descomposición

Günter Brus. Sin título, 1961

La pintura en el laberinto, 1963

Revestí las paredes de las dos habitaciones del sótano con Molino, un sucedáneo barato de lienzo, tensé unas cuerdas a lo largo y ancho de las habitaciones, y fijé en ellas unas bandas de papel de estraza que llegaban hasta el suelo y hasta las paredes que quería pintar. Mi intención era crear un laberinto que debería ayudar a evitar una idea de composición que se ha consolidado demasiado deprisa. Me imaginé trabajando en todas las paredes a la vez, como si todo a mi alrededor fuera un cuadro, haciendo realidad una ansiada “descomposición” mientras paseaba arriba y abajo por el laberinto.

Anna Jiménez Jorquera (coord.): Günter Brus. Quietud nerviosa en el horizonte,  Museu d’Art Contemporani de Barcelona (MACBA), Barcelona, 2005, p. 114.

los asesinos

Paul Delvaux. The Great Sirens (1947)

Las matanzas han pasado {y siguen pasando sobre la víctima mortal de las últimas inundaciones, secuestrada, obligada a la prostitución, escondida en un sótano en el que sería pronto anegado cuerpo junto a neveras y cajas de cerveza o similar}, pero los asesinos siguen entre nosotros {en la mesa de la cocina, en el despacho de un comerciante, en el canal de la televisión, en las tiendas de ese pueblo, en la primera planta del hotel en el que estaba ese sótano}, muchas veces mentados {qué viejos los de antaño, más callados, la levita era de corte seco sin frunce, los gemelos bien puestos} y otros localizados {no hay apellido sin seña o apartado de correo postal y abogado}, y algunos, no todos {los menos, los solo algunos}, condenados en procesos. La existencia de estos asesinos ha penetrado en la conciencia de todos nosotros {se arrima a nuestros sueños, nos araña la vela antes de conseguir apagarla, nos desvela al tocar la frente ardiendo}, no por medio de un periodismo más o menos vergonzante {más o menos procedimentalista}, sino precisamente a través de la literatura {que un día espera, aún es el día que espera ser una cura, un paño sobre una herida, un punto de no retorno}.

{Enmienda} al Prefacio de El caso Franza, de Ingeborg Bachmann, Akal, Trad. de Adan Kovacsics, 2001, p.8

presente

Henri de Toulouse-Lautrec: La Blanchisseuse (1886)

Lo que de mí supiste
no fue más que el revoque,
la túnica que envuelve
nuestra humana ventura.

Y quizá más allá del tejido
estaba el azul tranquilo;
vedaba el límpido cielo
sólo un sello.

O en verdad era la extravagante
mutación de mi vida,
el abrirse de una ardiente
gleba que nunca veré.

Quedó, pues, esta corteza
como mi sustancia verdadera;
el fuego que no se apaga
para mí se llamó: la ignorancia.

Si veis una sombra, no es
una sombra: yo soy.
Si pudiera desprenderla de mí,
ofrecérosla como presente.

*

Ciò che di me sapeste
non fu che la scialbatura,
la tonaca che riveste
la nostra umana ventura.

Ed era forse oltre il telo
l’azzurro tranquillo;
vietava il limpido cielo
solo un sigillo.

O vero c’era il falòtico
mutarsi della mia vita,
lo schiudersi d’un’ignita
zolla che mai vedrò.

Restò così questa scorza
la vera mia sostanza;
il fuoco che non si smorza
per me si chiamò: l’ignoranza.

Se un’ombra scorgete, non è
un’ombra – ma quella io sono.
Potessi spiccarla da me,
offrirvela in dono.

Eugenio Montale: Huesos de sepia, Igitur, Montblanc, Trad. de Carlo Frabetti, 2000, pp. 60-61

la tensión

Edward Burne-Jones: The Princess Sabra Led to the Dragon (1866)

El Malte Laurids Brigge de Rilke, algunas novelas cortas de Musil y Rönne, cuadernos de un médico, de Benn, partiendo de tribulaciones de naturaleza muy diversa, nos muestran el testimonio de experiencias semejantes a la de Hofmannsthal. Sin embargo, no deberíamos pensar en un consenso en la literatura, sino que hay que tener presente que se trata de iniciativas revolucionarias aisladas. Siempre se ha dicho que las cosas están en el aire. No creo que estén en el aire así como así y que cualquiera pueda agarrarlas y poseerlas, puesto que una experiencia nueva se construye, no se toma del aire. Del aire y de los otros sólo toman aquellos que no han vivido ninguna experiencia por sí mismos. Creo que no surgirá una nueva poesía si no surgen estas eternas preguntas, ineludibles, sobre el sentido y el porqué de las cosas y todo aquello que conllevan (como es la cuestión de la culpa); si no se plantea la sospecha y con ello una problemática real en aquel que ha de producir esta nueva poesía. Puede sonar paradójico, porque hace un momento hablábamos del enmudecimiento y del silencio como consecuencia de esta necesidad del escritor consigo mismo y con la realidad: una necesidad que hoy no ha hecho sino adoptar otras formas. Los conflictos religiosos y metafísicos han dado paso a los sociales, interpersonales y políticos. Para el escritor, todos acaban desembocando en el conflicto con el lenguaje. Esto es porque las producciones realmente importantes de estos últimos cincuenta años, las que han puesto de manifiesto una literatura nueva, no han surgido porque se quisiera experimentar con los estilos, porque de repente se buscara expresarse de una manera y de repente en otra, porque se pretendiera ser moderno. Han nacido donde un nuevo pensamiento ha hecho de detonante de toda nueva idea; donde ha habido un impulso moral anterior a toda moral formulable suficientemente grande para comprender y concebir una nueva posibilidad ética. En este sentido no creo que tengamos hoy los problemas que nos quieren encasquetar; y, sin embargo, caemos con demasiada frecuencia en la tentación de andar comentándolos. Tampoco creo que, después de tantos y tantos descubrimientos y aventuras como se han llevado a cabo en este siglo (sobre todo al principio), no nos quede más remedio que escribir de una manera epigonal; si no es que se escribe ya más surrealista que los surrealistas y aún más expresionista que los expresionistas. Tampoco creo que no nos quede más que valernos de los descubrimientos de Joyce y de Proust, de Kafka y de Musil. Y es que Joyce y Proust y Kafka y Musil no se sirvieron de ninguna experiencia precedente con la que se hubieran topado. Lo que utilizaron, lo que se ha constatado en seminarios y en tesis doctorales, es en cualquier caso lo de menos, es superficial o ha quedado amalgamado. Si asumimos a pies juntillas las determinaciones de la realidad de aquel tiempo, las formas de pensamiento que ayer eran nuevas, nos quedaremos tan sólo con el mero calco o con un pálido retrato de las grandes obras. Si la única posibilidad fuera ésa: continuar igual, proseguir y andar haciendo probaturas sin experiencia alguna hasta que parezca que vale la pena, entonces serían justas las acusaciones que se vierten hoy en día contra los escritores jóvenes. Pero ya se respira la tensión. La noche se adelanta al día, y el fuego prende en el crepúsculo.

Ingeborg Bachmann: Preguntas y pseudopreguntas (primera de las Conferencias de Fráncfort), en Literatura como Utopía, Pre-textos, Valencia, Trad. de Mónica Fernández Arizmendi y Àngels Giménez Campos, 2012, pp.135-136

tan líquido

 Andrew Wyeth - Master Bedroom (1965)Andrew Wyeth: Master Bedroom (1965)

Si cedo, si consiento en tragar este trozo sin haberlo dejado previamente tan líquido como la sopa, cometeré algo que jamás podré revelarle, cuando vuelva allí, a su casa… tendré que llevar eso oculto en mí, esa traición, esa cobardía…

Nathalie Sarraute: Infancia, Alfaguara, Madrid, Trad. de M. Teresa Gallego y M. Isabel Reverte, 1984, p.20