R. P. Feijoo

Mirarse. Mirarse de lejos. Otearse como un tejado sobre el que se posa una paloma y defeca. Igualito. “¿Eso hay que hacer?”   Si, eso y reírse muy alto, cada vez más, hasta que te mire con extrañeza todo desconocido en un área de diez metros, mínimo. Sabrás que has conseguido tu objetivo cuando tus amigos también acompañen su mirada con un movimiento negativo de cabeza, como dándote por perdida. “¿Y después?” Después… el silencio y el círculo. Hasta que un osado te pida un cigarro y te lance de nuevo al mundo, sin previo aviso. Entonces buscarás en el bolso algo más que el tabaco; apartarás los libros, sacarás los clinex, te caerá el monedero pero ni rastro habrá de sonrisa y formas cotidianas. Armada de valor te girarás hacia él, con la mirada extraviada en una mueca incierta, y le preguntarás si te ha reconocido o se ha dado cuenta.  Es posible que los que te rodeen dejen la conversación con consumición a un lado, para llenarlo todo con disculpas, antes, de que el pobre, tomado por sorpresa, sea capaz de responder algo. Tú insiste. Incluso puedes hacer el ademán de abalanzarte sobre él, que ya está a punto de marcharse, para exigirle franqueza. Si nadie te retiene, agárralo por las solapas y acerca tu cara a la suya para que vea bien cómo lo traspasas, para que sepa que nada de aquello le concierne, que se dirige a un horror profundo, instalado en los mismos cimientos. Según su grado de autorreflexión intentará escapar despavorido o tranquilizarte permitiendo al resto del bar comentar la escena con calma. En tu caso conviene que reaccione con pánico, probabilidad elevada dado el estado de las cosas y las mentes, tratando de apartarte lo más rápido posible. Si en el esperpento te caes al suelo habrás alcanzado el paroxismo de lo trágico. Aparecerá el camarero o el dueño o ambos, con la intención, ya te aviso, de levantarte y sacarte del local. A sus esfuerzos se sumarán los de tus allegados que, a estas alturas, no sabrán si les puede la vergüenza o la desazón.  Ante todo resístete, patalea, chilla, finge desmayos, araña el parqué, pide un cura, insúltalos a todos y justo, cuando estén a punto de cerrar la puerta tras de ti, vuélvete, con voz profunda, como si no fuera la tuya, para sentenciar a muerte a los que se agolpan por ver mejor. Di algo terrible, que tarden en olvidar y que les deprima el resto del día. Luego llegará la ambulancia, la pastilla bajo la lengua y el querido cirrótico, que no entiende que el sentido de tu vida es cuidar monos en una reserva tropical.

Un pensamiento en “R. P. Feijoo

  1. Todo esta bien.
    Ya sabemos lo que hacer, y como hacerlo.
    Decirle que no es su asunto.
    Hacer que se arrepienta solo de imaginarlo.
    Y quitarle las ganas de que se le ocurra siquiera volver a intentarlo jamas.
    Pero, para que?
    Para ayudarlo, o para lo que yo me temo?

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