tal vez una mañana

Ugo Mulas: Alexander Calder (1963)

Tal vez una mañana yendo por un aire de vidrio,
árido, veré, volviéndome, cumplirse el milagro;
la nada a mis espaldas, el vacío detrás
de mí, con un terror de borracho.

Después, como en una pantalla aparecerán de golpe
árboles casas colinas para el engaño usual.
Pero será demasiado tarde; y me iré callado
entre los hombres que no se vuelven, con mi secreto.

*

Forse un mattino andando in un’aria di vetro,
arida, rivolgendomi, vedrò compirsi il miracolo:
il nulla alle mie spalle, il vuoto dietro
di me, con un terrore di ubriaco.

Poi come s’uno schermo, s’accamperanno di gitto
alberi case colli per l’inganno consueto.
Ma sarà troppo tardi; ed io me n’andrò zitto
tra gli uomini che non si voltano, col mio segreto.

 

 

Eugenio Montale: Huesos de sepia, Igitur poesía, Tarragona, Trad. de Carlo Frabetti, 2000, p.67

corazón

Max Ernst: The eye of silence (1943)

Cuerno inglés

El viento que esta tarde toca atento
-recuerda un sacudir de láminas metálicas-
los instrumentos de los frondosos árboles y barre
el cobrizo horizonte
donde cintas de luz se tienden
como aquilones al cielo que retumba
(¡Nubes viajeras, claros
reinos de allá arriba! ¡De altos Eldorados
puertas mal cerradas!)
y el mar que escama a escama,
lívido, cambia de color
lanza a tierra una tromba
de espumas retorcidas;
el viento que nace y muere
en la hora que lenta se ennegrece
te tocase esta tarde también a ti
desafinado instrumento,
corazón.

*

Corno inglese

ll vento che stasera suona attento –
ricorda un forte scotere di lame –
gli strumenti dei fitti alberi e spazza
l’orizzonte di rame
dove strisce di luce si protendono
come aquiloni al cielo che rimbomba
(Nuvole in viaggio, chiari
reami di lassů! D’alti Eldoradi
malchiuse porte!)
e il mare che scaglia a scaglia,
livido, muta colore
lancia a terra una tromba
di schiume intorte;
il vento che nasce e muore
nell’ora che lenta s’annera
suonasse te pure stasera
scordato strumento,
cuore.

Eugenio MontaleHuesos de sepia, Igitur, Montblanc, Trad. de Carlo Frabetti, 2000, pp. 26-27

presente

Henri de Toulouse-Lautrec: La Blanchisseuse (1886)

Lo que de mí supiste
no fue más que el revoque,
la túnica que envuelve
nuestra humana ventura.

Y quizá más allá del tejido
estaba el azul tranquilo;
vedaba el límpido cielo
sólo un sello.

O en verdad era la extravagante
mutación de mi vida,
el abrirse de una ardiente
gleba que nunca veré.

Quedó, pues, esta corteza
como mi sustancia verdadera;
el fuego que no se apaga
para mí se llamó: la ignorancia.

Si veis una sombra, no es
una sombra: yo soy.
Si pudiera desprenderla de mí,
ofrecérosla como presente.

*

Ciò che di me sapeste
non fu che la scialbatura,
la tonaca che riveste
la nostra umana ventura.

Ed era forse oltre il telo
l’azzurro tranquillo;
vietava il limpido cielo
solo un sigillo.

O vero c’era il falòtico
mutarsi della mia vita,
lo schiudersi d’un’ignita
zolla che mai vedrò.

Restò così questa scorza
la vera mia sostanza;
il fuoco che non si smorza
per me si chiamò: l’ignoranza.

Se un’ombra scorgete, non è
un’ombra – ma quella io sono.
Potessi spiccarla da me,
offrirvela in dono.

Eugenio Montale: Huesos de sepia, Igitur, Montblanc, Trad. de Carlo Frabetti, 2000, pp. 60-61

lo que no somos

Eugenio Montale

 (Génova, 12 de octubre de 1896 – Milán, 12 de septiembre de 1981)

No nos pidas la palabra

No nos pidas la palabra que de par en par exhiba
nuestro ánimo informe y con letra de fuego
lo declare y resplandezca como una amarilla
flor perdida en un terreno polvoriento.

Ah, el hombre que camina sin recelo,
amigo de los otros y de sí mismo y no se cuida
de su sombra que en el punto extremo
del calor se imprime sobre un desconchado muro.

No nos pidas la fórmula que mundos pueda abrirte,
sí alguna sílaba torcida y seca como una rama.
Sólo esto podemos hoy decirte:
lo que no somos, lo que no queremos.

*

Non chiederci la parola che squadri da ogni lato
l’animo nostro informe, e a lettere di fuoco
lo dichiari e risplenda come un croco
perduto in mezzo a un polveroso prato.

Ah l’uomo che se ne va sicuro,
agli altri ed a se stesso amico,
e l’ombra sua non cura che la canicola
stampa sopra uno scalcinato muro!

Non domandarci la formula che mondi possa aprirti,
sì qualche storta sillaba e secca come un ramo.
Codesto solo oggi possiamo dirti,
ciò che non siamo, ciò che non vogliamo.

Eugenio Montale, Huesos de sepia (Ossi di seppia, 1925)