protesta permanente

René Shützenberger: Liseuse à la fenêtre (1890)

Los libros dignos de ser citados erigen una protesta permanente contra la cita, sin la cual no puede pasarse quien escribe sobre libros. Pues cada uno de esos libros es paradójico en sí mismo, objetualización de lo por excelencia no objetual que la cita ensarta. La misma paradoja se expresa en el hecho de que el peor autor puede reprochar con razón a sus críticos haber sacado de contexto los corpora delicti literarios, mientras que sin tal acto de violencia la polémica no es en absoluto posible.

Th. W. Adorno: Chifladuras bibliográficas, en Notas sobre literatura, Akal, Madrid, Trad. de Alfredo Brotons Muñoz, 2013, pp. 338-339

maquinaria

Pieter Bruegel the Elder - 'Hunters in the snow' 1565 (detail)Pieter Bruegel the Elder: Hunters in the snow, detalle (1565)

No sólo el hecho de que las informaciones y la ciencia se hayan incautado de todo lo positivo, aprehensible, incluso de la facticidad de lo íntimo, obliga a la novela a romper con esto y a asumir la representación de la esencia y de su antítesis, sino también el de que cuanto más densa e ininterrumpidamente se estructura la superficie del proceso vital social, tanto más herméticamente recubre ésta como un velo la esencia. Si la novela quiere seguir siendo fiel a su herencia realista y decir cómo son realmente las cosas, debe renunciar a un realismo que al reproducir la fachada no hace sino ponerse al servicio de lo que de engañoso tiene ésta. La reificación de todas las relaciones entre los individuos, que transforma todas las cualidades humanas de éstos en aceite lubricamente para el suave funcionamiento de la maquinaria, la universal enajenación y autoenajenación, exige que se la llame por su nombre, y para esto la novela está cualificada como pocas otras formas artísticas.

Theodor W. Adorno: La posición del narrador en la novela contemporánea, en Notas sobre literatura, Akal, Madrid, Trad. de Alfredo Brotons Muñoz, 2003, pp. 43-44

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(Entre nosotros.)

La alta literatura necesita a los obreros, su mano de obra, pero sobre todo que no lleguen a sentirse nunca cómodos con sus novelas, «este no es tu territorio», que teman no saber interpretarlas para así evitar leerlas y menos aún escribirlas, especialmente eso, porque si lo hicieran las desmentirían. Aunque pensándolo bien, no creo que nada de esto les interese demasiado. Los obreros no necesitan leer esas novelas para saber cómo son las cosas; ellos tienen su historia, conocen la realidad y no una de sus representaciones edulcoradas. Lo que quieren no es leerlas, ni siquiera escribirlas, sino algo bien distinto. ¿Estás temblando, corazón?

recompensa

Robert Rauschenberg - White Painting (1951)Robert Rauschenberg: White Painting (1951)

La vida propia de los libros no es idéntica con el sujeto que se figura disponer de ella. Una prueba drástica de esto constituyen lo que se pierde del que se presta, lo que aporta el que se toma prestado. Pero esa vida tiene también una relación oblicua con su interiorización, con lo que en el conocimiento se figura el propietario poseer de la disposición o del llamado curso del pensamiento. Una y otra vez se burla de él en sus errores. Las citas que no se comprueban en el texto rara vez son exactas. Por eso la adecuada con los libros sería una relación de espontaneidad, que se sometiera a la voluntad de la segunda y apócrifa vida de los libros, en lugar de empeñarse en la primera, que en la mayoría de las ocasiones no es más que la arbitraria elaboración del lector. Quien es capaz de tal espontaneidad en la relación con los libros recibe no pocas veces lo buscado como recompensa inesperada. Las referencias más afortunadas suelen ser las que se sustraen a la búsqueda y se ofrecen por gracia. Todo libro que vale algo juega con su lector. Buena lectura sería aquella que adivinara las reglas que observa y se acomodara a ellas sin violencia.

Theodor W. Adorno: Chifladuras bibliográficas, en Notas sobre literatura, Akal, Madrid, Trad. de Alfredo Brotons Muñoz, 2003, p. 337

arquetipo

Charles Nègre - Henri Le Secq cerca de una estirge de la catedral de Nôtre Dame (1853)Charles Nègre: La estirge (1853)

En la obra de Proust se recoge una de las experiencias más singulares, una experiencia que parece sustraerse a toda generalización que por ello, en el sentido de la Recherche, es el arquetipo de la verdadera universalidad: que las personas con las que mantenemos una relación decisiva en nuestras vidas aparecen como designadas y ordenadas por un autor desconocido, como si las hubiésemos esperado en este y no en otro lugar; y que, divididas entre diversas personas, nos las volvemos a encontrar una y otra vez; pero esta experiencia se reduce a que hacia su final la liberal, que todavía se reconoce erróneamente como abierta, se convierte, según los conceptos de Bergson, en una sociedad cerrada, un sistema de disarmonía preestablecida.

Theodor W. Adorno: Pequeños comentarios sobre Proust, en Notas sobre literatura, Akal, Madrid, Trad. de Alfredo Brotons Muñoz, 2003, pp. 196-197

sensibilidad

Francis Picabia - poema diagrama de la serie Poèmes et dessins de la fille née sans mère (1918)Francis Picabia: Machines sans but (Poèmes et dessins de la fille née sans mère, 1918)

Por el contrario, los cambios históricos de la forma se convierten en sensibilidades idiosincráticas de los autores, y lo que esencialmente decide sobre su calidad es hasta qué punto funcionan como instrumentos de medición de lo exigido y de lo prohibido. Nadie ha superado a Marcel Proust en sensibilidad contra la forma de la crónica. Su obra pertenece a la tradición de la novela realista y psicológica, en la línea de su extrema disolución subjetivista, la cual, sin ninguna continuidad histórica con el escritor francés, pasa por productos como el Niels Lhyne de Jacobsen* o el Malte Laurids Brigge** de Rilke. Cuanto más estrictamente se aferra al realismo de lo externo, al gesto del “así fue”, tanto más se convierte cada palabra en un como si y más crece la contradicción entre su pretensión y el hecho de que no fue así. Justamente esta pretensión inmanente que el autor plantea como inalienable, la de que él sabe exactamente lo que pasó, es lo que se ha de probar, y la precisión hasta lo quimérico de Proust, la técnica micrológica por la que la unidad de lo vivo acaba escindiéndose en átomos, es un esfuerzo sin par del sensorio estético por producir esa prueba sin transgredir los límites que impone la forma. Él no se habría empeñado en la narración de algo irreal como si hubiera sido real. Por eso su obra cíclica empieza con el recuerdo de cómo se duerme un niño y todo el primer libro no es más que un despliegue de las dificultades que tiene el niño para dormirse cuando su bella madre no le ha dado el beso de buenas noches. El narrador instaura por así decir un espacio interior que le ahorra la salida en falso al mundo ajeno que descubriría la falsedad del tono de quien se finge familiarizado con ese mundo. El mundo es arrastrado imperceptiblemente a ese espacio interior –a esta técnica se le ha dado el nombre de monologue interieur-, y lo que ocurre en el exterior se presenta del mismo modo en que en la primera página se dice del instante del dormirse: como un trozo de interioridad, un momento de la corriente de la conciencia, protegido contra la refutación por el orden espacio-temporal objetivo cuya suspensión persigue la obra proustiana.

*Jens Peter Jacobsen (1847-1885): novelista danés que en Niels Lyhne (1880) hace una radical profesión de fe atea. [N. del T.]
**Los cuadernos de Malte Laurids Brigge (1904-1910): novela en la que Rilke establece un combate consigo mismo, con sus aspiraciones y angustias infantiles, tras el cual atravesó una crisis física y mental que él definió como un “largo período de sequedad” en lo literario. [N. del T.]

Theodor W. Adorno: La posición del narrador en la novela contemporánea, en: Notas sobre literatura, Akal, Madrid, Trad. de  Alfredo Brotons Muñoz, 2003, p. 44