Callos a la manera de Oporto

Un día, en un restaurante, fuera del espacio y del tiempo,

me sirvieron el amor como si fueran callos fríos.

Dije delicadamente al misionero de la cocina

que los prefería calientes,

que los callos (y eran a la manera de Oporto) nunca se comen fríos.

Se impacientaron conmigo.

Nunca se puede tener razón ni en un restaurante.

No comí, no pedí otra cosa, pagué la cuenta,

y vine a pasear por toda la calle.

¿Quién sabe lo que esto quiere decir?

Yo no lo sé, y pasó conmigo…

(Sé muy bien que en la infancia de todo el mundo hubo un jardín,

particular o público, o del vecino.

Sé muy bien que el hecho de que jugásemos allí era su dueño.

Y que la tristeza es de hoy).

Sé eso muchas veces,

pero, si yo pedí amor, ¿por qué me trajeron callos

a la manera de Oporto fríos?

No es un plato que pueda comerse frío,

pero me lo trajeron frío.

No me quejé, pero estaba frío,

nunca se puede comer frío, pero vino frío.

Un pensamiento en “Callos a la manera de Oporto

  1. Me encanta la metáfora de los callos fríos. El amor se presenta muchas veces en nuestra vida como algo incomestible, sí señor. Pessoa es magnífico.

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