los cimientos

Raoul Hausmann- La plage, Limoges (Rêve de plage) 1947Raoul Hausmann: La plage, Limoges (Rêve de plage) 1947

El Gran Kan ha soñado una ciudad; la describe a Marco Polo:

El puerto está expuesto al septentrión, en la sombra. Los muelles son altos sobre el agua negra que golpea contra los cimientos; escaleras de piedra bajan, resbalosas de algas. Barcas embadurnadas de alquitrán esperan en el fondeadero a los viajeros que se demoran en el muelle diciendo adiós a las familias. Las despedidas se desenvuelven en silencio pero con lágrimas. Hace frío; todos llevan chales en la cabeza. Una llamada del barquero pone fin a la demora; el viajero se acurruca en la proa, se aleja mirando al grupo de los que se quedan; desde la orilla ya no se distinguen los contornos; hay neblina; la barca aborda una nave anclada; por la escalerilla sube una figura empequeñecida; desaparece; se oye alzar la cadena oxidada que raspa el escobén. Los que se quedan se asoman a las escarpas del muelle para seguir con los ojos al barco hasta que dobla el cabo; agitan por última vez un trapo blanco.

Sal de viaje, explora todas las costas y busca esa ciudad ―dice el Kan a Marco―. Después vuelve a decirme si mi sueño responde a la verdad.

Perdóname, señor: no hay duda de que tarde o temprano me embarcaré en aquel muelle dice Marco―, pero no volveré para contártelo. La ciudad existe y tiene un simple secreto: sólo conoce partidas y no retornos.

Italo Calvino: Las ciudades invisibles, Siruela, Madrid, 2013, trad. de Aurora Bernárdez, p. 69

el sueño

Raoul Hausmann- Jeux mécaniques, Limoges (1957)Raoul Hausmann: Jeux mécaniques, Limoges (1957)

No lograr orientarse en una ciudad aún no es gran cosa. Mas para perderse en una ciudad, al modo de aquel que se pierde en un bosque, hay que ejercitarse. Los nombres de las calles tienen que ir hablando al extraviado al igual que el crujido de las ramas secas, de la misma forma que las callejas del centro han de reflejarle las horas del día con tanta limpieza como un claro en el monte. Este arte lo he aprendido tarde, pero ha cumplido el sueño cuyas huellas primeras fueron los laberintos que se iban formando sobre las hojas de papel secante de mis viejos cuadernos. No, no fueron esas las primeras, pues antes que ellas hubo otro laberinto que sin duda los ha sobrevivido.

Walter Benjamin: Infancia en Berlín hacia mil novecientos, en Obras, Libro IV vol. 1, Abada editores, 2010, trad. de Jorge Navarro Pérez, p. 179

Jeu (mécanique)

Tête mécanique (Raoul Hausmann, 1919)

permanecerá

Raoul Hausmann_Untitled_1930

Raoul Hausmann, Sin título (1930)

Si el tiempo era bueno saldrían de excursión. Todo parecía posible. Todo parecía perfecto. En aquel preciso momento (aunque no podía durar, pensó, disociándose del instante mientras los demás hablaban sobre botas), en aquel preciso momento logró la seguridad; era como un halcón suspendido sobre el cielo; como una bandera desplegada en un fluido de alegría que llenaba por completo y dulcemente todas las fibras de su cuerpo, y no ruidosamente, sino más bien de manera solemne, porque brotaba, pensó, contemplándolos a todos, mientras comían, de su marido, de sus hijos y de sus amigos; todo lo cual, al surgir en aquella honda quietud (se disponía a servir a William Bankes una tajada muy pequeña y examinaba las profundidades de la olla de barro) parecía detenerse allí, sin razón especial, como si se tratara de humo, como un vapor que subía hasta lo alto, manteniéndolos a salvo. No era necesario decir nada; no se podía decir nada. Allí estaba rodeándolos a todos. Participaba, le pareció, mientras servía con esmero al señor Bankes una tajada especialmente jugosa, de la eternidad, como ya le había parecido que había sucedido con algo completamente diferente en otro momento, aquella misma tarde; hay una coherencia en las cosas, una estabilidad; quería decir que había algo inmune al cambio, algo que brillaba (contempló la ventana con su ondulación de luces reflejadas), frente a lo transitorio, lo pasajero, lo espectral, como un rubí; de manera que de nuevo aquella noche tenía el sentimiento de paz, de descanso, que ya había experimentado anteriormente durante el día. Con momentos así, pensó, se construye la realidad que permanece para siempre. Esto permanecerá.

Virginia Woolf: Al faro, Madrid, Alianza, 2006, pp. 122-123

periferia

Raoul Hausmann

Raoul Hausmann (1931)

La visión periférica no es una visión de conjunto. No es la visión panorámica. No sintetiza ni sobrevuela. Todo lo contrario: es la capacidad que tiene el ojo sensible para inscribir lo que ve en un campo de visión que excede el objetivo focalizado. Fue descubierta como propiedad de la retina a finales del siglo XIX y lo que señaló fue precisamente la heterogeneidad de sensibilidades que componen la visión humana. El ojo sensible ni aísla ni totaliza. No va del todo a la parte o de la parte al todo. Lo que hace es relacionar lo enfocado con lo no enfocado, lo nítido con lo vago, lo visible con lo invisible. Y lo hace en movimiento, en un mundo que no está nunca del todo enfrente sino que le rodea. La visión periférica es la de un ojo involucrado: involucrado en el cuerpo de quien mira e involucrado en el mundo en el que se mueve. ¿Qué consecuencias tiene replantear nuestra condición de espectadores del mundo desde ahí?

La visión periférica rompe el cerco de inmunidad del espectador contemporáneo, la distancia y el aislamiento que lo protegen y que a la vez garantizan su control. En la periferia del ojo está nuestra exposición al mundo y nuestra implicación. La vulnerabilidad es nuestra capacidad de ser afectados; la implicación es la condición de toda posibilidad de intervención. En la visión periférica está, pues, la posibilidad de tocar y ser tocados por el mundo.

Marina Garcés: Un mundo común, Barcelona, Edicions Bellaterra, 2013, pp. 112-113