el sonido de las palabras

Max Ernst: The Entire City (hacia 1935)

LA HOGUERA

A veces había una hoguera y yo me adentraba en ella
y salía ileso de ella y seguía mi camino,
y para mí era otra cosa más que había hecho.
Lo de apagar la hoguera se lo dejaba a los otros,
que se apresuraban hacia el tempestuoso humo con escobas
y mantas para sofocar las llamas. Cuando habían terminado,
se apiñaban para hablar de lo que habían visto:
la suerte que habían tenido al ver el fulgor del calor,
el sonido de las cenizas como un siseo o, mejor aún, al haber conocido la fragancia
del papel quemado, el sonido de las palabras que exhalaban el último suspiro.

*

FIRE

Sometimes there would be a fire and I would walk into it
and come out unharmed and continue on my way,
and for me it was just another thing to have done.
As for putting out the fire, I left that to others
who would rush into the billowing smoke with brooms
and blankets to smother the flames. When they were through
they would huddle together to talk of what they had seen—
how lucky they were to have witnessed the lusters of heat,
the hushing effect of ashes, but even more to have know the
fragrance
of burning paper, the sound of words breathing their last.

Mark Strand: Hombre y camello. Poemas, Visor, Madrid, 2010, Trad. de Dámaso López García, pp. 36-37

anticuerpos

Margaret Bourke-White: Untitled #45 (Twenty Parachutes), 1937.

A veces tengo la impresión de que una epidemia pestilencial azota a la humanidad en la facultad que más la caracteriza, es decir, en el uso de la palabra; una peste del lenguaje que se manifiesta como pérdida de fuerza cognoscitiva y de inmediatez, como automatismo que tiende a nivelar la expresión en sus formas más genéricas, anónimas, abstractas, a diluir los significados, a limar las puntas expresivas, a apagar cualquier chispa que brote del encuentro de las palabras con nuevas circunstancias.

No me interesa aquí preguntarme si los orígenes de esta epidemia están en la política, en la ideología, en la uniformidad burocrática, en la homogeneización de los mass-media, en la difusión escolar de la cultura media. Lo que me interesa son las posibilidades de salud. La literatura (y quizá sólo la literatura) puede crear anticuerpos que contrarresten la expansión de la peste del lenguaje.

Quisiera añadir que no solo el lenguaje parece afectado por esta peste. También las imágenes, por ejemplo. Vivimos bajo una lluvia ininterrumpida de imágenes; los media más potentes no hacen sino transformar el mundo en imágenes y multiplicarlas a través de una fantasmagoría de juegos de espejos: imágenes que en gran parte carecen de la necesidad interna que debería caracterizar a toda imagen, como forma y como significado, como capacidad de imponerse a la atención, como riqueza de significados posibles. Gran parte de esta nube de imágenes se disuelve inmediatamente, como los sueños que no dejan huellas en la memoria; lo que no se disuelve es una sensación de extrañeza, de malestar.

Pero quizá la inconsistencia no está solamente en las imágenes o en el lenguaje: está en el mundo. La peste ataca también la vida de las personas y la historia de las naciones vuelve informes, casuales, confusas, sin principio ni fin, todas las historias. Mi malestar se debe a la pérdida de forma que constato en la vida, a la cual trato de oponer la única defensa que conseguido concebir: una idea de literatura.

Italo Calvino: Exactitud, en Seis propuestas para el próximo milenio, Siruela, Madrid, 2010, Trad. de Aurora Bernárdez y César Palma, pp.68-69

de qué modo

Max Ernst. Histoire naturelle [Historia natural]. La roue de la lumière [La rueda de la luz] (lámina XXIX, 1926)

Es verdad: Mas ¿de qué modo es verdad?

Eunice Odio: El tránsito de fuego, ediciones Sin Fin, Barcelona, 2019, p. 43

como un pez

Bart van der Leck: Leñadores (1927)

Ejemplo

Primero, descompongo la figura.
Segundo, petrifico sus elementos en el aire.
Tercero, nombro esos elementos
que al palparlos se esfuman.

Pero nunca serán suficientes
estas palabras que no sangran,
este poema que no sangra,
esta mano que al cortarla con un hacha
se queda saltando como un pez
en el fregadero.

Tan vacías son las figuras que me rodean.
Tan alucinante el concepto.

Frank Báez: Jarrón y otros poemas, Cielonaranja, 2013, p. 18

sin limpiar el cielo

Rafael Pellicer (Madrid, 1906-1963): Las universitarias (1934)

Hoy 13 de julio [de 1941] y todavía sin limpiar el cielo, qué sucio está, qué viejo y qué desplanchado siempre. Ya nunca volverá a estar tan limpio, tan tirante con aquel color azul cielo…

Delhy Tejero: de Primer cuaderno de Madrid, en Los Cuadernines (Diarios 1936-1968), Eolas ediciones, León, p. 242