la prueba

Remedios Varo- Creación-de-las-Aves-1957Remedios Varo: Creación de las aves (1957)

—Hablo siempre del poeta —dijo Andrés—. Sospecho que el poeta es ese hombre para quien, en última instancia, el dolor no es una realidad. Los ingleses han dicho que los poetas aprenden sufriendo lo que enseñarán cantando; pero ese sufrimiento el poeta no lo aceptará nunca como real, y la prueba es que lo metamorfosea, le da otro uso. Y ahí está precisamente lo terrible de un dolor así; padecerlo y saber que no es real, que no tiene potestad sobre el poeta porque el poeta lo prisma y lo rebota poema, y además goza al hacerlo como si estuviera jugando con un gato que le araña las manos. El dolor solo es real para aquél que lo sufre como una fatalidad o una contingencia, pero dándole derecho de ciudad, admitiéndolo en su alma. En el fondo el poeta no admite jamás el dolor; sufre, pero a la vez es ese otro que lo mira sufrir parado a los pies de la cama y pensando que afuera está el sol.

Julio Cortázar: El examen, Sudamericana, Buenos Aires, 1986, pp. 103-104

ahora

Paul Klee- Introducing the miracle (1916)Paul Klee: Vorführung des Wunders (1916)

Pavadas que se dicen: «Si tuviera fuerza suficiente, no permitiría esto o aquello.»
Es posible, si la fuerza te fuera dada ahora, milagrosamente. Pero si hubieras crecido envuelto en tu fuerza, esclavo de tu fuerza, estarías del lado de los que pegan.

Julio Cortázar: Diario de Andrés Fava, RBA, Barcelona, 2006, p. 352

elementos

Alfred Stieglitz, Georgia O'Keeffe--Hands and Thimble, 1919Alfred Stieglitz: Georgia O’Keeffe. Manos y dedal (1919)

-(…) Sí, Wally, yo creo que Schumann no hizo exactamente música, que su lenguaje del Davidsbündler y el Carnaval está a las puertas de un arte distinto.
-¿Sí? -dijo Wally López Morales-. Pero los elementos son los mismos.
-Con palabras se hacen la prosa y la poesía, que en nada se parecen. Schumann intencionalizaba
usted me perdonará
su música, la acercaba a una forma enunciativa que no era ya estética
o mejor que no era solamente estética,
y por supuesto tampoco literaria, es decir que no daba gato por liebre. Su música me suena un poco a rito de iniciación. Jamás me ocurre eso con Ravel, digamos, o Chopin.
-Sí, Schumann es extraño -dijo Wally, que era buena interlocutora-. Tal vez la locura…
-¿Quién sabe? Oiga esto, Wally: Schumann sabía que estaba en posesión de un misterio, y con eso no digo que fuera un misterio trascendental; lo que su obra revela es que tenía conciencia oscura de ese saber, pero que a él le era tan desconocido como a los demás. El antisócrates: sólo sé que sé algo, pero no sé qué. Parece haber esperado que su sistema musical lo fuera diciendo, como Artaud lo esperaba de sus poemas. Fíjese que se parecen.
-Pobre Artaud -dijo Wally-. El perfecto caleidoscopio: su obra pasa de mano, y en ese instante cambian los cristales (cambia la mano), y ya es otra cosa.
-Quizá -dijo Clara, que estaba entre ellos- las obras que importan no son las que significan sino las que reflejan. Quiero decir las que permiten nuestro reflejo en ellas. Un poco bastante lo que sugería Valéry.
-De donde se extrae una vanidosa consecuencia -dijo Wally-. Y es que los importantes somos nosotros. Tu idea es el artículo primero del estatuto de un club de lectores. Por mi parte, prefiero hacerme chiquitita y dejar que el libro se me venga encima.

Julio Cortázar: El examen, Sudamericana, Buenos Aires, 1986, pp. 136-137