coiraza

Albert Lynch: Jeanne d’Arc (1903)

coiraza

co tempo
unha vaise convencendo
de non estar feita
para estas cousas
faise forte
arma a súa coiraza
deféndese das arremetidas
dos malvados
das feridas
xa non agarda finais felices
nin bicos con fundido en negro
nin apertas de madrugada

mais de golpe
chegas ti
sen avisares

e a miña coiraza na tinturaría

non sei se terei coraxe abonda
amor
para quererte

apértasme no medio da noite
a min
que nin sequera
sei anoar ben os cordóns
dos zapatos

a dureza levoume
a engano

unha cae na conta
ao final
unha cae na conta
o corazón bate
trémenme as mans

ao final caio na conta

coraxe nunca foi sinónimo de coiraza

Noelia Pena, 2009

inconmensurable balea

Bianca de Vilar. Journey

 

(E todo por facer da vida unha dose indolora verdadeira existencia, co seu sol e a súa sombra. E do Soño Eterno, do “Big Sleep”, outro máis pequeno…)

IF I DIE BEFORE I WAKE…

O pasado apodrece baixo terra
e o presente non flúe,
é un río morto.

Pero esta vez non haberá resurrección
e o futuro é por forza alleo a min.

Lois Pereiro (nadal, 92)

Inconmensurable balea

É si alleo, alleo coma o son as bolsas do Gadis, que fixeron súa a celebración do teu falecemento, bolsas de plástico, moitas das cales acabarán no estómago dunha balea. Dígome por forza non gastes tanto plástico, aprovéitao. Balea, balea, balea. Estómago dunha balea. E non o gasto. Mais cando esas bolsas cheguen ao estómago da balea atoparante a ti dentro. Estarás alí, se cadra encartando bolsas de plástico tremando da man dun neno, dous nenos, cantos nenos, que xogan ao lazo coas bolsas de plástico, esa sensación de quedarse namais un segundo sen alento antes de recuperalo e ás veces falla ese alento, ese segundo, quita daí todas esas bolsas de plástico, arrédaas de min, deixa que eu che axudo. O pasado apodrece e o futuro. Que futuro é este dentro dunha balea de plástico? O estómago cheo de rapaces devorados.

If I die before I Wake… Non te enterarás de nada, non saberás como son os teus sepelios, como moitos e moitas din que che queren, que che quixeron. E eu non sabía quen eras. Merquei os teus libros porque sabía que tiña que facelo. Onde nacen esas obrigas con quen un non sabe quen é, de quen un non sabe qué é agás unha bolsa de plástico que se levanta co vento? Quizais algunha levantouse co vento e foi alto o vento como son as veces as mans, tamén de plástico coas que se serve a verdura e máis os pementos e máis as cenorias. Esas mans de plástico ás veces na rotonda fan danzas macabras, mans invisibles de plástico izadas ao ceo, que tamén é outro río morto. Mais a túa bolsa de plástico tiña un nome, tiña una cara, tiña o teu rostro, unha data ao principio, unha data ao final, todo moi ben reglamentado. Ahí estaba todo, todo o que era propicio. Uns cantos versos. Na radio unha nena, unha nena pequena, quen o diría, lería algún daqueles versos, versos que son por forza fortes de máis para que unha nena poidera lelos, e por iso foi necesario que os lera unha nena. Quen sabe, que espanto. Segues a facer e desfacer nós nas bolsas de plástico dentro da balea, arredando os nenos. Fálalles aos nenos, non deixes que xoguen coa bolsa de plástico. Que só recorten os versos. Recortade só os versos. Non xoguedes ao último alento. A ese non. Que non sexa río morto río que non flúa morto que non sexa morto río o río río.

Noelia Pena, abril 2017

Leer con el monstruo

 

Fotograma “El azar de Baltasar” (Robert Bresson, 1966)

Los grandes filósofos crean conceptos nuevos que suponen un cambio en el pensamiento ordinario y en las condiciones de verdad que dan cuenta de cómo es y funciona la realidad.

Hemos oído hablar -son conocidas las palabras de Gramsci- del claroscuro en el que surgen los monstruos, épocas en las cuales lo viejo aún no se ha derrumbado por completo y lo nuevo tarda en aparecer. Tiempos de fenómenos morbosos de lo más variados o época de monstruos, donde tienen lugar acontecimientos como las crisis que anticipan guerras; donde podríamos referirnos al momento de escepticismo que dio comienzo a la Edad Moderna; donde tuvo lugar la duda cartesiana; las condenas como la que obligó a Galileo a que se retractara delante de la Inquisición de lo escrito en sus obras o las sentencias a morir en la hoguera a Giordano Bruno y Miguel Servet, entre tantos otros pensadores y mujeres acusados de herejía o brujería. Momento de duda e incertidumbre que concierne a lo que se sabe y a lo que se piensa en determinadas épocas. Y por añadidura, al modo en que se hace una lectura del mundo y de la verdad de sus libros autorizados (la de la Biblia, desde la baja Edad Media hasta la modernidad, siguiendo el ejemplo).

Al comienzo de Los Principios de Filosofía, obra de René Descartes dedicada a la princesa Elisabeth de Bohemia, publicada inicialmente en latín en Ámsterdam en 1644 y en su versión en francés en 1647, leemos: “Que para examinar la verdad, es preciso dudar, en cuanto sea posible, de todas las cosas, una vez en la vida”. Es gracias a los nuevos conceptos introducidos por los filósofos como la filosofía toma consciencia de cuál debe ser su comienzo, el momento verdaderamente decisivo del pensamiento. Pero dudar de todo nos genera cierta incomodidad. ¿Podríamos seguir viviendo si llevásemos a la práctica esta máxima cartesiana? ¿Hasta dónde nos permitirían llegar nuestros pasos antes de comenzar a sentir el temor a resbalar y caernos? ¿Llegaríamos a tiempo para besar a nuestros hijos? ¿En qué momentos es preciso dudar de todas las cosas una vez en la vida? Por supuesto, esta duda no es una duda escéptica y paralizante sino metódica. Sigue habiendo vida mientras se lleva a la práctica y siguen respetándose unas cuantas normas básicas (la moral provisional, denominará el autor) para poder continuar sin el temor constante al quiebro.

En la carta que sirve de prefacio a la edición francesa de Les Principes de la Philosophie Descartes se dirige a los lectores aconsejándoles cómo proceder a la lectura de su obra. La primera de las lecturas sería al modo de una novela (ainsi qu’un roman) sin tomar demasiada atención a las dificultades que el texto pudiese presentar sino, a lo sumo, intentando identificar, para empezar, los temas tratados por el autor. En la siguiente lectura podría el lector subrayar -ayudado de una pluma- pero leyendo de nuevo hasta el final, reservando aún la preocupación por el detalle para la siguiente lectura en la cual las mayores dudas se verían posiblemente aclaradas y, por tanto, el subrayado precedente en gran medida podría resultar innecesario. La única clave es releer. Cada nueva lectura resolvería los problemas de la anterior. Leer en época de claroscuros simplemente requiere el esfuerzo de volver sobre lo ya leído, sobre lo ya visto y analizado, sobre la grupa del monstruo.

En el prefacio de los Principios, Descartes nos orienta en la lectura de algo enteramente nuevo, con la humildad de quien necesita no una ni tres sino las lecturas que sean precisas; donde volver atrás no es una derrota ni una pérdida sino el único modo de avanzar deshaciendo el nudo de la dificultad. ¿Una exageración? No para un libro que pretende desplazar las coordenadas del mundo; llevar lejos los avances científicos que habían sido alcanzados y poner orden, señalando los Principios para el estudio de la Filosofía.

Sin embargo, para nosotros, ¿en qué momento, volver sobre lo leído ha empezado a considerarse una falta cuando no un signo de ineptitud? Aquí es donde posiblemente muchos comencemos a temblar y corramos el riesgo de desistir y abandonar libros ante la menor dificultad, dificultad que cada vez censura y expulsa de los textos en lugar de animar el avance del lector que parece desconocer la recomendación cartesiana: solo es cuestión de volver sobre lo releído.

¿Quiénes son los lectores a los que sugiere Descartes el peculiar proceder en la lectura? ¿Se está dirigiendo a un público que lee, en primera instancia, novelas, y se preocupa de que este hecho no le prive de poder leer libros de filosofía como Los Principios? No deja de ser paradójico que su obra -en la versión inicial latina se aprecia con claridad- fuese concebida para ser destinada al estudio pues las recomendaciones de lectura del prefacio a la versión francesa no parecen dirigidas especialmente a lectores de Filosofía y, aún menos, a lectores de Escuela.

Sabemos que Descartes escribió algunas de sus obras -como El discurso del método– en francés, una lengua vernácula, no culta, destinada a un pueblo que pudiese entenderla. Escribir para el pueblo en lugar de para la gente culta fue uno de los rasgos que definían el nuevo modo de pensar de Descartes, pues creía, y afirmaba, que el buen sentido, la capacidad para distinguir lo verdadero de lo falso, era la cosa mejor repartida del mundo. Esta era la condición que hacía del común de las personas potenciales lectores de filosofía. Asistimos, con este solo gesto, a la invención de un nuevo público para un nuevo pensamiento.

Para alguien como Descartes, que utiliza la primera persona en la escritura de su Discurso y sus Meditaciones, es preferible que un libro de filosofía como los Principia sea tomado -al menos inicialmente- como una novela antes que como un libro especializado. Y ello a pesar de que la estructura de los Principios no tiene parecido alguno con una novela, pues se compone de artículos cuya lectura hasta el final podría poner en aprietos a más de un lector no familiarizado con la temática del libro. Lo que está pidiendo Descartes no es únicamente que se contravenga el sentido común de leer un tratado de filosofía con cierta erudición sino que se lea a la manera de una novela (esto es, con menor seriedad) y que esta operación se lleve a cabo frente a un libro que no tiene forma ni orden reconocible de novela. Es decir, lo que hace Descartes es nuevamente reclamar una nueva manera de leer (una no novela a la manera de las novelas) y, al mismo tiempo, leer filosofía al modo de una ficción. He aquí donde reside la innovación del modo de leer que propone Descartes en el prefacio de los Principios de Filosofía. Pero, aún más, bajo todas estas recomendaciones lo que se propone al lector es también cómo no deben leerse Les Principes de la Philosophie, a saber, como un libro de filosofía escolástica al uso (enemigo implícito que es combatido bajo las orientaciones de lectura aludidas). La tarea consistiría pues en destituir aquella lectura tradicional y automatizada para ganar una lectura acorde al nuevo orden del mundo expuesto en un nuevo libro.

¿Aceptaría un libro especializado hoy una lectura à la Principes de la Philosophie, ainsi qu’un roman? ¿Cuáles son los libros, cuáles los géneros que nos proponen pactos ficcionales innovadores para ensayar nuevas lecturas del mundo? ¿Es su ausencia el verdadero monstruo que lee con nosotros?

Noelia Pena, mayo 2017

Morgue

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Frederick Amat. Sogas nº1 (2008)

Morgue

 

El poeta se desvela. La hoja degüella la noche. El poeta enciende la luz de la
cocina abre la puerta del frigo
busca algo que corte una hemorragia.

Pero ¿qué harás con la noche descabezada?
Envolverla en papel frío.

El poeta toma las constantes a la noche
mide la temperatura el pulso hunde su mano en la frente
demora la hora del beso

Visita cada noche el poeta sus poemas
de amor
el corazón incandescente.

Noelia Pena, 2014

la tregua

Bianca de Vilar - Journeys_iii_7Bianca de Vilar. Journeys_iii_7

«Noto una dificultad de ser.» {De yacer, de doler.} Eso es lo que contesta el señor Fontenelle, ya centenario {ya astronauta}, cuando está a punto de morir {de entrar en órbita} y le pregunta su médico {el mayordomo}: «¿Qué nota, señor Fontenelle?». {Acercándole la aceituna.} Solo que la suya es de  última hora {la última antes de cerrarse la compuerta}. La mía es de toda la vida {la de toda la tregua}.

{Anotación sobre} Jean Cocteau. La dificultad de ser, Siruela, Trad. María Teresa Gallego Urrutia, 2006, p.114

los asesinos

Paul Delvaux. The Great Sirens (1947)

Las matanzas han pasado {y siguen pasando sobre la víctima mortal de las últimas inundaciones, secuestrada, obligada a la prostitución, escondida en un sótano en el que sería pronto anegado cuerpo junto a neveras y cajas de cerveza o similar}, pero los asesinos siguen entre nosotros {en la mesa de la cocina, en el despacho de un comerciante, en el canal de la televisión, en las tiendas de ese pueblo, en la primera planta del hotel en el que estaba ese sótano}, muchas veces mentados {qué viejos los de antaño, más callados, la levita era de corte seco sin frunce, los gemelos bien puestos} y otros localizados {no hay apellido sin seña o apartado de correo postal y abogado}, y algunos, no todos {los menos, los solo algunos}, condenados en procesos. La existencia de estos asesinos ha penetrado en la conciencia de todos nosotros {se arrima a nuestros sueños, nos araña la vela antes de conseguir apagarla, nos desvela al tocar la frente ardiendo}, no por medio de un periodismo más o menos vergonzante {más o menos procedimentalista}, sino precisamente a través de la literatura {que un día espera, aún es el día que espera ser una cura, un paño sobre una herida, un punto de no retorno}.

{Enmienda} al Prefacio de El caso Franza, de Ingeborg Bachmann, Akal, Trad. de Adan Kovacsics, 2001, p.8

acercar

Umbo (Otto Umbehr) - Mystery of the Street (1928)

Umbo (Otto Umbehr)Mystery of the Street (1928)

La necesidad de «acercar» {«abismar»} las cosas espacial y humanamente es casi una obsesión {a la vez conquista material del tiempo} hoy día, al igual que la tendencia a negar {y prescribir} el carácter singular o efímero de un acontecimiento determinado mediante {una copia de una copia de} la reproducción fotográfica. Existe una compulsión {obsesión por merecimiento} cada vez más intensa a reproducir el objeto fotográficamente {materialmente}, en primer plano {sin consentir la desaparición del rostro en el gesto}

Noelia Pena, {Anotaciones sobre Walter Benjamin}, sobre una cita  que Susan Sontag incluye en la parte final de Sobre la fotografía, Breve antología de citas (homenaje a W. B.), DeBolsillo, Trad. de Carlos Gardini, 2015, p. 156