signos

 

Egon Schiele: Girasoles (1911)

Los signos del dolor

La Revolución Francesa no acabó con todas las tiranías. La muerte en la guillotina de Luis XVI no alejó a los ciudadanos ni del dolor ni de la muerte. Por el contrario, la transición entre el Antiguo y el Nuevo Régimen transformó el miedo en una forma de padecimiento que compartieron por igual testigos y víctimas. El nuevo orden no benefició a unos a expensas de otros; no hizo distinciones entre estamentos o clases; no salvaguardó a los nobles ni a la Iglesia; no discriminó entre fuerte o débiles, entre burgueses y campesinos, entre pobres y ricos, o entre mujeres, hombres o niños. Por el contrario, el sufrimiento igualó y deformó sus rostros; modificó sus gestos y expresiones; convirtió su presencia pública en un teatro de máscaras, gritos y gestos uniformes. Puesto que el dolor se comportaba, a todos los efectos, como un animal salvaje, no faltaron plumas dispuestas a escribir su historia. Pero no ya la crónica política o civil del padecimiento colectivo, sino su historia natural: la forma en la que el daño se expresaba como un fenómeno natural y, en el extremo, como el grito de la vida. De entre todas ellas, destaca la de Marc-Antoine Petit (1766-1811). Este médico y cirujano de Lyon redactó en 1799 un discurso que, en su fondo y forma, se asemejaba a la vieja tradición de la diatriba política. En su estilo rezumaba todavía la prosa del famoso Discurso que el ilustrado Buffon escribió para su Historia natural. Tenía entonces treinta y tres años:

Ciudadanos: he venido a hablaros de vuestro enemigo, del enemigo eterno del género humano, de un tirano que golpea con la misma crueldad a la infancia y a la vejez, al débil y al fuerte, que no respeta ni los talentos ni los rangos, que jamás se detiene ni ante el sexo ni ante la edad; que no tiene amigos a los que perdonar ni esclavos a los que favorecer, que aflige a sus víctimas delante de sus amigos, en el seno de sus placeres; que no teme el resplandor del día más que el silencio de la noche; contra quien la anticipación es vana y la defensa tanto menos segura cuanto que parece armarse contra nosotros con todas las fuerzas de su naturaleza.

Algunos años antes, en 1793, la Convención había ordenado de la destrucción de Lyon, una ciudad que los jacobinos consideraban un reducto realista. Bajo el lema «Lyon ya no existe», unas mil ochocientas personas fueron asesinadas por las denominadas mitraillades, descargas de mosquetes disparadas a discreción contra la población civil; otras muchas fueron ejecutadas en la guillotina. Los cuerpos caían al suelo con la misma facilidad con la que se derrumbaban los edificios de la segunda ciudad más importante de Francia. O al revés: los muros cedían como se quiebran los huesos de las estructuras anatómicas. Aunque la comparación provenía de los teóricos del Nuevo Régimen, no pasó inadvertida al cirujano Petit. En 1796, tan solo tres años después de las masacres, pronunció un nuevo discurso en la apertura del curso de Anatomía y Cirugía del Hôtel-Dieu sobre la influencia de la Revolución en la sanidad pública: «Las revoluciones son a los cuerpos políticos sobre los que actúan lo mismo que los medicamentos a los cuerpos humanos alterados sobre los que deben restablecer la armonía», escribió. Tanto en relación con el organismo fisiológico como con el cuerpo político, el restablecimiento de la salud debía ir siempre precedido de una sensación lesiva. A su juicio, el mismo sufrimiento, ya fuera físico o político, que atenazaba a la humanidad, no solo constituía el signo de una enfermedad, sino también la primera manifestación de su remedio.

Javier Moscoso: Historia cultural del dolor, Taurus, Madrid, 2011, pp.127-128

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