el corazón

Anna Karina, fotograma Vivre sa vieAnna Karina, fotograma Vivre sa vie (Jean-Luc Godard, 1962)

CONMEMORACIÓN DE LA MUERTE DE JUANA DE ARCO

André Malraux

 

En nombre del Gobierno francés.

Orléans, fechado en Ruán el 31 de mayo de 1964

 

…La resurrección de su leyenda es anterior a la de su persona, pero ¡aventura única!, el tardío descubrimiento de su persona no debilitó su leyenda, sino que más bien la dotó de su brillo supremo. Para Francia y para el mundo, la hermanita de San Jorge se convirtió en la Juana viviente gracias a los textos del proceso de condena y el de rehabilitación: por las respuestas que dio aquí, por el sangrante rojo de la hoguera.

Hoy en día sabemos que en Chinon, en Orléans, en Reims, en la guerra, e incluso aquí mismo, salvo quizás durante aquella sola y atroz jornada, la suya es un alma invulnerable. Y esto en primer término porque ella no se consideraba más que la mandataria de sus voces: “Sin la gracia de Dios, no sabría qué hacer”. Es conocida la sublime cantilena de sus testimonios de Ruán: “La primera vez sentí gran miedo. La voz vino a mediodía; era verano, en el fondo del huerto de mi padre… Después de oírla tres veces, comprendí que era la voz de un ángel… Era bella, dulce y humilde; y me contaba el gran dolor que existía en el reino de Francia… Dije que era una pobre muchacha que ni siquiera sabía ir a caballo ni hacer la guerra.. Pero la voz decía: «Ve, hija de Dios…»”.

Desde luego, Juana fue femeninamente humana. Cuando se hizo necesario demostró también una incomparable autoridad. Los capitanes se exasperaban ante esta “parlanchina que quiere enseñarles la guerra”. (¿La guerra? Las batallas que ellos perdían y que ella ganaba…) Amándola u odiándola, en su lenguaje hallan el “Dios lo quiere” de las Cruzadas. Esta muchacha de diecisiete años, ¿cómo la comprenderíamos si no oyéramos, bajo su sencillez, el acento incorruptible con que los profetas tendían sus manos amenazadoras hacia los reyes de Oriente, y sus manos consoladoras hacia el dolor del reino de Israel?

Antes del tiempo de las batallas, le hicieron la conocida pregunta:

-Si Dios quiere que se marchen los ingleses, ¿para qué necesita a vuestros soldados?

-Los hombres de guerra combatirán y Dios otorgará la victoria.

Ni san Bernardo si san Luis habrían respondido mejor.

Pero llevaban dentro de sí la cristiandad, no Francia.

Y a unos pasos de aquí, sola ante las dos preguntas asesinas:

-Juana, ¿estás en estado de gracia?

-Si no lo estoy, que Dios me ponga en él; si lo estoy, que Dios me mantenga en él- y por encima de todo la respuesta ilustre:

-Juana, cuando san Miguel se te apareció, ¿estaba desnudo?

-¿Creéis a Dios tan pobre que no pueda vestir a sus ángeles?

Cuando le preguntaban sobre su sumisión a la Iglesia militante, respondía, turbada pero sin vacilar:

-¡Sí, pero una vez servido Dios!

Ninguna otra frase la describe mejor. Frente al delfín, los prelados o los hombres de armas, luchó por lo esencial: desde que el mundo es mundo, en eso consiste el genio de la acción. Y sin duda a ello le debe sus éxitos militares. Dunois dice que ella disponía maravillosamente sus tropas y sobre todo la artillería, lo que no deja de sorprender. Pero los ingleses debían menos sus victorias a su propia táctica que a la ausencia de toda táctica por parte de los franceses, a la loca comedia heredada de Grécy a la que Juana puso fin. Las batallas de aquel tiempo eran muy pesadas para los vencidos; olvidamos demasiado a menudo que el aplastamiento del ejército inglés en Patay fue de la misma naturaleza que el del ejército francés en Azincourt. Y el testimonio del duque de Alençon impide que no se le escamotee a Juana de Arco la victoria de Patay ya que, sin ella, se habría dividido el ejército francés antes del combate, y ya que sólo ella fue capaz de reagruparlo.

Era en 1429, el 18 de junio.

En ese mundo en que Ysabeau de Bavière había afirmado en Troyes la muerte de Francia anotando en su diario únicamente la compra de una nueva pajarera, en ese mundo en el que el delfín dudaba ser delfín, Francia ser Francia, el ejército ser un ejército, ella rehízo el ejército, el rey y Francia.

No quedaba nada: de pronto apareció la esperanza; y, por ella, las primeras victorias que restablecieron el ejército.

Luego –por ella, en contra de casi todos los militares-, la coronación, que restableció al rey. Porque la coronación era para ella la resurrección de Francia, pues llevaba Francia dentro de sí de la misma manera que llevaba su fe.

Después de la coronación fue apartada, y dirigió la serie de vanos combates que la llevarían a Compiègne para nada, si no fue para convertirse en la primera mártir de Francia.

Todos conocemos su suplicio. Pero los mismos textos que poco a poco liberan de la leyenda su verdadera imagen, su sueño, sus lágrimas, la eficaz y afectuosa autoridad que comparte con las fundadoras de órdenes religiosas, esos mismos textos liberan también, de su suplicio, dos de los momentos más patéticos de la historia del dolor.

El primero es la firma del acta de abjuración, que sigue siendo un misterio. La comparación entre el breve texto francés con el muy extenso texto latino que le hicieron firmar proclama la evidente impostura. Firmó con una suerte de círculo, aunque había aprendido a firmar Juana. “¡Firma con una cruz!” Ahora bien, se había convenido antes, entre ella y los capitanes del delfín, que todos los textos falsos, todos los textos impuestos, estarían marcados con una cruz. Entonces, ante esta orden que parecía dictada por Dios para salvar su memoria, trazó la antigua cruz, estallando en una risa insensata…

El segundo momento es sin duda el de su más espantosa prueba. Si a lo largo de todo el proceso se remitió a Dios, parecía haber guardado, en muchas ocasiones, la certeza de su liberación. Y quizás, en el último minuto, esperó serlo en la hoguera. Pues la victoria sobre el fuego podía ser la prueba de que había sido engañada. Esperaba, con un crucifijo hecho con dos trozos de madera por un soldado inglés colocado sobre su pecho, y el crucifijo de la iglesia vecina elevado frente a su rostro por encima de los primeros humos de la hoguera. (Pues nadie se atrevió a negar la cruz a esta herética y a esta relapsa…). Y llegó la primera llama, y con ella el grito atroz que resonaría en todos los corazones cristianos como un eco del grito de la Virgen cuando vio ascender la cruz de Cristo sobre el cielo lívido.

Desde lo que fue el bosque de Brocéliande hasta los cementerios de Tierra Santa, la vieja caballería muerta se levantó de sus tumbas. En el silencio de la noche fúnebre, separando las manos juntas. En el silencio de sus estatuas yacientes, los valientes de la Tabla Redonda y los compañeros de san Luis, los primeros combatientes caídos en la toma de Jerusalén y los últimos fieles del pequeño rey leproso, toda la asamblea de los sueños de la cristiandad contemplaba, con sus ojos ensombrecidos, ascender las llamas que atravesarían los siglos, hacia esta forma finalmente inmóvil, que se convertía en el cuerpo quemado de la caballería.

Era más fácil quemarla que arrancarla del alma de Francia. En la época en que el rey la abandonaba, las ciudades que ella había liberado organizaban procesiones para su liberación. Luego, poco a poco, el reino se recuperó. Ruán fue finalmente retomada. Y Carlos VII, al que no preocupó el hecho de haber sido coronado gracias a una bruja, ordenó el proceso de rehabilitación.

En Notre-Dame de París, la madre de Juana, insignificante figura de duelo aterrada en aquella inmensa nave, presentaba el rescripto por el cual el papa autorizaba la revisión. A su alrededor, los de Domrémy que pudieron venir, y los de Vaucouleurs, de Chinon, de Orléans, de Reims, de Compiègne… Todo el pasado volvía con esta voz que el cronista califica de lamento lúgrube:

-Aunque mi hija no haya pensado, ni urdido, ni hecho nada que no fuese según la fe, gentes que la querían mal le imputaron engañosamente cantidad de crímenes. La condenaron inicuamente y…

La voz desesperada se quiebra. En ese momento, París que ya no recuerda haber sido nunca borgoñona, París de pronto es otra vez la ciudad de san Luis, llora con los de Domrémy y de Vaucouleurs, y el recuerdo de la hoguera se pierde en el inmenso rumor de sollozos que asciende por encima de la pobre figura enlutada.

El sumario comienza.

¡Olvidemos, ay, olvidemos! el pasaje siniestro de esos jueces lleno de honores, y que no recuerdan nada. Otros sí recuerdan. Largo cortejo salido de la vejez como se sale de la noche… Ha pasado un cuarto de siglo. Los pajes de Juana son hombres maduros; sus camaradas de guerra y su confesor tienen ya el cabello blanco. De aquí parte la misteriosa justicia que la humanidad lleva en lo más profundo y secreto de su corazón.

Todos habían conocido, o encontrado, a esta muchacha durante un año. Y aunque habían olvidado muchas cosas, no así la huella que les había dejado. El duque de Alençon la vio vestirse una noche cuando, con muchos otros, dormía sobre la paja: era bella, dice, pero ninguno se atrevió a desearla. Ante el escriba atento y respetuoso, el jefe militar tristemente vencedor evoca este minuto de hace veinte años, bajo la luz lunar… Recuerda también la primera herida de Juana. Ella había dicho: “Mañana mi sangre correrá, más arriba de mi seno”. Vuelve a ver la flecha que atraviesa el hombro, que sale por la espalda, y a Juana que prosigue el combate hasta la noche, que conquista finalmente la bastilla de Tourelles… ¿Vuelve a ver la coronación? ¿Creyó ella que coronaba a san Luis? ¡Ay! Para todos los testigos, es la dueña del tiempo en que los hombres vivieron según sus sueños y según su corazón, y desde el duque hasta el confesor y el escudero, todos hablan de ella tal como los reyes magos, una vez en sus reinos, habían hablado de una estrella desaparecida…

De aquellos centenares de sobrevivientes interrogados, desde Hauviette de Domrémy hasta Dunois, se eleva una presencia familiar y sin embargo única de alegría y coraje, Nôtre-Dame la Francia con su campanario pletórico del aletear de pájaros del más allá. Y cuando el siglo XIX vuelva a hablar ese nostálgico reportaje de tiempos idos, se iniciará, años antes de la beatificación, la sorprendente aventura: aunque simbolice la patria, Juana de Arco, al regresar a la vida, accede a la universalidad. Para los protestantes es, con Napoleón, la más célebre figura de nuestra historia; para los católicos será la más célebre santa francesa.

Cuando se inauguró Brasilia, hace cuatro años, los niños representaron algunas escenas de la Historia de Francia. Apareció Juana de Arco, una niña de quince años, en una bonita hoguera de luz de Bengala, con su bandera, un gran escudo tricolor y un gorro frigio. Ante esta pequeña República, yo imaginaba la sonrisa emocionada de Michelet o de Victor Hugo. En aquel gran ruido de fragua en que se forjaba la ciudad, ambas, Juana y la República, representaban a Francia, porque ambas eran la encarnación de la eterna llamada a la justicia. Como las diosas antiguas, como todas las figuras que las sucedieron, Juana encarna y magnifica desde entonces los grandes sueños contradictorios de los hombres. Su conmovedora imagen tricolor al pie de los rascacielos en que se posaban las aves rapaces, era la santa de madera erigida en las rutas, donde las tumbas de los caballeros franceses se codean con las de los soldados del año II…

El más muerto de los pergaminos nos transmite el escalofrío de estupor de los jueces de Ruán cuando Juana les contesta: “Nunca he matado a nadie”. Recuerdan la sangre chorreante en su armadura: descubren que era la suya. Hace tres años, en la reposición de Antígona, la princesa tebana llevaba cortado el cabello como ella, y con el joven perfil intrépido de Juana pronunciaba la frase inmortal: “No he venido para compartir el odio, sino para compartir el amor”. El mundo entero reconoce Francia cuando se convierte para todos los hombres en una figura compasiva, y ésta es la razón por la que nunca pierde del todo la confianza que tiene en ella. Pero en la soledad de las altas mesetas brasileñas, Juana de Arco aportaba a la República de Fleurus una persona sin rostro y la misteriosa luz del sacrificio, más brillante todavía cuando representa el arrojo. Aquel cuerpo retraído ante las llamas había espantosamente elegido las llamas; para quemarlo, la hoguera tuvo también que quemar sus heridas. Y desde que la tierra recibe el embate de la marea sin fin de la vida y de la muerte, para todos aquellos que saben que deben morir, únicamente el sacrificio está a la altura de la muerte.

-¿Cómo te hablaban tus voces? –le preguntaron cuando estaba viva.

-Me decían: ve, muchacha de Dios, muchacha de gran corazón…

Aquel pobre corazón que había latido por Francia como ningún otro latió antes, fue encontrado entre las cenizas que el verdugo no pudo ni osó reanimar. Y decidieron tirarlo al Sena, “con objeto de que nadie haga reliquias de él”.

Ella pidió con pasión que la enterraran en cementerio cristiano. Y allí nació la leyenda.

El corazón baja con la corriente. Y cae la noche. En el mar, los santos y las hadas del árbol encantado de Domrémy la esperan. Y al alba, todas las flores marinas remontan el Sena, cuyas márgenes se cubren con los cardos azules de las arenas, constelados por las flores de lis…

La leyenda no es tan falsa. No son las flores marinas las que nos trajeron sus cenizas, sino la imagen más pura y más conmovedora de Francia. Oh, Juana sin sepulcro y sin retrato, tú que sabías que la tumba de los héroes es el corazón de los vivos, importan poco tus veinte mil estatuas, sin contar las de las iglesias: diste tu desconocido rostro a todo aquello por lo que Francia fue amada. Una vez más las flores de los siglos van a descender… ¡En nombre de todos aquellos que están o que estarán aquí, que esas flores te saluden sobre el mar, a ti que diste al mundo la única figura de victoria que es una figura de piedad!

André Malraux: Oraciones fúnebres, Anaya, Madrid, 1996, trad. Miguel Rubio, pp. 39-46

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