Una forma de decirlo o Breve historia de mí misma

El campo verde
El cielo azul
En una tarde de verano
Todo lleno de luz

Nunca he sabido manejar las cuerdas de las emociones,
que tanta relevancia tienen en la vida.

Fui una niña sensible a las desgracias e infortunios de las guerras,
lloraba pensando en los niños que no comían ni iban a la escuela.
Aprendí a rezar y lo hacía con insistencia,
pero pronto sentí el desaliento hasta en las cosas más pequeñas.
Las muñequitas que con tesón recortaba,
y que bien vestidas tenía,
con sus trajes de celofán y purpurina,
al final, siempre se perdían.

Gracias a una considerable dosis de imaginación aprendí a volar.
Pero me vi obligada -volar no estaba bien visto- a poner piedras en los bolsillos que, poco a poco, se fueron llenando de agujeros.
Y comencé así a escribir versos.
En la escuela todos los niños me señalaban con el dedo y me hacían burlas y desprecios. Ellos no sabían volar.

Ya en la universidad aprendí las reglas de la argumentación,
a leer los grandes tratados sobre el ser, el ente, el infinito y la nada.
Aprendí lo imprescindible, digamos más bien poco, sobre epistemología, política, estética y ontología.
E hice, un buen día, un conjuro en una vieja olla de metal:
bien revuelto,
a fuego lento
me formé una imagen del mundo peculiar.

Pero aburrida de tanta abstracción, me dediqué a otras cosas:

Emprendí la búsqueda de unos versos de la infancia,
que yo daba por perdidos.

Comencé saltando una rayuela que una niña del barrio había dibujado en la acera.
Un señor de mirada profunda, que conversaba con las briznas de hierba y escribía poemas, me obsequió con su mapa.
Me señaló una montaña que, decían los entendidos, era mágica y me propuse, desesperada, subir a su cima.

Entré primero en un laberinto, luego atravesé un túnel
y finalmente llegué a una carretera perdida.
Guardé silencio por un tiempo pero conservé en mis bolsillos sus fragmentos.
Entablé amistad con un espantapájaros que leía sus versos en el tranvía y siempre,
siempre se reía;

Sembré unas flores que nunca llegaron a florecer, aquejadas de un gran mal, vaya usted a saber;
toqué con el dedo índice el ombligo de un limbo y sentí náuseas, temor y temblor.
Conocí, finalmente, a una mujer extraordinaria que también sabía volar y me mostró la dirección correcta que debía tomar.

Decidida, a pie, como la gente sencilla, llegué a la anhelada cima.

Encontré al tiempo tumbado en una hamaca.
“¿Es usted el tiempo?”, pregunté.
“Yo soy yo”, dijo severamente.
“Disculpe, señor, eso es una tautología.”
“No me vengas con tonterías,
¿a qué vienes?”
“Trato de recordar mis primeros versos”
“Pero si esos versos están ahí abajo”, señaló con su dedo.
Seguí la indicación y allí,
en un cuaderno estaban aquellos versos.
“Ahora que has encontrado lo que buscabas,
déjame descansar”.

Dejé el tiempo y bajé la montaña emocionada.
Eran tan sólo cuatro versos,
sencillos,
como la edad a la que habían sido escritos.
Combray, ya se sabe lo que ocurre en estas circunstancias,
regresó de repente.

Pero como todos los conjuros, el mío había prescrito y con él toda aquella imagen del mundo que me había formado con anterioridad:
sin darme cuenta, fui desaprendiendo los conceptos que me enseñaron en la universidad.
Fue un proceso lento.
Comencé hablando de las cosas sencillas, rechazando la idea de ser y la de ente y lo que es más grave, abandonando el rigor conceptual en los días de fiesta.
Pospuse en mis conversaciones las disputas,
los grandes diálogos
y las cuestiones metafísicas…
me quedé con lo imprescindible:
la lógica para rebatir una falacia
y un imperativo para el actuar moral.

Ahora me sobran las ocupaciones, a decir verdad.
Me he hecho amiga del señor que habla con la hierba,
Juego a la cuerda con la niña de la rayuela,
Leo versos en el tranvía
Y con los fragmentos de aquel silencio he escrito este poema
donde cuento cómo ha sido mi vida.

De vez en cuando echo a volar,
Pero no demasiado alto, no se vaya usted a creer.
Mi deseo sigue siendo ser una persona sencilla.

Como iba diciendo,
nunca he sabido manejar las cuerdas de las emociones
tan relevantes para la vida.

Siempre fui excesiva.
Tanto en el llanto como en la risa.
No se disculpe a nadie.
Ya no soy una niña.

septiembre, 2007

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