nacer

Bianca de Vilar -Semana Santa (2013)Bianca de VilarSemana Santa (2013)

He sentido verdaderamente que usted rompía la atmósfera alderedor de mí {filo de la corriente de aire cortante que no mata}, que creaba el vacío para permitirme avanzar {a mí con mis errores previos}, para darme el sitio de un espacio imposible a lo que en mí no era todavía más que algo en potencia {sin atrevimiento ni precipicio}, a toda una germinación virtual {un ramillete de posibilidades lógicas}, y que debía nacer, aspirada por el sitio ofrecido {por el sitio para mí conquistado}.

{Intervención} sobre Antonin Artaud. El pesa-nervios, Visor, Trad. de Marcos Ricardo Barnatán, 2002, p.47

la coraza

Joseph Mallord William Turner: The Burning of the House of Lords and Commons, 16th October 1834

No pienso, escucho. Luego busco una encarnación exacta en la palabra. El resultado es la coraza gélida de una fórmula, bajo la cual — sólo el corazón.
No escucho oculta, ausculto. Como el médico: el pecho. Y con cuánta frecuencia: tocas — ¡no hay respuesta!

Marina Tsvietáieva: Diarios de la Revolución de 1917, Acantilado, Barcelona, Trad. de Selma Ancina, 2015, pp. 175-176

 

maquetas

Jan Saudek, Image No. 213-1, Ilary 1
Jan Saudek, Image No. 213/1, Ilary 1 (1983)

VISIBLE, INVISIBLE

I

Que este brío dure,
que los pájaros imiten
el grito de los terneros
al anochecer. La gata agazapada
bajo el vaho de las buenasnoches.

Y mezclas, matices,
pero como se mezclan dos nubes
y como entra en el incienso el hipo del incienso
haciéndonos sentir su barrido,
su despejo de falsas sensaciones.

Y como entra la noche en el atardecer
bajo la soledad sonora de los grillos
—la música callada de las luciérnagas mezquinas.

y que se unan otra vez esas rachas de sonido
a la única voz en que juntos vacilamos.
Sonidos que ignoraban ser iguales,
apenas iguales: secretos ejercicios de alegría

visible como el espiado,
como un habla de visible en lo invisible,
la laguna.

II

La calandria que vimos con Mauricio
canta aún en el bullicio de los patos.
La vemos y la pensamos soñada,
cara de otras monedas:

primero en la casa,
(invisible como fue,
visible como es ahora.)

Después entre la gente,
impalpable como parece,
—ruido— ahora
en el televisor.

pero visibles e invisibles “Mundos”
si la poesía los rozara,
“naturalezas” si con su palabrerío ignorara
la potencia implacable de otro estilo.

“Relámpago”
anunciaría.

“Trueno” si la música sostuviera en su rumor
la atonalidad expectante.

Pero no somos la casa, ni el hogar,
ni el árbol, ni el camino.

Sólo sus dibujos o maquetas matizadas
en una esferilla donde nieva y hay ritornelos
de caja de música

envueltos en nuestro balbuceo salado.

¿Cuántas veces necesitamos que nos digan
que la belleza es la arena movediza
de la certidumbre?

Arturo Carrera: Poltlatch, Amargord, Madrid, 2010, pp. 85-87

Ilary, Jan Saudek (serie completa, 6 fotografías): 1, 2, 3, 4, 5, 6

la noche

Metropolis- Fritz Lang (1927)Metropolis (Fritz Lang, 1927)

La realidad que ha triunfado está organizada como un plató de televisión. Focos de luz cegadora, shows continuos en los que el público forma parte también del show, risas enlatadas que pautan los tiempos, espacios reales y virtuales que se mezclan para ocultar que nada se oculta. Esencia y apariencia se han fundido en una visibilidad total en cuyo interior habitamos. Continua exhibición de un Yo indiferente que, sin embargo, siente una necesidad terrible de la mirada del Otro. Encadenados, nuestros antepasados veían pasar las sombras que proyectaba el fuego encendido en la caverna platónica. Ahora, en cambio, todos somos figurantes del videojuego. Quisiéramos, como prometía un anuncio de la lotería, «desaparecer». Pero es difícil hacerlo. Intentamos fugarnos en cuanto podemos. Y la fuga con la que soñamos es siempre la misma: una playa lejana. Esta es la representación por excelencia de nuestro paraíso. Arrancar un instante de eternidad al tiempo para poder creer en algo. Mirar el horizonte. Lo que ocurre es que el horizonte hace mucho que ha desaparecido. La línea de horizonte se ha convertido en una soga de la que cuelgan los diez suicidados cada día en España, según las últimas estadísticas. La playa que un mar azul turquesa bañaba ha resultado ser un escenario de cartón piedra vigilado desde un dron que vuela incansablemente sobre nuestras cabezas. Estamos en guerra. En el interior de la vida que vivimos el único horizonte existente es el que ofrece la obsolescencia programada. Hasta que alguien se ahoga con tanta luz y se arranca la luz. La oscuridad, por fin la oscuridad de lo inhóspito. Nunca sabrán cuántos somos. La sombra viva enciende la noche.

Santiago López Petit: Hijos de la noche, Bellaterra, Barcelona, 2014, pp. 91-92

el corazón

Anna Karina, fotograma Vivre sa vieAnna Karina, fotograma Vivre sa vie (Jean-Luc Godard, 1962)

CONMEMORACIÓN DE LA MUERTE DE JUANA DE ARCO

André Malraux

 

En nombre del Gobierno francés.

Orléans, fechado en Ruán el 31 de mayo de 1964

 

…La resurrección de su leyenda es anterior a la de su persona, pero ¡aventura única!, el tardío descubrimiento de su persona no debilitó su leyenda, sino que más bien la dotó de su brillo supremo. Para Francia y para el mundo, la hermanita de San Jorge se convirtió en la Juana viviente gracias a los textos del proceso de condena y el de rehabilitación: por las respuestas que dio aquí, por el sangrante rojo de la hoguera.

Hoy en día sabemos que en Chinon, en Orléans, en Reims, en la guerra, e incluso aquí mismo, salvo quizás durante aquella sola y atroz jornada, la suya es un alma invulnerable. Y esto en primer término porque ella no se consideraba más que la mandataria de sus voces: “Sin la gracia de Dios, no sabría qué hacer”. Es conocida la sublime cantilena de sus testimonios de Ruán: “La primera vez sentí gran miedo. La voz vino a mediodía; era verano, en el fondo del huerto de mi padre… Después de oírla tres veces, comprendí que era la voz de un ángel… Era bella, dulce y humilde; y me contaba el gran dolor que existía en el reino de Francia… Dije que era una pobre muchacha que ni siquiera sabía ir a caballo ni hacer la guerra.. Pero la voz decía: «Ve, hija de Dios…»”.

Desde luego, Juana fue femeninamente humana. Cuando se hizo necesario demostró también una incomparable autoridad. Los capitanes se exasperaban ante esta “parlanchina que quiere enseñarles la guerra”. (¿La guerra? Las batallas que ellos perdían y que ella ganaba…) Amándola u odiándola, en su lenguaje hallan el “Dios lo quiere” de las Cruzadas. Esta muchacha de diecisiete años, ¿cómo la comprenderíamos si no oyéramos, bajo su sencillez, el acento incorruptible con que los profetas tendían sus manos amenazadoras hacia los reyes de Oriente, y sus manos consoladoras hacia el dolor del reino de Israel?

Antes del tiempo de las batallas, le hicieron la conocida pregunta:

-Si Dios quiere que se marchen los ingleses, ¿para qué necesita a vuestros soldados?

-Los hombres de guerra combatirán y Dios otorgará la victoria.

Ni san Bernardo si san Luis habrían respondido mejor.

Pero llevaban dentro de sí la cristiandad, no Francia.

Y a unos pasos de aquí, sola ante las dos preguntas asesinas:

-Juana, ¿estás en estado de gracia?

-Si no lo estoy, que Dios me ponga en él; si lo estoy, que Dios me mantenga en él- y por encima de todo la respuesta ilustre:

-Juana, cuando san Miguel se te apareció, ¿estaba desnudo?

-¿Creéis a Dios tan pobre que no pueda vestir a sus ángeles?

Cuando le preguntaban sobre su sumisión a la Iglesia militante, respondía, turbada pero sin vacilar:

-¡Sí, pero una vez servido Dios!

Ninguna otra frase la describe mejor. Frente al delfín, los prelados o los hombres de armas, luchó por lo esencial: desde que el mundo es mundo, en eso consiste el genio de la acción. Y sin duda a ello le debe sus éxitos militares. Dunois dice que ella disponía maravillosamente sus tropas y sobre todo la artillería, lo que no deja de sorprender. Pero los ingleses debían menos sus victorias a su propia táctica que a la ausencia de toda táctica por parte de los franceses, a la loca comedia heredada de Grécy a la que Juana puso fin. Las batallas de aquel tiempo eran muy pesadas para los vencidos; olvidamos demasiado a menudo que el aplastamiento del ejército inglés en Patay fue de la misma naturaleza que el del ejército francés en Azincourt. Y el testimonio del duque de Alençon impide que no se le escamotee a Juana de Arco la victoria de Patay ya que, sin ella, se habría dividido el ejército francés antes del combate, y ya que sólo ella fue capaz de reagruparlo.

Era en 1429, el 18 de junio.

En ese mundo en que Ysabeau de Bavière había afirmado en Troyes la muerte de Francia anotando en su diario únicamente la compra de una nueva pajarera, en ese mundo en el que el delfín dudaba ser delfín, Francia ser Francia, el ejército ser un ejército, ella rehízo el ejército, el rey y Francia.

No quedaba nada: de pronto apareció la esperanza; y, por ella, las primeras victorias que restablecieron el ejército.

Luego –por ella, en contra de casi todos los militares-, la coronación, que restableció al rey. Porque la coronación era para ella la resurrección de Francia, pues llevaba Francia dentro de sí de la misma manera que llevaba su fe.

Después de la coronación fue apartada, y dirigió la serie de vanos combates que la llevarían a Compiègne para nada, si no fue para convertirse en la primera mártir de Francia.

Todos conocemos su suplicio. Pero los mismos textos que poco a poco liberan de la leyenda su verdadera imagen, su sueño, sus lágrimas, la eficaz y afectuosa autoridad que comparte con las fundadoras de órdenes religiosas, esos mismos textos liberan también, de su suplicio, dos de los momentos más patéticos de la historia del dolor.

El primero es la firma del acta de abjuración, que sigue siendo un misterio. La comparación entre el breve texto francés con el muy extenso texto latino que le hicieron firmar proclama la evidente impostura. Firmó con una suerte de círculo, aunque había aprendido a firmar Juana. “¡Firma con una cruz!” Ahora bien, se había convenido antes, entre ella y los capitanes del delfín, que todos los textos falsos, todos los textos impuestos, estarían marcados con una cruz. Entonces, ante esta orden que parecía dictada por Dios para salvar su memoria, trazó la antigua cruz, estallando en una risa insensata…

El segundo momento es sin duda el de su más espantosa prueba. Si a lo largo de todo el proceso se remitió a Dios, parecía haber guardado, en muchas ocasiones, la certeza de su liberación. Y quizás, en el último minuto, esperó serlo en la hoguera. Pues la victoria sobre el fuego podía ser la prueba de que había sido engañada. Esperaba, con un crucifijo hecho con dos trozos de madera por un soldado inglés colocado sobre su pecho, y el crucifijo de la iglesia vecina elevado frente a su rostro por encima de los primeros humos de la hoguera. (Pues nadie se atrevió a negar la cruz a esta herética y a esta relapsa…). Y llegó la primera llama, y con ella el grito atroz que resonaría en todos los corazones cristianos como un eco del grito de la Virgen cuando vio ascender la cruz de Cristo sobre el cielo lívido.

Desde lo que fue el bosque de Brocéliande hasta los cementerios de Tierra Santa, la vieja caballería muerta se levantó de sus tumbas. En el silencio de la noche fúnebre, separando las manos juntas. En el silencio de sus estatuas yacientes, los valientes de la Tabla Redonda y los compañeros de san Luis, los primeros combatientes caídos en la toma de Jerusalén y los últimos fieles del pequeño rey leproso, toda la asamblea de los sueños de la cristiandad contemplaba, con sus ojos ensombrecidos, ascender las llamas que atravesarían los siglos, hacia esta forma finalmente inmóvil, que se convertía en el cuerpo quemado de la caballería.

Era más fácil quemarla que arrancarla del alma de Francia. En la época en que el rey la abandonaba, las ciudades que ella había liberado organizaban procesiones para su liberación. Luego, poco a poco, el reino se recuperó. Ruán fue finalmente retomada. Y Carlos VII, al que no preocupó el hecho de haber sido coronado gracias a una bruja, ordenó el proceso de rehabilitación.

En Notre-Dame de París, la madre de Juana, insignificante figura de duelo aterrada en aquella inmensa nave, presentaba el rescripto por el cual el papa autorizaba la revisión. A su alrededor, los de Domrémy que pudieron venir, y los de Vaucouleurs, de Chinon, de Orléans, de Reims, de Compiègne… Todo el pasado volvía con esta voz que el cronista califica de lamento lúgrube:

-Aunque mi hija no haya pensado, ni urdido, ni hecho nada que no fuese según la fe, gentes que la querían mal le imputaron engañosamente cantidad de crímenes. La condenaron inicuamente y…

La voz desesperada se quiebra. En ese momento, París que ya no recuerda haber sido nunca borgoñona, París de pronto es otra vez la ciudad de san Luis, llora con los de Domrémy y de Vaucouleurs, y el recuerdo de la hoguera se pierde en el inmenso rumor de sollozos que asciende por encima de la pobre figura enlutada.

El sumario comienza.

¡Olvidemos, ay, olvidemos! el pasaje siniestro de esos jueces lleno de honores, y que no recuerdan nada. Otros sí recuerdan. Largo cortejo salido de la vejez como se sale de la noche… Ha pasado un cuarto de siglo. Los pajes de Juana son hombres maduros; sus camaradas de guerra y su confesor tienen ya el cabello blanco. De aquí parte la misteriosa justicia que la humanidad lleva en lo más profundo y secreto de su corazón.

Todos habían conocido, o encontrado, a esta muchacha durante un año. Y aunque habían olvidado muchas cosas, no así la huella que les había dejado. El duque de Alençon la vio vestirse una noche cuando, con muchos otros, dormía sobre la paja: era bella, dice, pero ninguno se atrevió a desearla. Ante el escriba atento y respetuoso, el jefe militar tristemente vencedor evoca este minuto de hace veinte años, bajo la luz lunar… Recuerda también la primera herida de Juana. Ella había dicho: “Mañana mi sangre correrá, más arriba de mi seno”. Vuelve a ver la flecha que atraviesa el hombro, que sale por la espalda, y a Juana que prosigue el combate hasta la noche, que conquista finalmente la bastilla de Tourelles… ¿Vuelve a ver la coronación? ¿Creyó ella que coronaba a san Luis? ¡Ay! Para todos los testigos, es la dueña del tiempo en que los hombres vivieron según sus sueños y según su corazón, y desde el duque hasta el confesor y el escudero, todos hablan de ella tal como los reyes magos, una vez en sus reinos, habían hablado de una estrella desaparecida…

De aquellos centenares de sobrevivientes interrogados, desde Hauviette de Domrémy hasta Dunois, se eleva una presencia familiar y sin embargo única de alegría y coraje, Nôtre-Dame la Francia con su campanario pletórico del aletear de pájaros del más allá. Y cuando el siglo XIX vuelva a hablar ese nostálgico reportaje de tiempos idos, se iniciará, años antes de la beatificación, la sorprendente aventura: aunque simbolice la patria, Juana de Arco, al regresar a la vida, accede a la universalidad. Para los protestantes es, con Napoleón, la más célebre figura de nuestra historia; para los católicos será la más célebre santa francesa.

Cuando se inauguró Brasilia, hace cuatro años, los niños representaron algunas escenas de la Historia de Francia. Apareció Juana de Arco, una niña de quince años, en una bonita hoguera de luz de Bengala, con su bandera, un gran escudo tricolor y un gorro frigio. Ante esta pequeña República, yo imaginaba la sonrisa emocionada de Michelet o de Victor Hugo. En aquel gran ruido de fragua en que se forjaba la ciudad, ambas, Juana y la República, representaban a Francia, porque ambas eran la encarnación de la eterna llamada a la justicia. Como las diosas antiguas, como todas las figuras que las sucedieron, Juana encarna y magnifica desde entonces los grandes sueños contradictorios de los hombres. Su conmovedora imagen tricolor al pie de los rascacielos en que se posaban las aves rapaces, era la santa de madera erigida en las rutas, donde las tumbas de los caballeros franceses se codean con las de los soldados del año II…

El más muerto de los pergaminos nos transmite el escalofrío de estupor de los jueces de Ruán cuando Juana les contesta: “Nunca he matado a nadie”. Recuerdan la sangre chorreante en su armadura: descubren que era la suya. Hace tres años, en la reposición de Antígona, la princesa tebana llevaba cortado el cabello como ella, y con el joven perfil intrépido de Juana pronunciaba la frase inmortal: “No he venido para compartir el odio, sino para compartir el amor”. El mundo entero reconoce Francia cuando se convierte para todos los hombres en una figura compasiva, y ésta es la razón por la que nunca pierde del todo la confianza que tiene en ella. Pero en la soledad de las altas mesetas brasileñas, Juana de Arco aportaba a la República de Fleurus una persona sin rostro y la misteriosa luz del sacrificio, más brillante todavía cuando representa el arrojo. Aquel cuerpo retraído ante las llamas había espantosamente elegido las llamas; para quemarlo, la hoguera tuvo también que quemar sus heridas. Y desde que la tierra recibe el embate de la marea sin fin de la vida y de la muerte, para todos aquellos que saben que deben morir, únicamente el sacrificio está a la altura de la muerte.

-¿Cómo te hablaban tus voces? –le preguntaron cuando estaba viva.

-Me decían: ve, muchacha de Dios, muchacha de gran corazón…

Aquel pobre corazón que había latido por Francia como ningún otro latió antes, fue encontrado entre las cenizas que el verdugo no pudo ni osó reanimar. Y decidieron tirarlo al Sena, “con objeto de que nadie haga reliquias de él”.

Ella pidió con pasión que la enterraran en cementerio cristiano. Y allí nació la leyenda.

El corazón baja con la corriente. Y cae la noche. En el mar, los santos y las hadas del árbol encantado de Domrémy la esperan. Y al alba, todas las flores marinas remontan el Sena, cuyas márgenes se cubren con los cardos azules de las arenas, constelados por las flores de lis…

La leyenda no es tan falsa. No son las flores marinas las que nos trajeron sus cenizas, sino la imagen más pura y más conmovedora de Francia. Oh, Juana sin sepulcro y sin retrato, tú que sabías que la tumba de los héroes es el corazón de los vivos, importan poco tus veinte mil estatuas, sin contar las de las iglesias: diste tu desconocido rostro a todo aquello por lo que Francia fue amada. Una vez más las flores de los siglos van a descender… ¡En nombre de todos aquellos que están o que estarán aquí, que esas flores te saluden sobre el mar, a ti que diste al mundo la única figura de victoria que es una figura de piedad!

André Malraux: Oraciones fúnebres, Anaya, Madrid, 1996, trad. Miguel Rubio, pp. 39-46

savia

Egon SchieleEgon Schiele – Dos figuras (1917)

EL CANTO DE AMOR

He aquí de qué está hecho el canto sinfónico del amor
Existe el canto del amor de antaño
El ruido de los besos apasionados de los amantes ilustres
Los gritos de amor de las mortales violadas por los dioses
Las virilidades de los héroes fabulosos erigidas como obuses contra aviones
El aullido precioso de Jasón
El canto mortal del cisne
El himno victorioso que los primeros rayos del sol hicieron cantar a Memnón el inmóvil
Existe el grito de las sabinas en el momento del rapto
Existen también los gritos del amor de los felinos en las junglas
El rumor sordo de las savias ascendiendo por las plantas tropicales
El trueno de las artillerías que cumplen el terrible amor de los pueblos
Las olas del mar en donde nace la vida y la belleza

Existe el canto de todo el amor del mundo

Guillaume Apollinaire: Caligramas, Poemas de la Paz y de la Guerra (1913-16), en Antología, Visor, Madrid, 2007, (trad. Manuel Álvarez Ortega), p. 80

LE CHANT DE L’AMOUR

Voici de quoi est fait le chant symphonique de l’amour
Il y a le chant de l’amour de jadis
Le bruit des baisers éperdus des amants illustres
Les cris d’amour des mortelles violées par les dieux
Les virilités des héros fabuleux érigées comme des pièces contre avions
Le hurlement précieux de Jason
Le chant mortel du cygne
Et l’hymne victorieux que les premiers rayons du soleil ont fait chanter à Memnon l’immobile
Il y a le cri des Sabines au moment de l’enlèvement
Il y a aussi les cris d’amour des félins dans les jongles
La rumeur sourde des sèves montant dans les plantes tropicales
Le tonnerre des artilleries qui accomplissent le terrible amour des peuples
Les vagues de la mer où naît la vie et la beauté

Il y a là le chant de tout l’amour du monde

el taller

Magritte- El arte de la conversación (1963)

Magritte- El arte de la conversación (1963)

Sobre la elaboración paulatina del pensamiento a medida que se habla

A.R. v. L.

Cuando quieras saber algo y no seas capaz de averiguarlo meditando, te aconsejo, querido y discreto amigo mío, que hables de ello con el primer conocido con quien topes. No necesita poseer un caletre privilegiado, ni lo que yo propongo es que lo interrogues sobre tu problema, ¡no! Antes bien, debes contárselo tú mismo en primer lugar. Ya te veo enarcar las cejas asombrado y responderme que, en el pasado, se te aconsejó no hablar sino sobre cosas que ya comprendieses bien. Pero antaño hablabas probablemente con la petulancia de querer instruir a otros, yo quiero que hables con la juiciosa intención de instruirte a ti mismo; de modo que acaso ambas reglas de prudencia, diferentes para diferentes casos, sean compatibles sin dificultad. Dicen los franceses que l’appétit vienent en mangeant [el comer y el rascar, todo es empezar; literalmente: al comer se despierta el hambre]; y este principio basado en la experiencia sigue siendo verdadero cuando se lo reformula paródicamente como l’idée vient en parlant [al hablar se nos ocurre la idea]. A menudo, encorvado en mi escritorio sobre los legajos, intento hallar el punto de vista desde el cual enjuiciar correctamente un pleito enredoso. Ocupado como está mi fuero íntimo en el empeño de ponerse en claro, suelo entonces mirar hacia la luz –el punto de claridad mayor. O busco, cuando se me propone un problema algebraico, la ecuación inicial que expresa los datos del problema, y de la cual se deducirá la solución mediante un cálculo sencillo. Pues mira: cuando converso sobre ello con  mi hermana, que trabaja sentada detrás de mí, averiguo lo que quizá no hubiera podido aclarar en horas enteras de cavilación. No es que ella me lo diga en el sentido propio de la palabra; ya que no conoce el Código legal, ni ha estudiado los tratados matemáticos de Euler o Kästner. Tampoco es que ella me guíe con preguntas sagaces hasta el meollo del asunto, aunque esto último también acaece a menudo. Mas yo tengo de antemano alguna oscura noción vinculada lejanamente con lo que busco, y si con osadía la tomo como punto de partida, el entendimiento, a medida que progresa el discurso, forzado a hallar un final para ese comienzo, troquela la confusa noción inicial hasta conferirle completa nitidez, de forma que el conocimiento –para asombro mío- ya está listo al acabar el período oratorio. Intercalo sonidos inarticulados, alargo las locuciones conjuntivas, utilizo también tal o cual aposición que en realidad no es necesaria y me valgo de otros artificios que dilatan el discurso con objeto de ganar el tiempo necesario para la forja de mi idea en el taller de la razón. En esos momentos nada me ayuda más que un gesto de mi hermana, como si quisiera interrumpirme; pues a mi entendimiento, ya de por sí en tensión, lo acicatea todavía más el intento de arrebatarle desde fuera el discurso en posesión del cual se halla y –semejante a un gran general cuando se ve en un atolladero- hace dar a sus facultades lo mejor de sí mismas. En este sentido entiendo el provecho de que resultarle a Molière su criada; pues el asignar a la moza –como él pretende- un juicio crítico capaz de corregir el suyo  propio, revelaría una modestia de cuya presencia en aquel pecho de poeta desconfío. Para el que habla hay una peculiar fuente de entusiasmo en el rostro humano de un interlocutor; y una y una mirada que expresa la comprensión de un pensamiento formulado sólo a medias nos regala a menudo la formulación de la otra mitad del mismo. Tengo para mí que más de un gran orador, al abrir la boca, aún no sabía lo que iba a decir. Pero la convicción de que las circunstancias por sí mismas, y la excitación de su entendimiento resultante de ellas, producirían la necesaria copia de pensamientos, le confería el atrevimiento necesario para empezar a la buena de Dios. Me viene a las mientes la célebre “fulgurita” de Mirabeau, con la que despachó al maestro de ceremonias que, después de haber acabado la última junta monárquica del 23 de junio, en la cual el rey había ordenado a los tres Estamentos marchar por separado, regresó a la sala de juntas donde todavía se demoraban los Estamentos y preguntó si no habían oído la orden del rey. “Sí”, respondió Mirabeau, “hemos oído la orden del rey” –estoy seguro de que con este afable comienzo aún no pensaba en las bayonetas con las que concluyó: “Sí, caballero”, repitió, “la hemos oído” –se ve que aún no sabe en absoluto lo que pretende. “Pero, ¿qué derecho tiene usted” –prosiguió, y ahora, de súbito, se dispara un torrente de intuiciones tremendas- “a insinuarnos órdenes a nosotros? Somos los representantes de la nación”. -¡Eso era lo que necesitaba! “La nación da órdenes, y no recibe ninguna”-llegando enseguida al colmo de la osadía. “Y para hacerme entender con toda claridad” –y solo ahora da con la formulación que expresa toda la resistencia que su alma está dispuesta a oponer: “Comunique usted a su rey que no abandonaremos nuestro puesto sino a punta de bayoneta”. –Dicho lo cual se sentó en su silla, satisfecho consigo mismo. –Si pensamos ahora en el maestro de ceremonias, no podemos imaginarlo más que en completa bancarrota espiritual tras semejante lance, según una ley análoga a la que carga un cuerpo en estado eléctrico neutro, cuando entra en la atmósfera de un cuerpo electrizado, con la electricidad de signo opuesto. E igual que en el cuerpo electrizado, tras esta acción recíproca se refuerza nuevamente el grado de electricidad en él contenido, así el anonadamiento de su adversario transformó la valentía de nuestro orador en el más temerario entusiasmo. Acaso, de este modo, fue en última instancia el temblor de un labio superior, o un jugueteo ambiguo con el puño de la camisa, lo que provocó en Francia la subversión del orden de las cosas. Leemos que Mirabeau, apenas el maestro de ceremonias se hubo alejado, se levantó y propuso: 1) constituirse de inmediato en Asamblea Nacional y 2) proclamar la inviolabilidad de la Asamblea. Tras haberse descargado con esto como una botella de Leyden, se hallaba ahora de nuevo en estado neutro y, repuesto de su temeridad, dio cabida en sus consideraciones al temor por el tribunal del Châtelet y a la prudencia. –Aquí tenemos una curiosa concordancia entre los fenómenos del mundo físico y los del mundo moral, que –en caso de que continuásemos investigándola- se manifestaría hasta en los menores detalles. Pero abandono mi analogía y retorno al asunto principal. También Lafontaine, en su fábula Les animaux malades de la peste [Los animales apestados], en la cual el zorro se ve obligado a improvisar una apología ante el león, sin saber de dónde extraerá su contenido, presenta un ejemplo singular de elaboración paulatina del pensamiento a partir de un comienzo dictado por la necesidad. La fábula es bien conocida. La peste impera en el reino animal; el león convoca a los notables de éste y les declara que es necesaria una víctima propiciatoria para aplacar a los cielos. Hay muchos pecadores entre el pueblo, y la muerte del mayor tiene que salvar a los demás de perecer. Harían bien, por ende, en confesarle sinceramente sus faltas. Él por su parte confiesa que, aguijoneado por el hambre, acabó con más de una oveja; también con el perro, cuando se acercaba demasiado; sí, incluso llegó a ocurrir que en un instante de gula se zampó al pastor. De no haber incurrido nadie en mayores debilidades él, el león, está dispuesto a morir. “Señor”, dice el zorro, deseoso de desviar la tormenta lejos de sí, “su generosidad nos abruma. Se extralimita usted en su noble celo. ¿No es una minucia estrangular a una oveja? ¿O a un perro, esa bestia indigna? Y “quant au berger [en lo que hace al pastor]”, prosigue, pues éste es el meollo del asunto: “on peut dire [puede decirse]”, aunque todavía no sabe qué, “qu’il méritoit tout mal [que merecía cualquier calamidad]”; a la buena de Dios; y con ello está ya enredado; “étant [por ser]”; un vulgar circunloquio, que le hace empero ganar tiempo: “de ces gens là [de esas personas]”, y sólo ahora da con el pensamiento que le saca de apuros: “qui sur les animaux se Font un chimérique empire [que se forjan un quimérico dominio sobre los animales]”. –Y procede a probar que el asno, ¡bestia sanguinaria! (pues devora todas las hierbas) es la víctima apropiada, tras lo cual todos se abalanzan sobre él y lo despedazan. –Un discurso semejante es en verdad pensamiento en voz alta. La sucesión de ideas y sus designaciones progresan paralelamente, y los actos del entendimiento para las unas y las otras son congruentes. El lenguaje no constituye entonces traba alguna, a modo de calzo que  inmovilizase la rueda del espíritu, sino que es como una segunda rueda fija en el eje de aquélla y rodando al unísono. Muy otra cosa sucede cuando el espíritu tiene el pensamiento listo ya antes de la elocución. Pues entonces ha de limitarse a su mera expresión, y esta tarea, antes bien que estimularlo, no tiene otro efecto que el de distenderlo. Por ello, cuando una idea es expresada confusamente, no se sigue de ello en absoluto que también haya sido pensada confusamente; antes bien podría darse el caso de que las expresadas más confusamente sean precisamente las pensadas con mayor claridad. A menudo, en una reunión en la que merced a la conversación animada las ideas están fecundando continuamente los entendimientos, vemos cómo personas que por lo general se muestran retraídas, pues no se sienten dueñas del lenguaje, de sopetón se enardecen con un movimiento espasmódico y apoderándose del lenguaje dan a luz algo incomprensible. Sí, se diría que, una vez han captado la atención de todos, con un gesto tímido dan a entender que ellos mismos ya no saben a ciencia cierta lo que han querido manifestar. Probablemente esas personas han pensado con toda claridad algo muy acertado. Pero el súbito cambio de actividad, la transición del pensamiento a la expresión, reprimió la excitación del espíritu que resulta tan necesaria para la conversación del pensamiento como para su generación. En tales casos es por completo imprescindible tener el lenguaje con facilidad a punto para poder emitir en sucesión tan rápida como sea posible lo pensado en simultaneidad, y que sin embargo no puede ser enunciado en simultaneidad. Y en general cualquiera que hable más rápido que su oponente, supuesto que ambos se produzcan con igual claridad, tendrá una ventaja sobre él, pues en el mismo tiempo pone en combate más tropas que él. La necesidad de una cierta excitación del entendimiento, incluso para engendrar de nuevo ideas ya tenidas con anterioridad, se hace patente cuando se somete a examen a cabezas esclarecidas y con instrucción, y sin ningún preámbulo se le plantean preguntas como la siguiente: ¿qué es el estado? O bien; ¿qué es la propiedad? u otras semejantes. Si estos jóvenes se hubiesen hallado en una reunión en donde ya se hubiera discutido sobre el estado o sobre la propiedad durante cierto tiempo, acaso habrían dado fácilmente con la definición procediendo mediante comparación, aislamiento y combinación de conceptos. Pero aquí, donde falta por completo esa preparación del entendimiento, los vemos atascarse, y sólo un examinador incompetente concluirá de ello que no saben. Pues no es que nosotros sepamos, sino que más bien un cierto estado nuestro sabe. Sólo los espíritus adocenados, gente que ayer aprendió de memoria lo que es el estado y mañana lo habrá olvidado nuevamente, tendrán aquí la respuesta a mano. Aún sin tener en cuenta que es ya de por sí enojoso y hiere la sensibilidad e incita a mostrarse testarudo el que uno de esos eruditos charlatanes nos examine los conocimientos, para comprarnos o rechazarnos según sean cinco o seis; es tan difícil tañer el entendimiento humano y lograr arrancarle su melodía personal, se desafina tan fácilmente en manos torpes, que incluso el más consumado conocedor de la persona, ducho hasta la maestría en delicado arte de partear los pensamientos –según Kant lo caracteriza-,  podría aquí cometer desaguisados a causa del desconocimiento de su recién nacido.

Por lo demás lo que les procura a tales jóvenes –incluso a los más ignorantes- en la mayoría de los casos una buena calificación es la circunstancia de que también los entendimientos de los examinadores, cuando el examen se realiza en público, están ellos demasiado turbados como para poder juzgar con imparcialidad. Pues no sólo son conscientes, a menudo, del impudor de todo procedimiento –ya nos avergonzaría exigir a alguien que vaciase su bolsa ante nosotros, cuanto más su alma-: sino que su propio intelecto tiene que someterse aquí a una peligrosa inspección, y pueden dar gracias a Dios cuando logran salir del examen sin mostrar su flaco, acaso más ignominiosamente que el jovenzuelo recién salido de la universidad a quien examinaban.

(Continuará.)

Kleist, Heinrich von: Sobre la elaboración paulatina del pensamiento a medida que se habla, en Sobre el teatro de marionetas y otros ensayos de arte y filosofía, Madrid, Hiperion, 1988, p.37-45 [trad. Jorge Riechmann]

piedra

Magritte-L'Art-de-la-conversation-1950

El arte de la conversación, 1950 – Rene Magritte

Deux hommes en conversation. Petits. Insignifiants. Dans leur dos, un énorme monument, aux montants gigantesques avec dalles en tous sens, dont les pierres entassées ne laissent guère d’espace qui puisse être utilisé. Les deux hommes continuent à parler. Parler! C’est d’avoir parlé qu’il reste partout des constructions, des cons­tructions embarrassantes, inutiles, de­venues énormes, cyclopéennes, de plus en plus inutiles, sans emploi, par l’adjonction de nouvelles paroles, de nouveaux parleurs… qui toujours lais­sent des restes. Et devant un de ces vastes monuments aux grandes pierres entremêlées où il n’y a même pas une pièce où l’on pourrait se tenir, où l’on ne passe plus, les deux hommes, sans tourner la tête, sans y faire atten­tion, s’entretiennent, les inconscients!

A mesure qu’ils discourent, ne pour­raient-ils voir les encombrants additifs qui vont encore prendre du peu de place qui reste? Non, il y faut du temps. Ce sont d’autres qui le verront, qui plus tard, parlant aussi, viendront passer devant le monument agrandi, de plus en plus massif, de plus en plus inutilisable.
C’est pour avoir tellement parlé et écrit qu’il y a de par le monde tant de restes qui, avec leur sérieux «déplacé» ont une résistance de pierre à tout ce qu’on aurait besoin de faire de véritablement nouveau. De ces con­fuses pierres, un silence sort, un empê­chement, pierres pour entraver l’esprit, pour entraver la marche, pour entraver l’avenir. Pierres! Républiques de Paroles.
Mais peut-être ces deux hommes ont-ils eu le besoin de se sentir évo­luer sur un fond important, archéo­logique? L’humain -en somme- c’est leur groupe.

Henri Michaux, extrait de “En rêvant à partir de peintures énigmatiques”.

encadenados

Paul Klee- Analysis of Various Perversities

Paul KleeAnalysis of Various Perversities (1922)

139

Las notas del piano (la, re, mi bemol, do, si, si bemol, mi, sol), las del violín (la, mi, si bemol, mi), las del corno (la, si bemol, la, si bemol, mi, sol), representan el equivalente musical de los nombres de ArnolD SCHoenberg, Anton WEBErn, y AIBAn BErG (según el sistema alemán por el cual H representa el si, B el si bemol y S (ES) el mi bemol). No hay ninguna novedad en esta especie de anagrama musical. Se recordará que Bach utilizó su propio nombre de manera similar y que el mismo procedimiento era propiedad común de los maestros polifonistas del siglo XVI (….) Otra analogía significativa con el futuro Concierto para violín consiste en la estricta simetría del conjunto. En el Concierto para violín el número clave es dos: dos movimientos separados, dividido cada uno de ellos en dos partes, además de la división violín-orquesta en el conjunto instrumental. En el «Kammerkonzert» se destaca, en cambio, el número tres: la dedicatoria representa al Maestro y a sus dos discípulos; los instrumentos están agrupados en tres categorías: piano, violín y una combinación de instrumentos de viento; su arquitectura es una construcción en tres movimientos encadenados, cada uno de los cuales revela en mayor o menor medida una composición tripartita.

Del comentario anónimo sobre el Concierto de Cámara para violín, piano y, 13 instrumentos de viento, de ALBAN BERG (grabación Pathé Vox PL 8660).

Julio Cortázar: Rayuela, capítulo 139

Encontré una versión del Concierto de Cámara bajo la direcion de Pierre Boulez, y Mitsuko Uchida al piano.

incesantemente

Niño amputado tras un bombardeo del Ejército sirio en Alepo. (Manu Brabo-AP)

Alepo, Siria, 2013  (Manu Brabo-AP)

ÉL.- Tal vez Mario pensó en aquel momento que es preferible no preguntar por nada ni por nadie.

ELLA.- Que es mejor no saber.

ÉL.- Sin embargo, siempre es mejor saber, aunque sea doloroso.

ELLA.- Y aunque el saber nos lleve a nuevas ignorancias.

ÉL.- Pues en efecto: ¿quién es ése? Es la pregunta que seguimos haciéndonos.

ELLA.- La pregunta que invadió el planeta en el siglo veintidós.

ÉL.- Hemos aprendido de niños la causa: las mentiras y las catástrofes de los siglos precedentes la impusieron como una pregunta ineludible.

ELLA.- Quizá fueron numerosas, sin embargo, las personas que, en aquellos siglos atroces, guardaban ya en su corazón… ¿Se decía así?

ÉL.- Igual que decimos ahora: en su corazón.

ELLA.- Las personas que guardaban ya en su corazón la gran pregunta. Pero debieron de ser hombres oscuros, habitantes más o menos alucinados de semisótanos o de otros lugares parecidos.

(La luz se extingue sobre MARIO, cuyo espectro se aleja lentamente.)

ÉL.- Queremos recuperar la historia de esas catacumbas; preguntarnos también quiénes fueron ellos. [Y las historias de todos los demás: de los que nunca sintieron en su corazón la pregunta.]

ELLA.- Nos sabemos ya solidarios, no sólo de quienes viven, sino del pasado entero. Inocentes con quienes lo fueron; culpables con quienes lo fueron.

ÉL.- Durante siglos tuvimos que olvidar, para que el pasado no nos paralizase; ahora tenemos que recordar incesantemente, para que el pasado no nos envenene.

ELLA.- Reasumir el pasado vuelve más lento nuestro avance, pero también más firme.

ÉL.- Compadecer, uno por uno, a cuantos vivieron, es una tarea imposible, loca. Pero esa locura es nuestro orgullo.

ELLA.- Condenados a elegir, nunca recuperaremos la totalidad de los tiempos y las vidas. Pero en esa tarea se esconde la respuesta a la gran pregunta, si es que la tiene.

ÉL.- Quizá cada época tiene una, y quizá no hay ninguna. En el siglo diecinueve, un filósofo aventuró cierta respuesta. Para la tosca lógica del siglo siguiente resultó absurda. Hoy volvemos a hacerla nuestra, pero ignoramos si es verdadera… ¿Quién es ése?

ELLA.- Ése eres tú y tú y tú. Yo soy tú, y tú eres yo. Todos hemos vivido, y viviremos, todas las vidas.

ÉL.- Si todos hubiesen pensado al herir, al atropellar, al torturar, que eran ellos mismos quienes lo padecían, no lo habrían hecho… Pensémoslo así, mientras la verdadera respuesta llega.

ELLA.- Pensémoslo por si no llega.

(Un silencio.)

Antonio Buero Vallejo: El tragaluz (Parte Segunda), Espasa Calpe, Madrid, 1992, pp. 87-89

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(A vos.)

No sé exactamente por qué entre el 93 y 95 recorté imágenes de guerra de los periódicos que llegaban a casa. La única forma que encontré de hacer algo con aquellas fotos fue guardarlas en una caja, una caja plana de medias. Todas eran imágenes de guerra: Bosnia, Angola… Fotos en blanco y negro, de personas con piernas, brazos y sangre en blanco y negro. La sangre en blanco y negro no impresiona tanto como la sangre en color.

Mi aprendizaje de la guerra había comenzado antes, en la Guerra del Golfo. En casa no veíamos la tele a la hora de comer, por ese motivo no había visto demasiadas imágenes de guerra, pero la guerra acabó apareciendo, aún de perfil, en el colegio. Impactada por lo relatado, sin saber bien qué era, una noche comencé a rezar para que se acabase la guerra. La casualidad hizo que dos días más tarde se decretara el alto al fuego. El dios de los niños es el único al que podría uno fiar el destino de la humanidad. Pero también el tiempo hace que los dioses dejen de ser niños.

bautizo

Jo Spence y  Rosy Martin- Photo Therapy (1984)

Jo Spence y  Rosy Martin- Photo Therapy (1984)

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Al fin me he enfermado concretamente. Algo serio, algo con nombre, para mi espera inútil, para mi sinsentido congénito. Por fin bautizaron mi vacío, mi silencio, mi ademán de idiota enamorada del aire.

Alejandra Pizarnik, Diarios, 1 de marzo de 1961

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Al mirar algunas obras vemos a alguien -siguiendo la convención, artista- que parece decirnos “mira, esto es lo que vi” o “mira, finalmente conseguí hacer esto”. En 2005 pude ver la retrospectiva del trabajo de Jo Spence en el MACBA. Jo Spence me miraba desde sus fotografías y parecía decirme algo bien distinto: “mira, esto es lo que soy, estas marcas que ves son las herraduras de mil caballos en estampida sobre mi cuerpo”. No sabía cómo mirar aquellas fotos, había una mezcla extraña entre el desagrado inicial y la expresión de una valentía como no había visto nunca antes. El dolor no es hermoso, ni entiende de almas bellas. Aquellas fotografías no perseguían una imagen perfecta sino una imagen verdadera. La verdad habitada de un cuerpo de mujer.

aberrante

Francis Bacon- Study for a Portrait with Bird in Flight, 1980Francis Bacon Study for a Portrait with Bird in Flight, 1980

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A menudo, se ha estudiado la influencia de las condiciones artificiales sobre el canto de los pájaros; pero los resultados varían por un lado con las especies, por otro con el tipo y el momento de los artificios. Muchos pájaros son permeables al canto de otros pájaros que se les hace oír durante el periodo crítico, y reproducen a continuación esos cantos extraños. No obstante, el pinzón parece mucho más dedicado a sus propias materias de expresión e, incluso expuesto a sonidos sintéticos, conserva un sentido innato de su propia tonalidad. Todo depende también del momento en el que se aísla a los pájaros, antes o después del periodo crítico; pues en el primer caso, los pinzones desarrollan un canto casi normal, mientras que, en el segundo, los sujetos del grupo aislado, que sólo pueden oírse unos a otros, desarrollan un canto aberrante, no específico y, sin embargo, común al grupo (cf. Thorpe). De todas formas, hay que tener en cuenta los efectos de la desterritorialización, de la desnatalización, sobre tal especie y en tal momento.

G. Deleuze y F. Guattari: Mil Mesetas, cap. Del Ritornelo, Pre-textos, Valencia, 2004, pp.337-338