E M Cioran


Cuadernos

“Toda filosofía no vale una hora de dolor”. Desde mi época de insomnios he hecho inconscientemente esta afirmación de Pascal, siempre que he leído o releído a un filósofo.

La diferencia entre un hombre de acción y un pensador es la de que un pensador no comete ni puede cometer -nunca- una falta trágica; por eso no juega ni puede jugarse la vida… mientras que el hombre de acción no hace otra cosa.

La reflexión sobre la vida no carece necesariamente de fin. Entraña un límite, ya que, cuando rumiamos su objeto, resulta imposible no toparnos tarde o temprano con el suicidio, que detiene la progresión del pensamiento, que se erige como un muro ante la reflexión. Así, cuando nos perdemos en la ola de la vida, el suicidio se presenta como un mojón, un punto de referencia, una certidumbre, una realidad positiva: por fin tiene el pensamiento algo sobre lo que rumiar, deja de divagar.
En el vértigo que se apodera del pensamiento en cuanto se aplica a la vida, es decir, a la ola misma, el suicidio aparece como un pretil.

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