La puerta de atrás


Es conocida la leyenda de Wu Dao Zi, ese pintor de la dinastía Tang que al acabar de pintar un cuadro, maravillado y por un impulso irresistible recorrió el camino serpenteante que bordeaba las montañas, aún fresca la pintura, entró en el cuadro y desapareció. Dicen otros que, en realidad lo que hizo fue pintar una puerta, traspasar el umbral y una vez dentro, la puerta se cerró para siempre.

Esta imagen ha sido rememorada por algunos artistas y pensadores para aludir con diferentes matices al misterio del arte, su secreto, lo mágico e incluso lo místico. Sin embargo, hay quien habló de otra puerta, la puerta de atrás. Si tomamos como ejemplo la escritura, por esa otra puerta también se podría entrar en el texto. Los silencios, las pausas, las elipsis no siempre son cuestión de estilo y es necesario saber que de quien escribe no se puede uno fiar, (¿por qué se callaría aquel señor lo que en realidad sucedió a Psaménito?).

Esto presupone, claro está, que esa puerta no se cierra nunca del todo, aunque con cerrojos bien sujeta se asegure y esconda tras de sí las llaves del candado.

Quizás de todo ello, podamos salvar la idea de que siempre hay una historia escrita detrás de la historia. Que toda lectura es ya interpretación. Y no menos cierto, que muchas veces somos nosotros mismos los que nos inventamos las puertas. Que hay interpretaciones que ni de lejos rozan la historia, que son ya otra historia.

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febrero, 2012

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