lo más nítido posible

Jane Millares Sall: Los faroles (1960)

Da sosiego, tranquiliza estar aquí, sola, encerrada en mi cuarto…nadie vendrá a molestarme, estoy haciendo “los deberes”, cumplo con un deber que todo el mundo respeta… Lilí grita, Vera se enfada no sé con quién, va y viene gente tras de mi puerta, nada de esto va conmigo… Limpio la plumilla en un trapito cuadrado de fieltro, la mojo en el frasco de tinta negra, repaso con mucho cuidado… no debo salirme ni un pelo… vuelvo lo más visibles, lo más nítido posible los pálidos fantasmas de palotes, de letras… le impongo un esfuerzo a mi mano que cada vez obedece mejor…

Nathalie Sarraute: Infancia, Alfaguara, Madrid, 1984, Trad. de M. Teresa Gallego y M. Isabel Reverte, p. 127

os argumentos

Helene Schjerfbeck: La costurera (1905)

“Le vent se lève. Il faut
tenter de vivre… ”
Paul Valéry

Revisando os danos

A man dereita á dereita do corpo
a man esquerda á esquerda.
En plenas facultades,
teño a cabeza no centro do mundo
e voulle cambiando os argumentos
ós meus soños escasos e prudentes.

nadal, 94

Lois Pereiro: Poesía última de amor e enfermidade 1992-1995, Edicións Positivas, Santiago de Compostela, 2010, pp. 22-23

 

caracteres

Dod Procter: Morning (1926)

De cualquier modo, todas las realidades y las fantasías pueden cobrar forma sólo a través de la escritura, en la cual exterioridad e interioridad, mundo y yo, experiencia y fantasía aparecen compuestas de la misma materia verbal; las visiones polimorfas de los ojos y del alma se encuentran contenidas en líneas uniformes de caracteres minúsculos o mayúsculos, de puntos, de comas, de paréntesis; páginas de signos alineados, apretados como granos de arena, representan el espectáculo abigarrado del mundo en una superficie siempre igual y siempre diferente, como las dunas que empuja el viento del desierto.

Italo Calvino: Visibilidad, en Seis propuestas para el próximo milenio, Siruela, Madrid, 2010, Trad. de Aurora Bernárdez y César Palma, p.104

 

un control

Gerhard Richter: Lesende (óleo sobre lienzo, 1994)

Jacotot rechaza tal optimismo. No existe lenguaje de la razón. Existe solamente un control de la razón sobre la intención de hablar. El lenguaje poético que se conoce como tal no contradice la razón. Al contrario, recuerda a cada sujeto hablante que no debe tomar el relato de las aventuras de su espíritu por la voz de la verdad. Todo sujeto hablante es el poeta de sí mismo y de las cosas. La perversión se produce cuando este poema se da por otra cosa que un poema, cuando quiere imponerse como verdad y forzar a la acción. La retórica es una poética pervertida. Eso también quiere decir que no se sale de la ficción en sociedad. La metáfora es solidaria de la dimisión original de la razón. El cuerpo político es una ficción, pero una ficción no es una expresión figurada a la cual podría oponerse una definición exacta del agrupamiento social. Existe una lógica de los cuerpos a la cual nadie puede, como sujeto político, sustraerse. El hombre puede ser razonable, el ciudadano no puede serlo. No existe retórica razonable, no existen discursos políticos razonables.

La retórica, se dijo, tiene por principio la guerra. No se busca la comprensión, sino la destrucción de la voluntad adversa. La retórica es una palabra en rebeldía contra la condición poética del ser hablante. Habla para hacer callar. No hablarás ya, no pensarás más, harás esto, tal es su programa. Su eficacia depende de sus propias prohibiciones. La razón hace hablar siempre, la sinrazón retórica sólo habla para hacer llegar el momento del silencio.

Jacques Rancière: El maestro ignorante, Laertes, Barcelona, Trad. de Núrica Estrach, 2010, pp. 117-118.

no tengo más

Eliot PorterBlue-throated Hummingbird, Chiricahua Mountains (1959)

No tengo más que esta pequeña lámpara, estos anteojos redondos, montados en hierro, esta mano y este poco de papel sobre el cual escribo. Nunca he necesitado más –nada más que esta pluma entre los dedos, que me impide caer.

Pascal QuignardSobre la idea de una comunidad de solitarios, Pre-textos, Valencia, Trad. de Adalber Salas Hernández, 2017, p.36

la literatura

Oct. 15, 1925 (New York Times)

Ahora bien, la literatura no es una cosa cerrada, ni la antigua ni la nueva; está menos cerrada que cualquier otra disciplina, por ejemplo, que la historia, la física, la biología, en las cuales cualquier nuevo conocimiento deja atrás al antiguo. No está cerrada, puesto que todo su pasado se apiña en el presente. Con la fuerza de todos los tiempos empuja contra nosotros, contra el umbral del tiempo sobre el que nos apoyamos, y su empuje, con potentes conocimientos viejos y nuevos, nos hace saber que ninguna de sus obras quería ser datada y convertida en inofensiva, sino que todas ellas contenían la condición de sustraerse a cualquier acuerdo y ordenamiento definitivos. Trato de denominar utópicas estas condiciones que residen en las propias obras.

Si estas condiciones utópicas no estuvieran en las obras, la literatura, a pesar de nuestra participación, sería un cementerio. Sólo tendríamos un depósito de coronas. En ese caso, cada obra sería sustituida y mejorada por otra, cada una de ellas sería enterrada por la siguiente.

Sin embargo, la literatura no necesita ningún panteón, no comprende la muerte, ni el cielo, ni ninguna redención, sino el más fuerte propósito de influir en el presente; en éste o en el próximo.

Pero la literatura, siempre la literatura…

Ingeborg Bachmann: La literatura como utopía, Pretextos, Valencia, Trad. de Mónica Fernández Arizmendi y Àngels Giménez Campos, 2012, pp.217-218

signos

 

Egon Schiele: Girasoles (1911)

Los signos del dolor

La Revolución Francesa no acabó con todas las tiranías. La muerte en la guillotina de Luis XVI no alejó a los ciudadanos ni del dolor ni de la muerte. Por el contrario, la transición entre el Antiguo y el Nuevo Régimen transformó el miedo en una forma de padecimiento que compartieron por igual testigos y víctimas. El nuevo orden no benefició a unos a expensas de otros; no hizo distinciones entre estamentos o clases; no salvaguardó a los nobles ni a la Iglesia; no discriminó entre fuerte o débiles, entre burgueses y campesinos, entre pobres y ricos, o entre mujeres, hombres o niños. Por el contrario, el sufrimiento igualó y deformó sus rostros; modificó sus gestos y expresiones; convirtió su presencia pública en un teatro de máscaras, gritos y gestos uniformes. Puesto que el dolor se comportaba, a todos los efectos, como un animal salvaje, no faltaron plumas dispuestas a escribir su historia. Pero no ya la crónica política o civil del padecimiento colectivo, sino su historia natural: la forma en la que el daño se expresaba como un fenómeno natural y, en el extremo, como el grito de la vida. De entre todas ellas, destaca la de Marc-Antoine Petit (1766-1811). Este médico y cirujano de Lyon redactó en 1799 un discurso que, en su fondo y forma, se asemejaba a la vieja tradición de la diatriba política. En su estilo rezumaba todavía la prosa del famoso Discurso que el ilustrado Buffon escribió para su Historia natural. Tenía entonces treinta y tres años:

Ciudadanos: he venido a hablaros de vuestro enemigo, del enemigo eterno del género humano, de un tirano que golpea con la misma crueldad a la infancia y a la vejez, al débil y al fuerte, que no respeta ni los talentos ni los rangos, que jamás se detiene ni ante el sexo ni ante la edad; que no tiene amigos a los que perdonar ni esclavos a los que favorecer, que aflige a sus víctimas delante de sus amigos, en el seno de sus placeres; que no teme el resplandor del día más que el silencio de la noche; contra quien la anticipación es vana y la defensa tanto menos segura cuanto que parece armarse contra nosotros con todas las fuerzas de su naturaleza.

Algunos años antes, en 1793, la Convención había ordenado de la destrucción de Lyon, una ciudad que los jacobinos consideraban un reducto realista. Bajo el lema «Lyon ya no existe», unas mil ochocientas personas fueron asesinadas por las denominadas mitraillades, descargas de mosquetes disparadas a discreción contra la población civil; otras muchas fueron ejecutadas en la guillotina. Los cuerpos caían al suelo con la misma facilidad con la que se derrumbaban los edificios de la segunda ciudad más importante de Francia. O al revés: los muros cedían como se quiebran los huesos de las estructuras anatómicas. Aunque la comparación provenía de los teóricos del Nuevo Régimen, no pasó inadvertida al cirujano Petit. En 1796, tan solo tres años después de las masacres, pronunció un nuevo discurso en la apertura del curso de Anatomía y Cirugía del Hôtel-Dieu sobre la influencia de la Revolución en la sanidad pública: «Las revoluciones son a los cuerpos políticos sobre los que actúan lo mismo que los medicamentos a los cuerpos humanos alterados sobre los que deben restablecer la armonía», escribió. Tanto en relación con el organismo fisiológico como con el cuerpo político, el restablecimiento de la salud debía ir siempre precedido de una sensación lesiva. A su juicio, el mismo sufrimiento, ya fuera físico o político, que atenazaba a la humanidad, no solo constituía el signo de una enfermedad, sino también la primera manifestación de su remedio.

Javier Moscoso: Historia cultural del dolor, Taurus, Madrid, 2011, pp.127-128

en el pensamiento

Dora Maar: Modelo en bañador (1936)

Creo que lo que reprocho a los libros, en general es eso: que no son libres. Se ve a través de la escritura: están fabricados, están organizados, reglamentados, diríase que conformes. Una función de revisión que el escritor desempeña con frecuencia consigo mismo. El escritor, entonces, se convierte en su propio policía. Entiendo, por tal, la búsqueda de la forma correcta, es decir, de la forma más habitual, la más clara y la más inofensiva. Sigue habiendo generaciones muertas que hacen libros pudibundos. Incluso jóvenes: libros encantadores, sin poso alguno, sin noche. Sin silencio. Dicho de otro modo: sin auténtico autor. Libros de un día, de entretenimiento, de viaje. Pero no libros que se incrusten en el pensamiento y que hablen del duelo profundo de toda vida, el lugar común de todo pensamiento.

No sé qué es un libro. Nadie lo sabe. Pero cuando hay uno, lo sabemos. Y cuando no hay nada, lo sabemos como sabemos que existimos, no muertos todavía.

Marguerite Duras: Escribir, Tusquets, Barcelona, Trad. de Ana María Moix, 2009, p.36

hambre

George Valdez (Random photo, nothing staged and no cropping) // Paul Klee (Portrait of an Equilibrist, 1927) George Valdez conecta una foto casual tomada en 2013 con el Retrato de un equilibrista (Paul Klee, 1927)

«El pueblo necesita la poesía como el pan»: esta conmovedora frase, que es más que nada la expresión de un deseo, la escribió Simone Weil. Pero hoy en día la gente necesita cine y revistas como si fueran nata montada, y los más exigentes (entre los que por supuesto nos encontramos nosotros) necesitan un pequeño shock, un poco de Ionesco o el aullido del beatnik para no perder el apetito del todo. ¿Poesía como el pan? Este pan debería hacer rechinar los dientes y despertarnos el hambre aún más en vez de calmarla. Esta poesía debería ser incisiva de ideas y amarga de nostalgia, para poder tocar el sueño de los hombres. Dormimos, sí; somos durmientes, por el miedo que nos da percibirnos a nosotros y a nuestro mundo.

Ingeborg Bachmann: Preguntas y pseudopreguntas (primera de las Conferencias de Fráncfort), en Literatura como Utopía, Pre-textos, Valencia, Trad. de Mónica Fernández Arizmendi y Àngels Giménez Campos, 2012, p.142

gramática

leonora-carrington-the-recital-of-dreamsLeonora Carrington: The recital of dreams

«Toda una nube de filosofía se condensa en una gotita de gramática.»

Ludwig Wittgenstein, Investigaciones filosóficas, citado en Ingeborg Bachmann: Lo decible y lo indecible, en Literatura como Utopía, Pre-textos, Valencia, Trad. de Mónica Fernández Arizmendi y Àngels Giménez Campos, 2012, p.67

de la noche

Anselm Kiefer - Las célebres órdenes de la noche (Die berühmten Orden der Nacht), 1997 Anselm Kiefer: Die berühmten Orden der Nacht (Las célebres órdenes de la noche), 1997

Treue — ¡qué bien suena!
Y los franceses de su fidelité, no hicieron más que Fidèle — nombre de perro. (¡Fidelka, ven acá!).

Marina Tsvietáieva: De Alemania (Fragmentos de mi diario de 1919), en en Diarios de la Revolución de 1917, Acantilado, Barcelona, trad. de Selma Ancira, 2015, p. 194

sentimiento

Alex Webb - Child with photographer background, Jeongsun Station, South Korea (2013)Alex Webb: Child with photographer background, Jeongsun Station, South Korea (2013)

No se nos ocurrirá aferrarnos al ideario del clasicismo ni al de cualquier otra época, puesto que éstos ya no pueden ser nuestra norma. Nuestra realidad, nuestros conflictos se han transformado. Por muy radiantes que nos lleguen algunos pensamientos aislados de tiempos pasados, cuando los citamos como testigos, lo hacemos como apoyo a nuestro pensamiento actual. Tampoco se trata de darlo todo por hecho, porque hace cincuenta o cuarenta años surgieran algunas mentes privilegiadas. De nada sirve continuar confiándoles el pensamiento como si fueran nuestras estrellas fijas. De nada sirve apoyarse en aquello digno de admiración que ha sido creado en las últimas décadas. La única lección posible es que no podremos eludir la misma peligrosa práctica. En el arte no se avanza en línea horizontal, sino que siempre se está desgarrando la vertical. Sólo los medios y las técnicas artísticas crean la impresión de que se trata de un progreso. Lo que es posible en realidad es la transformación, y el efecto transformador que aflora de las obras nuevas nos prepara para una nueva percepción, un nuevo sentimiento, una nueva conciencia.

Ingeborg Bachmann: Preguntas y pseudopreguntas (primera de las Conferencias de Fráncfort), en Literatura como Utopía, Pre-textos, Valencia, Trad. de Mónica Fernández Arizmendi y Àngels Giménez Campos, 2012, p. 140

crecer

Francisco de Zurbarán - Agnus Dei (1535-1640)Francisco de Zurbarán: Agnus Dei (1535-1640)

¿Es posible que esta minucia, esta nadería, este sobreentendido (para mí) —dar— deba crecer ineludiblemente hasta volverse una montaña, debido al añadido —a mí?

Marina Tsvietáieva: De la gratitud (Extractos de mi diario de 1919), en en Diarios de la Revolución de 1917, Acantilado, Barcelona, trad. de Selma Ancira, 2015, p. 154