Juan Filloy

de Op Oloop 

Parece mentira, pero es cierto. La vida solitaria de los especímenes más evolucionados gira siempre sobre goznes de rutina. Al pobre Kant, los imperativos no le dejaban alejarse más allá de las cervecerías de su pueblo; al pobre Pasteur, los microbios lo forzaron a una soledad pura de leche pasteurizada; al pobre Edison, los inventos lo retuvieron circuido en el insomnio y la sordera. A medida que se expande el espíritu, la carne se sujeta a clisés ineludibles. Los hábitos de yacer, folgar y yantar se tornan matemáticos. Y las horas del día, irrevocablemente asignadas a goces, funciones y eventos conocidos, se ahondan en el deber; pues, cuando la audacia mental más se aventura por las zonas inéditas de la abstracción, la materia más se empecina y circunscribe en el sótano de la costumbre.

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