láminas de ceniza

Marcel Duchamp: Nu descendant un escalier (1912)

La mar y su orilla

Un día, en una de nuestras grandes playas públicas, un hombre fue designado para mantener la arena limpia de papeles. Con tal propósito se le proporcionó un palo, o bastón, con un largo y lustroso punzón metálico en la punta.

El resto del equipo consistía en una enorme cesta de alambre en la que quemar papeles, una caja de cerillas para prenderles fuego y una casa.

Esa casa era singular. Era de madera, con un tejado inclinado, de aproximadamente metro y medio por metro y medio por dos metros, y construida sobre estacas clavadas en la arena. No tenía ninguna ventana, ni puerta en el marco de la puerta, y en el interior no había nada. No había ni siquiera una escoba, así que nuestro amigo de vez en cuando tenía que arrodillarse y sacar con las manos la arena que había entrado adherida a las suelas de sus zapatos.

Cuando el viento que soplaba en la playa era demasiado fuerte o demasiado frío, o cuando se sentía fatigado, o cuando tenía ganas de leer, se sentaba en la casa. Dejaba que las piernas le colgasen en el umbral o las doblaba bajo su cuerpo en el interior.

Como casa era más la idea de una casa que una verdadera casa. Habría podido ocupar cualquiera de los dos extremos de la escala de ideas de casa. Podía haber sido una perfecta casa de juguete para un niño, o la casa ideal para una persona mayor, ya que se habían suprimido todos los inconvenientes de la mayoría de casas.

Era un refugio, pero no servía para vivir en ella, sino para reflexionar en ella. Era a las casas ordinarias lo que el sombrero ceremonial para pensar es a un sombrero ordinario.

Evidentemente, según las leyes de la naturaleza una playa debería ser capaz de mantenerse limpia por sí sola, tal como hacen los gatos. Todos hemos observado lo descrito en los versos de Keats:

Las aguas que se baten en su sagrado cometido de pura ablución de las orillas habitadas de la tierra.

Pero el ritmo de la vida moderna es demasiado rápido. Nuestras imprentas producen demasiado papel cubierto de caracteres impresos, que de un modo u otro acaba en los mares y sus orillas, y a la naturaleza le toca hacerse cargo.

Así que del señor Boomer, Edwin Boomer, casi se podría decir que había ingresado en el «sacerdocio».

Cada noche recorría algo más de un kilómetro hacia un lado y hacia el otro, en la oscuridad, con su linterna y su palo, y un saco de patatas para meter los papeles; una imagen pintoresca, en cierto modo como un Rembrandt.

Edwin Boomer vivía la más literaria de las vidas. Ningún poeta, novelista o crítico, incluso el que se pasa ocho horas al día inclinado sobre su mesa de trabajo, podría imaginarse la intensidad de su concentración en la vida de las palabras.

Su cabeza, en la pequeña nube de luz producida por la linterna, estaba constantemente inclinada hacia delante, mientras sus ojos inspeccionaban la arena, o estudiaban los papeles y fragmentos de papel que encontraba.

Leía a todas horas. Tenían los hombros enconvados y se había visto obligado a ponerse gafas después de aceptar su trabajo.

Los papeles que no parecían interesantes a la primera ojeada los echaba en el saco; los que quería estudiar se los guardaba en los bolsillos. Después los planchaba en el suelo de la casa.

Debido a esta necesidad de discriminar, había llegado a ser un excelente juez.

A veces atravesaba con su punzón uno tras otro papeles sin interés o no impresos, hasta que estaba repleto desde lo que podría llamarse la empuñadura hasta la punta. Entonces parecía uno de esos accesorios de oficina que solían verse en los despachos de empresarios o médicos poco ordenados. A veces encendía con una cerilla ese fajo de papeles y caminaba con el palo en alto cual una antorcha. Como si fuesen sus facturas pagadas, o una de esas picantes especialidades de carne llamadas kebabs, servidas en los restaurantes sirios o rusos.

Además de la lectura y esas posibilidades de iluminación intermitente, los papeles, sobre todo los periódicos, tenían otros usos. Podía colocárselos bajo el abrigo en invierno para protegerse mejor del frío viento marítimo. Durante esa estación podía extender varias capas de hojas en el suelo de la casa, con la misma finalidad. En alguna parte, en alguna de sus abundantes lecturas, había leído que la tinta utilizada para la impresión de periódicos los hacía útiles para destruir olores, pero a él no se le ocurría ningún uso personal de esa propiedad.

Conocía todas las cualidades del papel en todos sus estados, de seco a empapado. El papel de periódico húmedo se volvía sólo parcialmente translúcido. Se pegaba a su pie o a su mano, y en lugar de romperse se separaba lentamente en tiras de un modo que a él le parecía repugnante.

Si estaba realmente empapado de agua de mar, se podía hacer con él una bola o darle otras formas. Una o dos veces, estando borracho (Boomer solía llegar al trabajo en ese estado varias veces a la semana), había intentado modelarlo con cierta tosquedad. Pero en cuanto los bustos o animales que había hecho se secaban, también los quemaba.

Los periódicos amarilleaban muy deprisa, incluso después de tan solo un día de exposición a los elementos. A veces encontraba uno de había un par de días que alguien había tirado, medio plegado, medio arrugado. Al acercarlo a la luz de la linterna, se fijaba, antes incluso que en las guerras y asesinatos, en los efectos producidos por las esquinas amarilleadas en las páginas blancas, y en cómo las páginas exteriores contrastaban con las interiores. Los periódicos muy viejos adquirían un color muy similar al de la arena.

Las noches en que Boomer estaba más borracho, el mar era de gasolina, terriblemente peligroso. Lo contemplaba con temor, mirando por encima del hombro entre cada una de las frases que leía y la siguiente, y encendía el fuego en la playa, lo más lejos posible. Tenía un aspecto resplandeciente, untuoso y explosivo. Entonces era lo bastante tonto para pensar que podía arder y destruir su único modo de ganarse la vida.

En las noches ventosas resultaba más complicado limpiar la playa, y en esos momentos Boomer era más un cazador que un coleccionista.

Pero era interesante contemplar el vuelo de los papeles. Había hecho muchas comparaciones minuciosas entre ellos y los pájaros que ocasionalmente volaban al alcance de la luz de la linterna.

Un pájaro, claro está, regido por un cerebro, por una larga tradición, por un deseo que a menudo puede resultar comprensible de llegar a algún lugar o conseguir algo, volaba en línea recta, o en una sucesión de curvas que eran parte de una recta. Se podía distinguir la diferencia entre sus vuelos metódicos para conseguir algo y sus vuelos para lucirse.

Pero los papeles no tenían ningún objetivo discernible, ni cerebro, ni sentimiento de pertenencia a una especie o un grupo. Se elevaban, caían, permanecían indecisos, dudaban, se desplomaban, volaban directos hacia su perdición en el mar, o giraban sobre sí mismos en pleno vuelo paracaer en la arena y permanecer allí inmóviles.

Si algún estilo favorito parecían tener, era el vuelo oblicuo, deslizándose lateralmente.

Hacían un uso más sutil de las corrientes de aire y se abandonaban a ellas más juguetonamente que los a menudo testarudos pájaros. Pero tampoco es que estuviesen orgullosos de sus ardides, sino que parecían inconscientes de la bravura, de la irresponsabilidad que demostraban, y de la presencia de Boomer, que esperaba para atraparlos con su afilado punzón.

El pliegue en mitad de las grandes hojas de periódicos hacía la función de una columna vertebral, pero las alas no se movían de forma coordinada. Los periódicos de tamaño más pequeño volaban un poco mejor que los de hojas más grandes. Los vuelos de los pequeños pedazos arrugados eran los más espectaculares.

Había noches en que el aire parecía rebosante de ellos. Desde la perspectiva de la visión ebria de Boomer las letras parecían salir volando de las páginas. Alzó su linterna y su palo y corrió moviendo los brazos, mientras los titulares y las frases revoloteaban a su alrededor, como un hombre que trata de espantar a una bandada de palomas.

Cuando los atravesó con el punzón, pensó en el Viejo Marinero y el Albatros, porque, naturalmente, se había enfrentado muchas veces a ese intimidatorio poema.

Era en las noches sin viento cuando podía realizar mejor su trabajo y podía disponer de varias horas para sí mismo en la madrugada. Se instalaba en la casa, con las piernas cruzadas, y colgaba la linterna de un clavo que había colocado a la altura adecuada. Las paredes sin pulir refulgían y el reducido espacio no tardaba en caldearse.

Sus estudios podían dividirse en tres grupos, y él mismo los ordenaba mentalmente de esta forma.

Primero, y el más numeroso: todo lo que parecía concernirle, su trabajo, la vida y cualquier instrucción o aviso que se refirieran a ello.

Segundo: las historias sobre otra gente que le cautivaba, cuyas carreras seguía día a día en los periódicos y en fragmentos de libros y cartas, y a cuyas nuevas aventuras siempre estaba atento.

Tercero: las noticias que le resultaban ininteligibles, que le desconcertaban por completo pero al mismo tiempo le interesaban tanto que las guardaba para leerlas. Éstas in tentaba, de forma casi frenética, colocarlas en la primera y después en la segunda de las dos primeras categorías.

Daremos algunos ejemplos de cada uno de los grupos.

Del primero: «El Ejercitante se beneficiará más, cuanto más se aísle de sus amigos y conocidos, y de toda preocupación terrenal, por ejemplo abandonando la casa en la que moraba e instalándose en otra casa o habitación, de modo que pueda permanecer en la mayor soledad posible… (borrado) logra utilizar con más libertad sus facultades naturales para buscar diligentemente lo que tanto desea.»

Sin duda, eso estaba muy claro.

Y éste era el tipo de advertencia que le inquietaba: «El hábito de leer detenidamente publicaciones periódicas puede añadirse perfectamente al catálogo de ANTINEMOTÉCNICOS de Averroes, o debilitadores de la memoria.» Y también «comer fruta que todavía no ha madurado; contemplar las nubes y los objetos móviles suspendidos en el aire (eso a él le tocaba muy de cerca); cabalgar entre una multitud de camellos; reírse con frecuencia (no); escuchar una sucesión de chanzas y anécdotas; el hábito de leer lápidas en los cementerios, etc.» (Y esos últimos quizá también le concerniesen.)

De la segunda categoría: «Ella durmió unas dos horas y regresó a su lugar en el agujero, llevando consigo una bandera americana, que colocó a su lado. Su marido le había traído comida y ella anunció que tenía la intención de permanecer sentada en ese agujero hasta que la Empresa Pública de Servicio Social abandonase la idea de colocar allí un poste.»

Boomer estuvo haciéndose preguntas sobre esa mujer durante dos noches. La tercera encontró esto, que parecía, según su manera de ver las cosas, clarificar un poco más la situación. Pese a que era un pedazo de una página de un libro, y el primer texto procedía de un recorte de periódico.

«Tener asumido su señorío le permitía conservar, en cada uno de los momentos de su vida, todos los privilegios; eso la hacía maravillosamente dulce, casi generosa; así que no distinguía los minúsculos ojos protuberantes de los más diminutos insectos sociales, a menudo dotados de ese alcance, de…»

Sin embargo, podía tener que esperar dos noches más, o dos semanas, antes de encontrar el siguiente eslabón de esa secuencia concreta.

Entre el tercer grupo, de cosas fascinantes pero desconcertantes, Boomer guardaba retazos como éste (una pequeña tira, intacta, de papel rosa):

«GAFAS DE BROMA CON OJOS MOVIBLES. Colóquese las gafas y póngase la boquilla en la boca. Sople intermitentemente; los párpados y las cejas ascenderán y bajarán. El movimiento puede ser rápido o lento según el efecto cómico que se quiera lograr. Si las patillas resultan demasiado cortas en el caso de una cabeza grande, doble hacia arriba la parte curva de la patilla detrás de la oreja. ¡El celuloide es inflamable! ¡¡Por lo tanto no acerque sus gafas a una llama!!»

Esto podría haber pertenecido perfectamente a la categoría de las advertencias que le concernían personalmente. Pero, si bien era capaz de hacer caso de la última advertencia, había muchas cosas en las instrucciones precedentes que le resultaban incomprensibles.

Y esto, escrito a lápiz en un papel de carta, borroso pero legible:

«No me sentía bien en lo que a mi dentadura se refiere, y me hice arrancar tres dientes grandes, porque a veces me ponían nervioso o enfermo, y ése es el motivo por el que no pude mandar mi ejercicio pese a que creo ser capaz de escribir como todos los Autores, ya que pienso que estoy más dotado para ello que para cualquier otro tipo de trabajo, ya que me estoy concentrando en los ejercicios de forma continuada, una y otra vez.

»Señor Margolies, pienso en cómo esos Autores escriben esos largos relatos de 60.000 o 100.000 palabras en esas revistas, y de dónde sacan su inspiración y los materiales.

»Me encantaría escribir relatos como los de esos Escritores.»

Pese a que Boomer no albergaba deseos tan pueriles, tenía la sensación de que la pregunta planteada tenía algo que ver con su propio estilo de vida: casi podría habérsele dirigido a él tanto como a ese desconocido señor Margolies. Pero ¿cuál era la respuesta? Cuantos más papeles recogía y más papeles leía, menos le parecía entender. En cierto modo, dependía de «la imaginación de ellos» e incluso era su esclavo, pero al mismo tiempo lo veía como una suerte de enfermedad.

Vamos a añadir uno más de los acertijos que nuestro amigo se propone a sí mismo. Era éste, en unas letras borrosas sobre un papel marrón muy viejo (no hacía ninguna distinción entre las perplejidades de la prosa o las de la poesía):

Como una habitación tuerta, tapizada de noche sólo este lado, que hostil al ojo no deja sino un estrecho pasadizo a la luz, está recubierto de una tapicería de un blanco brillante, un centenar de formas, que se pierden en la corriente de aire, avanzan sin miedo, aglomerándose en el estrecho camino; y sobre ese muro luminoso danzan jugueteando oscuramente.

Sonaba como algo que hubiese experimentado en carne propia. En primer lugar, su casa le parecía la «habitación tuerta, tapizada de noche», y además estaba toda su vida por la noche en la playa. Primero los papeles revoloteando en el aire y después lo que había escrito en ellos eran el «centenar de formas».

¿Es necesario que expliquemos que para cuando estaba preparado para empezar a leer, Boomer habitualmente no estaba muy borracho? El efecto del alcohol se había disipado. Se seguía sintiendo aislado e importante, pero anormalmente lúcido.

Pero ¿qué significaban esas cosas?

Bien por los minúsculos ejércitos de letras que continuamente asediaban sus ojos, o bien porque realmente era así, el mundo, la totalidad del mundo que veía, le acabó pareciendo, al cabo de los años, también impreso.

Boomer levantó la linterna y observó a la lavandera que correteaba distraídamente de aquí para allá.

Ante sus ojos fatigados parecía un signo de puntuación sobre el fondo de «olas torneadas y rodantes». Iba dejando delicadas marcas con sus patas. Su plumaje era moteado; y sobre todo en los estrechos rebordes de las alas aparecían unas manchitas que podrían ser letras, si consiguiera acercarse lo suficiente para leerlas.

A veces, la gente que frecuentaba la playa durante el día, a la que él nunca veía, sentía la necesidad de escribir en la arena. Boomer, por su parte, pensaba que borrar esas inscripciones también formaba parte de sus deberes. Enfocaba la linterna y borraba «Colegio Francis Xavier», «Lillian», «¡Qué diablos!».

La propia arena, si recogía un puñado y se la aproximaba a los ojos, tenía cierto parecido con el papel impreso, triturado o molido.

Pero el mejor momento de las largas noches de estudio era cuando ya había acabado de limpiar la zona que le había sido asignada y estaba preparado para prender fuego al papel acumulado en la cesta de alambre.

Todavía le ardía la frente, de beber o de leer tanto, pero se mantenía lo más cerca posible del febril calor del papel prendido y observaba con atención cada detalle de la incineración.

La llama avanzaba uniformemente, sin prisas, por un pedazo de papel, y un segundo después el papel ennegrecido se replegaba hacia arriba o hacia abajo. Caía retorciéndose y tomando formas que en ocasiones parecían hermosas creaciones en hierro forjado, pero pasados unos instantes se descomponían al mínimo soplo de viento.

Grandes copos de papel ennegrecido, con los bordes todavía centelleantes de rojo, revoloteaban en el aire. Y mientras podía seguirlos con la mirada, jamás había visto maniobras tan inteligentes y vibrantes.

Después quedaban frágiles láminas de ceniza, tan blancas como el papel originario y suaves al tacto, o un montón de plumas grises como las de una pintada.

Pero el hecho es que al final había que quemarlo todo. Todo, todo tenía que ser quemado. Incluso los desconcertantes pedazos que había guardado durante semanas o meses. Quemar papel era su trabajo, con el cual se ganaba la vida, pero sobre todo no podía dejar que se le llenasen demasiado los bolsillos, o que su casa quedase atiborrada de papeles.

Pese a que le gustaba el fuego, a Edwin Boomer no le gustaba que fuese inevitable. Dejémoslo en su casa, a las cuatro de la madrugada, con sus lecturas seleccionadas, la hoguera extinguida, la linterna iluminando con intensidad. Es una escena extremadamente pintoresca, en ciertos aspectos como un Rembrandt, pero en otros muchos desde luego que no.

Elisabeth Bishop: El mar y su orilla, en Una locura cotidiana, Lumen, Barcelona, Trad. de Mauricio Bach, 2001, pp. 25-35

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