tablero

Man Ray - Shadow Drawings, ca. 1970Man Ray: Shadow Drawings (hacia 1970)

…El Gran Khan trataba de ensimismarse en el juego: pero ahora el porqué del juego era lo que se le escapaba. El fin de cada partida es una victoria o una derrota: ¿pero de qué? ¿Cuál era la verdadera baza? En el jaque mate, bajo el pie del rey destituido por la mano del vencedor, queda la nada: un cuadrado blanco y negro. A fuerza de descarnar sus conquistas para reducirlas a la esencia, Kublai había llegado a la operación extrema: la conquista definitiva, de la cual los multiformes tesoros del imperio no eran sino apariencias ilusorias, se reducía a una tesela de madera cepillada.

Entonces Marco Polo habló:

‒Tu tablero, sire, es una taracea de dos maderas: ébano y arce. La tesela en la que se fija tu mirada luminosa fue tallada en un estrato del tronco que creció durante un año de sequía: ¿ves cómo se disponen las fibras? Aquí se distingue un nudo apenas insinuado: una yema trató de despuntar un día de primavera precoz, pero la helada noche la obligó a desistir el Gran Khan no había advertido hasta ese momento que el extranjero supiera expresarse con tanta fluidez en su lengua, pero no era esto lo que le pasmaba. Aquí hay un poro más grande: tal vez el nido de una larva; no de carcoma, porque apenas nacido hubiera seguido excavando, sino de una oruga que royó las hojas y fue la causa de que se eligiera el árbol para talarlo… Este borde lo talló el ebanista con su gubia para que se adhiriera al cuadrado vecino que sobresalía…

La cantidad de cosas que se podían leer en un trocito de madera liso y vacío abismaba a Kublai; Polo le estaba hablando ya de los bosques de ébano, de las balsas de troncos que descienden los ríos, de los atracaderos, de las mujeres en las ventanas…

Italo Calvino: Las ciudades invisibles, Siruela, Madrid, trad. de Aurora Bernárdez, 2013, pp. 140-141

respiración

Angel Acosta León, Sueños de bailarina (1962)Ángel Acosta León: Sueños de bailarina (1962)

SÍLABA A SÍLABA

He aquí sílaba a sílaba de un color perverso
al tiempo casi desnudo para llevar a la boca

Como si fuera mía la respiración del trébol
alcanzo el límite del agua

Habito donde el aire duele
…………………………………….las propias manos encendidas.

*

SÍLABA A SÍLABA

Eis sílaba a sílaba de uma cor perversa
o tempo quase nu para levar à boca

Como se fora minha a respiração do trevo
alcanço a linha de áuga

Habito onde o ar dói
…………………………….as própias maos acesas.

 

Eugénio de Andrade: de Víspera del agua, en Antología de la poesía portuguesa contemporánea, Tomo II, Madrid, Júcar, trad. Ángel Crespo, 1982, pp.-52-53

el verso

Marrie Bot, Geliefden-Timeless Love, 2004Marrie BotTimeless Love (2004)

LA RED

Lo que sostengo, lo que no invento, lo que prometo,
lo que las palabras y las playas perpetúan
en la alegría verde del amor,
me devuelve los caminos y el comienzo,
¡es alegre comienzo!

La fauna dilacerada refugiada en el verso,
el silencio de piedra de las horas perdidas,
consienten otra vez aquella distancia
en la que encuentro el palacio de mis siete años,
y las puertas monumentales traspasadas
sólo por la infancia mortal de una belleza mortal
como Londres, de tarde, a fines de noviembre.

Lo que sostengo, lo que descubro y no invento,
lo que repito exaltadísimo,
recuerda a veces la red potente
que se deshace, sólo en apariencia,
para el que equivocadamente espera,
para quien nunca se sentó en medio del camino,
para los que no sonríen por casualidad,
y no se destruyen en un ritual necesario
como las voces puras de la media noche del mar.

Lo que sustento, lo que no invento, lo que prometo
es la alegría limpia de las lisas planicies de visiones de luz insoportable.
Lo que prometo es lo que he visto, testigo y nada más.
Canto lo que existió y existirá, gloria suprema
de los dioses, no mía.

Londres, 11.1.54

*

A REDE

O que eu sustento, o que eu não invento, o que eu prometo,
o que as palavras e as praias perpetuam
na alegria verde do amor,
devolve-me as estradas e o princípio,
o alegre princípio!

A fauna dilacerada refugiada no verso,
o silêncio de pedra das horas perdidas,
deixam outra vez aquela distância
onde encontro o palácio dos meus sete anos
e as portas monumentais ultrapassadas
só pela infância mortal duma beleza mortal
como Londres à tarde nos finais de Novembro.

O que sustento, o que eu descubro e não invento,
o que eu repito exaltadíssimo,
lembra às vezes a rede potente
que se desfaz, só na aparência,
para os que esperam duma forma errada,
para os que nunca se sentaram no meio da estrada,
para os que nunca sorriem por acaso,
e não se destroem num ritual preciso
igual às vozes puras da meia noite do mar.

O que eu sustento, o que eu não invento, o que eu prometo
é a alegria límpida das lisas
planícies de certas visões insuportáveis de luz.
O que eu prometo é o que eu vi, testemunha e nada mais.
Eu canto o que existiu e existirá, glória suprema
dos deuses e não minha.

Londres, 11.1.54

 

Alberto de Lacerda:  de Aventura, en en Antología de la poesía portuguesa contemporánea, Tomo II, Madrid, Júcar, (trad. Ángel Crespo), 1982, pp. 149-151

 

palabras

morena, fotografía de Pere Rubio

Y a veces me comparo en pensamiento con aquel Craso, el orador, del que cuentan que tomo un cariño tan extraordinario a una morena mansa de su estanque, un pez opaco, mudo, de ojos rojos, que se convirtió en tema de conversación de la ciudad; y cuando en cierta ocasión, Domiciano, queriendo tacharle de chiflado, le reprochó en el senado haber vertido lágrimas por la muerte de aquel pez, Craso le contestó: “De esa manera hice yo a la muerte de mi pez lo que vos no hicisteis al morir vuestra primera, ni vuestra segunda mujer”.

No sé cuantas veces ese Craso con su morena me viene a la cabeza como un reflejo de mi propio yo, arrojado sobre mí por encima del abismo de los siglos. Pero no por la respuesta que dio a Domiciano. La respuesta puso a los reidores de su lado, de manera que el asunto se disolvió en una broma. Pero a mí el asunto me afecta, el asunto, que habría seguido siendo el mismo, aunque Domiciano hubiese vertido por sus mujeres lágrimas de sangre del más sincero dolor. En tal caso, Craso aún seguiría estando enfrente de él con sus lágrimas por su morena. Y sobre esa figura, cuya ridiculez y abyección salta tanto a la vista en medio de un senado que dominaba el mundo, que debatía las cuestiones más sublimes, sobre esa figura, un algo innombrable me obliga a pensar de una manera que me parece completamente insensata en el momento en que trato de expresarla con palabras.

Hugo von Hofmannsthal: Carta de lord Chandos, en Poesía lírica seguida de carta de lord Chandos, (trad. Olivier Giménez López), Igitur, Montblanc, 2002, p. 261.

*

(a ti.)

Me haces llegar una pregunta para la cual no tengo respuesta: “¿porque las semillas encontradas en las pirámides de Egipto conservaron su capacidad germinativa?” Tener poca idea de botánica no ayuda, a decir verdad. He visto que existe una teoría sobre el poder de las pirámides, no sólo las de Egipto -intuyo que está relaciona con la geometría sagrada o algo así. No sé bien. En todo caso hay referencias a semillas guardadas en pirámides que conservaron su capacidad germinativa. Aunque no hubieran brotado encuentro que sería igualmente digno de atención el gesto de conservarlas. La lección del colegio dice que los faraones se aprovisionaban de diversos objetos de los que harían uso más tarde.
Nunca sabré -pensaba el primer día- si éstas llegarán a brotar.

Gracias.


anomalías

Carta de lord Chandos

La tarea

Jean Marais- Orphee

Jean Marais en Orphée (Jean Cocteau, 1950)

Jean Cocteau

(Maisons-Laffitte, 5 de julio de 1889 – Milly-la-Forêt, 11 de octubre de 1963)

No sé ni leer ni escribir. Y cuando me lo pregunta la hoja del censo, me dan ganas de contestar que no.

¿Quién sabe escribir? Es luchar con la tinta para intentar que nos oigan y nos entiendan.

O cuidamos demasiado la tarea o no la cuidamos lo suficiente. Pocas veces damos con el intermedio que cojee con gracia. Leer es harina de otro costal. Leo. Creo que leo. Cada vez que vuelvo a leer, caigo en la cuenta de que no había leído. Es lo malo de una carta. Encontramos lo que buscábamos. Y con ello nos contentamos. La guardamos. Si la volvemos a encontrar, leemos otra carta que no habíamos leído antes.

(…)

Todos estamos enfermos y sólo sabemos leer los libros que tratan de nuestra enfermedad. Por eso tienen tanto éxito los libros que hablan de amor. Pensamos: «Este libro se escribió para mí. ¿Qué pueden entender de él los demás?». «Qué hermoso es este libro», dice la persona a la que amamos y creemos que nos ama, a quien nos apresuramos a dárselo para que lo lea. Pero lo dice porque ama a otro.

Habría que preguntarse si el papel de los libros, que hablan todos para convencer, no sería escuchar y asentir. En Balzac, el lector encuentra el alimento que precisa: «Éste es mi tío, se dice, es mi tía, es mi abuelo, es la señora X…, es la ciudad en donde nací». En Dostoievski, ¿qué se dice?: «Éstas son mi fiebre y mi violencia, de las que nada sospechan quienes me rodean».

Y el lector cree leer. Toma el cristal sin azogue por espejo fiel. Reconoce la escena que transcurre del otro lado. ¡Cuánto se parece a lo que él piensa! ¡Qué bien refleja esa imagen! Cómo colaboran los dos juntos. Qué bien reflexionan.

Jean CocteauLa dificultad de ser, Madrid, Siruela, 2006, pp. 57-58

presentimiento

Yves Klein, Antropométrie sans titre (ANT 130), 1960

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PRESENTIMIENTO

«Tengo un presentimiento. Me domina

un extraño, un negro presentimiento. Como si

la pérdida de alguien amado me esperara.»

«¿Está usted casado, doctor? ¿Tiene familia?»

«A nadie. Estoy solo, ni siquiera tengo

amigos. Dígame, señora, ¿cree usted en los presentimientos?»

«Sí, sí. Claro que creo.»

Anton Chéjov, Perpetuum Mobile.

(en Un sendero nuevo a la cascada, de Raymond Carver, Visor, Madrid, p. 139)

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Otros Presentimientos, aquí.

la cuestión

PELUQUERO PARA SEÑORAS QUISQUILLOSAS

Detener una mañana en sus camas, sin decir nada, a tres mil damas y caballeros del Kurfürstendanmm, y tenerlos veinticuatro horas en la cárcel. Distribuir a medianoche, en las celdas, un cuestionario sobre la pena de muerte, pidiendo a sus firmantes que indiquen el tipo de ejecución que, llegado el caso, elegirían a título personal. Quienes hasta entonces solían expresarse “según su leal entender” y sin que nadie se lo pidiera, tendrían que rellenar ese documento bajo estricta vigilancia y “según su leal saber”. Antes del amanecer, sagrado desde siempre, pero consagrado en este país al verdugo, se habría esclarecido la cuestión de la pena de muerte.

W. Benjamin, Dirección Única, Taurus,1987, p.36