La Carta de Lord Chandos

Paul Klee- Pastorale (Rhythms), 1927

Paul Klee– Pastorale (Rhythms), 1927

UNA CARTA

Esta es la carta que Philip Lord Chandos, hijo menor del conde de Bach, escribiera a Francis Bacon, posteriormente Lord Verulam y vizconde de St. Alban, para disculparse ante este amigo por su renuncia total a la actividad literaria.

Resulta benévolo, distinguido amigo, pasar por alto mis dos años de silencio y escribirme como usted hace. Aún más benévolo al dar su preocupación por mi persona, a su extrañeza ante el entumecimiento mental en el que le parezco estar cayendo, la expresión de facilidad y de broma que sólo dominan a los grandes hombres que están convencidos de la peligrosidad de la vida sin, no obstante, desanimarse por ello.

Concluye usted con el aforismo de Hipócrates: qui gravi morbo correpti dolores non sentiunt, iis mens  aeggrotat [Quienes no sienten que una grave enfermedad les aqueja están mentalmente enfermos], y opina que necesito de la medicina no sólo para dominar mi mal, sino aun más para aguzar mi mente ante mi estado interior. Quisiera contestarle como le corresponde, quisiera abrirme ante usted del todo y no sé cómo habría de proceder. Apenas sé si soy todavía el mismo a quien va dirigida su preciosa carta; ¿soy yo, a mis 16 años, quien con diecinueve escribiera aquel Nuevo París, aquel Sueño de Dafne, aquel Epitalamio, esos juegos pastoriles que se tambalean bajo la pompa de sus palabras, de las que sólo una Reina celestial y algunos Lores y Señores en extremo indulgentes tienen a bien acordarse? ¿Y soy de nuevo aquél, que con veintitrés años, bajo las arcadas de piedra de la Plaza Mayor de Venecia, hallara dentro de sí aquella estructura de períodos latinos cuya planta y construcción intelectual le entusiasmaron interiormente más que los edificios de Palladio y Sansovino que emergen del mar? ¿Y podría yo, si soy el mismo, borrar tan completamente de mi inaprensible interior todas las huellas y cicatrices de ese fruto de mi más intensa reflexión, hasta tal punto que en su carta, que tengo delante de mí, me está mirando extraña y fríamente el título de aquel pequeño tratado, e incluso que no pudiera enseguida concebirlo como una imagen corriente de palabras reunidas, sino sólo palabra por palabra, como si esas palabras latinas aparecieran entrelazadas así por primera vez ante mis ojos? Pero sí, tan sólo soy yo y hay retórica en esas preguntas, retórica útil para las mujeres o para la Cámara de los Comunes cuyos recursos para el poder, tan sobrevalorados por nuestro tiempo, no alcanzan sin embargo a penetrar en el interior de las cosas. Mas he de exponerle mi interior, una rareza, un desvarío, si Usted quiere, una enfermedad de mi espíritu, si quiero hacerle comprender que el mismo abismo insalvable me separa tanto de los trabajos literarios situados aparentemente ante mí como de aquéllos que se hallan tras de mí, los cuales me resultan tan ajenos que vacilo en llamarlos de mi propiedad.

No sé si he de admirar más la perseverancia de su bondad o la increíble agudeza de su memoria cuando vuelve a recordármelos diversos pequeños planes que concibiera durante los días de hermoso entusiasmo que compartimos. ¡Ciertamente, yo quería exponer los primeros años de gobierno de nuestro fallecido y glorioso Soberano, Enrique VIII! Los apuntes dejados por mi abuelo, el duque de Exeter, sobre sus negociaciones con Francia y Portugal me proporcionaron una especie de fundamento. Y de la obra de Salustio fue fluyendo hasta mí a lo largo de aquellos días felices y animados, como si atravesara conductos jamás atascados, el reconocimiento de la forma, aquella forma profunda, auténtica, interna que sólo puede ser intuida más allá del recinto de los artificios retóricos, aquélla de la cual sólo puede decirse que ordena lo material, porque lo penetra, lo desmaterializa y crea al unísono poesía y verdad, un juego de contrarios entre fuerzas eternas, un algo sublime como la música y el álgebra. Ése era mi proyecto favorito.

¡Quién es el hombre para hacer semejantes planes!

Yo también jugué con otros proyectos. Su benévola carta también los replantea. Hinchados con unas gotas de mi sangre, bailan ante mis ojos cual tristes mosquitos tristes junto a un muro sombrío sobre el que ya no reposa el claro sol de los días felices.

Descifrar quise las fábulas y los relatos místicos, que nos legaron los antiguos y en los que hallan pintores y escultores un gusto infinito e irreflexivo, cual jeroglíficos de una sabiduría secreta e inagotable cuyo hálito a veces creí sentir, como detrás de un velo.

Vuelve a mi memoria ese proyecto. Venía a basarse en no sé qué placer de los sentidos y del espíritu: así como el ciervo acosado anhela meterse en el agua, así ansiaba yo entrar en esos cuerpos desnudos, relucientes, en esas sirenas y dríadas, en ese Narciso y Proteo, Perseo y Acteón: desaparecer quería en ellos y hablar desde ellos con el don de las lenguas. Y mucho más hubiera querido. Pensé en reunir una colección de apotegmas, como la que compilara Julio César; Usted recuerda la mención que hace Cicerón en una de sus cartas. Allí pensé en reunir los dichos más curiosos que lograse juntar, a lo largo de mis viajes, en el trato con los hombres doctos y con las mujeres ingeniosas de nuestro tiempo, o con gente singular del pueblo o con personas ilustradas e insignes; quise añadirles sentencias y reflexiones de las obras de los antiguos y de los italianos, u otros ornamentos espirituales que hallara en libros, manuscritos o conversaciones, amén de la organización de fiestas y cortejos de especial belleza, crímenes y raros casos de delirio, la descripción de las construcciones más grandes y singulares en los Países Bajos, Francia e Italia y mucho más. La totalidad de la obra habría llevado no obstante el título Nosce te ipsum. 

Por decirlo en pocas palabras: es una especie de constante embriaguez, la totalidad de la existencia se me revelaba entonces como una gran unidad; el mundo corporal y espiritual no formaban a mis ojos contradicción alguna, como tampoco la esencia cortesana y animal, el arte y la ausencia de arte, la soledad y la sociedad; en todo sentía yo la naturaleza, tanto en los desvaríos de la locura como en el refinamiento externo de un ceremonial español; en las  torpezas de unos jóvenes campesinos no menos que en las alegorías más dulces; y en toda la Naturaleza me sentía a mí mismo; cuando en mi refugio de caza recorría mi cuerpo la leche espumeante y tibia que un individuo desgreñado ordeñaba de las ubres de una hermosa vaca de tiernos ojos, no me resultaba distinto a cuando yo, sentado en el banco junto a la ventana de mi estudio, desde un infolio me embebía del dulce y espumeante alimento del espíritu. Lo uno era igual a lo otro, nada era inferior a nada, ni en naturaleza sobrenatural, fantástica, ni en fuerza física, y así seguía a todo lo ancho de la vida, tanto a la derecha como a la izquierda. En todas partes estaba en el centro justo, sin advertir nunca nada que fuera mera apariencia: o intuía que todo fuera un símil y cada criatura una llave de la otra, y me sentiría entonces satisfecho de poder coger una tras otra y abrir de par en par con ella tantas de las otras como pudiese abrir. Hasta aquí se explica el título que pensaba dar a aquel libro enciclopédico.

Bien puede parecerle, a quien tenga acceso a semejantes pensamientos, que se deba al plan perfectamente trazado de una divina providencia el que mi espíritu, tan hinchado de arrogancia, haya tenido que desplomarse hasta este extremo de pusilanimidad e impotencia, el cual es ahora el constante estado anímico de mi interior. Pero semejantes interpretaciones religiosas no tienen poder alguno sobre mí; pertenecen a las telarañas que veloz atraviesan mis pensamientos, hacia el vacío, mientras tantos compañeros suyos permanecen ahí colgados y hallan descanso. Para mí los secretos de la fe quedaron concentrados bajo la forma de una excelsa alegoría que se alza cual resplandeciente arcoíris sobre los campos de mi vida, en constante lejanía, siempre dispuesto a retroceder si se me ocurriese correr hacia él y querer envolverme en la orla de su manto.

No obstante, mi venerado amigo, también los conceptos terrenales se me escapan del mismo modo. ¿Cómo podría intentar siquiera describirle esos extraños tormentos, ese brusco retirarse de ramas cargadas de frutos sobre mis manos extendidas, ese retroceder de aguas murmurantes ante mis labios sedientos?

Mi caso es, en resumen, éste: he perdido totalmente la facultad de reflexionar o hablar sobre no importa qué cosa de forma coherente.

Al principio se me fue haciendo paulatinamente imposible hablar sobre un tema elevado o general y para ello llevarme a la boca aquellas palabras de las cuales suele valerse todo el mundo sin pensárselo y con soltura. Sentía un malestar incomprensible con tan sólo pronunciar las palabras espíritu, alma o cuerpo. Resultaba en mi fuero interno imposible emitir juicio alguno acerca de los asuntos de la corte, de los acontecimientos en el parlamento, o de lo que Usted quiera. Y no por reparo alguno, pues ya sabe usted que mi franqueza roza la imprudencia: sino que las palabras abstractas, a las cuales por naturaleza ha de recurrir la lengua para emitir cualquier juicio, se me deshacían en la boca como hongos podridos. Me ocurrió que quise amonestar a Katharina Pompilia, mi hija pequeña de cuatro años, por una mentira infantil de la cual se había hecho culpable y conducirla hacia la necesidad de ser siempre sincera y, al querer hacerlo, los conceptos que, abundantes, afluyeron a mi boca adquirieron de pronto semejante coloración tornasolada y confluyeron de tal modo que yo, balbuciendo, concluí como pude la frase, como si me sintiera indispuesto y también, de hecho, con el rostro pálido y un latir intenso en la sien, dejé sola a la niña, cerré tras de mí de golpe la puerta y no me recuperé mínimamente sino después de una buena galopada por el prado solitario.

Paulatinamente se fue no obstante extendiendo esa tribulación cual herrumbre que corroe cuanto le rodea. Incluso en la charla familiar y trivial, todos los juicios que uno suele enunciar a la ligera y con seguridad de sonámbulos se me fueron volviendo tan discutibles que tuve que dejar de participar en charlas de esta índole. Con una rabia inexplicable, que sólo con esfuerzo apenas suficiente disimulaba, había de oír frases como: el asunto acabó bien o mal para tal o cual; el sheriff N. es un malvado, el predicador T. una buena persona; el arrendatario M. es digno de compasión, sus hijos son unos derrochadores; otro merece ser envidiado porque sus hijas saben llevar las cosas de casa; una familia prospera, otra está en decadencia. Todo esto me parecía tan indemostrable, tan mendaz, tan inconsistente. Mi espíritu me obligaba a mirar con inquietante proximidad todas las cosas que alimentaban semejantes charlas: me pasaba ahora con los hombres y sus actos como cuando, una vez, a través de una lente de aumento, vi un trozo de la piel de mi meñique que parecía una tierra en barbecho, con surcos y cavidades. Ya no lograba abarcarlos con la mirada simplificadora de la costumbre. Todo se me deshacía en partes, las partes de nuevo en partes, y nada quedaba que pudiera aprehenderse con un concepto. Las palabras sueltas flotaban a mi alrededor; se volvían ojos que miraban fijamente y que yo había a mi vez de mirar; remolinos que giran sin cesar, eso es lo que son, a través de los cuales se llega al vacío y en los que la mirada produce vértigo.

Hice un intento por apartarme de ese estado refugiándome en el mundo espiritual de los Antiguos. Evité a Platón, pues me aterraba la peligrosidad de su vuelo de imágenes. Pensé sobre todo en cultivar el trato con Séneca y Cicerón. Con esa armonía de acotados y ordenados conceptos esperaba sanar. Pero no pude acceder a ellos. Esos conceptos, yo los entendía perfectamente: veía ascender ante mí su maravilloso juego de relaciones, como magníficos surtidores de agua que juegan con bolas doradas. Podía quedarme suspendido a su alrededor y verlas jugar entre ellas; pero sólo se relacionaban entre sí, y lo más profundo, lo personal de mi pensamiento quedaba excluido de su corro. Entre ellas, se apoderó de mí el sentimiento de terrible soledad; me sentía como quien se hallase encerrado en un jardín con nítidas estatuas sin ojos; huí de nuevo hacia el espacio abierto.

Desde entonces llevo una existencia que Usted, me temo, apenas podría concebir dado su fluir tan vacío de espíritu, tan vacío de pensamientos; una existencia que apenas puede sin duda distinguirse de la de mis vecinos, familiares y de la mayoría de los nobles terratenientes de este reino y que no está del todo exenta de dichosos y vivificantes momentos. No me resulta fácil hacerle entender en qué consisten esos buenos momentos; las palabras de nuevo me abandonan. Pues se trata de algo totalmente innominado y también probablemente apenas nombrable lo que en semejantes momentos –llenando, cual recipiente, cualquier aparición de mi entorno cotidiano con un desbordante caudal de vida superior- se me anunciaba. No puedo esperar que sin un ejemplo Usted me entienda, y he de solicitarle indulgencia por la ridiculez de mis ejemplos. Una regadera, un rastrillo abandonado en el campo, un perro tumbado al sol, un mísero cementerio, un lisiado, una granja pequeña, todo esto puede llegar a ser el recipiente de mi revelación. Cada uno de esos objetos, y otros mil parecidos sobre los que de ordinario se desliza el ojo con natural indiferencia, puede de repente adquirir para mí en cualquier momento, que en modo alguno yo mismo puedo dominar, un carácter sublime y conmovedor. Más aún, puede ser incluso la concreta representación de un objeto ausente al que se le otorga el privilegio inefable de ser rellenado hasta los bordes con aquel caudal de sentimiento divino que crece suave y súbito. Así había dado recientemente la orden de esparcir en los sótanos de una de mis vaquerías abundante veneno contra las ratas. Partí a caballo hacia el atardecer y, como Usted bien puede suponer, no pensé más en el asunto. Entonces, al cabalgar al paso sobre los profundos surcos arados, con nada peor a mi alrededor que una espantada cría de codorniz y, a lo lejos, sobre los campos ondulados, el gran sol poniente, he aquí que se abre de repente en mi interior ese sótano, lleno de la agonía de esa colonia de las ratas. Todo estaba en mí: el aire frío y sórdido del sótano repleto del olor dulzón y penetrante del veneno, y la estridencia de los gritos de muerte que resonaban contra los muros enmohecidos; esas convulsiones enmarañadas de la impotencia, de desesperaciones en frenético correr entremezclado; la demencial búsqueda de las salidas; la mirada fría de la ira cuando dos coinciden ante la rendija taponada. ¡Pero no sé qué hago volviendo a las palabras de las que he renegado! ¿Recuerda, amigo mío, la maravillosa descripción de Alba Longa? Cómo las gentes recorren errantes las calles que no han de volver a ver… cómo se despiden de las piedras del suelo. Yo le digo, amigo mío, que todo eso lo llevaba en mí junto a Cartago en llamas; pero era más, era divino, animal; y era presente, el presente más pleno y más sublime. Ahí había una madre que tenía sus crías agonizantes, con convulsiones a su alrededor y que dirigía sus miradas, no a las crías moribundas, no a los muros de piedra inexorables, sino al aire vacío o, a través del aire, al infinito, ¡y acompañaba esas miradas con un rechinar de dientes! –Si un esclavo sirviente estuvo lleno de impotente horror cerca de Níobe en trance de petrificarse, debió padecer lo que yo padecí cuando, en mí, el alma de ese animal enseñaba los dientes al terrible destino.

Perdóneme esta descripción, pero no piense que era compasión lo que me llenaba. No debe pensarlo bajo ningún concepto, si no le parecería que escogí mi ejemplo muy torpemente. Era mucho más y mucho menos que compasión: una tremenda participación, un estar fluyendo en cada una de las criaturas o un sentir que un efluvio de la vida y de la muerte, del sueño y de la vigilia las desborda por un instante, ¿desde dónde? Pues, qué tiene que ver con la compasión, con una humana e inteligible asociación de pensamientos, el haber encontrado la otra tarde bajo un nogal una regadera a medio llenar, olvidada allí por un mozo jardinero, esa regadera y el agua que hay en ella, oscurecida por la sombra del árbol, y un ditisco que rema sobre la superficie del agua de una orilla oscura a otra, si ese conjunto de nimiedades me estremece con tal presencia de lo infinito, me estremece desde la raíz de los cabellos hasta la médula de los talones, de tal modo que deseo prorrumpir en palabras de las que sé que, si doy con ellas, derribarán a aquellos querubines en los que no creo, y me alejo en silencio de aquel lugar y semanas más tarde, al divisar ese nogal, lo esquivo con mirada tímida, porque no quiero ahuyentar la sensación de lo maravilloso que ondea alrededor del tronco, ni quiero expulsar los más que terrenales estremecimientos que siguen palpitando ahí cerca, alrededor de los matorrales. En tales momentos, una criatura insignificante, un perro, una rata, un escarabajo, un manzano desmedrado, una carretera que serpentea sobre la colina, una piedra cubierta de musgo resultan ser para mí mucho más de lo que haya podido ser la amada más bella y cariñosa en la noche más feliz. Esas criaturas mudas y a veces sin vida se elevan hacia mí con tal plenitud, con tal presencia del amor, que mi dichoso ojo tampoco repara a su alrededor en ningún punto inerte. Todo lo que hay, todo lo que recuerdo, todo lo que tocan mis pensamientos más confusos, todo se me antoja ser algo. También mi propia pesadez, el restante letargo de mi cerebro; siento en mí y en torno a mí un encantador juego de contrarios, absolutamente infinito, y no hay bajo las materias, que entre ellas mismas juegan, ninguna en la que yo no pudiera fundirme. Ocurre entonces como si mi cuerpo dispusiera de las auténticas claves que me lo revelan todo. O como si pudiéramos entablar una nueva, premonitoria relación con la totalidad del ser, al empezar a pensar con el corazón. Mas cuando me falta ese extraño hechizo, no sé decir nada al respecto; me servirían tan poco unas palabras razonables para explicar en qué consistía esa armonía que me entretenía a mí y a todo el mundo, y de qué modo ésta se me había hecho perceptible, como no aportar ninguna precisión acerca de los movimientos internos de mis entrañas o de los estancamientos de mi sangre.

Dejando de lado esas curiosas casualidades, sobre las cuales, por cierto, apenas sé si las he de atribuir al espíritu o al cuerpo, vivo una vida de vacío apenas imaginable y me cuesta ocultar a mi mujer la rigidez de mi interior y a mi gente la indiferencia que me inspiran los asuntos de la propiedad. La buena y severa educación que he de agradecer a mi difunto padre y el haberme acostumbrado pronto a no dejar vacía ninguna hora del día, son, me parece, lo único que, de cara al exterior, otorga a mi vida una solidez suficiente y mantiene la apariencia adecuada a mi condición y persona.

Reconstruyo un ala de mi casa y logro conversar de vez en cuando con el arquitecto acerca de los progresos de su labor; administro mis bienes, y mis arrendatarios y empleados tal vez me encuentren un tanto parco en palabras, aunque no menos bondadoso que antes. Ninguno de ellos, cuando por la tarde paso enfrente a caballo, y están ante su puesta con la gorra, intuye que mi mirada, a la que suelen acoger respetuosamente, se desliza con callada nostalgia sobre las tablas podridas bajo las que suelen buscar lombrices para pescar, y penetra por la estrecha ventana enrejada en el lúgubre cuarto donde, en un rincón, la baja cama de sábanas de colores parece estar siempre esperando a uno que quiera morir o a otro que tenga que nacer; que mi ojo anda largo rato pendiente de  los feos cachorros o del gato que se desliza ágil por entre macetas, y que, entre todos los pobres y toscos enseres de una vida rústica, busco aquél cuya forma insignificante, cuyo estar puesto o recostado no ha sido observado por nadie, cuya muda esencia pueda revelarse como fuente de aquel enigmático, mudo e ilimitado arrobo. Porque mi feliz e innominada sensación surge antes de una lejana y solitaria hoguera de pastor que de la visión del cielo estrellado; antes del canto de un último grillo cercano a la muerte, cuando el viento de otoño ya arrastra sobre los campos yermos nubes invernales, que de la majestuosa resonancia del órgano. Y a veces me comparo en mis pensamientos con aquel Craso, el orador de quien se cuenta que se había encariñado tan extraordinariamente con una mansa morena, mudo y apático pez de su estanque, de ojos rojos, que se convirtió en tema de conversación de la ciudad; y cuando en una ocasión en el senado Domicio le reprochó haber vertido lágrimas por la muerte de ese pez, y tacharlo de este modo de medio loco, Craso le contestó: «así hice yo a la muerte de mi pez lo que Usted no hizo a la muerte de su primera, ni de su segunda esposa.»

No sé cuántas veces este Craso con su morena me viene a la mente como reflejo de mí mismo, arrojado hasta aquí por encima del abismo de los siglos. Pero no a causa de la respuesta que diera a Domicio. La respuesta puso las risas de su parte, por lo que la cosa quedó en broma. Pero a mí el asunto me afecta, el asunto, que habría seguido igual aunque Domicio hubiera llorado lágrimas de sangre del más sincero dolor por sus mujeres. De ser así, Craso estaría de todos modos todavía frente a él con sus lágrimas por la morena. Y sobre esa figura, cuya ridiculez y bajeza salta  así, en medio de un senado que domina el mundo, que debate los asuntos más sublimes, del todo a la vista, sobre esa figura me obliga un algo innombrable a pensar de una manera que me parece completamente disparatada en el momento en que intento expresarlo con palabras.

La imagen de ese Craso está a veces de noche en mi cerebro, como una astilla alrededor de la cual todo supura, palpita y hierve. Entonces es como si yo mismo empezara a fermentar, formara ampollas, hirviera y brillara. Y hay en todo ello una especie de pensar febril, pero un pensar mediante un material que es más directo, más líquido y más candente que las palabras. Son también remolinos, pero de aquéllos que, contrariamente a los remolinos de la lengua, no parecen conducir a un suelo sin fondo, sino de algún modo, a mí mismo y al seno más profundo de la paz.

Le he molestado más de lo debido, mi apreciado amigo, con esa extensa descripción de un estado de ánimo inexplicable que de ordinario permanece encerrado en mi interior.

Ha tenido usted la bondad de manifestar su descontento de que no se le hubiese enviado ningún libro escrito por mí «que le desagravie de no haber disfrutado de mi trato». Sentí en ese instante, con una certeza no del todo exenta de cierta sensación dolorosa, que el año próximo y el siguiente y los restantes de mi vida no escribiría ningún libro en inglés y ningún libro en latín: y eso por el motivo cuya rareza, para mí tan penosa, dejo a discreción de su infinita superioridad espiritual, de mirada no cegada, situar en el reino, extendido armónicamente ante Usted, de los fenómenos espirituales y corpóreos; y es que la lengua, en la que  tal vez me estaría dado no sólo escribir, sino también pensar, no es ni el latín, ni el inglés, ni el italiano, ni el español, sino una lengua de la que todavía no conozco ni una sola palabra, una lengua en la que me hablan las cosas mudas y en la que quizá algún día, en la tumba, haya de responder por mis actos ante un juez desconocido.

Quisiera me fuera concedido condensar en las últimas palabras de esta probablemente última carta que escribo a Francis Bacon, todo el amor y gratitud, toda la enorme admiración que hacia el mayor benefactor de mi espíritu, el primer inglés de mi tiempo, mi corazón abriga y seguirá abrigando hasta que la muerte lo haga estallar.

    Anno Domini 1603, este 22 de agosto Phi. Chandos

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Hugo von Hofmannsthal: Poesía lírica seguida de carta de lord Chandos, (trad. Olivier Giménez López), Igitur, Montblanc, 2002, pp. 249-263

[texto completo actualizado el 15/03/2014]

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