Entender el mundo

Souad Massi – Raoui

CUENTERO

Cuenta, cuentero, un cuento

que sea una buena historia.

Cuéntame de la gente de antaño,

cuéntame de las Mil y Una Noches,

de Lunya, la hija del Ogro

y del hijo del Sultán.

Te cuento. Recuento. (1)

Llévanos lejos del mundo

Te cuento. Recuento.

Cada uno tiene en su corazón un cuento.

Cuenta y olvida que somos mayores

haz como si fuéramos pequeños

y nos creyéramos todos los cuentos.

Cuéntanos sobre el cielo y el infierno,

sobre el pájaro que nunca voló.

Haznos entender el mundo.

Te cuento. Recuento.

Llévanos lejos del mundo

Te cuento. Recuento.

Cada uno tiene en su corazón un cuento.

Cuenta, cuentero, como a ti te contaron,

no añadas ni quites nada por tu cuenta.

podemos verlo en tu cabeza.

Cuenta y haznos olvidar este tiempo

y déjanos en el de ÉRASE UNA VEZ.

(1) El pareado hadjitek / madjitek forma un juego de palabras sin significado basado fundamentalmente en la rima. La traducción literal sería: te propongo un enigma / no te vine. Es una fórmula con que comienzan todos los cuentos populares en el Maghreb justo antes de que se formule el kana ya ma kan (érase una vez). Yo lo he traducido con un pareado en castellano también sin significado conjunto. Te cuento / recuento.

Fuente: Harazem

Gracias, gracias, gracias por tu traducción!

Fuente:arabicmusictranslation

Compañías

Compañías

 

Hay personas que incluso a primera hora de la mañana, sienten ya la necesidad de pregonar a los cuatro vientos todo cuanto saben, como si a quienes los encuentran azarosamente en la cafetería de la esquina les pudiese revelar a aquellas horas algo más a parte de esa vanidad tan característica de los hombres cuyos mundos empiezan y se agotan en esa parte de su cuerpo llamada ombligo. Nos referimos a Tamaliv. Emilia lo había encontrado casualmente aquella mañana, cuando alargando el tiempo, qué demonios, se permitió sentarse en una silla para tomar un café –no en la barra, como de costumbre.

Quedaban exactamente veinticinco minutos para la clase. La primera del día. Estaba repasando la explicación de la paradoja del mentiroso cuando vio a Tamaliv entrar en el local. Pensó en esconderse bajo la mesa, pero la cordialidad le hizo levantar la vista justo cuando Tamaliv estaba ya de camino, extendiendo una mano que ella se vio en la obligación de estrechar. Sin dudar, Tamaliv se sentó, pidió un café con leche y escogió para comenzar, de su abc literario, la historia de un cineasta francés y un literato ruso en el jardín de Luxemburg, (no importaba muy bien el qué, siempre algo exóticamente literario, foráneo).

Así las cosas, el incipiente monólogo no tardó en anular todo el efecto esperado de la cafeína. Emilia enseguida comprendió que la partida ya se había iniciado y que habría sido de más ayuda un café solo largo. La partida se iniciaba con la proliferación de fechas, de datos, muy explicativo todo, en exceso para las nueve menos cuarto de la mañana, a decir verdad.

Tamaliv solía llamar con sencillez a sus pléyades literarias, escritores famosos, todos citados en el café como en una película nouvelle vague  un pequeño santuario de vanidades, echadas ahora a perder por la atención de Emilia que, cual vela desatendida, causaba la deflagración.

La facilidad de enlazar historias de aquel hombre era increíble. Ella sospechaba que incluso un estornudo suyo podría traerle a la memoria alguna frase o autor célebre, célebre como él, con su moco y todo. Como no había todavía excusa para levantarse del asiento, decidió mantener la mirada fija, queriendo que se viera forzado a leerla, sí, y callarse, silencio, por qué te atreves a venir a este café, a interrumpir mi desayuno, pero sólo con la mirada, pues la cortesía tenía también sus reglas. Finalmente, desatendió las reglas y continuó repasando mentalmente su clase. Al igual que en el juego, de oca en oca y tiro porque me toca: la realidad uniendo la historia de una profesora de instituto y la de un escritor famoso, todo matutino, soleado, en un café barcelonés.

-Dicen, por cierto, que la paradoja del mentiroso se solucionó, no en el momento en el que desaparecieron los mentirosos, como cualquiera podría razonablemente pensar, sino en el momento en el que dejó de ser una paradoja -dijo en voz alta, sin apenas notarlo, pensando en la explicación de clase, ni por asomo en el sapiente Tamaliv.

-¿Pero de qué estás hablando? -replicó él.

-Fue un polaco, sí, un polaco abrió los ojos, el lenguaje se hizo recursivo, y ya ves… de Tarski, ¿de quién va a ser?

Tamaliv había sido sacado de sus casillas con el azar hecho dado y un turno en la cárcel. Y ella, de puente a puente y tiro porque me lleva la corriente:

-No entiendes nada ahora, pero algún día lo comprenderás. Me voy, llego tarde. Ah, mira quién viene, qué casualidad, te dejo en buena compañía -dijo ella alzando la vista.

En ese mismo instante entraba aquel otro escritor, de apellido alemán, por la puerta y allí se quedarían los dos, hablando un rato más; disputa de púgiles literarios encendiendo cigarrillos y jugando al niño, que cuánto más sabe, menos aparenta. Fin y nueva partida.

-Hasta otra, Tamaliv -dijo Emilia antes de ir a pagar a la barra y disculparse ante el recién llegado, por no poder tomar otro café en su compañía.

Aurora Pardo, Quién sabe, 2007