extraña flor

Anish Kapoor: Yellow (1999)

Rueda el cielo

Rueda el cielo -que no concuerde
su intento y el grácil tiempo-
a recorrer la posesión del clavel
sobre la nuca más fría
de ese alto imperio de siglos.
Rueda el cielo -el aliento le corona
de agua mansa en palacios
silenciosos sobre el río
a decir su imagen clara.
Su imagen clara.

Va el cielo a presumir
-los mastines desvelados contra el viento-
de un aroma aconsejado.
Rueda el cielo
sobre ese aroma agolpado
en las ventanas,
como una oscura potencia
desviada a nuevas tierras.
Rueda el cielo
sobre la extraña flor de este cielo,
de esta flor,
única cárcel:
corona sin ruido.

José Lezama Lima

la boca del poema

Jacek Malczewski: La muerte de Elena (1906-7)

ALGO SIN NOMBRE

Algo que no tiene nombre
y que nunca lo tendrá
busca tal vez mover estas palabras
para que sean portadoras de clemencia.
Si en ellas floreciese la rosa del vacío
o el incendio que fertiliza el grito
o la suave tempestad de las arterias
o si un relámpago calcinado en su trayecto
le diese la más evidente claridad.
Una herida no cesa en el silencio blanco
y no asciende a la boca del poema.
¡Si el agua aquí se hiciese arquitectura
y la sed el fuego la danza el infortunio
se reuniesen en en un solo latir de sílabas
y en un leve edificio se abriese la sombra desnuda!

António Ramos Rosa: Facilidad del aire, Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, Madrid, 1998, Trad. de Clara Janés, p. 111

hacia otra estrella

Burt Glinn: Helen Frankenthaler working in her West End Avenue studio, New York (1956)

EL TIEMPO ESTÁ PARADO

El tiempo está parado
somos nosotros los que transcurrimos.
Y si vamos lanzados en el tren nos parece
que casa y tierra y hatos que allí pastan
se escapan de nosotros como espectro.
Alguien saluda y luego, como en sueños, se esfuma,
con casa y tierra, con farola y árbol.

También así el paisaje de la vida se mueve,
dejándonos atrás, hacia otra estrella
y en su mismo acercarse se nos está alejando.
En vano pretendemos detenerlo,
bien sabemos que todo es sólo un espejismo.

El paisaje se queda, en tanto nuestro tren
deja atrás esas millas que ha medido.

El tiempo está parado.
Somos nosotros los que huimos.

Mascha Kaléko: Tres maneras de estar sola, Renacimiento, Salamanca, Trad. de Inmaculada Moreno, 2012, p. 59

puente improvisado

László Moholy-Nagy: Segmentos de círculo (1921)

Hay quien cree que la palabra es el medio para alcanzar la sustancia del mundo, la sustancia última, única, absoluta; más que representar esta sustancia, la palabra se identifica con ella (por lo tanto es erróneo decir que es un medio): hay la palabra que sólo se conoce a sí misma, y no es posible ningún otro conocimiento del mundo. Hay en cambio quien entiende el uso de la palabra como un incesante seguimiento de las cosas, una aproximación no a su substancia sino a su infinita variedad, un rozar su multiforme, inagotable superficie. Como dijo Hofmannsthal: «La profundidad hay que esconderla. ¿Dónde? En la superficie.» Y Wittgenstein iba aún más lejos que Hofmannsthal cuando decía: «Lo que está oculto no nos interesa.»

Yo no sería tan drástico: pienso que andamos siempre a la caza de algo escondido o sólo potencial o hipotético, cuyas huellas, que asoman a la superficie del suelo, seguimos. Creo que nuestros mecanismos mentales primarios se repiten, desde el Paleolítico de nuestros padres cazadores y recolectores de frutos, a través de todas las culturas de la historia humana. La palabra une la huella visible con la cosa invisible, con la cosa ausente, con la cosa deseada o temida, como un frágil puente improvisado tendido sobre el vacío.

Por eso para mí el uso justo del lenguaje es el que permite acercarse a las cosas (presentes o ausentes) con discreción y atención y cautela, con el respeto hacia aquello que las cosas (presentes o ausentes) comunican sin palabras.

Italo Calvino: Exactitud, en Seis propuestas para el próximo milenio, Siruela, Madrid, 2010, Trad. de Aurora Bernárdez y César Palma, pp. 84-85

atraviesa las murallas

Federico Zandomeneghi: En la cama (1878)

LA PALABRA

La palabra es la semejanza y la diferencia
o la salvaje unidad incendiada
que en verticales vislumbres se anticipa,
reuniendo la evidencia y la distancia
en piedras o nubes luminosas.
Y ya en el espacio se forma como espacio
y en la ausencia habitable se rezaga
en nombres que en las vértebras del sol nacen
y liberan las sombras bajo las piedras.
Y el poema es ahora constelación de sangre
o un río de pulsos y de oscuras puertas
que atraviesa las murallas de la nocturna lengua.

António Ramos Rosa: Facilidad del aire, Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, Madrid, 1998, Trad. de Clara Janés, p. 35

dar el tiempo al trabajo

Delhy Tejero: Trinos (detalle) 1967

Miércoles 2-agosto-1939

(…) Escribir corrigiendo dos o más veces, todo lo [que] sea necesario hasta sintetizar. Y pintar sintetizando también. Matisse casi lo ha conseguido, es un gran artista. Cuando se pierde la habitudine di laborare los primeros días no hay más que adquirirla, sentarse a esperar a que venga, proponérse[lo] es dar el tiempo al trabajo, no a otra cosa, hasta que llegue.

El arte occidental se diferencia por el deseo infinito, ilimitado de romper, abrir. Por eso es la perspectiva, los muros con el gran paisaje, con fondo; los techos en perspectivas profundas.

Delhy Tejero: de 1938-1939 En Roma en París, en Los Cuadernines (Diarios 1936-1968), Eolas ediciones, León, p. 214

de un corazón a otro

Ángeles Santos: Un mundo (1929)

Prólogo del tiempo que no está en sí

I

Nada estaba previsto.
Todo era inminente.

II

Un día después de un tiempo inmemorial,
mientras el cielo se movía de pie,
de un ojo a otro;
y se pensaba de un corazón a otro
en las ciudades,

el orden del vacío preparaba
una palabra que no sabía su nombre.

(La palabra, aquella, del tamaño del aire).

III

También, potencia descansada, el viento,
alzado tumbador de estrellas,
desde el trueno que escucho sin memoria
esclarecer para contar sus ángeles,
rasgaba los templos ardorosos.

IV

También un toro, sí, también un toro pálido
tenía la cara terrenal
y con su grande uña cardial golpeaba el mundo.

V

Los ríos conjugándose, ordenándose en sílabas de agua,
trasoían su límite de peces y de fuego.

VI

Apenas se escribían los frutos y los niños,
con el palote antiguo que reunía los verbos
antes en libertad, acéfalos, sin vías
en la ruta de una mañana eterna.

VII

La noche se soñaba su figura de mayo.
¿Cómo sería su verde partiendo de las hojas?
¿Cómo sería su verde ya cercano
a tan claro designio de laureles
y razonado en pétalo profundo?

Quería una palabra para escuchar su color en la noche.

VIII

Los ángeles buscaban un cuerpo para el llanto,
con el sexo menor posado en una lámpara,
y su peinado, apenas pronombre de las olas.

IX

Las islas navegaban rumbo un pueblo de cobre,
madurando en peceras su sol de porcelana,
mas noche y día las encontró en la arena,
con el oído al pie de la colmena,
y con sus musgos dando su lámpara ordenada

X

Más allá de su arrullo, a un año de sus vísceras amadas,
el arpa desataba su sonrisa, sus tálamos nacientes.
Era ya necesario organizarle la cuerda
y la estatura que crecían a la altura del álamo;
pronto entraría

en sus obligaciones de armonía.

XI

Allá en su edad,
-seca, sin fin memoria de la nieve-
el frío creaba su niñez.
Nadie sabía si era un quelonio mortal,
o el corazón sin fecha de un anillo perenne.

Todos lo amaban y lo confundían
con su asonancia de oro sembrado en el desierto.

Ya lo anunciaba la ciudad llena de cosas jóvenes.
Un día vendría el relámpago a soplarle los hombros,
un huracán liviano lo llevaría consigo;
desde entonces el frío resonaría
con los que lo olvidaron hace siglos,
hace nueve sollozos de abejas insepultas.

XII

El océano sólo era una larga presencia de caballo
alrededor del mundo,

y el caballo era, apenas, un labio descifrado
y perdido de súbito,

sal,
víspera del agua,
ingrávida y solemne.

XIII

Los cristales designaban unánimes costumbres y gestiones:
el humilde epídoto trepaba por el cuarzo
con gecónida pata;

y el cistal de roca en su perímetro oscilante,
rehuía los contactos con el hierro,
y al pasar por coléricos destellos,

se afirmaba sin mancha.

XIV

Corderillos adentro, mariposas adentro,
dándole honor al polvo,
colmándolo de azules convenciones y seres imprevistos,
se fundaba la gracia carnal de las ciudades.

XV

La abeja resumía en su seno de virgen prematura,
la abreviada dulzura de un padre inagotable.

XVI

Era la paz primera que nadie repetía.

Andaba ya un gran hueso buscándose al oído,
de la mañana al bronce, de la noche a los ciervos.

XVII

Era la infancia de Dios,
cuando hablaba con una sola sílaba,

y seguía
creciendo en secreto.

Eunice Odio: El tránsito de fuego, ediciones Sin Fin, Barcelona, 2019, pp. 45-49.