recuerdos

una conversación

N: –Estaba con música de fondo en aleatorio y ha empezado a hablar Cortázar leyendo el cap. 2 de Rayuela. ¿Es correcto pensar que era el puro egoísmo lo que describía; una apariencia de ser no comprometida ni conectada con el mundo? Una simulación. Más parecer ser que ser. Vida desafectada. He tenido esa sensación. Hasta creo que Cortázar introduce a Rocamadour para que se vea con más claridad la mentira de esas personas que no saben querer a un bebé. Lo inútil de esas vidas, que acaba precisamente en desconexión total con el mundo: locura.
Hay tantas lecturas como veces se lee. Apenas recuerdo el libro. Pero el Recuerdo de Rocamadour siendo sutil me alcanza.

R: –Lo de Oliveira es puro egoísmo, desde luego. Inútil para la vida, absolutamente desapegado, sin remedio, consciente de ello, siempre amargura de fondo. Sin embargo es capaz de hacer razonamientos sublimes, de profunda comprensión. Es su única funcionalidad, si no ya se habría defenestrado en el capítulo 1.

N:  –Manejarse con las palabras y no con las emociones, lo que vibra… Creo que lo que nos conecta con el mundo es el sentimiento de mundo. Lo otro es pasar de un capítulo a otro, una y otra vez, pero siempre los mismos dos capítulos.

R: –Yo creo que lo que nos hace estar vivos y conectados es el amor y la capacidad para amar, con todo lo que ello conlleva. Horacio, tenía demasiado miedo para mojarse. Es la imagen de la debilidad mental, eso sí, fabulosamente ornamentada.

N: –Exacto. Antes -extraña recurrencia aleatoria de sábado- había leído también “la tos de una señora alemana”. Se cuela, la tos, en una famosa interpretación de una composición de Beethoven a cargo de un violinista judío ante un público alemán.

R: –Sé cuál es.

2/6/2012 (a través de whatsapp)

La tos de una señora alemana

Texto:

La mentalidad científica quiere que todo tenga explicación, incluso lo maravilloso. Qué le vamos a hacer tal vez sea así; pero entonces, apenas se acepta resignadamente esta supuesta conquista total de la realidad, lo maravilloso vuelve desde pequeñas cosas, lo insólito resbala como una gota de agua a lo largo de una copa de cristal, y quienes merecen el comercio con esas mínimas presencias olvidan la sapiencia y la conciencia y la ciencia para pasarse a otro lado y hacer cosas como por ejemplo escuchar la tos de una señora alemana. En 1947, poco después del fin de la guerra, Wilhelm Furtwngler dirigió un concierto entre las ruinas de una Alemania derrotada, que la mayoría de sus vencedores empezaban a rehabilitar al oeste después de haberla repudiado al este. También Furtwngler había sido repudiado en un principio por su condescendencia frente a la megalomanía de y melomanía de Adolfo Hitler, tras de lo cual parecía de buen tono rehabilitarlo; así terminan muchas guerras, lo cual explica que un tiempo después vuelvan a desatarse, pero no es de eso que vamos a hablar sino del concierto en el que Yehudi Menuhin, invitado por las fuerzas de ocupación, tocó esa noche el “Concierto en Re” de Beethoven que el ilustre Furtwngler sacaba una vez más de su jaula para mostrar lo que era capaz de hacer con ése imperecedero leopardo de la música. La radio alemana difundió el concierto y además lo grabó con los medios técnicos disponibles en ese momento, que no eran muchos. La grabación (¿disco, alambre, cinta magnetofónica?) quedó en los archivos hasta que el otro día, más de treinta años después, fue prestada a la radio francesa que la prestó a su vez a mi receptor sintonizado en France Musique. Un argentino en París escuchó así a una orquesta alemana y a un violinista judío que tocaban bajo la batuta de un muerto; todo eso, que hubiera sido perfectamente incomprensible hace menos de un siglo, formaba y forma parte de lo ordinario, de lo que la ciencia explica a los niños en las escuelas; todo eso era cotidiano, simplemente apretar unos botones e instalarse en un sillón.
Tal vez Menuhin no tocó jamás el concierto de Beethoven como esa noche; le sobraban razones para hacerlo tan prodigiosamente en el mismo lugar donde habían sido exterminados siete millones de judíos y donde acaso algunos de sus exterminadores se sentaban en las plateas del teatro y lo aplaudían frenéticamente. Del concierto en sí, de su intérprete y de su director, solo puede hablarse con admiración, pero noes de eso que hablamos sino de ese instante, creo que en el segundo movimiento, en que un “pianíssimo” de la orquesta dejó pasar una tos, un solo golpe seco y claro de tos que no habría de repetirse, una tos de mujer, la tos de una señora que cualquier cálculo de probabilidades definiría como la tos de una señora alemana.
Durante más de treinta años esa pequeña tos anónima había dormido en los archivos de la radio; ahora reiteraba su diminuto fantasma en millares de oídos que escuchaban un concierto en otro tiempo y otro espacio. Imposible saber quién tosió así esa noche; ninguna ciencia, ningún caballero Dupin podría rastrear su origen. Sin la menor importancia, sin la más pequeña significación, esa tos se repitió multiplicada por infinitos altavoces para recaer instantáneamente en la nada; pero alguien que acaso nació para medir cosas así con más fuerza que las grandes y duraderas cosas, oyó esa tos y algo supo en él que lo maravilloso no habla muerto, que bastaba vivir porosamente abierto a todo lo que habita y alienta entre lo concreto y lo definible para resbalar a otro lado donde de pronto, en la enorme masa catedralicia de un concierto beethoveniano, la breve tos de una señora alemana era un puente y un signo y una llamada. ¿Quién fue esa mujer, dónde se sentó esa noche, está aún viva en alguna parte del mundo? ¿Por qué esa tos hace nacer estas líneas en otro tiempo, bajo otro cielo? ¿Hasta cuándo vamos a seguir creyendo que lo maravilloso no es más que uno de los juegos de la ilusión?

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