sueño

© Herbert List

Herbert List: Friends of Herbert List. Guess who? (Hamburg, 1932)

LA CIEGA MÁS VIEJA. — Yo algunas veces sueño que veo.

EL CIEGO MÁS VIEJO. — Yo no veo más que cuando sueño…

PRIMER CIEGO DE NACIMIENTO. — Yo no sueño, generalmente, más que a medianoche.

(Una ráfaga de viento conmueve el bosque, y las hojas caen en masas sombrías.)

Maurice Maeterlinck: Los ciegos, 1890.

…absolutamente

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Leonora Carrington, “Quería Ser Pájaro” (1960)

EL HADA.- ¿Tenéis aquí la yerba que canta o el Pájaro Azul?
TYLTYL.- Hierba tenemos pero no canta…
MYLTYL.- Tyltyl tiene un pájaro.
TYLTYL.- Pero no puedo darlo.
EL HADA.- ¿Por qué?
TYLTYL.- Porque es mío.
EL HADA.- Ciertamente es una razón… ¿en dónde está ese pájaro?…
TYLTYL.- (Mostrándole la jaula.) En la jaula…
EL HADA.- (Poniéndose las gafas para examinar el pájaro.) No me gusta; no es bastante azul. Será preciso que vayáis a buscarme ese que necesito.
TYLTYL.- Pero yo no sé dónde está…
EL HADA.- Yo tampoco. Por eso hay que ir a buscarlo. Puedo, si es preciso, pasarme sin la hierba que canta; pero necesito absolutamente el Pájaro Azul.

Maurice Maeterlinck: El pájaro azul, Sopec, Madrid, 1996, pp.18-19

demasiada lógica

Maurice Maeterlinck

(29 de agosto de 1862 –  5 de mayo de 1949)

Sir John Lubbock se inclina a negar a la abeja todo discernimiento que sale de la rutina de sus trabajos habituales. Da como prueba de ello una experiencia que cada cual puede fácilmente repetir. Meted en una garrafa media docena de moscas, y media docena de abejas; colocad luego horizontalmente la garrafa con el fondo hacia la ventana de la habitación; las abejas se empeñarán, durante horas, hasta morir de fatiga o inanición, en buscar una salida a través del fondo del cristal, mientras que las moscas, en menos de dos minutos, habrán salido todas en el sentido opuesto por el cuello de la botella. Sir John Lubbock deduce de esto que la inteligencia de la abeja es en extremo limitada y que la mosca es mucho más hábil en salir del paso y encontrar el camino. Esta conclusión no parece irreprochable. Volved alternativamente hacia la luz, veinte veces seguidas si queréis, ora el fondo, ora el cuello de la esfera transparente, y veinte veces seguidas las abejas volverán al mismo tiempo para hacer frente a la luz. Lo que las pierde en la experiencia del sabio inglés es su amor a la luz y es su razón misma. Se imaginan, evidentemente, que en toda prisión el rescate está por la parte de la claridad más viva, obran en consecuencia y se obstinan en obrar con demasiada lógica. No han tenido nunca conocimiento de ese misterio sobrenatural que para ellas representa el vidrio, esa atmósfera súbitamente impenetrable que no existe en la Naturaleza, y el obstáculo y el misterio deben de serles tanto más inadmisibles, tanto más incomprensibles, cuanto más inteligentes son. Al paso que las moscas aturdidas, sin seso, sin tener cuenta de la lógica, del llamamiento de la luz, del enigma del cristal, revolotean al azar en el globo y, encontrando aquí la buena suerte de los simples, que a veces se  salvan donde perecen los más sabios, acaban necesariamente  por encontrar a su paso el buen cuello que las salva.

Maurice Maeterlinck, La vida de las abejas, Barcelona, Orbis, pp.66-67

Grete Stern, Botella al mar, 1950