Julio Cortázar

Instrucciones para subir una escalera

Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de una manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se sitúa un tanto más arriba y más adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquier otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.

Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se la hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cúidese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie).

Llegado en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.

César Vallejo

Los heraldos negros

Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!

Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,

la resaca de todo lo sufrido

se empozara en el alma… Yo no sé!

Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras

en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.

Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;

o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma,

de alguna fe adorable que el Destino blasfema.

Esos golpes sangrientos son las crepitaciones

de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre… Pobre… pobre! Vuelve los ojos, como

cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;

vuelve los ojos locos, y todo lo vivido

se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!

Franz Kafka

El silencio de las sirenas

Existen métodos insuficientes, casi pueriles, que también pueden servir para la salvación. He aquí la prueba: Para protegerse del canto de las sirenas, Ulises tapó sus oídos con cera y se hizo encadenar al mástil de la nave. Aunque todo el mundo sabía que este recurso era ineficaz, muchos navegantes podían haber hecho lo mismo, excepto aquellos que eran atraídos por las sirenas ya desde lejos. El canto de las sirenas lo traspasaba todo, la pasión de los seducidos habría hecho saltar prisiones más fuertes que mástiles y cadenas. Ulises no pensó en eso, si bien quizá alguna vez, algo había llegado a sus oídos. Se confió por completo en aquel puñado de cera y en el manojo de cadenas. Contento con sus pequeñas estratagemas, navegó en pos de las sirenas con alegría inocente. Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio. No sucedió en realidad, pero es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su silencio. Ningún sentimiento terreno puede equipararse a la vanidad de haberlas vencido mediante las propias fuerzas. En efecto, las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio, tal vez porque el espectáculo de felicidad en el rostro de Ulises, quien sólo pensaba en ceras y cadenas, les hizo olvidar toda canción. Ulises (para expresarlo de alguna manera) no oyó el silencio. Estaba convencido de que ellas cantaban y que sólo él estaba a salvo. Fugazmente, vio primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos. Creía que todo era parte de la melodía que fluía sorda en torno de él. El espectáculo comenzó a desvanecerse pronto; las sirenas se esfumaron de su horizonte personal, y precisamente cuando se hallaba más próximo, ya no supo más acerca de ellas. Y ellas, más hermosas que nunca, se estiraban, se contoneaban. Desplegaban sus húmedas cabelleras al viento, abrían sus garras acariciando la roca. Ya no pretendían seducir, tan sólo querían atrapar por un momento más el fulgor de los grandes ojos de Ulises. Si las sirenas hubieran tenido conciencia, habrían desaparecido aquel día. Pero ellas permanecieron y Ulises escapó. La tradición añade un comentario a la historia. Se dice que Ulises era tan astuto, tan ladino, que incluso los dioses del destino eran incapaces de penetrar en su fuero interno. Por más que esto sea inconcebible para la mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan sólo representó tamaña farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera a modo de escudo.

Heinrich von Kleist

Consideraciones sobre el curso del mundo

Gente hay que se representa las épocas del progreso educativo de una nación en un orden harto peregrino. Se figuran que un pueblo yace primero abatido en bestial barbarie y salvajismo; que, después de algún tiempo, se siente la necesidad de un mejoramiento de las costumbres, y para ello tiene que ser formulada la ciencia de la virtud; que, para que los profesores de la misma hallen acceso a ella, se piensa en hacerla encarnar en bellos ejemplos, y por ello se inventa la estética; que a partir de entonces se elaboran hermosas representaciones de acuerdo con los preceptos de la misma, y con ello origínase el arte; y que por último el pueblo, por medio del arte, es elevado al más alto nivel de cultura humana. Entérese esa gente de que todo -al menos entre los griegos y los romanos- sucedió en orden inverso. Estos pueblos se estrenaron con la época heroica, que sin lugar a dudas es la más alta que puede alcanzarse; cuando ya no tenían héroes en ninguna virtud cívica ni humana, los inventaron como figuras artísticas; cuando ya no eran capaces de crear arte, inventaron las reglas para ello; y cuando hubieron cumplido lo anterior, se corrompieron por completo.

R. P. Feijoo

Mirarse. Mirarse de lejos. Otearse como un tejado sobre el que se posa una paloma y defeca. Igualito. “¿Eso hay que hacer?”   Si, eso y reírse muy alto, cada vez más, hasta que te mire con extrañeza todo desconocido en un área de diez metros, mínimo. Sabrás que has conseguido tu objetivo cuando tus amigos también acompañen su mirada con un movimiento negativo de cabeza, como dándote por perdida. “¿Y después?” Después… el silencio y el círculo. Hasta que un osado te pida un cigarro y te lance de nuevo al mundo, sin previo aviso. Entonces buscarás en el bolso algo más que el tabaco; apartarás los libros, sacarás los clinex, te caerá el monedero pero ni rastro habrá de sonrisa y formas cotidianas. Armada de valor te girarás hacia él, con la mirada extraviada en una mueca incierta, y le preguntarás si te ha reconocido o se ha dado cuenta.  Es posible que los que te rodeen dejen la conversación con consumición a un lado, para llenarlo todo con disculpas, antes, de que el pobre, tomado por sorpresa, sea capaz de responder algo. Tú insiste. Incluso puedes hacer el ademán de abalanzarte sobre él, que ya está a punto de marcharse, para exigirle franqueza. Si nadie te retiene, agárralo por las solapas y acerca tu cara a la suya para que vea bien cómo lo traspasas, para que sepa que nada de aquello le concierne, que se dirige a un horror profundo, instalado en los mismos cimientos. Según su grado de autorreflexión intentará escapar despavorido o tranquilizarte permitiendo al resto del bar comentar la escena con calma. En tu caso conviene que reaccione con pánico, probabilidad elevada dado el estado de las cosas y las mentes, tratando de apartarte lo más rápido posible. Si en el esperpento te caes al suelo habrás alcanzado el paroxismo de lo trágico. Aparecerá el camarero o el dueño o ambos, con la intención, ya te aviso, de levantarte y sacarte del local. A sus esfuerzos se sumarán los de tus allegados que, a estas alturas, no sabrán si les puede la vergüenza o la desazón.  Ante todo resístete, patalea, chilla, finge desmayos, araña el parqué, pide un cura, insúltalos a todos y justo, cuando estén a punto de cerrar la puerta tras de ti, vuélvete, con voz profunda, como si no fuera la tuya, para sentenciar a muerte a los que se agolpan por ver mejor. Di algo terrible, que tarden en olvidar y que les deprima el resto del día. Luego llegará la ambulancia, la pastilla bajo la lengua y el querido cirrótico, que no entiende que el sentido de tu vida es cuidar monos en una reserva tropical.

Juan Filloy

de Op Oloop 

Parece mentira, pero es cierto. La vida solitaria de los especímenes más evolucionados gira siempre sobre goznes de rutina. Al pobre Kant, los imperativos no le dejaban alejarse más allá de las cervecerías de su pueblo; al pobre Pasteur, los microbios lo forzaron a una soledad pura de leche pasteurizada; al pobre Edison, los inventos lo retuvieron circuido en el insomnio y la sordera. A medida que se expande el espíritu, la carne se sujeta a clisés ineludibles. Los hábitos de yacer, folgar y yantar se tornan matemáticos. Y las horas del día, irrevocablemente asignadas a goces, funciones y eventos conocidos, se ahondan en el deber; pues, cuando la audacia mental más se aventura por las zonas inéditas de la abstracción, la materia más se empecina y circunscribe en el sótano de la costumbre.

Oliverio Girondo

De Espantapájaros, 1932

A unos les gusta el alpinismo. A otros les entretiene el dominó. A mí me encanta la transmigración.

Mientras aquéllos se pasan la vida colgados de una soga o pegando puñetazos sobre una mesa, yo me lo paso transmigrando de un cuerpo a otro, yo no me canso nunca de transmigrar.

Desde el amanecer, me instalo en algún eucalipto a respirar la brisa de la mañana. Duermo una siesta mineral, dentro de la primera piedra que hallo en mi camino, y antes de anochecer ya estoy pensando la noche y las chimeneas con un espíritu de gato.

¡Qué delicia la de metamorfosearse en abejorro, la de sorber el polen de las rosas! ¡Qué voluptuosidad la de ser tierra, la de sentirse penetrado de tubérculos, de raíces, de una vida latente que nos fecunda… y nos hace cosquillas!

Para apreciar el jamón ¿no es indispensable ser chancho? Quien no logre transformarse en caballo ¿podrá saborear el gusto de los valles y darse cuenta de lo que significa “tirar el carro”?…

Poseer una virgen es muy distinto a experimentar las sensaciones de la virgen mientras la estamos poseyendo, y una cosa es mirar el mar desde la playa, otra contemplarlo con unos ojos de cangrejo.

Por eso a mí me gusta meterme en las vidas ajenas, vivir todas sus secreciones, todas sus esperanzas, sus buenos y sus malos humores.

Por eso a mí me gusta rumiar la pampa y el crepúsculo personificado en una vaca, sentir la gravitación y los ramajes con un cerebro de nuez o de castaña, arrodillarme en pleno campo, para cantarle con una voz de sapo a las estrellas.

¡Ah, el encanto de haber sido camello, zanahoria, manzana, y la satisfacción de comprender, a fondo, la pereza de los remansos…. y de los camaleones!…

¡Pensar que durante toda su existencia, la mayoría de los hombres no han sido ni siquiera mujer!… ¿Cómo es posible que no se aburran de sus apetitos, de sus espasmos y que no necesiten experimentar, de vez en cuando, los de las cucarachas… los de las madreselvas?

Aunque me he puesto, muchas veces, un cerebro de imbécil, jamás he comprendido que se pueda vivir, eternamente, con un mismo esqueleto y un mismo sexo.

Cuando la vida es demasiado humana —¡únicamente humana!— el mecanismo de pensar ¿no resulta una enfermedad más larga y más aburrida que cualquier otra?

Yo, al menos, tengo la certidumbre que no hubiera podido soportarla sin esa aptitud de evasión, que me permite trasladarme adonde yo no estoy: ser hormiga, jirafa, poner un huevo, y lo que es más importante aún, encontrarme conmigo mismo en el momento en que me había olvidado, casi completamente, de mi propia existencia.

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El 31 de febrero, a las nueve y cuarto de la noche, todos los habitantes de la ciudad se convencieron que la muerte es ineludible.

Enfocada por la atención de cada uno, esta evidencia, que por lo general lleva una vida de araña en los repliegues de nuestras circunvoluciones, tendió su tela en todas las conciencias, se derramó en los cerebros hasta impregnarlos como a una esponja.

Desde ese instante, las similitudes más remotas sugerían, con tal violencia, la idea de la muerte, que bastaba hallarse ante una lata de sardinas —por ejemplo— para recordar el forro de los féretros, o fijarse en las piedras de una vereda, para descubrir su parentesco con las lápidas de los sepulcros. En medio de una enorme consternación, se comprobó que el revoque de las fachadas poseía un color y una composición idéntica a la de los huesos, y que así como resultaba imposible sumergirse en una bañadera, sin ensayar la actitud que se adoptaría en el cajón, nadie dejaba de sepultarse entre las sábanas, sin estudiar el modelado que adquirirían los repliegues de su mortaja.

El corazón, sobre todo, con su ritmo isócrono y entrañable, evocaba las ideas más funerarias, como si el órgano que simboliza y alimenta la vida sólo tuviera fuerzas para irrigar sugestiones de muerte. Al sentir su tic-tac sobre la almohada, quien no llorara la vida que se le iba yendo a cada instante, escuchaba su marcha como si fuese el eco de sus pasos que se encaminaran a la tumba, o lo que es peor aun, como si oyese el latido de un aldabón que llamara a la muerte desde el fondo de sus propias entrañas.

La urgencia de liberarse de esta obsesión por lo mortuorio, hizo que cada cual se refugiara —según su idiosincrasia— ya sea en el misticismo o en la lujuria. Las iglesias, los burdeles, las posadas, las sacristías se llenaron de gente. Se rezaba y se fornicaba en los tranvías, en los paseos públicos, en medio de la calle… Borracha de plegarias o de aguardiente, la multitud abusó de la vida, quiso exprimirla como si fuese un limón, pero una ráfaga de cansancio apagó, para siempre, esa llama rada de piedad y de vicio.

Los excesos del libertinaje y de la devoción habían durado lo suficiente, sin embargo, como para que se demacraran los cuerpos, como para que los esqueletos adquiriesen una importancia cada día mayor. Sin necesidad de aproximar las manos a los focos eléctricos, cualquiera podía instruirse en los detalles más íntimos de su configuración, pues no sólo se usufructuaba de una mirada radiográfica, sino que la misma carne se iba haciendo cada vez más traslúcida, como si los huesos, cansados de yacer en la oscuridad, exigieran salir a tomar sol. Las mujeres más elegantes —por lo demás— implantaron la moda de arrastrar enormes colas de crespón y no contentas con pasearse en coches fúnebres de primera, se ataviaban como un difunto, para recibir sus visitas sobre su propio túmulo, rodeadas de centenares de cirios y coronas de siemprevivas.

Inútilmente se organizaron romerías, kermeses, fiestas populares. Al aspirar el ambiente de la ciudad, los músicos, contratados en las localidades vecinas, tocaban los “charlestons” como si fuesen marchas fúnebres, y las parejas no podían bailar sin que sus movimientos adquiriesen una rigidez siniestra de danza macabra. Hasta los oradores especialistas en exaltar la voluptuosidad de vivir resultaron de una perfecta ineficacia, pues no solo los tópicos más experimentados adquirían, entre sus labios, una frigidez cadavérica, sino que el auditorio sólo abandonaba su indiferencia para gritarles: “¡Muera ese resucitado verborrágico! ¡A la tumba ese bachiller de cadáver!”

Esta propensión hacia lo funerario, hacia lo esqueletoso, ¿podía dejar de provocar, tarde o temprano, una verdadera epidemia de suicidios?

En tal sentido, por lo menos, la población demostró una inventiva y una vitalidad admirables. Hubo suicidios de todas las especies, para todos los gustos; suicidios colectivos, en serie, al por mayor. Se fundaron sociedades anónimas de suicidas y sociedades de suicidas anónimos. Se abrieron escuelas preparatorias al suicidio, facultades que otorgaban título “de perfecto suicida”. Se dieron fiestas, banquetes, bailes de máscaras para morir. La emulación hizo que todo el mundo se ingeniase en hallar un suicidio inédito, original. Una familia perfecta —una familia mejor organizada que un baúl “Innovación”— ordenó que la enterrasen viva, en un cajón donde cabían, con toda comodidad, las cuatro generaciones que la adornaban. Ochocientos suicidas, disfrazados de Lázaro, se zambulleron en el asfalto, desde el veinteavo piso de uno de los edificios más céntricos de la ciudad. Un “dandy”, después de transformar en ataúd la carrocería de su automóvil, entró en el cementerio, a ciento setenta kilómetros por hora, y al llegar ante la tumba de su querida se descerrajó cuatro tiros en la cabeza.

El desaliento público era demasiado intenso, sin embargo, como para que pudiera persistir ese ímpetu de aniquilamiento y exterminio. Bien pronto nadie fue capaz de beber un vasito de estricnina, nadie pudo escarbarse las pupilas con una hoja de “gillette”. Una dejadez incalificable entorpecía las precauciones que reclaman ciertos procesos del organismo. El descuido amontonaba basuras en todas partes, transformaba cada rincón en un paraíso de cucarachas. Sin preocuparse de la dignidad que requiere cualquier cadáver, la gente se dejaba morir en las posturas más denigrantes. Ejércitos de ratas invadían las casas con aliento de tumba. El silencio y la peste se paseaban del brazo, por las calles desiertas, y ante la inercia de sus dueños —ya putrefactos— los papagayos sucumbían con el estómago vacío, con la boca llena de maldiciones y de malas palabras.

Una mañana, los millares y millares de cuervos que revoloteaban sobre la ciudad —oscureciéndola en pleno día— se desbandaron ante la presencia de una escuadrilla de aeroplanos.

Se trataba de una misión con fines sanitarios, cuyo rigor científico implacable se evidenció desde el primer momento.

Sin aproximarse demasiado, para evitar cualquier peligro de contagio, los aviones fumigaron las azoteas con toda clase de desinfectantes, arrojaron bombas llenas de vitaminas, confetis afrodisíacos, globitos hinchados de optimismo, hasta que un examen prolijo demostró la inutilidad de toda profilaxis, pues al batir el record mundial de defunciones, la población se había reducido a seis o siete moribundos recalcitrantes.

Fue entonces —y sólo después de haber alcanzado esta evidencia— cuando se ordenó la destrucción de la ciudad y cuando un aguacero de granadas, al abrasarla en una sola llama, la redujo a escombros y a cenizas, para lograr que no cundiera el miasma de la certidumbre de la muerte.

Alejandra Pizarnik

Fragmentos para dominar el silencio 

I

Las fuerzas del lenguaje son las damas solitarias, desoladas, que cantan a través de mi voz que escucho a lo lejos. Y lejos, en la negra arena, yace una niña densa de música ancestral. ¿Dónde la verdadera muerte? He querido iluminarme a la luz de mi falta de luz. Los ramos se mueren en la memoria. La yacente anida en mí con su máscara de loba. La que no pudo más e imploró llamas y ardimos.

II

Cuando a la casa del lenguaje se le vuela el tejado y las palabras no guarecen, yo hablo.
Las damas de rojo se extraviaron dentro de sus máscaras aunque regresarán para sollozar entre flores.

No es muda la muerte. Escucho el canto de los enlutados sellar las hendiduras del silencio. Escucho tu dulcísimo llanto florecer mi silencio gris.

III

La muerte ha restituido al silencio su prestigio hechizante. Y yo no diré mi poema y yo he de decirlo. Aún si el poema (aquí, ahora) no tiene sentido, no tiene destino.

Antonin Artaud

             

                                  Descripción de un estado físico, de El ombligo de los limbos

” Una sensación de quemadura ácida en los miembros, músculos retorcidos e incendiados, el sentimiento de ser un vidrio frágil, un miedo, una retracción ante el movimiento y el ruido. Un inconsciente desarreglo al andar, en los gestos, en los movimientos. Una voluntad tendida en perpetuidad para los más simples gestos, la renuncia al gesto simple, una fatiga sorprendente y central, una suerte de fatiga aspirante. Los movimientos a rehacer, una suerte de fatiga mortal, de fatiga espiritual en la más simple tensión muscular, el gesto de tomar, de prenderse inconscientemente a cualquier cosa, sostenida por una voluntad aplicada. Una fatiga de principio del mundo, la sensación de estar cargando el cuerpo, un sentimiento de increíble fragilidad, que se transforma en rompiente dolor, un estado de entorpecimiento doloroso, de entorpecimiento localizado en la piel, que no prohíbe ningún movimiento, pero que cambia el sentimiento interno de un miembro, y a la simple posición vertical le otorga el premio de un esfuerzo victorioso. Localizado probablemente en la piel, pero sentido como la supresión radical de un miembro y presentando al cerebro sólo imágenes de miembros filiformes y algodonosos, lejanas imágenes de miembros nunca en su sitio. La suerte de ruptura interna de la correspondencia de todos los nervios. Un vértigo en movimiento, una especie de caída oblicua acompañando cualquier esfuerzo, una coagulación de calor que encierra toda la extensión del cráneo, o se rompe a pedazos, placas de calor nunca quietas. Una exacerbación dolorosa del cráneo, una cortante presión de los nervios, la nuca empeñada en sufrir, las sienes que se cristalizan o se petrifican, una cabeza hollada por caballos. Ahora tendría que hablar de la descorporización de la realidad, de esa especie de ruptura aplicada, que parece multiplicarse ella misma entre las cosas y el sentimiento que producen en nuestro espíritu, el sitio que se toman. Esta clasificación instántanea de las cosas en las células del espíritu, existe no tanto como un orden lógico, sino como un orden sentimental, afectivo. Que ya no se hace: las cosas no tienen ya olor, no tienen sexo. Pero su orden lógico a veces se rompe por su falta de aliento afectivo. Las palabras se pudren en el llamado inconsciente del cerebro, todas las palabras por no importa qué operación mental, y sobre todo aquellas que tocan los resortes más habituales, los más activos del espíritu. “


Guillermo Sucre

ESCRIBO CON PALABRAS QUE TIENEN SOMBRA PERO NO DAN SOMBRA…

Escribo con palabras que tienen sombra pero no dan sombra
apenas empiezo esta página la va quemando el insomnio
no las palabras sino lo que consuman es lo que va ocupando la realidad
el lugar sin lugar
la agonía el juego la ilusión de estar en el mundo

la ilusión no es lo que hace la realidad sino la ráfaga encendida
simulacros donde ocurren las ceremonias
intercambios del fulgor del vacío del deseo

ya no hay sitio para la escritura porque ella es el sitio mismo
de lo que se borra
no descubrimos el mundo lo describimos en su terca elusión

ya no volveré al mar pero el mar vive en esa ausencia
que es el mar cuando la palabra lo dice
y se derrama sobre la página como una mano
ya no estaré en el bosque sino en la hoja que escribo
y entreveo su ramaje pasa el viento
ya no habrá más verano sino sol que devora a la memoria
y viene la gran noche de la arena que cubre los ojos
y sólo podemos leer lo que no estaba escrito

La vastedad, 1988.

Las babas del diablo

 

Julio Cortázar


Nunca se sabrá cómo hay que contar esto, si en primera persona o en segunda,
usando la tercera del plural o inventando continuamente formas que no
servirán de nada. Si se pudiera decir: yo vieron subir la luna, o: nos me
duele el fondo de los ojos, y sobre todo así: tú la mujer rubia eran las
nubes que siguen corriendo delante de mis tus sus nuestros vuestros sus
rostros. Qué diablos.

Puestos a contar, si se pudiera ir a beber un bock por ahí y que la máquina
siguiera sola (porque escribo a máquina), sería la perfección. Y no es un
modo de decir. La perfección, sí, porque aquí el agujero que hay que contar
es también una máquina (de otra especie, una Contax 1. 1.2) y a lo mejor
puede ser que una máquina sepa más de otra máquina que yo, tú, ella-la mujer
rubia-y las nubes. Pero de tonto sólo tengo la suerte, y sé que si me voy,
esta Remington se quedará petrificada sobre la mesa con ese aire de
doblemente quietas que tienen las cosas movibles cuando no se mueven.
Entonces tengo que escribir. Uno de todos nosotros tiene que escribir, si es
que todo esto va a ser contado. Mejor que sea yo que estoy muerto, que estoy
menos comprometido que el resto; yo que no veo más que las nubes y puedo
pensar sin distraerme, escribir sin distraerme (ahí pasa otra, con un borde
gris) y acordarme sin distraerme, yo que estoy muerto (y vivo, no se trata
de engañar a nadie, ya se verá cuando llegue el momento, porque de alguna
manera tengo que arrancar y he empezado por esta punta, la de atrás, la del
comienzo, que al fin y al cabo es la mejor de las puntas cuando se quiere
contar algo).

De repente me pregunto por qué tengo que contar esto, pero si uno empezara a
preguntarse por qué hace todo lo que hace, si uno se preguntara solamente
por qué acepta una invitación a cenar (ahora pasa una paloma, y me parece
que un gorrión) o por qué cuando alguien nos ha contado un buen cuento, en
seguida empieza como una cosquilla en el estómago y no se está tranquilo
hasta entrar en la oficina de al lado y contar a su vez el cuento; recién
entonces uno está bien, está contento y puede volverse a su trabajo. Que yo
sepa nadie ha explicado esto, de manera que lo mejor es dejarse de pudores y
contar, porque al fin y al cabo nadie se averguenza de respirar o de ponerse
los zapatos; son cosas, que se hacen, y cuando pasa algo raro, cuando dentro
del zapato encontramos una araña o al respirar se siente como un vidrio
roto, entonces hay que contar lo que pasa, contarlo a los muchachos de la
oficina o al médico. Ay, doctor, cada vez que respiro… Siempre contarlo,
siempre quitarse esa cosquilla molesta del estómago.

Y ya que vamos a contarlo pongamos un poco de orden, bajemos por la escalera
de esta casa hasta el domingo 7 de noviembre, justo un mes atrás. Uno baja
cinco pisos y ya está en el domingo, con un sol insospechado para noviembre
en París, con muchísimas ganas de andar por ahí, de ver cosas, de sacar
fotos (porque éramos fotógrafos, soy fotógrafo). Ya sé que lo más difícil va
a ser encontrar la manera de contarlo, y no tengo miedo de repetirme. Va a
ser difícil porque nadie sabe bien quién es el que verdaderamente está
contando, si soy yo o eso que ha ocurrido, o lo que estoy viendo (nubes, y a
veces una paloma) o si sencillamente cuento una verdad que es solamente mi
verdad, y entonces no es la verdad salvo para mi estómago, para estas ganas
de salir corriendo y acabar de alguna manera con esto, sea lo que fuere.

Vamos a contarlo despacio, ya se irá viendo qué ocurre a medida que lo
escribo. Si me sustituyen, si ya no sé qué decir, si se acaban las nubes y
empieza alguna otra cosa (porque no puede ser que esto sea estar viendo
continuamente nubes que pasan, y a veces una paloma), si algo de todo eso…
Y después del «si», ¿qué voy a poner, cómo voy a clausurar correctamente la
oración? Pero si empiezo a hacer preguntas no contaré nada; mejor contar,
quizá contar sea como una respuesta, por lo menos para alguno que lo lea.

Roberto Michel, franco-chileno, traductor y fotógrafo aficionado a
sus horas, salió del número 11 de la rue Monsieur LePrince el domingo
7 de noviembre del año en curso (ahora pasan dos más pequeñas, con los
bordes plateados). Llevaba tres semanas trabajando en la versión al francés
del tratado sobre recusaciones y recursos de José Norberto Allende, profesor
en la Universidad de Santiago. Es raro que haya viento en París, y mucho
menos un viento que en las esquinas se arremolinaba y subía castigando las
viejas persianas de madera tras de las cuales sorprendidas señoras
comentaban de diversas maneras la inestabilidad del tiempo en estos últimos
años. Pero el sol estaba también ahí, cabalgando el viento y amigo de los
gatos, por lo cual nada me impediría dar una vuelta por los muelles del Sena
y sacar unas fotos de la Conserjería y la Sainte-Chapelle. Eran
apenas las diez, y calculé que hacia las once tendría buena luz, la mejor
posible en otoño; para perder tiempo derivé hasta la isla Saint&endash;Louis
y me puse a andar por el Quai d’Anjou, miré un rato el hotel de Lauzun, me
recité unos fragmentos de Apollinaire que siempre me vienen a la cabeza
cuando paso delante del hotel de Lauzun (y eso que debería acordarme de otro
poeta, pero Michel es un porfiado), y cuando de golpe cesó el viento y el
sol se puso por lo menos dos veces más grande (quiero decir más tibio, pero
en realidad es lo mismo), me senté en el parapeto y me sentí terriblemente
feliz en la mañana del domingo.

Entre las muchas maneras de combatir la nada, una de las mejores es sacar
fotografías, actividad que debería enseñarse tempranamente a los niños, pues
exige disciplina, educación estética, buen ojo y dedos seguros. No se trata
de estar acechando la mentira como cualquier reporter, y atrapar la estúpida
silueta del personajón que sale del número 10 de Downing Street, pero de
todas maneras cuando se anda con la cámara hay como el deber de estar
atento, de no perder ese brusco y delicioso rebote de un rayo de sol en una
vieja piedra, o la carrera trenzas al aire de una chiquilla que vuelve con
un pan o una botella de leche. Michel sabía que el fotógrafo opera siempre
como una permutación de su manera personal de ver el mundo por otra que la
cámara le impone insidiosa (ahora pasa una gran nube casi negra), pero no
desconfiaba, sabedor de que le bastaba salir sin la Contax para recuperar el
tono distraído, la visión sin encuadre, la luz sin diafragma ni 1/25O. Ahora
mismo (qué palabra, ahora, qué estúpida mentira) podía quedarme sentado en
el pretil sobre el río, mirando pasar las pinazas negras y rojas, sin que se
me ocurriera pensar fotográficamente las escenas, nada más que dejándome ir
en el dejarse ir de las cosas, corriendo inmóvil con el tiempo. Y ya no
soplaba viento.

Después seguí por el Quai de Bourbon hasta llegar a la punta de la isla,
donde la íntima placita (íntima por pequeña y no por recatada, pues da todo
el pecho al río y al cielo) me gusta y me regusta. No había más que una
pareja y, claro, palomas; quizá alguna de las que ahora pasan por lo que
estoy viendo. De un salto me instalé en el parapeto y me dejé envolver y
atar por el sol, dándole la cara, las orejas, las dos manos (guardé los
guantes en el bolsillo). No tenía ganas de sacar fotos, y encendí un
cigarrillo por hacer algo; creo que en el momento en que acercaba el fósforo
al tabaco vi por primera vez al muchachito.

Lo que había tomado por una pareja se parecía mucho más a un chico con su
madre, aunque al mismo tiempo me daba cuenta de que no era un chico con su
madre, de que era una pareja en el sentido que damos siempre a las parejas
cuando las vemos apoyadas en los parapetos o abrazadas en los bancos de las
plazas. Como no tenía nada que hacer me sobraba tiempo para preguntarme por
qué el muchachito estaba tan nervioso, tan como un potrillo o una liebre,
metiendo las manos en los bolsillos, sacando en seguida una y después la
otra, pasándose los dedos por el pelo, cambiando de postura, y sobre todo
por qué tenía miedo, pues eso se lo adivinaba en cada gesto, un miedo
sofocado por la vergüenza, un impulso de echarse atrás que se advertía como
si su cuerpo es tuviera al borde de la huida, con teniéndose en un último y
lastimoso decoro.

Tan claro era todo eso, ahí a cinco metros-y estábamos solos contra el
parapeto, en la punta de la isla-, que al principio el miedo del chico no me
dejó ver bien a la mujer rubia. Ahora, pensándolo, la veo mucho mejor en ese
primer momento en que le leí la cara (de golpe había girado como una veleta
de cobre, y los ojos, los ojos estaban ahí), cuando comprendí vagamente lo
que podía estar ocurriéndole al chico y me dije que valía la pena quedarse y
mirar (el viento se llevaba las palabras, los apenas murmullos). Creo que sé
mirar, si es que algo sé, y que todo mirar rezuma falsedad, porque es lo que
nos arroja más afuera de nosotros mismos, sin la menor garantía, en tanto
que oler, o (pero Michel se bifurca fácilmente , no hay que dejarlo que
declame a gusto). De todas maneras, si de antemano se prevé la probable
falsedad, mirar se vuelve posible; basta quizá elegir bien entre el mirar y
lo mirado, desnudar a las cosas de tanta ropa ajena. Y. claro, todo esto es
más bien difícil.

Del chico recuerdo la imagen antes que el verdadero cuerpo (esto se
entenderá después), mientras que ahora estoy seguro que de la mujer recuerdo
mucho mejor su cuerpo que su imagen. Era delgada y esbelta, dos palabras
injustas para decir lo que era, y vestía un abrigo de piel casi negro, casi
largo, casi hermoso. Todo el viento de esa mañana (ahora soplaba apenas, y
no hacía frío) le había pasado por el pelo rubio que recortaba su cara
blanca y sombría-dos palabras injustas-y dejaba al mundo de pie y
horriblemente solo delante de sus ojos negros, sus ojos que caían sobre las
cosas como dos águilas, dos saltos al vacío, dos ráfagas de fango verde. No
describo nada, trato más bien de entender. Y he dicho dos ráfagas de fango
verde.

Seamos justos, el chico estaba bastante bien vestido y llevaba unos guantes
amarillos que yo hubiera jurado que eran de su hermano mayor, estudiante de
derecho o ciencias sociales; era gracioso ver los dedos de los guantes
saliendo del bolsillo de la chaqueta. Largo rato no le vi la cara, apenas un
perfil nada tonto- pájaro azorado, ángel de Fra Filippo, arroz con leche-y
una espalda de adolescente que quiere hacer judo y que se ha peleado un par
de veces por una idea o una hermana. Al filo de los catorce, quizá de los
quince, se le adivinaba vestido y alimentado por sus padres, pero sin un
centavo en el bolsillo, teniendo que deliberar con los camaradas antes de
decidirse por un café, un coñac, un atado de cigarrillos. Andaría por las
calles pensando en las condiscípulas, en lo bueno que sería ir al cine y ver
la última película, o comprar novelas o corbatas o botellas de licor con
etiquetas verdes y blancas. En su casa (su casa sería respetable, sería
almuerzo a las doce y paisajes románticos en las paredes, con un oscuro
recibimiento y un paragüero de caoba al lado de la puerta) llovería despacio
el tiempo de estudiar, de ser la esperanza de mamá, de parecerse a papá, de
escribir a la tía de Avignon. Por eso tanta calle, todo el río para él (pero
sin un centavo) y la ciudad misteriosa de los quince años, con sus signos en
las puertas, sus gatos estremecedores, el cartucho de papas fritas a treinta
francos, la revista pornográfica doblada en cuatro, la soledad como un vacío
en los bolsillos, los encuentros felices, el fervor por tanta cosa
incomprendida pero iluminada por un amor total, por la disponibilidad
parecida al viento y a las calles.

Esta biografía era la del chico y la de cualquier chico, pero a éste lo veía
ahora aislado, vuelto único por la presencia de la mujer rubia que seguía
hablándole. (Me cansa insistir, pero acaban de pasar dos largas nubes
desflecadas. Pienso que aquella mañana no miré ni una sola vez el cielo,
porque tan pronto presentí lo que pasaba con el chico y la mujer no pude más
que mirarlos y esperar, mirarlos y…). Resumiendo, el chico estaba inquieto
y se podía adivinar sin mucho trabajo lo que acababa de ocurrir pocos
minutos antes, a lo sumo media hora. El chico había llegado hasta la punta
de la isla, vio a la mujer y la encontró admirable. La mujer esperaba eso
porque estaba ahí para esperar eso, o quizá el chico llegó antes y ella lo
vio desde un balcón o desde un auto, y salió a su encuentro, provocando el
diálogo con cualquier cosa, segura desde el comienzo de que él iba a tenerle
miedo y a querer escaparse, y que naturalmente se quedaría, engallado y
hosco, fingiendo la veteranía y el placer de la aventura. El resto era fácil
porque estaba ocurriendo a cinco metros de mí y cualquiera hubiese podido
medir las etapas del juego, la esgrima irrisoria; su mayor encanto no era su
presente, sino la previsión del desenlace. El muchacho acabaría por
pretextar una cita, una obligación cualquiera, y se alejaría tropezando y
confundido, queriendo caminar con desenvoltura, desnudo bajo la mirada
burlona que lo seguiría hasta el final. o bien se quedaría, fascinado o
simplemente incapaz de tomar la iniciativa, y la mujer empezaría a
acariciarle la cara, a despeinarlo, hablándole ya sin voz, y de pronto lo
tomaría del brazo para llevárselo, a menos que él, con una desazón que quizá
empezara a teñir el deseo, el riesgo de la aventura, se animase a pasarle el
brazo por la cintura y a besarla. Todo esto podía ocurrir, pero aún no
ocurría, y perversamente Michel esperaba, sentado en el pretil, aprontando
casi sin darse cuenta la cámara para sacar una foto pintoresca en un rincón
de la isla con una pareja nada común hablando y mirándose.

Curioso que la escena (la nada, casi: dos que están ahí, desigualmente
jóvenes) tuviera como un aura inquietante. Pensé que eso lo ponía yo, y que
mi foto, si la sacaba, restituiría las cosas a su tonta verdad. Me hubiera
gustado saber qué pensaba el hombre del sombrero gris sentado al volante del
auto detenido en el muelle que lleva a la pasarela, y que leía el diario o
dormía. Acababa de descubrirlo porque la gente dentro de un auto detenido
casi desaparece , se pierde en esa mísera jaula privada de la belleza que le
dan el movimiento y el peligro. Y sin embargo el auto había estado ahí todo
el tiempo, formando parte (o deformando esa parte) de la isla. Un auto: como
decir un farol de alumbrado, un banco de plaza. Nunca el viento, la luz del
sol, esas materias siempre nuevas para la piel y los ojos, y también el
chico y la mujer, únicos, puestos ahí para alterar la isla, para mostrármela
de otra manera. En fin, bien podía suceder que también el hombre del diario
estuviera atento a lo que pasaba y sintiera como yo ese regusto maligno de
toda expectativa. Ahora la mujer había girado suavemente hasta poner al
muchachito entre ella y el parapeto, los veía casi de perfil y él era más
alto, pero no mucho más alto, y sin embargo ella lo sobraba, parecía como
cernida sobre él (su risa, de repente, un látigo de plumas), aplastándolo
con sólo estar ahí, sonreír, pasear una mano por el aire. ¿Por qué esperar
más? Con un diafragma dieciséis, con un encuadre donde no entrara el
horrible auto negro, pero sí ese árbol, necesario para quebrar un espacio
demasiado gris…

Levanté la cámara, fingí estudiar un enfoque que no los incluía, y me quedé
al acecho, seguro de que atraparía por fin el gesto revelador, la expresión
que todo lo resume, la vida que el movimiento acompasa pero que una imagen
rígida destruye al seccionar el tiempo, si no elegimos la imperceptible
fracción esencial. No tuve que esperar mucho. La mujer avanzaba en su tarea
de maniatar suavemente al chico, de quitarle fibra a fibra sus últimos
restos de libertad, en una lentísima tortura deliciosa. Imaginé los finales
posibles (ahora asoma una pequeña nube espumosa, casi sola en el cielo),
preví la llegada a la casa (un piso bajo probablemente, que ella saturaría
de almohadones y de gatos) y sospeché el azoramiento del chico y su decisión
desesperada de disimularlo y de dejarse llevar fingiendo que nada le era
nuevo. Cerrando los ojos, si es que los cerré, puse en orden la escena, los
besos burlones, la mujer rechazando con dulzura las manos que pretenderían
desnudarla como en las novelas, en una cama que tendría un edredón lila, y
obligándolo en cambio a dejarse quitar la ropa, verdaderamente madre e hijo
bajo una luz amarilla de opalinas, y todo acabaría como siempre, quizá, pero
quizá todo fuera de otro modo, y la iniciación del adolescente no pasara, no
la dejaran pasar, de un largo proemio donde las torpezas, las caricias
exasperantes, la carrera de las manos se resolviera quién sabe en qué, en un
placer por separado y solitario, en una petulante negativa mezclada con el
arte de fatigar y desconcertar tanta inocencia lastimada. Podía ser así,
podía muy bien ser así; aquella mujer no buscaba un amante en el chico, y a
la vez se lo adueñaba para un fin imposible de entender si no lo imaginaba
como un juego cruel, deseo de desear sin satisfacción, de excitarse para
algún otro, alguien que de ninguna manera podía ser ese chico.

Michel es culpable de literatura, de fabricaciones irreales. Nada le gusta
más que imaginar excepciones, individuos fuera de la especie, monstruos no
siempre repugnantes. Pero esa mujer invitaba a la invención, dando quizá las
claves suficientes para acertar con la verdad. Antes de que se fuera, y
ahora que llenaría mi recuerdo durante muchos días, porque soy propenso a la
rumia, decidí no perder un momento más. Metí todo en el visor (con el árbol,
el pretil, el sol de las once) y tomé la foto. A tiempo para comprender que
los dos se habían dado cuenta y que me estaban mirando, el chico sorprendido
y como interrogante, pero ella irritada, resueltamente hostiles su cuerpo y
su cara que se sabían robados, ignominiosamente presos en una pequeña imagen
química.

Lo podría contar con mucho detalle, pero no vale la pena. La mujer habló de
que nadie tenía derecho a tomar una foto sin permiso, y exigió que le
entregara el rollo de película. Todo esto con una voz seca y clara, de buen
acento de París, que iba subiendo de color y de tono a cada frase. Por mi
parte se me importaba muy poco darle o no el rollo de película, pero
cualquiera que me conozca sabe que las cosas hay que pedírmelas por las
buenas. El resultado es que me limité a formular la opinión de que la
fotografía no sólo no está prohibida en los lugares públicos, sino que
cuenta con el más decidido favor oficial y privado. Y mientras se lo decía
gozaba socarronamente de cómo el chico se replegaba, se iba quedando
atrás-con sólo no moverse-y de golpe (parecía casi increíble) se volvía y
echaba a correr, creyendo el pobre que caminaba y en realidad huyendo a la
carrera, pasando al lado del auto, perdiéndose como un hilo de la Virgen en
el aire de la mañana.

Pero los hilos de la Virgen se llaman también babas del diablo, y Michel
tuvo que aguantar minuciosas imprecaciones, oírse llamar entrometido e
imbécil, mientras se esmeraba deliberadamente en sonreír y declinar, con
simples movimientos de cabeza, tanto envío barato. Cuando empezaba a
cansarme, oí golpear la portezuela de un auto. El hombre del sombrero gris
estaba ahí, mirándonos. Sólo entonces comprendí que jugaba un papel en la
comedia.

Empezó a caminar hacia nosotros, llevando en la mano el diario que había
pretendido leer. De lo que mejor me acuerdo es de la mueca que le ladeaba la
boca, le cubría la cara de arrugas, algo cambiaba de lugar y forma porque la
boca le temblaba y la mueca iba de un lado a otro de los labios como una
cosa independiente y viva, ajena a la voluntad. Pero todo el resto era fijo,
payaso enharinado u hombre sin sangre, con la piel apagada y seca, los ojos
metidos en lo hondo y los agujeros de la nariz negros y visibles, más negros
que las cejas o el pelo o la corbata negra. Caminaba cautelosamente, como si
el pavimento le lastimara los pies; le vi zapatos de charol, de suela tan
delgada que debía acusar cada aspereza de la calle. No sé por qué me había
bajado del pretil, no sé bien por qué decidí no darles la foto, negarme a
esa exigencia en la que adivinaba miedo y cobardía. El payaso y la mujer se
consultaban en silencio: hacíamos un perfecto triángulo insoportable, algo
que tenía que romperse con un chasquido. Me les reí en la cara y eché a
andar, supongo que un poco más despacio que el chico. A la altura de las
primeras casas, del lado de la pasarela de hierro, me volví a mirarlos. No
se movían, pero el hombre había dejado caer el diario; me pareció que la
mujer, de espaldas al parapeto, paseaba las manos por la piedra, con el
clásico y absurdo gesto del acosado que busca la salida.

Lo que sigue ocurrió aquí, casi ahora mismo, en una habitación de un quinto
piso. Pasaron varios días antes de que Michel revelara las fotos del
domingo; sus tomas de la Conserjería y de la Sainte&endash;Chapelle eran lo
que debían ser. Encontró dos o tres enfoques de prueba ya olvidados, una
mala tentativa de atrapar un gato asombrosamente encaramado en el techo de
un mingitorio callejero, y también la foto de la mujer rubia y el
adolescente. El negativo era tan bueno que preparó una ampliación; la
ampliación era tan buena que hizo otra mucho más grande, casi como un
afiche. No se le ocurrió (ahora se lo pregunta y se lo pregunta) que sólo
las fotos de la Conserjería merecían tanto trabajo. De toda la serie, la
instantánea en la punta de la isla era la única que le interesaba; fijó la
ampliación en una pared del cuarto, y el primer día estuvo un rato mirándola
y acordándose, en esa operación comparativa y melancólica del recuerdo
frente a la perdida realidad; recuerdo petrificado, como toda foto, donde
nada faltaba, ni siquiera y sobre todo la nada, verdadera fijadora de la
escena. Estaba la mujer, estaba el chico, rígido el árbol sobre sus cabezas,
el cielo tan fijo como las piedras del parapeto, nubes y piedras confundidas
en una sola materia inseparable (ahora pasa una con bordes afilados, corre
como en una cabeza de tormenta). Los dos primeros días acepté lo que había
hecho, desde la foto en sí hasta la ampliación en la pared, y no me pregunté
siquiera por qué interrumpía a cada rato la traducción del tratado de José
Norberto Allende para reencontrar la cara de la mujer, las manchas oscuras
en el pretil. La primera sorpresa fue estúpida; nunca se me había ocurrido
pensar que cuando miramos una foto de frente, los ojos repiten exactamente
.la posición y la visión del objetivo; son esas cosas que se dan por
sentadas y que a nadie se le ocurre considerar. Desde mi silla, con la
máquina de escribir por delante, miraba la foto ahí a tres metros, y
entonces se me ocurrió que me había instalado exactamente. en el punto de
mira del objetivo. Estaba muy bien así; sin duda era la manera más perfecta
de apreciar una foto, aunque la visión en diagonal pudiera tener sus
encantos y aun sus descubrimientos. Cada tantos minutos, por ejemplo cuando
no encontraba la manera de decir en buen francés lo que José Alberto Allende
decía en tan buen español, alzaba los ojos y miraba la foto; a veces me
atraía la mujer, a veces el chico, a veces el pavimento donde una hoja seca
se había situado admirablemente para valorizar un sector lateral. Entonces
descansaba un rato de mi trabajo, y me incluía otra vez con gusto en aquella
mañana que empapaba la foto, recordaba irónicamente la imagen colérica de la
mujer reclamándome la fotografía, la fuga ridícula y patética del chico, la
entrada en escena del hombre de la cara blanca. En el fondo estaba
satisfecho de mí mismo; mi partida no había sido demasiado brillante, pues
si a los franceses les ha sido dado el don de la pronta respuesta, no veía
bien por qué había optado por irme sin una acabada demostración de
privilegios, prerrogativas y derechos ciudadanos. Lo importante, lo
verdaderamente importante era haber ayudado al chico a escapar a tiempo
(esto en caso de que mis teorías fueran exactas, lo que no estaba
suficientemente probado, pero la fuga en sí parecía demostrarlo). De puro
entrometido le había dado oportunidad de aprovechar al fin su miedo para
algo útil; ahora estaría arrepentido, menoscabado, sintiéndose poco hombre.
Mejor era eso que la compañía de una mujer capaz de mirar como lo miraban en
la isla; Michel es puritano a ratos, cree que no se debe corromper por la
fuerza. En el fondo, aquella foto había sido una buena acción.

No por buena acción la miraba entre párrafo y párrafo de mi trabajo. En ese
momento no sabía por qué la miraba, por qué había fijado la ampliación en la
pared; quizá ocurra así con todos los actos fatales, y sea ésa la condición
de su cumplimiento. Creo que el temblor casi furtivo de las hojas del árbol
no me alarmó, que seguí una frase empezada y la terminé redonda. Las
costumbres son como grandes herbarios, al fin y al cabo una ampliación de
ochenta por sesenta se parece a una pantalla donde proyectan cine, donde en
la punta de una isla una mujer habla con un chico y un árbol agita unas
hojas secas sobre sus cabezas.

Pero las manos ya eran demasiado. Acababa de escribir: Donc, la seconde clé
réside dans la nature intrinsèque des difficultés que les sociétés-y vi la
mano de la mujer que empezaba a cerrarse despacio, dedo por dedo. De mí no
quedó nada, una frase en francés que jamás habrá de terminarse, una máquina
de escribir que cae al suelo, una silla que chirría y tiembla, una niebla.
El chico había agachado la cabeza, como los boxeadores cuando no pueden más
y esperan el golpe de desgracia; se había alzado el cuello del sobretodo,
parecía más que nunca un prisionero, la perfecta víctima que ayuda a la
catástrofe. Ahora la mujer le hablaba al oído, y la mano se abría otra vez
para posarse en su mejilla, acariciarla y acariciarla, quemándola sin prisa.
El chico estaba menos azorado que receloso, una o dos veces atisbó por sobre
el hombro de la mujer y ella seguía hablando, explicando algo que lo hacía
mirar a cada momento hacia la zona donde Michel sabía muy bien que estaba el
auto con el hombre del sombrero gris, cuidadosamente descartado en la
fotografía pero reflejándose en los ojos del chico y (cómo dudarlo ahora) en
las palabras de la mujer, en las manos de la mujer, en la presencia vicaria
de la mujer. Cuando vi venir al hombre, detenerse cerca de ellos y mirarlos,
las manos en los bolsillos y un aire entre hastiado y exigente, patrón que
va a silbar a su perro después de los retozos en la plaza, comprendí, si eso
era comprender, lo que tenía que pasar, lo que tenía que haber pasado, lo
que hubiera tenido que pasar en ese momento, entre esa gente, ahí donde yo
había llegado a trastrocar un orden, inocentemente inmiscuido en eso que no
había pasado pero que ahora iba a pasar, ahora se iba a cumplir. Y lo que
entonces había imaginado era mucho menos horrible que la realidad, esa mujer
que no estaba ahí por ella misma, no acariciaba ni proponía ni alentaba para
su placer, para llevarse al ángel despeinado y jugar con su terror y su
gracia deseosa. El verdadero amo esperaba, sonriendo petulante, seguro ya de
la obra; no era el primero que mandaba a una mujer a la vanguardia, a
traerle los prisioneros maniatados con flores. El resto sería tan simple, el
auto, una casa cualquiera, las bebidas, las láminas excitantes, las lágrimas
demasiado tarde, el despertar en el infierno. Y yo no podía hacer nada, esta
vez no podía hacer absolutamente nada. Mi fuerza había sido una fotografía,
ésa, ahí, donde se vengaban de mí mostrándome sin disimulo lo que iba a
suceder. La foto había sido tomada, el tiempo había corrido; estábamos tan
lejos unos de otros, la corrupción seguramente consumada, las lágrimas
vertidas, y el resto conjetura y tristeza. De pronto el orden se invertía,
ellos estaban vivos, moviéndose, decidían y eran decididos, iban a su
futuro; y yo desde este lado, prisionero de otro tiempo, de una habitación
en un quinto piso, de no saber quiénes eran esa mujer y ese hombre y ese
niño, de ser nada más que la lente de mi cámara, algo rígido, incapaz de
intervención. Me tiraban a la cara la burla más horrible, la de decidir
frente a mi impotencia, la de que el chico mirara otra vez al payaso
enharinado y yo comprendiera que iba a aceptar, que la propuesta contenía
dinero o engaño, y que no podía gritarle que huyera, o simplemente
facilitarle otra vez el camino con una nueva foto, una pequeña y casi
humilde intervención que desbaratara el andamiaje de baba y de perfume. Todo
iba a resolverse allí mismo, en ese instante; había como un inmenso silencio
que no tenía nada que ver con el silencio físico. Aquello se tendía, se
armaba. Creo que grité, que grité terriblemente, y que en ese mismo segundo
supe que empezaba a acercarme, diez centímetros, un paso, otro paso, el
árbol giraba cadenciosamente sus ramas en primer plano, una mancha del
pretil salía del cuadro, la cara de la mujer, vuelta hacia mí como
sorprendida, iba creciendo, y entonces giré un poco, quiero decir que la
cámara giró un poco, y sin perder de vista a la mujer empezó a acercarse al
hombre que me miraba con los agujeros negros que tenía en el sitio de los
ojos, entre sorprendido y rabioso miraba queriendo clavarme en el aire, y en
ese instante alcancé a ver como un gran pájaro fuera de foco que pasaba de
un solo vuelo delante de la imagen, y me apoyé en la pared de mi cuarto y
fui feliz porque el chico acababa de escaparse, lo veía corriendo, otra vez
en foco, huyendo con todo el pelo al viento, aprendiendo por fin a volar
sobre la isla, a llegar a la pasarela, a volverse a la ciudad. Por segunda
vez se les iba, por segunda vez yo lo ayudaba a escaparse, lo devolvía a su
paraíso precario. Jadeando me quedé frente a ellos; no había necesidad de
avanzar más, el juego estaba jugado. De la mujer se veía apenas un hombro y
algo de pelo, brutalmente cortado por el cuadro de la imagen; pero de frente
estaba el hombre, entreabierta la boca donde veía temblar una lengua negra,
y levantaba lentamente las manos, acercándolas al primer plano, un instante
aún en perfecto foco, y después todo él un bulto que borraba la isla, el
árbol, y yo cerré los ojos y no quise mirar más, y me tapé la cara y rompí a
llorar como un idiota.

Ahora pasa una gran nube blanca, como todos estos días, todo este tiempo
incontable. Lo que queda por decir es siempre una nube, dos nubes, o largas
horas de cielo perfectamente limpio, rectángulo purísimo clavado con
alfileres en la pared de mi cuarto. Fue lo que vi al abrir los ojos y
secármelos con los dedos: el cielo limpio, y después una nube que entraba
por la izquierda, paseaba lentamente su gracia y se perdía por la derecha. Y
luego otra, y a veces en cambio todo se pone gris, todo es una enorme nube,
y de pronto restallan las salpicaduras de la lluvia, largo rato se ve llover
sobre la imagen, como un llanto al revés, y poco a poco el cuadro se aclara,
quizá sale el sol, y otra vez entran las nubes, de a dos, de a tres. Y las
palomas, a veces, y uno que otro gorrión.

La Carta de Lord Chandos

Paul Klee- Pastorale (Rhythms), 1927

Paul Klee– Pastorale (Rhythms), 1927

UNA CARTA

Esta es la carta que Philip Lord Chandos, hijo menor del conde de Bach, escribiera a Francis Bacon, posteriormente Lord Verulam y vizconde de St. Alban, para disculparse ante este amigo por su renuncia total a la actividad literaria.

Resulta benévolo, distinguido amigo, pasar por alto mis dos años de silencio y escribirme como usted hace. Aún más benévolo al dar su preocupación por mi persona, a su extrañeza ante el entumecimiento mental en el que le parezco estar cayendo, la expresión de facilidad y de broma que sólo dominan a los grandes hombres que están convencidos de la peligrosidad de la vida sin, no obstante, desanimarse por ello.

Concluye usted con el aforismo de Hipócrates: qui gravi morbo correpti dolores non sentiunt, iis mens  aeggrotat [Quienes no sienten que una grave enfermedad les aqueja están mentalmente enfermos], y opina que necesito de la medicina no sólo para dominar mi mal, sino aun más para aguzar mi mente ante mi estado interior. Quisiera contestarle como le corresponde, quisiera abrirme ante usted del todo y no sé cómo habría de proceder. Apenas sé si soy todavía el mismo a quien va dirigida su preciosa carta; ¿soy yo, a mis 16 años, quien con diecinueve escribiera aquel Nuevo París, aquel Sueño de Dafne, aquel Epitalamio, esos juegos pastoriles que se tambalean bajo la pompa de sus palabras, de las que sólo una Reina celestial y algunos Lores y Señores en extremo indulgentes tienen a bien acordarse? ¿Y soy de nuevo aquél, que con veintitrés años, bajo las arcadas de piedra de la Plaza Mayor de Venecia, hallara dentro de sí aquella estructura de períodos latinos cuya planta y construcción intelectual le entusiasmaron interiormente más que los edificios de Palladio y Sansovino que emergen del mar? ¿Y podría yo, si soy el mismo, borrar tan completamente de mi inaprensible interior todas las huellas y cicatrices de ese fruto de mi más intensa reflexión, hasta tal punto que en su carta, que tengo delante de mí, me está mirando extraña y fríamente el título de aquel pequeño tratado, e incluso que no pudiera enseguida concebirlo como una imagen corriente de palabras reunidas, sino sólo palabra por palabra, como si esas palabras latinas aparecieran entrelazadas así por primera vez ante mis ojos? Pero sí, tan sólo soy yo y hay retórica en esas preguntas, retórica útil para las mujeres o para la Cámara de los Comunes cuyos recursos para el poder, tan sobrevalorados por nuestro tiempo, no alcanzan sin embargo a penetrar en el interior de las cosas. Mas he de exponerle mi interior, una rareza, un desvarío, si Usted quiere, una enfermedad de mi espíritu, si quiero hacerle comprender que el mismo abismo insalvable me separa tanto de los trabajos literarios situados aparentemente ante mí como de aquéllos que se hallan tras de mí, los cuales me resultan tan ajenos que vacilo en llamarlos de mi propiedad.

No sé si he de admirar más la perseverancia de su bondad o la increíble agudeza de su memoria cuando vuelve a recordármelos diversos pequeños planes que concibiera durante los días de hermoso entusiasmo que compartimos. ¡Ciertamente, yo quería exponer los primeros años de gobierno de nuestro fallecido y glorioso Soberano, Enrique VIII! Los apuntes dejados por mi abuelo, el duque de Exeter, sobre sus negociaciones con Francia y Portugal me proporcionaron una especie de fundamento. Y de la obra de Salustio fue fluyendo hasta mí a lo largo de aquellos días felices y animados, como si atravesara conductos jamás atascados, el reconocimiento de la forma, aquella forma profunda, auténtica, interna que sólo puede ser intuida más allá del recinto de los artificios retóricos, aquélla de la cual sólo puede decirse que ordena lo material, porque lo penetra, lo desmaterializa y crea al unísono poesía y verdad, un juego de contrarios entre fuerzas eternas, un algo sublime como la música y el álgebra. Ése era mi proyecto favorito.

¡Quién es el hombre para hacer semejantes planes!

Yo también jugué con otros proyectos. Su benévola carta también los replantea. Hinchados con unas gotas de mi sangre, bailan ante mis ojos cual tristes mosquitos tristes junto a un muro sombrío sobre el que ya no reposa el claro sol de los días felices.

Descifrar quise las fábulas y los relatos místicos, que nos legaron los antiguos y en los que hallan pintores y escultores un gusto infinito e irreflexivo, cual jeroglíficos de una sabiduría secreta e inagotable cuyo hálito a veces creí sentir, como detrás de un velo.

Vuelve a mi memoria ese proyecto. Venía a basarse en no sé qué placer de los sentidos y del espíritu: así como el ciervo acosado anhela meterse en el agua, así ansiaba yo entrar en esos cuerpos desnudos, relucientes, en esas sirenas y dríadas, en ese Narciso y Proteo, Perseo y Acteón: desaparecer quería en ellos y hablar desde ellos con el don de las lenguas. Y mucho más hubiera querido. Pensé en reunir una colección de apotegmas, como la que compilara Julio César; Usted recuerda la mención que hace Cicerón en una de sus cartas. Allí pensé en reunir los dichos más curiosos que lograse juntar, a lo largo de mis viajes, en el trato con los hombres doctos y con las mujeres ingeniosas de nuestro tiempo, o con gente singular del pueblo o con personas ilustradas e insignes; quise añadirles sentencias y reflexiones de las obras de los antiguos y de los italianos, u otros ornamentos espirituales que hallara en libros, manuscritos o conversaciones, amén de la organización de fiestas y cortejos de especial belleza, crímenes y raros casos de delirio, la descripción de las construcciones más grandes y singulares en los Países Bajos, Francia e Italia y mucho más. La totalidad de la obra habría llevado no obstante el título Nosce te ipsum. 

Por decirlo en pocas palabras: es una especie de constante embriaguez, la totalidad de la existencia se me revelaba entonces como una gran unidad; el mundo corporal y espiritual no formaban a mis ojos contradicción alguna, como tampoco la esencia cortesana y animal, el arte y la ausencia de arte, la soledad y la sociedad; en todo sentía yo la naturaleza, tanto en los desvaríos de la locura como en el refinamiento externo de un ceremonial español; en las  torpezas de unos jóvenes campesinos no menos que en las alegorías más dulces; y en toda la Naturaleza me sentía a mí mismo; cuando en mi refugio de caza recorría mi cuerpo la leche espumeante y tibia que un individuo desgreñado ordeñaba de las ubres de una hermosa vaca de tiernos ojos, no me resultaba distinto a cuando yo, sentado en el banco junto a la ventana de mi estudio, desde un infolio me embebía del dulce y espumeante alimento del espíritu. Lo uno era igual a lo otro, nada era inferior a nada, ni en naturaleza sobrenatural, fantástica, ni en fuerza física, y así seguía a todo lo ancho de la vida, tanto a la derecha como a la izquierda. En todas partes estaba en el centro justo, sin advertir nunca nada que fuera mera apariencia: o intuía que todo fuera un símil y cada criatura una llave de la otra, y me sentiría entonces satisfecho de poder coger una tras otra y abrir de par en par con ella tantas de las otras como pudiese abrir. Hasta aquí se explica el título que pensaba dar a aquel libro enciclopédico.

Bien puede parecerle, a quien tenga acceso a semejantes pensamientos, que se deba al plan perfectamente trazado de una divina providencia el que mi espíritu, tan hinchado de arrogancia, haya tenido que desplomarse hasta este extremo de pusilanimidad e impotencia, el cual es ahora el constante estado anímico de mi interior. Pero semejantes interpretaciones religiosas no tienen poder alguno sobre mí; pertenecen a las telarañas que veloz atraviesan mis pensamientos, hacia el vacío, mientras tantos compañeros suyos permanecen ahí colgados y hallan descanso. Para mí los secretos de la fe quedaron concentrados bajo la forma de una excelsa alegoría que se alza cual resplandeciente arcoíris sobre los campos de mi vida, en constante lejanía, siempre dispuesto a retroceder si se me ocurriese correr hacia él y querer envolverme en la orla de su manto.

No obstante, mi venerado amigo, también los conceptos terrenales se me escapan del mismo modo. ¿Cómo podría intentar siquiera describirle esos extraños tormentos, ese brusco retirarse de ramas cargadas de frutos sobre mis manos extendidas, ese retroceder de aguas murmurantes ante mis labios sedientos?

Mi caso es, en resumen, éste: he perdido totalmente la facultad de reflexionar o hablar sobre no importa qué cosa de forma coherente.

Al principio se me fue haciendo paulatinamente imposible hablar sobre un tema elevado o general y para ello llevarme a la boca aquellas palabras de las cuales suele valerse todo el mundo sin pensárselo y con soltura. Sentía un malestar incomprensible con tan sólo pronunciar las palabras espíritu, alma o cuerpo. Resultaba en mi fuero interno imposible emitir juicio alguno acerca de los asuntos de la corte, de los acontecimientos en el parlamento, o de lo que Usted quiera. Y no por reparo alguno, pues ya sabe usted que mi franqueza roza la imprudencia: sino que las palabras abstractas, a las cuales por naturaleza ha de recurrir la lengua para emitir cualquier juicio, se me deshacían en la boca como hongos podridos. Me ocurrió que quise amonestar a Katharina Pompilia, mi hija pequeña de cuatro años, por una mentira infantil de la cual se había hecho culpable y conducirla hacia la necesidad de ser siempre sincera y, al querer hacerlo, los conceptos que, abundantes, afluyeron a mi boca adquirieron de pronto semejante coloración tornasolada y confluyeron de tal modo que yo, balbuciendo, concluí como pude la frase, como si me sintiera indispuesto y también, de hecho, con el rostro pálido y un latir intenso en la sien, dejé sola a la niña, cerré tras de mí de golpe la puerta y no me recuperé mínimamente sino después de una buena galopada por el prado solitario.

Paulatinamente se fue no obstante extendiendo esa tribulación cual herrumbre que corroe cuanto le rodea. Incluso en la charla familiar y trivial, todos los juicios que uno suele enunciar a la ligera y con seguridad de sonámbulos se me fueron volviendo tan discutibles que tuve que dejar de participar en charlas de esta índole. Con una rabia inexplicable, que sólo con esfuerzo apenas suficiente disimulaba, había de oír frases como: el asunto acabó bien o mal para tal o cual; el sheriff N. es un malvado, el predicador T. una buena persona; el arrendatario M. es digno de compasión, sus hijos son unos derrochadores; otro merece ser envidiado porque sus hijas saben llevar las cosas de casa; una familia prospera, otra está en decadencia. Todo esto me parecía tan indemostrable, tan mendaz, tan inconsistente. Mi espíritu me obligaba a mirar con inquietante proximidad todas las cosas que alimentaban semejantes charlas: me pasaba ahora con los hombres y sus actos como cuando, una vez, a través de una lente de aumento, vi un trozo de la piel de mi meñique que parecía una tierra en barbecho, con surcos y cavidades. Ya no lograba abarcarlos con la mirada simplificadora de la costumbre. Todo se me deshacía en partes, las partes de nuevo en partes, y nada quedaba que pudiera aprehenderse con un concepto. Las palabras sueltas flotaban a mi alrededor; se volvían ojos que miraban fijamente y que yo había a mi vez de mirar; remolinos que giran sin cesar, eso es lo que son, a través de los cuales se llega al vacío y en los que la mirada produce vértigo.

Hice un intento por apartarme de ese estado refugiándome en el mundo espiritual de los Antiguos. Evité a Platón, pues me aterraba la peligrosidad de su vuelo de imágenes. Pensé sobre todo en cultivar el trato con Séneca y Cicerón. Con esa armonía de acotados y ordenados conceptos esperaba sanar. Pero no pude acceder a ellos. Esos conceptos, yo los entendía perfectamente: veía ascender ante mí su maravilloso juego de relaciones, como magníficos surtidores de agua que juegan con bolas doradas. Podía quedarme suspendido a su alrededor y verlas jugar entre ellas; pero sólo se relacionaban entre sí, y lo más profundo, lo personal de mi pensamiento quedaba excluido de su corro. Entre ellas, se apoderó de mí el sentimiento de terrible soledad; me sentía como quien se hallase encerrado en un jardín con nítidas estatuas sin ojos; huí de nuevo hacia el espacio abierto.

Desde entonces llevo una existencia que Usted, me temo, apenas podría concebir dado su fluir tan vacío de espíritu, tan vacío de pensamientos; una existencia que apenas puede sin duda distinguirse de la de mis vecinos, familiares y de la mayoría de los nobles terratenientes de este reino y que no está del todo exenta de dichosos y vivificantes momentos. No me resulta fácil hacerle entender en qué consisten esos buenos momentos; las palabras de nuevo me abandonan. Pues se trata de algo totalmente innominado y también probablemente apenas nombrable lo que en semejantes momentos –llenando, cual recipiente, cualquier aparición de mi entorno cotidiano con un desbordante caudal de vida superior- se me anunciaba. No puedo esperar que sin un ejemplo Usted me entienda, y he de solicitarle indulgencia por la ridiculez de mis ejemplos. Una regadera, un rastrillo abandonado en el campo, un perro tumbado al sol, un mísero cementerio, un lisiado, una granja pequeña, todo esto puede llegar a ser el recipiente de mi revelación. Cada uno de esos objetos, y otros mil parecidos sobre los que de ordinario se desliza el ojo con natural indiferencia, puede de repente adquirir para mí en cualquier momento, que en modo alguno yo mismo puedo dominar, un carácter sublime y conmovedor. Más aún, puede ser incluso la concreta representación de un objeto ausente al que se le otorga el privilegio inefable de ser rellenado hasta los bordes con aquel caudal de sentimiento divino que crece suave y súbito. Así había dado recientemente la orden de esparcir en los sótanos de una de mis vaquerías abundante veneno contra las ratas. Partí a caballo hacia el atardecer y, como Usted bien puede suponer, no pensé más en el asunto. Entonces, al cabalgar al paso sobre los profundos surcos arados, con nada peor a mi alrededor que una espantada cría de codorniz y, a lo lejos, sobre los campos ondulados, el gran sol poniente, he aquí que se abre de repente en mi interior ese sótano, lleno de la agonía de esa colonia de las ratas. Todo estaba en mí: el aire frío y sórdido del sótano repleto del olor dulzón y penetrante del veneno, y la estridencia de los gritos de muerte que resonaban contra los muros enmohecidos; esas convulsiones enmarañadas de la impotencia, de desesperaciones en frenético correr entremezclado; la demencial búsqueda de las salidas; la mirada fría de la ira cuando dos coinciden ante la rendija taponada. ¡Pero no sé qué hago volviendo a las palabras de las que he renegado! ¿Recuerda, amigo mío, la maravillosa descripción de Alba Longa? Cómo las gentes recorren errantes las calles que no han de volver a ver… cómo se despiden de las piedras del suelo. Yo le digo, amigo mío, que todo eso lo llevaba en mí junto a Cartago en llamas; pero era más, era divino, animal; y era presente, el presente más pleno y más sublime. Ahí había una madre que tenía sus crías agonizantes, con convulsiones a su alrededor y que dirigía sus miradas, no a las crías moribundas, no a los muros de piedra inexorables, sino al aire vacío o, a través del aire, al infinito, ¡y acompañaba esas miradas con un rechinar de dientes! –Si un esclavo sirviente estuvo lleno de impotente horror cerca de Níobe en trance de petrificarse, debió padecer lo que yo padecí cuando, en mí, el alma de ese animal enseñaba los dientes al terrible destino.

Perdóneme esta descripción, pero no piense que era compasión lo que me llenaba. No debe pensarlo bajo ningún concepto, si no le parecería que escogí mi ejemplo muy torpemente. Era mucho más y mucho menos que compasión: una tremenda participación, un estar fluyendo en cada una de las criaturas o un sentir que un efluvio de la vida y de la muerte, del sueño y de la vigilia las desborda por un instante, ¿desde dónde? Pues, qué tiene que ver con la compasión, con una humana e inteligible asociación de pensamientos, el haber encontrado la otra tarde bajo un nogal una regadera a medio llenar, olvidada allí por un mozo jardinero, esa regadera y el agua que hay en ella, oscurecida por la sombra del árbol, y un ditisco que rema sobre la superficie del agua de una orilla oscura a otra, si ese conjunto de nimiedades me estremece con tal presencia de lo infinito, me estremece desde la raíz de los cabellos hasta la médula de los talones, de tal modo que deseo prorrumpir en palabras de las que sé que, si doy con ellas, derribarán a aquellos querubines en los que no creo, y me alejo en silencio de aquel lugar y semanas más tarde, al divisar ese nogal, lo esquivo con mirada tímida, porque no quiero ahuyentar la sensación de lo maravilloso que ondea alrededor del tronco, ni quiero expulsar los más que terrenales estremecimientos que siguen palpitando ahí cerca, alrededor de los matorrales. En tales momentos, una criatura insignificante, un perro, una rata, un escarabajo, un manzano desmedrado, una carretera que serpentea sobre la colina, una piedra cubierta de musgo resultan ser para mí mucho más de lo que haya podido ser la amada más bella y cariñosa en la noche más feliz. Esas criaturas mudas y a veces sin vida se elevan hacia mí con tal plenitud, con tal presencia del amor, que mi dichoso ojo tampoco repara a su alrededor en ningún punto inerte. Todo lo que hay, todo lo que recuerdo, todo lo que tocan mis pensamientos más confusos, todo se me antoja ser algo. También mi propia pesadez, el restante letargo de mi cerebro; siento en mí y en torno a mí un encantador juego de contrarios, absolutamente infinito, y no hay bajo las materias, que entre ellas mismas juegan, ninguna en la que yo no pudiera fundirme. Ocurre entonces como si mi cuerpo dispusiera de las auténticas claves que me lo revelan todo. O como si pudiéramos entablar una nueva, premonitoria relación con la totalidad del ser, al empezar a pensar con el corazón. Mas cuando me falta ese extraño hechizo, no sé decir nada al respecto; me servirían tan poco unas palabras razonables para explicar en qué consistía esa armonía que me entretenía a mí y a todo el mundo, y de qué modo ésta se me había hecho perceptible, como no aportar ninguna precisión acerca de los movimientos internos de mis entrañas o de los estancamientos de mi sangre.

Dejando de lado esas curiosas casualidades, sobre las cuales, por cierto, apenas sé si las he de atribuir al espíritu o al cuerpo, vivo una vida de vacío apenas imaginable y me cuesta ocultar a mi mujer la rigidez de mi interior y a mi gente la indiferencia que me inspiran los asuntos de la propiedad. La buena y severa educación que he de agradecer a mi difunto padre y el haberme acostumbrado pronto a no dejar vacía ninguna hora del día, son, me parece, lo único que, de cara al exterior, otorga a mi vida una solidez suficiente y mantiene la apariencia adecuada a mi condición y persona.

Reconstruyo un ala de mi casa y logro conversar de vez en cuando con el arquitecto acerca de los progresos de su labor; administro mis bienes, y mis arrendatarios y empleados tal vez me encuentren un tanto parco en palabras, aunque no menos bondadoso que antes. Ninguno de ellos, cuando por la tarde paso enfrente a caballo, y están ante su puesta con la gorra, intuye que mi mirada, a la que suelen acoger respetuosamente, se desliza con callada nostalgia sobre las tablas podridas bajo las que suelen buscar lombrices para pescar, y penetra por la estrecha ventana enrejada en el lúgubre cuarto donde, en un rincón, la baja cama de sábanas de colores parece estar siempre esperando a uno que quiera morir o a otro que tenga que nacer; que mi ojo anda largo rato pendiente de  los feos cachorros o del gato que se desliza ágil por entre macetas, y que, entre todos los pobres y toscos enseres de una vida rústica, busco aquél cuya forma insignificante, cuyo estar puesto o recostado no ha sido observado por nadie, cuya muda esencia pueda revelarse como fuente de aquel enigmático, mudo e ilimitado arrobo. Porque mi feliz e innominada sensación surge antes de una lejana y solitaria hoguera de pastor que de la visión del cielo estrellado; antes del canto de un último grillo cercano a la muerte, cuando el viento de otoño ya arrastra sobre los campos yermos nubes invernales, que de la majestuosa resonancia del órgano. Y a veces me comparo en mis pensamientos con aquel Craso, el orador de quien se cuenta que se había encariñado tan extraordinariamente con una mansa morena, mudo y apático pez de su estanque, de ojos rojos, que se convirtió en tema de conversación de la ciudad; y cuando en una ocasión en el senado Domicio le reprochó haber vertido lágrimas por la muerte de ese pez, y tacharlo de este modo de medio loco, Craso le contestó: «así hice yo a la muerte de mi pez lo que Usted no hizo a la muerte de su primera, ni de su segunda esposa.»

No sé cuántas veces este Craso con su morena me viene a la mente como reflejo de mí mismo, arrojado hasta aquí por encima del abismo de los siglos. Pero no a causa de la respuesta que diera a Domicio. La respuesta puso las risas de su parte, por lo que la cosa quedó en broma. Pero a mí el asunto me afecta, el asunto, que habría seguido igual aunque Domicio hubiera llorado lágrimas de sangre del más sincero dolor por sus mujeres. De ser así, Craso estaría de todos modos todavía frente a él con sus lágrimas por la morena. Y sobre esa figura, cuya ridiculez y bajeza salta  así, en medio de un senado que domina el mundo, que debate los asuntos más sublimes, del todo a la vista, sobre esa figura me obliga un algo innombrable a pensar de una manera que me parece completamente disparatada en el momento en que intento expresarlo con palabras.

La imagen de ese Craso está a veces de noche en mi cerebro, como una astilla alrededor de la cual todo supura, palpita y hierve. Entonces es como si yo mismo empezara a fermentar, formara ampollas, hirviera y brillara. Y hay en todo ello una especie de pensar febril, pero un pensar mediante un material que es más directo, más líquido y más candente que las palabras. Son también remolinos, pero de aquéllos que, contrariamente a los remolinos de la lengua, no parecen conducir a un suelo sin fondo, sino de algún modo, a mí mismo y al seno más profundo de la paz.

Le he molestado más de lo debido, mi apreciado amigo, con esa extensa descripción de un estado de ánimo inexplicable que de ordinario permanece encerrado en mi interior.

Ha tenido usted la bondad de manifestar su descontento de que no se le hubiese enviado ningún libro escrito por mí «que le desagravie de no haber disfrutado de mi trato». Sentí en ese instante, con una certeza no del todo exenta de cierta sensación dolorosa, que el año próximo y el siguiente y los restantes de mi vida no escribiría ningún libro en inglés y ningún libro en latín: y eso por el motivo cuya rareza, para mí tan penosa, dejo a discreción de su infinita superioridad espiritual, de mirada no cegada, situar en el reino, extendido armónicamente ante Usted, de los fenómenos espirituales y corpóreos; y es que la lengua, en la que  tal vez me estaría dado no sólo escribir, sino también pensar, no es ni el latín, ni el inglés, ni el italiano, ni el español, sino una lengua de la que todavía no conozco ni una sola palabra, una lengua en la que me hablan las cosas mudas y en la que quizá algún día, en la tumba, haya de responder por mis actos ante un juez desconocido.

Quisiera me fuera concedido condensar en las últimas palabras de esta probablemente última carta que escribo a Francis Bacon, todo el amor y gratitud, toda la enorme admiración que hacia el mayor benefactor de mi espíritu, el primer inglés de mi tiempo, mi corazón abriga y seguirá abrigando hasta que la muerte lo haga estallar.

    Anno Domini 1603, este 22 de agosto Phi. Chandos

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Hugo von Hofmannsthal: Poesía lírica seguida de carta de lord Chandos, (trad. Olivier Giménez López), Igitur, Montblanc, 2002, pp. 249-263

[texto completo actualizado el 15/03/2014]