obreiro

Luis Seoane- Cristo obreiro (1975)Luis Seoane: Cristo obreiro crucificado (1975)

EL OBRERO EN EL MAR

En la calle pasa un obrero. ¡Qué firme anda! No tiene blusa. En el cuento, en el drama, en el discurso político, el dolor del obrero está en su blusa azul, de grueso paño, en las gruesas manos, en los pies enormes, en los sinsabores enormes. Ése es un hombre común, apenas más oscuro que los otros, y con una significación extraña en el cuerpo, que carga designios y secretos. ¿Adónde va él pisando así tan firme? No lo sé. La fábrica quedó atrás. Adelante sólo está el campo, con algunos árboles, el gran anuncio de gasolina americana y los cables, los cables, los cables. Al obrero no le sobra el tiempo para drse cuenta de que ellos llevan y traen mensajes, que hablan de Rusia, de Araguaia, de los Estados Unidos. No oye, en la Cámara de Diputados, al líder de la oposición vociferando. Camina por el campo y apenas nota que allí corre agua, que más adelante hace calor. ¿Adónde va el obrero? Tendría vergüenza de llamarle mi hermano. Él sabe que no es, nunca fue mi hermano, que no nos entenderemos nunca. Y me desprecia… O tal vez sea yo mismo quien me desprecie a sus ojos. Tengo vergüenza y ganas de enfrentarlo: una fascinación que casi me obliga a saltar por la ventana, a caer frente a él, a interrumpirle la marcha. Ahora está caminando en el mar. Yo pensaba que eso fuese privilegio de algunos santos y navíos. Pero no hay ninguna santidad en el obrero, y no veo ruedas ni hélices en su cuerpo, aparentemente banal. Siento que el mar se ha acobardado y lo dejó pasar. ¿Dónde están nuestros ejércitos que no impidieron el milagro? Pero ahora veo que el obrero está cansado y que se mojó, no mucho, pero se mojó, y peces escurren de sus manos. Veo que se vuelve y me dirige una sonrisa húmeda. La palidez y confusión de su rostro son la misma tarde que se descompone. Dentro de un minuto será de noche y estaremos irremediablemente separados por las circunstancias atmosféricas, yo en tierra firme, él en medio del mar. Único y precario agente de ligación entre nosotros, su sonrisa cada vez más fría atraviesa las grandes masas líquidas, choca contra las formaciones salinas, las fortalezas de la costa, las medusas, atraviesa todo y viene a besarme el rostro, a traerme una esperanza de comprensión. Sí, ¿quién sabe si algún día lo comprenderé?

*

O OPERÁRIO NO MAR

Na rua passa um operário. Como vai firme! Não tem blusa. No conto, no drama, no discurso político, a dor do operário está na blusa azul, de pano grosso, nas mãos grossas, nos pés enormes, nos desconfortos enormes. Esse é um homem comum, apenas mais escuro que os outros, e com uma significação estranha no corpo, que carrega desígnios e segredos. Para onde vai ele, pisando assim tão firme? Não sei. A fábrica ficou lá atrás. Adiante é só o campo, com algumas árvores, o grande anúncio de gasolina americana e os fios, os fios, os fios. O operário não lhe sobra tempo de perceber que eles levam e trazem mensagens, que contam da Rússia, do Araguaia, dos Estados Unidos. Não ouve, na Câmara dos Deputados, o líder oposicionista vociferando. Caminha no campo e apenas repara que ali corre água, que mais adiante faz calor. Para onde vai o operário? Teria vergonha de chamá-lo meu irmão. Ele sabe que não é, nunca foi meu irmão, que não nos entenderemos nunca. E me despreza… Ou talvez seja eu próprio que me despreze a seus olhos. Tenho vergonha e vontade de encará-lo: uma fascinação quase me obriga a pular a janela, a cair em frente dele, sustar-lhe a marcha, pelo menos implorar lhe que suste a marcha. Agora está caminhando no mar. Eu pensava que isso fosse privilégio de alguns santos e de navios. Mas não há nenhuma santidade no operário, e não vejo rodas nem hélices no seu corpo, aparentemente banal. Sinto que o mar se acovardou e deixou-o passar. Onde estão nossos exércitos que não impediram o milagre? Mas agora vejo que o operário está cansado e que se molhou, não muito, mas se molhou, e peixes escorrem de suas mãos. Vejo-o que se volta e me dirige um sorriso úmido. A palidez e confusão do seu rosto são a própria tarde que se decompõe. Daqui a um minuto será noite e estaremos irremediavelmente separados pelas circunstâncias atmosféricas, eu em terra firme, ele no meio do mar. Único e precário agente de ligação entre nós, seu sorriso cada vez mais frio atravessa as grandes massas líquidas, choca-se contra as formações salinas, as fortalezas da costa, as medusas, atravessa tudo e vem beijar-me o rosto, trazer-me uma esperança de compreensão. Sim, quem sabe se um dia o compreenderei?

Carlos Drummond de Andrade: Sentimento del mundo, Hiperión, Madrid, Traducción Adolfo Montejo Navas, 2005, pp. 36-39

Máis sobre o Cristo obreiro crucificado e outras obras de Luis Seoane.

materia

Joan Miró - Sin_Título (1936)
Joan Miró Sin título (1936)

De la mano

No seré el poeta de un mundo caduco.
Tampoco cantaré el mundo futuro.
Estoy preso a la vida y miro a mis compañeros.
Están taciturnos pero alimentan grandes esperanzas.
Entre ellos, considero la enorme realidad.
El presente es tan grande, no nos separemos.
No nos separemos mucho, vayamos de manos dadas.

No seré el cantor de una mujer, de una historia,
no diré los suspiros al anocheceer, el paisaje visto desde la ventana,
no distribuiré estupefacientes o cartas de suicida,
no huiré a las islas ni seré raptado por serafines.
El tiempo es mi materia, el tiempo presente, los hombres presentes,
la vida presente.

Carlos Drummond de Andrade: De la mano, en Sentimento del mundo, Madrid, Hiperión, trad. Adolfo Montejo Navas, p. 75

*

Mãos dadas

Não serei o poeta de um mundo caduco.
Também não cantarei o mundo futuro.
Estou preso à vida e olho meus companheiros.
Estão taciturnos mas nutrem grandes esperanças.
Entre eles, considero a enorme realidade.
O presente é tão grande, não nos afastemos.
Não nos afastemos muito, vamos de mãos dadas.

Não serei o cantor de uma mulher, de uma história,
não direi os suspiros ao anoitecer, a paisagem vista da janela,
não distribuirei entorpecentes ou cartas de suicida,
não fugirei para as ilhas nem serei raptado por serafins.
O tempo é a minha matéria, o tempo presente, os homens presentes,
a vida presente.

tiempo

Cândido Portinari. Mulher chorando (1947)

Cândido Portinari: Mulher chorando (1947)

 Carlos Drummond de Andrade (1902 – 1987)

Nuestro tiempo

A Oswaldo Alves

I

Este es tiempo de partido,

tiempo de hombres partidos.

En vano recorremos volúmenes,

viajamos y nos coloreamos.

La hora presentida se desmenuza en polvo por la calle.

Los hombres piden carne. Fuego. Zapatos.

Las leyes no bastan. Los lirios no nacen

de la ley. Mi nombre es tumulto, y se escribe

en la piedra.

Visito los hechos, no te encuentro.

¿Dónde te ocultas, precaria síntesis,

prenda de mi sueño, luz

durmiendo encendida en la balaustrada?

Menudas certezas de préstamo, ningún beso

sube al hombro para contarme

la ciudad de los hombres completos.

Me callo, espero, descifro.

Las cosas tal vez mejoren.

¡Son tan fuertes las cosas!

Pero yo no soy las cosas y me rebelo.

Tengo palabras en mí buscando canal,

son roncas y duras,

irritadas, enérgicas,

comprimidas hace tiempo,

perdieron el sentido, apenas quieren estallar.

II

Este es tiempo de divisas,

tiempo de gente cortada.

De manos viajando sin brazos,

obscenos gestos sueltos.

Cambió la calle de la infancia.

Y el vestido rojo

rojo

cubre la desnudez del amor,

al relente, no sirve.

Símbolos oscuros se multiplican.

¿Guerra, verdad, flores?

De los laboratorios platónicos movilizados

viene un soplo que limpia los rostros

y disipa, en la playa, las palabras.

La oscuridad se extiende pero no elimina

el sucedáneo de la estrella en las manos.

¡Ciertas partes de nosotros cómo brillan! Son uñas,

anillos, perlas, cigarros, linternas,

son partes más íntimas,

la pulsación, el jadeo,

y el aire de la noche es el estrictamente necesario

para continuar, y continuamos.

III

Y continuamos. Es tiempo de muletas.

Tiempo de muertos habladores

y viejas paralíticas, nostálgicas de bailongo,

pero todavía es tiempo de vivir y contar.

Ciertas historias no se perdieron.

Conozco bien esta casa,

por la derecha se entra, por la izquierda se sube,

la sala grande conduce a cuartos terribles,

como el del entierro que fue hecho, del cuerpo olvidado en

la mesa,

conduce a la copa de frutas ácidas,

al claro jardín central, al agua

que gotea y segrega

el incesto, la bendición, la partida,

conduce a las celdas cerradas, ¿qué contienen?

¿papeles?

¿crímenes?

¿monedas?

Oh cuenta, vieja negra, oh periodista, poeta, pequeño

historiador urbano,

oh sordomudo, depositario de mis desfallecimientos, ábrete y cuenta,

muchacha prendida en la memoria, viejo alejado, cucaracha

de los archivos, puertas chirriantes, soledad y asco,

personas y cosas enigmáticas, contad,

capa de polvo de los pianos desmantelados, contad;

viejos sellos del emperador, vajillas de porcelana partidas, contad;

huesos en la calle, fragmentos de diario, cierres en el piso de la

costurera, luto en el brazo, palomas, perros errantes, animales cazados, contad.

Todo es tan difícil desde que os callasteis…

Y muchos de vosotros nunca se abrieron.

IV

Es tiempo de medio silencio,

de boca helada y murmullo,

palabra indirecta, aviso

en la esquina. Tiempo de cinco sentidos

en uno solo. El espía cena con nosotros.

Es tiempo de cortinas pardas,

de cielo neutro, política

en la manzana, en el santo, en el gozo,

amor y desamor, cólera

blanca, gin con agua tónica,

ojos pintados,

dientes de vidrio,

grotesca lengua torcida.

A eso llamamos: equilibrio.

En el callejón,

apenas una pared,

sobre ella la policía.

En el cielo de la propaganda

aves anuncian

la gloria.

En el cuarto,

irrisión y tres cuellos sucios.

V

Escucha la hora formidable del almuerzo

en la ciudad. Las oficinas, en un instante, se vacían.

Las bocas chupan un río de carne, legumbres y tortas vitamínicas.

¡Salta aprisa del mar la bandeja de peces argénteos!

Los subterráneos del hambre lloran caldo de sopa,

ojos líquidos de perro a través del vidrio devoran tu hueso.

Come, brazo mecánico, aliméntate, mano de papel, es tiempo de comida,

más tarde será el de amor.

Lentamente las oficinas se recuperan, y los negocios, forma indecisa, evolucionan.

El espléndido negocio se insinúa en el tráfico.

Multitudes que lo cruzan no ven. No tiene color ni olor.

Está disimulado en el tranvía, por detrás de la brisa del sur,

viene en la arena, en el teléfono, en la batalla aérea,

toma cuenta de tu alma y extrae de ella un porcentaje.

Escucha la hora deshecha del regreso.

Hombre tras hombre, mujer, criatura, hombre,

ropa, cigarro, sombrero, ropa, ropa, ropa,

hombre, hombre, mujer, hombre, mujer, ropa, hombre,

imaginan esperar cualquier cosa,

y se quedan mudos, chorrean paso a paso, se sientan,

últimos siervos del negocio, imaginan volver a casa,

ya de noche, entre paredes apagadas, en una supuesta ciudad, imaginan.

Escucha la pequeña hora nocturna de compensación, lecturas, llamado al casino, paseo en la playa,

el cuerpo al lado del cuerpo, finalmente distendido,

con los pantalones despedido el incómodo pensamiento de esclavo,

escucha al cuerpo chirriar, enlazar, refluir,

errar en objetos remotos y, bajo ellos enterrado sin dolor,

confiarse a lo que bien me importa

del sueño.

Escucha el horrible empleo del día

en todos los países de habla humana,

la falsificación de las palabras goteando en los periódicos,

el mundo irreal de los registros civiles donde la propiedad es una torta con flores,

los bancos triturando suavemente el pescuezo del azúcar,

la constelación de las hormigas y usureros,

la mala poesía, la mala novela,

los frágiles que se entregan a la protección del basilisco,

el hombre feo, de fealdad mortal,

paseando en bote

en un siniestro crepúsculo de sábado.

VI

En los sótanos de la familia,

orquídeas y opciones

de compra y desquite.

La gravidez eléctrica

ya no trae languideces.

Criaturas alérgicas

se cambian; se reforman.

Hay una implacable

guerra a las cucarachas.

Se cuentan historias

por correspondencia.

La mesa reúne

una copa, un cuchillo,

y la cama devora

tu soledad.

Se salva la honra

y la herencia del ganado.

VII

O no se salva, y es lo mismo. Hay soluciones, hay bálsamos

para cada hora y dolor. Hay fuertes bálsamos,

dolores de clase, de sangrienta furia

y plácido rostro. Y hay mínimos

bálsamos, sofocados dolores innobles,

lesiones que ningún gobierno autoriza,

no obstante duelen,

melancolías insobornables,

ira, reprobación, disgusto

de ese sombrero viejo, de la calle embarrada, del Estado.

Está el llanto en el teatro,

¿en el palco?, ¿en el público?, ¿en las butacas?

está sobre todo el llanto en el teatro,

ya tarde, ya confuso,

él oscurece las luces, se engolfa en el linóleo,

va a minar los depósitos, en los callejones coloniales donde pasean ratas nocturnas,

va a mojar, en la plantación madura, el maíz ondulante,

y a secar al sol, en pozo amargo.

Y dentro del llanto mi rostro irónico,

mi ojo que ríe y desprecia,

mi repugnancia total por vuestro lirismo deteriorado,

que profana la esencia misma de los diamantes.

VIII

El poeta

declina toda responsabilidad

en la marcha del mundo capitalista

y con sus palabras, intuiciones, símbolos y otras armas

promete ayudar

a destruirlo

como a una cantera, una selva,

un gusano.

Carlos Drummond de Andrade, La rosa del pueblo, 1945

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