teatros

Paul Delvaux, La villa de las sirenas (1942)

ESCENA 3

Una habitación

Danton, Camille y Lucile.

Camille

Os lo digo, si no se les da burdas copias de todas las cosas, etiquetadas como “teatros”, “conciertos” y “exposiciones”, no verán ni entenderán nada. En cambio, si alguien hace una marioneta a la que se le ve el hilo que la mueve y con unas articulaciones que rechinan a cada movimiento, dirán: ¡qué carácter, qué lógica! Si alguien toma un pequeño sentimiento, una frase o una idea, los viste con blusa y pantalones, les añade manos y pies, le pintarrajea el rostro y martiriza a la gente durante tres actos hasta que acaba casándose o pegándose un tiro, dirán: ¡esto es ideal! Si alguien manipula una ópera imitando los flujos y reflujos del alma humana como un silbato de agua remeda el canto de un ruiseñor, dirán: ¡qué arte!
Ahora hagan que la gente salga del teatro y sitúenla en la calle. Dirán: ¡qué lamentable es la realidad!
Se olvidan del Buen Dios por culpa de sus malos copistas. No oyen, no ven nada de la naturaleza ardiente, impetuosa y luminosa que renace a cada instante en ellos y en torno a ellos.  Acuden al teatro, leen poemas y novelas, imitan muecas de los peleles y dicen de las criaturas del Buen Dios: ¡qué vulgaridad!
Los griegos tenían razón cuando decían que la estatua de Pigmalión había cobrado vida pero no había tenido descendencia.

Georg Büchner: La muerte de Danton, Hondarribia, Hiru, 2002, p. 143

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Pigmalión y Galatea
Rodin
Francisco de Goya
Paul Delvaux

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