mapa

Gego (Gertrud Goldschmit): Sin título (1968, tinta sobre papel)

Mañana

Bella es la tierra
bellas son las nubes
bello es el día
y muy intenso es el amanecer

así cantaba un hombre mirando hacia abajo, a la ciudad,
donde humeaba una batería de cien chimeneas.

Y el pan en la mesa era un secreto,
al verlo palpitaba la frente
el hombre levantó alto el brazo
y entre risas bailaba alrededor en camiseta.

El sabor del pan recuerda la luz del sol
al comerlo, el pan puede proyectar rayos
al ir al trabajo el hombre sintió el amor
y habló de él a las piedras de la calle.

Amo la materia que sólo es un espejo que gira.
Amo el movimiento de mi sangre, única razón del mundo.
Creo en la destructibilidad de todo lo que existe.
Para no perderme, tengo en la mano un lívido mapa de venas.

Czeslaw Milosz: De Poema sobre el tiempo congelado (1933) y Poemas dispersos (1930-1936), en Tierra inalcanzable, Galaxia Gutemberg, Barcelona, 2011, Trad. de Xavier Farré, p. 45

velas

Berenice Abbott- City Arabesque (1938)Berenice Abbott: City Arabesque (1938)

DÁDIVA

Un día muy feliz.
La niebla se levantó pronto, trabajé en el jardín.
Los colibrís se demoraban sobre las madreselvas.
No había cosa en la tierra que yo deseara poseer.
Sabía que no merecía la pena que envidiase a nadie.
Cualquier mal que hubiera sufrido, lo olvidé.
Pensar que una vez fui el mismo hombre no me molestaba.
En el cuerpo no sentía dolor.
Cuando me estiré, vi el mar azul y velas.

 

Czeslaw Milosz, citado en Raymond Carver: Un sendero nuevo a la cascada. Últimos poemas, Visor, Madrid, trad. Mariano Antolín Rato, 2008, p.27

Otra traducción del poema:

El día es tan feliz.
La niebla se fue pronto. Me puse a trabajar en el jardín.
Un colibrí cantaba sobre una madreselva.
Nada en la tierra había que ansiara poseer.
Nadie digno de envidia.
Y lo malo que había sucedido, se me olvidó de pronto.
No sentía vergüenza de mí mismo.
En mi cuerpo no había lugar para el dolor.
Cuando me enderecé, vi el mar azul
y al fondo unos veleros.

Poesía Polaca Contemporánea, de Czeslaw Milosz a Marcin Halas, Selección, traducción y edición de Fernando Presa González, Rialp, Madrid, 1994, p.36

Czeslaw Milosz

Poema Elegía Para N. N.

Si es demasiado lejos para tí, dilo.
Habrías podido correr sobre las pequeñas olas del Báltico,
atravesar el campo de Dinamarca, la floresta de hayas,
virar hacia el océano, y ya está, cerca,
el Labrador, blanco en esta estación del año.
Tú, que soñabas una isla solitaria,
si temes las ciudades, el parpadeo de los fuegos sobre las autorrutas,
habrías podido tomar el camino de los bosques sordos,
sobre torrentes revueltos y azules, y rastros del ciervo y del reno,
hasta las Sierras, hasta las minas de oro abandonadas.
El Río Sacramento te habría llevado entonces,
por entre las colinas recubiertas de encinas espinosas.
Todavía un bosque de eucaliptos, y estarás en mi casa.

Es cierto, cuando la manzanita florece,
y la bahía es azul en las mañanas de primavera,
yo pienso a mi pesar en la casa entre lagos
y en las redes recogidas bajo el cielo Lituano.
La cabaña donde te despojabas de tu traje antes del baño
se cambió para siempre en un cristal abstracto.
Y en él está la oscura miel de la tarde, junto al balcón,
y las pequeñas lechuzas, graciosas, y el olor de los arneses.

Cómo podíamos vivir entonces, yo no puedo decirlo.
Las costumbres, los trajes, vibran imprecisos,
inconsistentes, tensos hacia el final.
Es tal vez que pensábamos en las cosas tal como son?
El saber de los años fogosos ha enrojecido los caballos ante la forja,
y las pequeñas columnas en el mercado de la aldea,
y los peldaños de madera y la peluca de Mamá Fliegeltaub.

Mucho hemos aprendido, tú bien lo sabes:
cómo nos es quitado, cosa por cosa, todo aquello que no podía ser,
la gente, las comarcas.
Y el corazón no muere cuando uno creyó que debería,
pero sonreímos, el té y el pan sobre la mesa.
Sólo el remordimiento de no haber amado como se debe
esa pálida ceniza de Sachsenhausen
con un amor absoluto, que no está a la medida del hombre.

Tú te has acostumbrado a nuevos inviernos, húmedos,
a la ciudad donde la sangre del propietario alemán
fue raspada de los muros, y a donde él jamás regresó.
Tampoco yo he llevado más de lo que podía, ciudades y país.
No se puede entrar dos veces en el mismo lago,
sobre hojas descompuestas de abedul,
y quebrando una estrecha estría de sol.

Tus faltas y las mías, no fueron grandes faltas,
tus secretos y los míos, no eran grandes secretos.
Cuando te anudan la mandíbula con un pañuelo,
cuando te ponen una cruz entre los dedos,
y a lo lejos un perro ladra, brilla una estrella.

No, no es porque estés tan lejos
que no has venido el otro día, la otra noche.
De año en año madura en nosotros y nos invadirá,
yo, como tú, lo he comprendido: la indiferencia.