inmersión

Begoña Arostegui - foto, óleo, papel sobre lienzo (2009)_Begoña Arostegui: Sin título (foto, óleo, cuerda sobre lienzo) 2009

«Inmersión»

 Noelia Pena

 

Dejé de creerlo a los doce años. De pequeña no paraba de hablar. Cuando me encontraba con algún conocido le contaba todo lo que había hecho, le hacía el relato exacto de todo tal y como había sucedido; con el rigor de un forense mi descripción no olvidaba detalle; hacía algo a lo que sólo años más tarde encontré parecido en la voz en off que acompaña los movimientos de los personajes en las películas para ciegos, voz que dice lo que los personajes hacen –abrir una puerta, acercarse a la chimenea- mientras lo hacen. Si había dado un paseo y arrancado una flor no decía únicamente el color y la forma de esa flor, sino el color y la forma de las flores que había alrededor y no había escogido; explicaba por qué me había gustado el color de la que había arrancado y qué otras cosas eran de ese mismo color. Así de exhaustivas comenzaban siempre mis descripciones, tanto que mis interlocutores se perdían entre las referencias de una cosa a la otra, mi pronunciación aún no era del todo correcta, y aprovechaban el momento en el que hacía una pausa para tomar aire para despedirse presurosos de mi madre y siempre, antes de marcharse, me decían sonriendo: «me sigues contando en otro momento, ¿sí?» y dejaban caer su mano sobre mi cabeza o acariciaban mi mentón, como si fuese un perrito. Yo los miraba enfadada con la frase en la boca. Empecé a comprender pronto que a los mayores no les interesaban mis historias. Un verano visitamos a la abuela Felisa y antes de marcharnos me dijo al oído que tenía que portarme bien porque Dios estaba en todas partes y sabía lo que hacía. Me asusté un poco al principio porque yo no lo veía y tenía miedo de hacerle daño, de pisarle o cerrarle la puerta en las narices y que se pillara los dedos, pero pronto interpreté a mi manera que él no podía tener dedos ni pies porque si no, tendrían que estar en todas partes y sería imposible que los pies estuvieran en todas partes si los dedos también estaban en todas partes. Dios no tenía dedos ni pies, sólo oídos. Era el tipo de interlocutor que yo necesitaba. Y empecé a hablar con él. No sólo podía hablar todo cuanto quería sino, a la vez, hacerlo en silencio. Sin molestar. Sin que nadie me molestara. Al principio como un acto reflejo miraba hacia arriba, hacia el techo, pero después empecé a hablarle también con los ojos cerrados y sin mirar hacia ningún lado en particular. Me convertí en una niña retraída, tímida y silenciosa. Eso al menos era lo que creían todos, pues yo en realidad no paraba de hablar. Nunca supe rezar muchas oraciones. Cuando aprendí las primeras, Dios y yo llevábamos tiempo hablando y no necesitaba que le dijese que creía en él si yo no paraba de hablarle. Eso se daba por sentado, pero antes de dormir siempre rezaba una oración y le decía «buenas noches», porque creía que sin ojos no podía enterarse de cuando se hacía de noche. A veces también le pedía alguna cosa, por ejemplo, que papá y mamá dejaran de discutir. Una noche oí gritos. Mamá entró en mi habitación. Fingí que no había oído nada y me hice la dormida. Me sacó de la cama, rodeó mi cara con las dos manos y me dijo que teníamos que ser fuertes. Tenía los ojos rojos. Que no preguntara nada, me pedía mientras me ayudaba a ponerme la ropa, que me lo explicaría todo luego. Nunca me explicó nada. A partir de entonces me convertí en una niña aún más callada. Nos mudamos a otro barrio que parecía otra ciudad. Falté a clase unos días hasta que empecé en el nuevo colegio. No vi a papá hasta los siete años, cuando volvió a vivir con nosotras. Al principio todo estaba bien, pero pronto dejó de estarlo. Por la noche volvía a haber gritos en casa. A la salida del colegio mamá estaba siempre esperándome. Se quedaba dentro del coche, yo subía rápido y nos íbamos a casa. Aunque fuese invierno llevaba gafas de sol. A veces parábamos en la tienda de la esquina y si se encontraba con algún conocido decía que tenía conjuntivitis. Durante mucho tiempo no supe qué era exactamente la conjuntivitis, creí que era algo que tenía que ver con papá.

Durante varios días le pedí a mamá dinero para comprar una caja de lápices de colores de seis y una goma de borrar. Siempre me decía que tenía muchos colores y que no me hacían falta más. Yo le respondía que no tenía casi lápices de colores, que los rotuladores no eran lo mismo. Se lo pedí tantas veces que al final conseguí que me diera el dinero y me dejara ir sola a la papelería que había justo en la misma acera, a dos portales. «Mañana vas.» Aquella noche casi no pude dormir. Por la mañana, era sábado, me desperté pronto e hice tiempo hasta la hora en la que abría la papelería de don Luis. «Vienes sola hoy, ¿y eso?», preguntó don Luis detrás del mostrador. «Mamá me ha dado permiso.» «¿Qué vienes a comprar?» «Una caja de lápices de colores.» «¿De cuál quieres: seis, doce o veinticuatro?», preguntó poniéndolos en el mostrador. «Sólo tengo dinero para la de seis.» «Perfecto. Lo importante es aprender a combinar los colores no que sean muchos.» Aquello me hizo sonreír. Don Luis era la persona que yo conocía que más sabía de lápices de colores. Mientras don Luis volvía a poner la caja de lápices de doce y veinticuatro en su sitio me fijé en uno de los libros que había en un estante que estaba a la derecha, justo a mi altura. Tenía las tapas en color rojo y un dibujo dorado de un barco, una especie de pulpo y un animal mucho más grande que no había visto nunca antes. «¿Quieres algo más pequeña?» «Una goma de borrar.» «Aquí tienes. Te gusta ese libro, ¿verdad? Es un libro increíble.» «¿Cuánto cuesta?» «Cuatrocientas pesetas.» «Caray. ¿Y de qué va?» «Es una historia muy larga. Es una expedición que va a capturar a un monstruo marino que tiene atemorizado a todo el mundo.» «¿Por eso hay un barco en la portada?» «Exacto.» «¿Y consiguen capturar al monstruo?» «No debería contarte el final.» «¿Puedo abrirlo?» «Sí puedes.» Abrí el libro justo por una página en la que había un dibujo en el que se veía el fondo del mar y dos hombres. «¿Están debajo del agua?» «Sí.» «¿Y cómo respiran?» «Tienen una escafandra.» «¿Qué es una esanfanda?» «Es-ca-fan-dra. Es un traje que te permite respirar debajo del agua, un traje para hacer inmersiones, para bucear.» «Es un libro muy bonito», dije devolviéndolo al sitio. Le di las cuatro monedas que tenía en la mano y don Luis me devolvió una más pequeña. Alcancé los lápices de colores y la goma de borrar del mostrador. «Gracias, don Luis.» «Dale recuerdos a tu madre. Recuerda: es-ca-fan-dra.» Salí de la papelería repitiendo es-ca-fan-dra y no paré de decirlo hasta que el ascensor se paró en el tercer piso. Aquel sábado dibujé un barco, una ballena y un hombre con una es-ca-fan-dra con los lápices de colores nuevos. Yo también quería tener una.

El traje era un pijama de cuerpo completo de algodón que me cubría desde los pies hasta el cuello, dejando sólo al descubierto las manos y la cabeza. Guardaba mi escafandra escondida en el último cajón del armario. Al principio aguantaba la respiración tapando con la mano la nariz. Cuando comenzaba a escuchar a papá gritar a mamá, me levantaba y empezaba a vestirme. Después me agachaba hasta meterme debajo de la cama quedando boca arriba. Decía «inmersión» en voz baja y comenzaba a contar hasta cinco aguantando la respiración. Hacía un descanso para respirar y volvía a tapar la nariz y aguantaba otros cinco segundos. Cerraba los ojos e imaginaba que estaba en el mar. Un día vi un pulpo enorme de color rojo y comencé a hablar con él. Durante mis inmersiones dejaba de escuchar las discusiones y no oía a mamá llorar. Una vez me quedé dormida debajo de la cama pero conseguí despertarme antes de que se hiciera de día y mamá me encontró durmiendo como si no hubiera hecho ninguna inmersión. A veces en lugar de hablar con el pulpo rojo rezaba una oración mientras aguantaba la respiración. Una noche oí un estruendo grande, como si algo de cristal hubiera caído al suelo. Me asusté mucho y salí de debajo de la cama. Abrí la puerta sólo un poco y no escuché nada. Caminé despacio pegada a la pared hasta el final del pasillo donde estaba el salón. Vi cristales en el suelo y a mamá arrodillada con las manos en la cara llorando. «Mamá», dije en voz baja. Mamá levantó la vista. «¿Qué haces despierta? Vete para cama. ¿Qué demonios haces con ese pijama de invierno puesto?» Di la vuelta corriendo y entré en mi habitación. Me quité la escafandra y me tapé con las mantas hasta cubrir la cabeza completamente. Cerré fuerte los ojos. Ésa fue la primera noche que recé para que desapareciera.

Empecé a bajar a la papelería casi a diario para hacerle preguntas a don Luis. Le compraba un día un lápiz y al siguiente una hoja de papel cebolla o charol con el dinero que juntaba del que conseguía que mamá me diera para golosinas o porque le decía que había perdido el lápiz. «Don Luis, ¿ha visto usted un monstruo alguna vez?» «Cuando era niño, en el colegio llamábamos monstruo a un cura bastante bajito que tenía chepa. Agarraba a los niños pequeños por la oreja y los levantaba en alto. Don Narciso, se llamaba, menudo nombre, era feísimo.» Don Luis empezó a reírse y las gafas le resbalaron por la nariz. «Pero don Narciso no era un monstruo, simplemente tenía muy mal genio», dijo mientras se colocaba bien las gafas. «En el libro, ¿qué utilizan para cazar al monstruo?», le pregunté. «Arpones.» «¿Arpones?» «Sí, son como cuchillos grandes, los mismos que se usan para capturar algunos animales, como los tiburones o las ballenas.» «Cuchillos…vaya.» Mi imaginación no llegaba tan lejos. Yo pensaba en la clase de trampas que se ponen a los animales que caminan, una cuerda atada a la pata de mi cama y a una silla al otro lado del pasillo, pero no sabía dónde iba a encontrar una cuerda. Todo se complicaba. «¿Los monstruos nunca tienen miedo?» «Supongo que si se ven en peligro sí lo tienen, todos tenemos miedo, incluso los más valientes tienen a veces miedo. Es lo normal. Y los monstruos no son valientes, simplemente son feos, grandes o más fuertes, pero valientes, no. ¿Qué venías a comprar hoy?» «Un lápiz del número dos.» Ese día don Luis me regaló un bolígrafo con el que podía pintar con cuatro colores diferentes: azul, negro, rojo y verde. Nunca había tenido un bolígrafo como aquél ni nadie de mi clase tenía otro igual.

Empecé a juntar las cosas que necesitaba, a escondidas, mientras mamá planchaba la ropa o lavaba los platos. En uno de los cajones de la cocina había cubiertos sin usar y escogí unos cuantos sin que se diese cuenta de que faltaban. En el cuarto de la plancha había una cuerda blanca, era demasiado fina, pero pensé que me podía servir y aproveché mientras mamá limpiaba el baño para meterla en mi bolsa. Lo escondí todo debajo de la cama, dentro de una caja que tenía zapatos de invierno. Por la noche seguía haciendo mis inmersiones. Cada vez era capaz de aguantar durante más tiempo la respiración y casi conseguía tener el suficiente para rezar una oración corta completa.

En casa teníamos algunos tomos sueltos de un diccionario enciclopédico universal. Don Luis me contó que el animal que atemorizaba a todo el mundo era una especie de narval enorme. Tuve suerte y el tomo de la ene estaba en la estantería. Leí todo lo que se decía del monodon monoceros. Era increíble que no sólo hubiera caballitos sino también unicornios debajo del mar. Empecé a pensar que debajo del mar debía de haber pájaros de mar, perros de mar, vacas de mar, ciudades de mar, y niñas de mar. Copié el dibujo del narval y lo pinté de color azul claro. Creía que el narval no era malo, sólo daba miedo porque era demasiado grande y se tropezaba con los barcos sin querer. Le llevé el dibujo a don Luis y él me prestó un bolígrafo que pintaba gris brillante para que repasara el cuerno. Se lo enseñé a mamá. «Lávate las manos y deja ya de pintar que vamos a cenar.» No quiso mirar el dibujo de mi narval. Aquella noche oí las voces de papá y mamá discutiendo muy alto al final del pasillo. Recé muy rápido y seguido. Todo estaba casi listo, ya había encontrado las botas y los guantes de invierno y ahora sólo me faltaba una bolsa de plástico transparente para hacer de casco. Creo que nunca recé tanto. La noche siguiente llevaría a cabo mi plan.

Una profesora de los mayores entró en clase, se acercó a la profe de mates y hablaron en voz baja. Levanté la mano al oír mi nombre. «Vente, que han venido a buscarte. Hoy sales antes.» Guardé el lápiz y la goma en el estuche y lo metí junto a la libreta en la cartera. Bajé las escaleras a la planta baja con la profesora. Reconocí la silueta de mamá hablando con el director al final del pasillo, al lado de la puerta de entrada. El director apoyó su mano en mi espalda mientras acababa de decirle algo a mamá. Sólo conseguí distinguir la palabra «suerte». Mamá me agarró de la mano y cruzamos la calle hasta subirnos al coche aparcado en la acera de enfrente. Antes de arrancar me dijo: «Nos vamos a ir de casa y vamos a ser felices, ¿vale?» «Vale», dije mirando a los ojos a mamá, que no llevaba gafas de sol. «Pero antes vamos a un sitio», dijo mientras arrancaba y yo me despedía del patio del colegio y pensaba en los preparativos de mi plan, los cuchillos escondidos debajo de la cama que había guardado durante toda la semana y todo lo demás que ya no me haría falta. No sé cuánto tiempo mamá pasó al volante. Paramos en algún bar de carretera cuando tenía ganas de hacer pis, compramos bollos y me dejó beber coca-cola. Irse de casa estaba bien. Cuando llegamos ya tenía un poco de hambre. Sólo dos señoras caminaban con un chaleco naranja a lo largo de la playa. No había nadie más. Mamá me explicó que ellas se encargaban de vigilar que no se acercaran los furtivos. Repetí varias veces la palabra furtivos para que no se me olvidara. Comimos pollo con patatas en un bar que había al lado de la playa y al acabar de comer fuimos hasta el pequeño paseo. Recuerdo el perfil de mamá apoyada con las dos manos en la barandilla mirando fijamente el mar. «¿A dónde vamos, mamá?» «A nuestra casa. Una que será sólo para ti y para mí.» Nos subimos al coche y mamá continuó conduciendo. Durante el viaje leí los carteles de los nombres de los pueblos y empecé a contar los postes de la luz primero; después los laterales de las casas, sumando dos por cada una; y al final también las ventanas. Algunas casas parecían caras de personas. La nariz era la puerta. Me dio pena no haberme despedido de don Luis pero no se lo dije a mamá. Durante un tiempo creí que papá había desaparecido porque yo había rezado mucho la noche anterior. Dejé de creerlo al abrir la puerta de casa la mañana que cumplí doce años. Nos había encontrado.

 

Noelia Pena, 2014

versión en pdf (correción erratas 04/02/15): Inmersión, Noelia Pena

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