al final había que quemarlo todo. Todo, todo tenía que ser quemado. Incluso los desconcertantes pedazos que había guardado durante semanas o meses. Quemar papel era su trabajo, con el cual se ganaba la vida, pero sobre todo no podía dejar que se le llenasen demasiado los bolsillos, o que su casa quedase atiborrada de papeles.

Pese a que le gustaba el fuego, a Edwin Boomer no le gustaba que fuese inevitable. Dejémoslo en su casa, a las cuatro de la madrugada, con sus lecturas seleccionadas, la hoguera extinguida, la linterna iluminando con intensidad. Es una escena extremadamente pintoresca, en ciertos aspectos como un Rembrandt, pero en otros muchos desde luego que no.

Elisabeth Bishop: El mar y su orilla, en Una locura cotidiana, Lumen, Barcelona, Trad. de Mauricio Bach, 2001, pp. 25-35

con fuerza

Imagen difundida en redes sociales durante las movilizaciones en Chile (2019)

QUITASUEÑO

Perder una pierna trabajando

de operario en una zona franca

duele menos que cuando los gringos

te donan una prótesis de plástico

que te pondrás para emborracharte

en los colmados

y que apoyarás con fuerza en la acera

al retornar a casa

temeroso de que los perros del barrio

puedan morderla y arrancártela.

Frank Báez: Este es el futuro que estabas esperando, Seix Barral, Colombia, versión electrónica, 2017

una superviviente

John Everett Millais: Retrato de Sophie Gray (1857)

Anne Sexton: 1928-1974

1974

Solamente una o dos veces encontré a Anne Sexton. Yo daba clases en el City College de Nueva York cuando ella murió, y la pequeña comunidad de mujeres decidió celebrar una ceremonia en memoria de ella. Recordando el efecto que el suicidio de Sylvia Plath tuvo en tantas mujeres jóvenes (una obsesión imaginativa de sacrificio y muerte, injusta para la Plath misma y su lucha por sobrevivir), quise hablar sobre el problema de la identificación que surge siempre frente a un suicidio. Este artículo es el intento de hacer eso.

 

Anne Sexton fue una poeta y una suicida. Ella no era en un sentido consciente o por definición propia una feminista, pero se adelantó en algunas cosas al renacimiento del movimiento feminista. Escribió poemas aludiendo al aborto, a la masturbación, a la menopausa y al doloroso amor que una mujer carente de poder sentía por sus hijas, mucho antes de que estos temas fueran convalidados por la consciencia colectiva de las mujeres, y los escribió y publicó bajo la supervisión de las instituciones literarias machistas. En 1966 colaboré para organizar una lectura de poemas en Harvard contra la guerra en Vietnam, y le pedí que participara. Acudieron algunos famosos poetas y novelistas machos que leyeron sus diatribas contra MacNamara, sus poemas de napalm y su poesía del ego. Anne leyó -en una voz muy suave y vulnerable- “Little girl”, “My Strinbean”, “My Lovely Woman” [Pequeñita, Mi habichuela, Mi mujer encantadora] -introduciendo con este último la imagen de la afirmación de una madre a su hija, en contraposición a las imágenes de muerte y violencia lanzadas aquella noche por hombres que jamás habían visto un pueblo bombardeado. Este poema está fechado en 1964, y es un poema feminista. A menudo su pensamiento era patriarcal pero, en su sangre y en sus huesos, Anne Sexton sabía su condición de mujer.

Muchas mujeres escritoras, al saber de su muerte, hemos tratado de reconciliar nuestros sentimientos respecto a ella, su poesía, su suicidio a los cuarenta y cinco años, con las vidas que tratamos de vivir. Hemos tenido demasiadas mujeres poetas suicidas, demasiadas mujeres suicidas, demasiadas autodestrucciones como la única forma de violencia que se les permite a las mujeres.

Quisiera enumerar, en memoria y honor de Anne, algunos de los modos con los cuales nos autodestruimos. Uno de ellos es la forma en que nos menospreciamos cuando creemos la mentira de que somos incapaces de crear obras importantes. No damos la importancia debida a nuestro trabajo o a nosotras mismas, siempre nos parecen más importantes las necesidades de los demás que las propias. Nos conformamos con producir trabajos artísticos o intelectuales en los cuales imitamos a los hombres, mintiéndonos a nosotras mismas y a los demás; en estos trabajos no nos esforzamos por llegar al techo de todas nuestras posibilidades, no conseguimos prestar a nuestro trabajo la misma atención y el mismo esfuerzo que pondríamos al cuidado de un hijo o un amante. Hostilidad horizontal -desprecio por las mujeres- es otro modo más de autodestrucción; el miedo y la desconfianza hacia otras mujeres, porque las otras mujeres son como nosotras. La convicción de que “las mujeres en verdad nunca harán nada”, que la supervivencia y autodeterminación de las mujeres son secundarias a la revolución “real” que hacen los hombres, que “nuestras peores enemigas son las mujeres”. Nos convertimos en nuestras peores enemigas cuando permitimos que el espíritu de odio y desdén que nos han inculcado se vuelva en proyecciones superficiales sobre cada una de nosotras. Otra clase de destrucción es la compasión fuera de lugar. Una mujer a quien conozco fue recientemente violada; su primera reacción -muy típica- fue sentir pena por su violador que la había amenazado con una navaja. Cuando empecemos a tener compasión por nosotras mismas en vez de por nuestros violadores, empezaremos a volvernos inmunes al suicidio. Un cuarto camino son las adicciones. Adicción al “Amor” (en la carrera de una mujer el amor se traduce en la idea de abnegación), amor a través del sacrificio como forma redentora; adicción al sexo como afición de un drogado, lo que es una manera de obnubilarse o de inmolarse. Adicción a los estados depresivos -la forma más corriente de sobrellevar la existencia femenina. Como las depresivas no pueden considerarse responsables, los doctores nos prescribirán píldoras, y el alcohol nos ofrecerá su cobijo de oscuridad. Adicción a la aprobación masculina; mientras puedas encontrar a un hombre que te apruebe, sexual o intelectualmente, de alguna manera tienes que estar bien, tu existencia está justificada, cualquiera que sea el precio que pagues.

Trivialización del propio valor, desprecio por las mujeres, compasión fuera de lugar, adicción: si nos pudiéramos purificar de este cuádrupe veneno, tendríamos cuerpos y mentes más aptos para sobrevivir y reconstruir.

Pienso en Anne Sexton como en una hermana cuyos trabajos nos dicen contra qué tenemos que luchar dentro de nosotras mismas y frente a las imágenes que nos ha impuesto el patriarcado. Su poesía es una guía hacia las ruinas, de ella aprendemos lo que las mujeres hemos vivido y lo que rehusamos a vivir por más tiempo. Su muerte es un arresto, por un momento estamos detenidas, cogidas por el puño de un policía que nos dice que somos culpables de ser hembras y desposeídas. Pero, gracias a su trabajo, Anne Sexton está todavía presente entre nosotras y, como Tillie Olsen ha dicho: “cualquier mujer que escribe es una superviviente”.

Adrienne Rich: Sobre mentiras, secretos y silencios, Editorial horas y Horas, Madrid, Trad. de Margarita Dalton, 2011, pp. 177-180

luz secreta

Shirin Neshat: Untitled from Rapture (1999)

Pintaba un día, el negro había invadido la tela por completo, sin formas, sin contrastes, sin transparencias.

En ese extremo vi de alguna manera la negación del negro.

Las diferencias de textura reflejaban la luz con más o menos debilidad, y de la sombra emanaba una claridad, una luz pictórica, cuyo poder emocional particular animaba mi deseo de pintar. Mi instrumento ya no era el negro, sino esa luz secreta procedente del negro.

Pierre Soulages, citado en Delphine De Vigan: Nada se opone a la noche, Anagrama, Barcelona, Trad. de Juan Carlos Durán, 2013, p. 9

cómplice

Frances Hodgkins: Wings over Water (1930)

Testigo de excepción

Un mar, un mar es lo que necesito.
Un mar y no otra cosa, no otra cosa.
Lo demás es pequeño, insuficiente, pobre.
Un mar, un mar es lo que necesito.
No una montaña, un río, un cielo.
No. Nada, nada,
únicamente un mar.
Tampoco quiero flores, manos,
ni un corazón que me consuele.
No quiero un corazón
a cambio de otro corazón.
No quiero que me hablen de amor
a cambio del amor.
Yo solo quiero un mar:
yo solo necesito un mar.
Un agua de distancia,
un agua que no escape,
un agua misericordiosa
en que lavar mi corazón
y dejarlo a su orilla
para que sea empujado por sus olas,
lamido por su lengua de sal
que cicatriza heridas.
Un mar, un mar del que ser cómplice.
Un mar al que contarle todo.
Un mar, creedme, necesito un mar,
un mar donde llorar a mares
y que nadie lo note.

 Francisca Aguirre: Resultados en Ensayo general. Poesía reunida (1966-2017), Calambur, Barcelona, 2018, p.122

versiones de nosotros mismos

Rosario de Velasco: Adán y Eva (1932)

…y los forasteros no existen. Solo existen versiones de nosotros mismos; muchas de ellas no las hemos suscrito, de la mayoría deseamos protegernos. Y es que el forastero no es extranjero, sino aleatorio; no es algo ajeno, sino recordado, y es la aleatoriedad del encuentro con las versiones de nosotros mismos que ya conocemos (aunque no las reconozcamos como tales) lo que provoca una oleada de alarma. Eso nos lleva a rechazar la figura y las emociones que despierta, en especial cuando esas emociones son profundas. Es también lo que nos empuja a querer poseer, gobernar y administrar al Otro. A idealizarlo, si podemos, para que vuelva a nuestros propios espejos. En cualquiera de esos casos (la alarma o la falsa veneración), le negamos su condición de persona, la individualidad específica que exigimos para nosotros.

Toni Morrison: El origen de los otros, Lumen, Barcelona, 2018, Trad. de Carlos Mayor, pp.49-50

en el empeño

Naum Gabo: Construction on a Line (1935–7)

Intentar no seguir hablando el lenguaje del poder, aun a costa de que se nos desgarre la boca en el empeño.

J. Riechmann, citado en Alicia Bajo Cero: Poesía y poder, La Oveja Roja, Madrid, 2019, p. 63