operación

György Kepes- Mujer en el cubo (1938)György Kepes: Mujer en el cubo (1938)

—De ahora en adelante seré yo quien describa las ciudades —había dicho el Kan—. Tú en tus viajes verificarás si existen.
Pero las ciudades visitadas por Marco Polo eran siempre distintas de las pensadas por el emperador.
—Y sin embargo, he construido en mi mente un modelo de ciudad del cual se pueden deducir todas las ciudades posibles —dijo Kublai—. Encierra todo lo que responde a la norma. Como las ciudades existentes se alejan en diferente grado de la norma, me basta prever las excepciones y calcular las combinaciones más probables.
—También yo he pensado en un modelo de ciudad del cual deduzco todas las otras—respondió Marco—. Es una ciudad hecha sólo de excepciones, exclusiones, contradicciones, incongruencias, contrasentidos. Si una ciudad así es absolutamente improbable, disminuyendo el número de elementos anormales aumentan las posibilidades de que la ciudad verdaderamente exista. Por lo tanto basta que yo sustraiga excepciones a mi modelo, y de cualquier manera que proceda llegaré a encontrarme delante de una de las ciudades que, si bien siempre a modo de excepción, existen. Pero no puedo llevar mi operación más allá de ciertos límites: obtendría ciudades demasiado verosímiles para ser verdaderas.

Italo Calvino: Las ciudades invisibles, Siruela, Madrid, trad. Aurora Bernárdez, 2013, p.83

autoridad

Marcel Duchamp’s hands, New York City, 1959-60Alexander Liberman: Marcel Duchamp’s hands (1959-60)

Los filósofos antiguos (y con razón) pensaban más que leían. Por eso se aferraban tanto a lo concreto. La imprenta ha cambiado todo eso. Se lee más de lo que se reflexiona. No tenemos filosofía sino únicamente comentarios. Es lo que dice Gilson al considerar que a la época de los filósofos que se ocupaban de filosofía ha sucedido la de los profesores de filosofía que se ocupan de los filósofos. En esta actitud hay a la vez modestia e impotencia. Y un pensador que comenzara su libro con estas palabras: «Tomemos las cosas desde su origen» se expondría a hacer sonreír. Hasta el punto de que un libro de filosofía que apareciese hoy sin apoyarse en una autoridad, cita, comentario, etc., no sería tomado en serio. Y sin embargo…

Albert Camus: Carnets (1935-1951), Alianza, Madrid, trad. Mario Lencera, 2014, p. 266

la intención

Georg Baselitz, The Great Friends, 1965Georg BaselitzDie Grossen Freunde (Los grandes amigos, 1965)

Nocturno

Frescor de los vidrios al apoyar la frente en la ventana. Luces trasnochadas que al apagarse nos dejan todavía más solos. Telaraña que los alambres tejen sobre las azoteas. Trote hueco de los jamelgos que pasan y nos emocionan sin razón.

¿A qué nos hace recordar el aullido de los gatos en celo, y cuál será la intención de los papeles que se arrastran en los patios vacíos?

Hora en que los muebles viejos aprovechan para sacarse las mentiras, y en que las cañerías tienen gritos estrangulados, como si se asfixiaran dentro de las paredes.

A veces se piensa, al dar vuelta la llave de la electricidad, en el espanto que sentirán las sombras, y quisiéramos avisarles para que tuvieran tiempo de acurrucarse en los rincones. Y a veces las cruces de los postes telefónicos, sobre las azoteas, tienen algo de siniestro y uno quisiera rozarse a las paredes, como un gato o como un ladrón.

Noches en las que desearíamos que nos pasaran la mano por el lomo, y en las que súbitamente se comprende que no hay ternura comparable a la de acariciar algo que duerme.

¡Silencio! -grillo afónico que nos mete en el oído-. ¡Cantar de las canillas mal cerradas! -único grillo que le conviene a la ciudad-.

Buenos Aires, noviembre, 1921.

Oliverio Girondo:  de Veinte poemas para leer en el tranvía, en: Obras. Poesía, Losada, Buenos Aires, 1998, pp. 67-68

andamiaje

Brassai

Autorretrato, Brassai

Además del significado que tengan las palabras, éstas gozan de una virtud mágica, de un poder de encantamiento, de una capacidad de hipnosis, de un fluido que opera más allá del sentido que tengan. Pero sólo opera cuando las agrupamos y deja de operar si el grupo que forman no es sino verbal. El acto de escribir está pues sometido a varios apremios: intrigar, expresar, hechizar. Hechizo que nadie nos enseña puesto que es el nuestro, y es importante que la cadena de palabras se nos aparezca para poder actuar. En resumidas cuentas, nos sustituyen y tienen que suplir la ausencia de nuestras miradas, de nuestros ademanes, de nuestra forma de andar. No pueden, pues, actuar sino en las personas permeables a estas cosas. En el caso de las demás, son letra muerta, y letra muerta seguirán siendo para ellos, alejadas de nosotros y tras nuestra muerte.

El poder mágico de esas palabras agrupadas y todas juntas hace que pueda conversar con un escritor de cualquier época. Pues me ponen en presencia suya. Lo interrogo. El andamiaje interno de esas palabras me permite oír lo que me habría contestado. A menos que dé con la respuesta ya escrita, cosa que a veces me ha sucedido.

Mi libro no tiene más proyecto que entablar conversación con quienes lo lean. Es lo contrario de una clase. Intuyo que poco enseñaría a quien me trate. Sólo aspira a coincidir con desconocidos a quienes les hubiera gustado conocerme y charlar conmigo acerca de los enigmas por los que no se interesa Europa y se convertirán en el susurro de unos pocos mandarines chinos.

Jean Cocteau: La dificultad de ser, Siruela, Madrid, 2006, p.119

palabras