tempo

György Sándor Ligeti (1923-2006)

Poema sinfónico para 100 metrónomos (1962)

El metrónomo (del griego μέτρον, metron: ‘medida’, y νόμος, nomos: ‘regla’), es un aparato utilizado para indicar tempo o compás de las composiciones musicales. Produce regularmente una señal, visual o acústica, que permite a un músico mantener un tempo constante.

(Fuente: wikipedia)

el letrero

Luis Seoane_Emigrante (1967)Luis Seoane, Emigrante (1967)


-É unha historia que sucedéu de certo e que lin nos xornáis, unha historia de emigrantes. Unha mulleriña galega que na súa vida saíra da súa aldea viaxóu até a Suiza pra ver aos seus fillos que traballaban aló. Ela eiquí vivía soia, os veciños escibiron o enderezo dos seus fillos en Xenebra, penduráronllo do pescozo nun letreiro e metérona no tren: no letreiro decíase ónde tiña que chegar a muller. A probe íballe amosando a todo o mundo o seu leteiro co enderezo escrito pra que lle dixeran qué tren tiña que coller, a qué ventaniña tiña que se dirixir en qué cola poñerse… Non falaba máis que galego e ficou completamente tola despóis dun viaxe que non remataba nunca. Cando chegóu a Xinebra non sabía quén era nin recoñecía a ninguén: somentes amosaba o seu letreiriño e xemía, que xa non falaba. Non a deixaron entrar siquera. Aló, como en todas partes, sonche moi cucos e moi asépticos: unha muller naquelas condicións, doente, trasvariada non podía entrar no país, non é rentable, non sirve, e os seus fillos tampouco poideron facer cousa ningunha. Aquí remata a historia: puxéronlle un calmante, metérona no tren, sin conciencia, e mandárona de volta pra aldea. Lin a historia nos xornáis e axiña pintei o cadro que ves: co letreiro cáseque abonda. A traxedia coméntase a sí mesma.

Víctor Freixanes: Unha ducia de galegos

-Es una historia que sucedió realmente y que leí en los periódicos, una historia de emigrantes. Una mujer gallega que nunca había salido de su pueblo viajó hasta Suiza para ver a sus hijos, que trabajaban allí. Ella aquí vivía sola, los vecinos escribieron la dirección de los hijos en Ginebra en un letrero, se lo colgaron del cuello y la metieron en el tren: en el letrero se indicaba adónde tenía que llegar la mujer. La pobre mujer iba enseñando a todo el mundo su letrero con la dirección escrita para que le dijeran qué tren tenía que tomar, a qué ventanilla tenía que dirigirse, en qué cola ponerse… Sólo hablaba gallego y se volvió completamente loca después de un viaje que no acababa nunca. Cuando llegó a Ginebra no sabía quién era ni reconocía a nadie: tan solo mostraba su letrerito y gemía, ya no hablaba. Ni siquiera la dejaron entrar. Allá, como en todas partes, son muy aprovechados y muy asépticos: una mujer en aquellas condiciones, enferma, trastornada, no podía entrar en el país, no es rentable, no sirve, y sus hijos tampoco pudieron hacer nada. Aquí acaba la historia: le dieron un calmante, la metieron en el tren, inconsciente, y la mandaron de vuelta al pueblo. Leí la historia en los periódicos y enseguida pinté el cuadro que ves: con el letrero ya es suficiente. La tragedia se comenta a sí misma.

Víctor Freixanes: Unha ducia de galegos (1976)


herdanza / inheritance

-Traducir paseniño, sen facer ruído, devagar tan só porque o quero amosar e compartir contigo, só por iso, porque me sinto na obriga-

Luis Seoane

(Buenos Aires, 1910- A Coruña, 1979)

 luisSeoane

Building Castles in Spain

In New York he died a failure, thirty three years of America*, Ramón Rodríguez Iglesias

who had worked all of these years in the port of the city,

in the harvest of apples in California

in the coalmines of Pennsylvania

in the wheat reaping in Minnesota

going from one State to another dreaming, sitting with his legs hanging out of the freight car doors of the railroads

just to have, it was his dream, a castle built up amongst the rocks covered by seaweed, goose barnacles, baskets of crabs,

around a deep sea of firm octopuses

on the Atlantic Galician coast.

He thought about a castle wrapped in ashen fog and high waves

and, without knowing about it, Ramón Rodríguez Iglesias had inherited it many years ago.

When he died, his unknown nephew, Dalmacio da Cruña,

received a few dollars from the uncle of America

and also a castle built up amongst the rocks, embroidered out of the ocean foams,

the same one of which his  uncle had dreamt

in the coalmines of Pennsylvania, in the port of New York, in the wheat fields of Minnesota, in the apple trees of California.

Bundle of an exiled (1952)

*TN.  In the beginning of the 20th Century in Galicia, large amount of the population emigrated to South America and North America. To talk about people who emigrated to America in Galician the expression “to make the Americas” is used.

Building Castles In Spain

En New York morreu fracasado, trinta e tres anos de América, Ramón Rodríguez Iglesias

que tiña traballado todos ises anos no porto da cibdade,

na colleita de mazás en California

nas minas de Pensilvanya

na sega do trigo en Minnesota

indo dun estado a outro soñando, asentado cas pernas afora, nas portas dos vagós de cárrega dos ferrocarrís

pra ter, era seu soño, un castelo ergueito sobor rochas cobertas de argazos, de percebes, de patelas, de nécoras,

sobor dunha mar fonda, de pulpos pretos,

na costa atlántica galega.

Un castelo cavilaba envolto en cincentas névoas e outas vagas

e que, sen sabelo, Ramón Rodríguez Iglesias tiña herdado facía moitos anos.

Cando morreu, ao seu sobriño desconocido, Dalmacio da Cruña,

quedáronlle do tío de América uns poucos dólares

e tamén o castelo ergueito sobor de rochas, broslado de escumas da mar,

que o tío americano tiña soñado

nas minas de Pensilvanya, no porto de New York, nos trigaes de Minnesota, nos pomareiros de California.

Fardel de eisilado, 1952


algúns debuxos e pinturas de Luis Seoane:

acó e acolá

freno de emergencia

zapata de freno (fuente: wikipedia.org)

“Marx dijo que las revoluciones son las locomotoras de la historia. Pero quizá sea diferente. Puede ser que las revoluciones sean la mano de la especie humana que viaja en ese tren y que tira del freno de emergencia.”

Walter Benjamin (citado por Michael Lowy en “Aviso de incendio”: la crítica de la tecnología en Walter Benjamin)

Así lo puntualizaba Walter Benjamin, sacando de quicio la idea inicial de Marx. Detener la historia. La historia imparable, el rastro de injusticia y muerte que dejaba el capitalismo a su paso.

Nuestra mano, lo sabemos bien, ya no puede ser hoy revolución. Sería amputada al instante. Debe ser pues otra cosa. Me pregunto qué demonios puede ser, en qué podremos convertir hoy la mano, esta mano que es nuestra y duele, duele, duele tanto.

¿Cómo podremos accionar el freno?

.

Hoy y siempre: «mucha Grecia» (1)

desde muchos otros lugares:

saltandoalapatacoja

alfinaldelaasamblea

fueradelugar

(1) la expresión «mucha Grecia» puede encontrarse entre los trabajos de prosa de Alejandra Pizarnik, la pronuncio hoy, incorporando en ella mi apoyo al pueblo griego, convulso desde hace largo tiempo, en este tren sin frenos en el que viajamos todos.

Document

Una carpeta dentro de otra carpeta. Un disco duro externo. Busco algo. Me tropiezo con una piedra. Es un documento. Su título es “Document”. Rigurosamente cierto. ¿Document? Curiosidad. Doble click. Pop-up solicita contraseña. El documento está protegido. Pongo la clave que tenía entonces. No funciona. Bloq Mayús. Ahora sí. Se abre. Un poema. Cuánto tiempo. El documento no se corresponde con la carpeta. No son apuntes ni nada parecido. Ni siquiera de la época de estudios sino mucho antes. En la página hay un texto todavía más antiguo. Y un trabajo escolar. Apenas lo recordaba. Mi primer trabajo para la clase de filosofía. Una exposición de fotografía de la agencia Magnum. Unos espacios en blanco -donde se pegarían las fotografías comentadas. Había también unos textos comentados en el trabajo -quizás pertenecían al dossier de la exposición o bien había sido el profesor quien los había escogido para comentar. Imposible recordarlo.

Comienzo a leer. Comienza el descenso. Plof. Un segundo tan solo.

¿Qué sabe aquel a quien, en lugar del asunto, sólo se le da a ver su imagen o, como sucede en las noticias televisadas, una abreviatura de la imagen o, como sucede en  el mundo de las redes de comunicación, una abreviatura de la abreviatura?

Peter Handke  (Un viaje de invierno a los ríos Danubio,Save, Morava y Drina,1996)

Comentario:

Tiene razón Peter Handke. Quizá nuestra vida se esté convirtiendo a un ritmo loco y salvaje en una abreviatura. Y ya no sólo en el ámbito de cuestiones bélicas o políticas (que vienen al fin y al cabo a ser lo mismo).

Estamos obsesionados con que todo sea más pequeño, reducido. Pensemos en los ordenadores y esos microchips, en los teléfonos… ¡Que todo ocupe menos espacio! Pero al final las televisiones tienen una gran pantalla y las noticias una pequeña cobertura. Las dosifican de una manera insultante. Aunque curiosamente las noticias deportivas se hacen más y más largas. Quizá sea que tanta guerra aburre a los telespectadores. Quizá esos telespectadores se contenten con unas cifras de los muertos. Si quieren saber algo más…¡que se compren un libro!

¡El tiempo apremia! Y si en vez de coger aire diecisiete veces por minuto pudiéramos hacerlo doce, lo haríamos sin dudarlo.

La culpa es de los relojes, que nos recuerdan las horas, los minutos, los segundos, las centésimas y millonésimas de segundo. Si existe una opresión real es la de los relojes. La liberación de la Humanidad, la mayor libertad a la que puede aspirar el Hombre es a que no existan. No podemos evitar eso de que “somos seres en el tiempo”, pero sí olvidarlo de vez en cuando, o por lo menos no estar constantemente pensando en ello. Si tuviéramos que buscar un enemigo no sería otro que el tiempo.

Veo mi nombre.  Mi clase: 3ºB.

Gracias a la descripción de mis comentarios y el nombre del fotógrafo pude encontrar algunas de las fotografías que formaban parte de aquella exposición. Las fotografías  que rellenaron aquellos espacios en blanco.

Marc Riboud

Marc Ribaud

Philip Jones Griffiths

james-nachtwey

James Nachtwey

tiempo

Cândido Portinari: Retrato de Carlos Drummond de Andrade

 Carlos Drummond de Andrade (1902 – 1987)

Nuestro tiempo

A Oswaldo Alves

I

Este es tiempo de partido,

tiempo de hombres partidos.

En vano recorremos volúmenes,

viajamos y nos coloreamos.

La hora presentida se desmenuza en polvo por la calle.

Los hombres piden carne. Fuego. Zapatos.

Las leyes no bastan. Los lirios no nacen

de la ley. Mi nombre es tumulto, y se escribe

en la piedra.

Visito los hechos, no te encuentro.

¿Dónde te ocultas, precaria síntesis,

prenda de mi sueño, luz

durmiendo encendida en la balaustrada?

Menudas certezas de préstamo, ningún beso

sube al hombro para contarme

la ciudad de los hombres completos.

Me callo, espero, descifro.

Las cosas tal vez mejoren.

¡Son tan fuertes las cosas!

Pero yo no soy las cosas y me rebelo.

Tengo palabras en mí buscando canal,

son roncas y duras,

irritadas, enérgicas,

comprimidas hace tiempo,

perdieron el sentido, apenas quieren estallar.

II

Este es tiempo de divisas,

tiempo de gente cortada.

De manos viajando sin brazos,

obscenos gestos sueltos.

Cambió la calle de la infancia.

Y el vestido rojo

rojo

cubre la desnudez del amor,

al relente, no sirve.

Símbolos oscuros se multiplican.

¿Guerra, verdad, flores?

De los laboratorios platónicos movilizados

viene un soplo que limpia los rostros

y disipa, en la playa, las palabras.

La oscuridad se extiende pero no elimina

el sucedáneo de la estrella en las manos.

¡Ciertas partes de nosotros cómo brillan! Son uñas,

anillos, perlas, cigarros, linternas,

son partes más íntimas,

la pulsación, el jadeo,

y el aire de la noche es el estrictamente necesario

para continuar, y continuamos.

III

Y continuamos. Es tiempo de muletas.

Tiempo de muertos habladores

y viejas paralíticas, nostálgicas de bailongo,

pero todavía es tiempo de vivir y contar.

Ciertas historias no se perdieron.

Conozco bien esta casa,

por la derecha se entra, por la izquierda se sube,

la sala grande conduce a cuartos terribles,

como el del entierro que fue hecho, del cuerpo olvidado en

la mesa,

conduce a la copa de frutas ácidas,

al claro jardín central, al agua

que gotea y segrega

el incesto, la bendición, la partida,

conduce a las celdas cerradas, ¿qué contienen?

¿papeles?

¿crímenes?

¿monedas?

Oh cuenta, vieja negra, oh periodista, poeta, pequeño

historiador urbano,

oh sordomudo, depositario de mis desfallecimientos, ábrete y cuenta,

muchacha prendida en la memoria, viejo alejado, cucaracha

de los archivos, puertas chirriantes, soledad y asco,

personas y cosas enigmáticas, contad,

capa de polvo de los pianos desmantelados, contad;

viejos sellos del emperador, vajillas de porcelana partidas, contad;

huesos en la calle, fragmentos de diario, cierres en el piso de la

costurera, luto en el brazo, palomas, perros errantes, animales cazados, contad.

Todo es tan difícil desde que os callasteis…

Y muchos de vosotros nunca se abrieron.

IV

Es tiempo de medio silencio,

de boca helada y murmullo,

palabra indirecta, aviso

en la esquina. Tiempo de cinco sentidos

en uno solo. El espía cena con nosotros.

Es tiempo de cortinas pardas,

de cielo neutro, política

en la manzana, en el santo, en el gozo,

amor y desamor, cólera

blanca, gin con agua tónica,

ojos pintados,

dientes de vidrio,

grotesca lengua torcida.

A eso llamamos: equilibrio.

En el callejón,

apenas una pared,

sobre ella la policía.

En el cielo de la propaganda

aves anuncian

la gloria.

En el cuarto,

irrisión y tres cuellos sucios.

V

Escucha la hora formidable del almuerzo

en la ciudad. Las oficinas, en un instante, se vacían.

Las bocas chupan un río de carne, legumbres y tortas vitamínicas.

¡Salta aprisa del mar la bandeja de peces argénteos!

Los subterráneos del hambre lloran caldo de sopa,

ojos líquidos de perro a través del vidrio devoran tu hueso.

Come, brazo mecánico, aliméntate, mano de papel, es tiempo de comida,

más tarde será el de amor.

Lentamente las oficinas se recuperan, y los negocios, forma indecisa, evolucionan.

El espléndido negocio se insinúa en el tráfico.

Multitudes que lo cruzan no ven. No tiene color ni olor.

Está disimulado en el tranvía, por detrás de la brisa del sur,

viene en la arena, en el teléfono, en la batalla aérea,

toma cuenta de tu alma y extrae de ella un porcentaje.

Escucha la hora deshecha del regreso.

Hombre tras hombre, mujer, criatura, hombre,

ropa, cigarro, sombrero, ropa, ropa, ropa,

hombre, hombre, mujer, hombre, mujer, ropa, hombre,

imaginan esperar cualquier cosa,

y se quedan mudos, chorrean paso a paso, se sientan,

últimos siervos del negocio, imaginan volver a casa,

ya de noche, entre paredes apagadas, en una supuesta ciudad, imaginan.

Escucha la pequeña hora nocturna de compensación, lecturas, llamado al casino, paseo en la playa,

el cuerpo al lado del cuerpo, finalmente distendido,

con los pantalones despedido el incómodo pensamiento de esclavo,

escucha al cuerpo chirriar, enlazar, refluir,

errar en objetos remotos y, bajo ellos enterrado sin dolor,

confiarse a lo que bien me importa

del sueño.

Escucha el horrible empleo del día

en todos los países de habla humana,

la falsificación de las palabras goteando en los periódicos,

el mundo irreal de los registros civiles donde la propiedad es una torta con flores,

los bancos triturando suavemente el pescuezo del azúcar,

la constelación de las hormigas y usureros,

la mala poesía, la mala novela,

los frágiles que se entregan a la protección del basilisco,

el hombre feo, de fealdad mortal,

paseando en bote

en un siniestro crepúsculo de sábado.

VI

En los sótanos de la familia,

orquídeas y opciones

de compra y desquite.

La gravidez eléctrica

ya no trae languideces.

Criaturas alérgicas

se cambian; se reforman.

Hay una implacable

guerra a las cucarachas.

Se cuentan historias

por correspondencia.

La mesa reúne

una copa, un cuchillo,

y la cama devora

tu soledad.

Se salva la honra

y la herencia del ganado.

VII

O no se salva, y es lo mismo. Hay soluciones, hay bálsamos

para cada hora y dolor. Hay fuertes bálsamos,

dolores de clase, de sangrienta furia

y plácido rostro. Y hay mínimos

bálsamos, sofocados dolores innobles,

lesiones que ningún gobierno autoriza,

no obstante duelen,

melancolías insobornables,

ira, reprobación, disgusto

de ese sombrero viejo, de la calle embarrada, del Estado.

Está el llanto en el teatro,

¿en el palco?, ¿en el público?, ¿en las butacas?

está sobre todo el llanto en el teatro,

ya tarde, ya confuso,

él oscurece las luces, se engolfa en el linóleo,

va a minar los depósitos, en los callejones coloniales donde pasean ratas nocturnas,

va a mojar, en la plantación madura, el maíz ondulante,

y a secar al sol, en pozo amargo.

Y dentro del llanto mi rostro irónico,

mi ojo que ríe y desprecia,

mi repugnancia total por vuestro lirismo deteriorado,

que profana la esencia misma de los diamantes.

VIII

El poeta

declina toda responsabilidad

en la marcha del mundo capitalista

y con sus palabras, intuiciones, símbolos y otras armas

promete ayudar

a destruirlo

como a una cantera, una selva,

un gusano.

Carlos Drummond de Andrade, La rosa del pueblo, 1945

un poema más

50 poemas escogidos

A rosa do povo

narradores

Elias Canetti

(25 de julio de 1905 –  14 de agosto de 1994)

Cuenteros y escribanos

Los cuenteros suelen tener la mayor clientela. A su alrededor se forman los más densos y también los más duraderos círculos de gente. Sus intervenciones duran bastante;  en un corro interior los oyentes se sientan en el suelo y no se levantan tan pronto. Otros forman en pie un cerco exterior, y tampoco se mueven, penden fascinados de las palabras y gestos del cuentero. A veces son dos los que recitan alternativamente. Sus palabras llegan  desde lejos y permanecen más tiempo suspendidas en el aire que las de personas corrientes. Yo no entendía nada y sin embargo permanecía igualmente fascinado al eco de su voz. Eran palabras sin significado alguno para mí, lanzadas con energía y fuego: eran entrañables al hombre, pues se afirmaba orgulloso de ellas. Las ordenaba a tenor de un ritmo que a mí siempre me parecía muy personal. Cuando se detenía, resonaba lo que decía a continuación más poderoso y elevado. Me era posible percibir la solemnidad de algunas palabras y la maliciosa intención de otras. Los cumplidos me afectaban como si fuesen dirigidos directamente hacia mí; y me sentí amenazado. Todo parecía dominado; las palabras más imponentes volaban tan lejos como deseaba el narrador. El aire, por encima de los oyentes, se percibía en movimiento; y uno que entendiese tan poco como yo, sentía latir la vida más allá del oyente.

Para hacer honor a sus palabras los narradores iban vestidos de una forma chocante. Su indumentaria se diferenciaba de la del resto de los oyentes. Vestían telas lujosas; uno u otro, por lo general, en terciopelo azul o marrón. Actuaban como personalidades de alto rango, pero fantásticas para quienes les rodeaban. Atendían a sus héroes y figuras. Cuando su mirada caía sobre alguien que estuviese allí habitualmente, éste debía pasar tan inadvertido como cualquier otro. Los extranjeros no existían para él en absoluto; no pertenecían al reino de sus palabras. Al principio no quería admitir siquiera que yo le interesase tan poco, era demasiado sorprendente para ser verdad. Y así per­manecía largo rato en pie, hasta que esas voces me hacían ir hacia otro lugar más sonoro, pero tampoco en­tonces reparaba en mí, cuando ya casi empezaba incluso a sentirme a gusto en el corro más amplio. El cuentero, por supuesto, se había fijado en mí, pero para él continuaba siendo un extraño en su círculo encantado, pues no era capaz de entenderle.

Con frecuencia habría dado cualquier cosa por comprenderle, y espero llegue el día en que pueda apre­ciar a estos cuenteros itinerantes tal como se merecen. Pero también estaba contento de no entenderles. Constituían para mí algo así como un enclave de vida arcaica y sin cambio. Su idioma les resultaba tan indis­pensable como a mí el mío propio. Las palabras eran su alimento y no se dejaban convencer fácilmente por na­die para cambiarlas por otro alimento mejor. Me sentía orgulloso de constatar el poder narrativo que ejercían sobre sus compañeros de lengua. Se asemejaban a mis hermanos más viejos y mejores. En momentos felices me decía a mí mismo: También yo puedo reunir perso­nas en torno mío a las que relatar algo. Pero en vez de cambiar de lugar a lugar, sin ser capaz de encontrar oídos que se abran a mí; en vez de vivir de la confianza de mi propio relato, me había hipotecado para con el papel. Yo, soñador pusilánime, vivo a resguardo de me­sas y puertas; y ellos entre la algarabía del mercado, entre cientos de rostros extraños, cambiando diariamen­te, desprovistos de todo conocimiento frío y superfluo, sin libros, ambiciones ni prestigio vacío. Entre las personas de nuestro ambiente que viven la literatura, raras veces me había sentido a gusto. Los miro con desdén porque desdeño algo en mí mismo y creo que ese algo es el papel. Aquí me encontraba de pronto entre poetas que podía mirar a la cara porque no había una sola pa­labra suya que leer.

Sin embargo, en la proximidad más inmediata, tuve que reconocer hasta qué punto había ofendido el papel. A pocos pasos de los cuenteros tenían su sitio los escribanos. Había silencio alrededor suyo, la parte más silenciosa del Xemaá El Fná. Los escribanos no ensalzaban su capaci­dad; estaban allí sentados tranquilamente, hombres pe­queños, enjutos, su escribanía delante; y jamás daban a uno la sensación de que esperasen clientes. Cuando mira­ban, te observaban sin especial curiosidad y al momento desviaban de nuevo la mirada. Sus bancos estaban dis­puestos a cierta distancia unos de otros, de tal modo que era imposible que se oyesen entre sí. Los más avezados o quizás también los más antiguos se acurrucaban en el suelo. Allí recapacitaban o escribían en un mundo discre­to, ajeno al desenfrenado bullicio de la plaza circundante. Era como si se les consultase sobre reclamaciones secretas, y puesto que todo sucedía públicamente se habían acos­tumbrado todos ya a pasar desapercibidos. Incluso ellos mismos apenas estaban presentes; sólo contaba una cosa: la callada presencia del papel.

Hasta ellos llegaban jóvenes o parejas. Una vez vi a dos mujeres jóvenes con velo sentadas en el banco ante el escribano y moviendo los labios imperceptiblemente. Otra vez reparé en toda una familia sumamente orgullosa y distinguida. Estaba constituida por cuatro personas que habían tomado asiento en dos pequeños bancos en el ángulo izquierdo del escribano. El padre era un viejo fuerte, un beréber majestuosamente bien formado, en cuyo rostro podían leerse todos los signos de la expe­riencia y de la sabiduría. Intenté imaginar una parcela de la vida que él no hubiese desarrollado, y no pude encontrar ninguna. Ahí estaba él, en su singular desam­paro, y junto a él su mujer, de porte igualmente suges­tivo, pues de su velado rostro sólo quedaban libres los enormes, profundos ojos oscuros, y en el banco de al lado dos hijas jóvenes, por supuesto con velo. Todos se sentaban derechos y muy dignos.

El escribano, que era mucho más pequeño, hizo valer su respetabilidad. Sus rasgos delataban una sutil delicade­za y ésta era tan perceptible como el bienestar y la belleza de la familia. Yo los miraba a corta distancia, sin escuchar un sólo sonido, sin apreciar un sólo movimiento. El escri­bano aún no había comenzado con su práctica particular. Había dejado que se le informase cumplidamente de lo que se trataba y meditaba ahora cómo poder expresar me­jor todo esto a través de la palabra escrita. El grupo actuaba tan compenetradamente como si todos los intere­sados se hubiesen conocido ya desde siempre y se sentasen desde tiempo inmemorial en el mismo lugar.

No me pregunté por qué vendrían juntos, tan unidos iban, y sólo mucho más tarde, cuando ya no me en­contraba en este lugar, comencé a pensar en ello. ¿Qué podía ser realmente lo que requería la presencia de toda una familia ante el escribano?

Elias Canetti, Las voces de Marrakesh, Pre-textos, 2002,p.91-94