el meollo

Marcel Broodthaers - Pipe, 1969Marcel Broodthaers: Pipe (1969)

CARTA DE UN POETA A OTRO

Caro amigo:

no ha mucho, tras encontrarte yo enfrascado en la lectura de mis poemas, te produjiste con extraordinaria elocuencia acerca de su forma, y ello prodigando elogiosas miradas retrospectivas a la escuela en la que –según a ti te parece suponer– me he formado; así me encareciste, de una manera que no podía menos de avergonzarme, ora lo apropiado del metro empleado, ora el ritmo, ora el encanto de la lograda eufonía, ora la pureza y corrección de la expresión y del lenguaje en general. Déjame que te diga que con ello se demora tu ánimo en méritos cuyo mayor valor hubiera consistido en pasar desapercibidos. Si yo pudiera, al crear poesía, sencillamente empuñar mi corazón, asir mis pensamientos con ambas manos, sin más aliño, depositarlos en las tuyas –con ello, a decir verdad, se hubiera cumplido totalmente la exigencia interior de mi alma. Y se me antoja que tampoco tú, amigo, hubieras podido desear nada más: al sediento en cuanto tal no se le da nada de la cáscara, sino solamente el fruto encerrado en ella. Sólo por mor del pensamiento que para manifestarse necesita ser vinculado con algo más grosero y corpóreo, semejante a ciertas sustancias químicas volátiles e imposibles de aislar: sólo por mor del pensamiento me sirvo del habla cuando quiero comunicarme contigo, y sólo por ello lo precisas tú. Por atractivos que puedan resultar el lenguaje, el ritmo, la eufonía, etc., en su función de recubrimiento del espíritu, en sí y para sí no son tales cosas –contempladas desde nuestro elevado punto de vista– sino un auténtico mal, aunque natural y necesario; y lo máximo que en relación con ellas puede lograr el arte es hacerlas desaparecer. Con todas mis fuerzas intento conferir claridad a la expresión, sentido a la versificación, vida y donaire al sonido de las palabras; mas sólo para que tales cosas no se manifiesten, y sí únicamente el pensamiento que contienen. Pues la calidad de toda auténtica forma estriba en hacer patente el espíritu instantánea e inmediatamente, mientras que la forma defectuosa lo retiene –semejante a un espejo malo– y no nos remite a nada más que a sí misma. Por ello, cuando alabas la forma de mis modestas obrillas poéticas en el momento de su primera recepción, es natural que no consigas sino preocuparme con la sospecha de que contienen encantos rítmicos y prosódicos totalmente errados, y de que tu ánimo ha sido distraído de lo que a mí realmente me importaba a causa de la versificación o del sonido de las palabras. ¿Pues a qué viene si no el no contestar al espíritu al que me esforzaba por atraer a la liza, y no salirle al encuentro con tu propio espíritu –exactamente igual que en una conversación– sin parar mientes en el ropaje de mi pensamiento? Mas esa insensibilidad hacia la esencia y el meollo de la poesía, que corre parejas con la hipersensibilidad –aguzada hasta lo enfermizo– hacia lo casual y la forma, te la han pegado –a mi juicio– en la escuela de la que provienes; sin duda en contra de la intención expresa de esa escuela, cuya alta espiritualidad daba ciento y raya a todas las demás que entre nosotros han surgido, pero –a causa de la paradójica petulancia de sus enseñanzas– no sin culpa suya. También cuando lees otras obras poéticas muy distintas de las mías me doy cuenta de que (por decirlo con un refrán) estás en la aldea y no ves las casas. Si tomamos a Shakespeare, ¡cuán ruines son a menudo los intereses en que demoras tu sentimiento, en comparación con los intereses grandes, sublimes, de ciudadano del mundo que acaso habrían de resonar en tu corazón según la intención de ese poeta señero! Qué me importa, en el campo de batalla de Agincourt, el ingenio de los juegos de palabras que allí se intercambian; y cuando Ofelia dice a Hamlet: “Qué noble espíritu con esto se destruye”, o Macduff de Macbeth; “¡No tiene hijos!” –¿cuentan mucho los yambos, rimas, asonancias y parecidos méritos para los que siempre está agudizado tu oído, como si no hubiera otros? –¡Salud!

Heinrich von Kleist: Sobre el teatro de marionetas y otros ensayos de arte y filosofía, Hiperión, Madrid, Trad. de Jorge Riechmann, 1988, pp.77-79

las páginas

Dora Maar - Double Portrait (photomontage using two negatives), ca. 1930Dora Maar: Double Portrait (fotomontaje usando dos negativos, hacia 1930)

Una vez embarcada en tal empresa, ya no la puedo dejar. Es absolutamente necesario que llegue a ese momento en que, abiertas ya todas las páginas, cuando el libro se haya vuelto más grueso, esté hinchado, pueda volverlo a cerrar, apretarlo para dejarlo bien igualado y, con toda tranquilidad, volverlo a poner en su sitio.

Nathalie Sarraute: Infancia, Alfaguara, Madrid, trad. de M. Teresa Gallego y M. Isabel Reverte, 1984, p. 80

tablero

Man Ray - Shadow Drawings, ca. 1970Man Ray: Shadow Drawings (hacia 1970)

…El Gran Khan trataba de ensimismarse en el juego: pero ahora el porqué del juego era lo que se le escapaba. El fin de cada partida es una victoria o una derrota: ¿pero de qué? ¿Cuál era la verdadera baza? En el jaque mate, bajo el pie del rey destituido por la mano del vencedor, queda la nada: un cuadrado blanco y negro. A fuerza de descarnar sus conquistas para reducirlas a la esencia, Kublai había llegado a la operación extrema: la conquista definitiva, de la cual los multiformes tesoros del imperio no eran sino apariencias ilusorias, se reducía a una tesela de madera cepillada.

Entonces Marco Polo habló:

‒Tu tablero, sire, es una taracea de dos maderas: ébano y arce. La tesela en la que se fija tu mirada luminosa fue tallada en un estrato del tronco que creció durante un año de sequía: ¿ves cómo se disponen las fibras? Aquí se distingue un nudo apenas insinuado: una yema trató de despuntar un día de primavera precoz, pero la helada noche la obligó a desistir el Gran Khan no había advertido hasta ese momento que el extranjero supiera expresarse con tanta fluidez en su lengua, pero no era esto lo que le pasmaba. Aquí hay un poro más grande: tal vez el nido de una larva; no de carcoma, porque apenas nacido hubiera seguido excavando, sino de una oruga que royó las hojas y fue la causa de que se eligiera el árbol para talarlo… Este borde lo talló el ebanista con su gubia para que se adhiriera al cuadrado vecino que sobresalía…

La cantidad de cosas que se podían leer en un trocito de madera liso y vacío abismaba a Kublai; Polo le estaba hablando ya de los bosques de ébano, de las balsas de troncos que descienden los ríos, de los atracaderos, de las mujeres en las ventanas…

Italo Calvino: Las ciudades invisibles, Siruela, Madrid, trad. de Aurora Bernárdez, 2013, pp. 140-141

verdadero

FRANCE. Paris. 1956. Widow of Montmartre. Mme Fauchet

Bruce Davidson: Widow of Montmartre, Mme Fauchet (1956)

Epílogo

¿Por qué ya no me sirven las bienaventuradas
estructuras y tramas y las rimas, ahora,
cuando deseo escribir, no de lo que recuerdo,
sino de aquello nuevo que imagino?
Oigo el sonido de mi propia voz:
“El ojo del pintor no es una lente,
tiembla cuando a las luces acaricia.”
Pero a veces me ocurre que todo lo que escribo,
con el arte gastado de mi vista cansada,
parece una instantánea llamativa,
rápida, exagerada, tomada de la vida,
pero inmovilizada por los hechos…
La concurrencia de lo irreconciliable.
Mas… ¿Por qué no contar lo que ha ocurrido?
Agradezcamos ese don exacto
que Vermeer otorgó a la luz del día
para cruzar un mapa, como hace la marea,
hasta alcanzar, segura en su añoranza,
a la chica ofrecida por su cuadro.
Somos pobres acciones transitorias
y por ello advertidos
de que a cada figura de la foto
debemos otorgarle su nombre verdadero.

*

Epilogue

Those blessèd structures, plot and rhyme–
why are they no help to me now
I want to make
something imagined, not recalled?
I hear the noise of my own voice:
The painter’s vision is not a lens,
it trembles to caress the light.
But sometimes everything I write
with the threadbare art of my eye
seems a snapshot,
lurid, rapid, garish, grouped,
heightened from life,
yet paralyzed by fact.
All’s misalliance.
Yet why not say what happened?
Pray for the grace of accuracy
Vermeer gave to the sun’s illumination
stealing like the tide across a map
to his girl solid with yearning.
We are poor passing facts,
warned by that to give
each figure in the photograph
his living name.

Robert Lowell: Día a día, Losada, Madrid, trad. de Luis Javier Moreno, 2003, pp. 187 y 269

el interior

Odilon Redon - Le Cyclope (The Cyclops), ca 1914Odilon Redon: Le Cyclope (hacia 1914)

¿Barbarie? En efecto. Pero lo decimos para introducir un nuevo concepto de barbarie, positivo. ¿Adónde lleva al bárbaro esa su pobreza de experiencia? A comenzar de nuevo y desde el principio, a tener que arreglárselas con poco, a construir con poco y mirando siempre hacia delante. Entre los grandes creadores siempre ha habido los implacables que han hecho tabla rasa. Querían una tabla de dibujo, pues eran constructores. Un constructor de ese tipo fue Descartes, que para comenzar su filosofía no quería otra cosa que tener una sola certidumbre: «Pienso, luego existo». Einstein fue también un constructor de este tipo, al que, de repente, no le interesó ya de toda la física más que una pequeña discrepancia entre las ecuaciones establecidas por Newton y las experiencias de la astronomía. En esa acción de comenzar desde el principio pensaban los artistas cuando se inspiraron en la matemática y construyeron el mundo a partir de formas estereométricas, tal como lo hicieron los cubistas, o al basarse en los ingenieros, como en el caso de Klee. Pues las figuras de Klee aparecen como diseñadas sobre una tabla de dibujo, y la expresión de sus gestos obedece en todo al interior, como la carrocería de un buen automóvil a las necesidades del motor. Al interior más que a la interioridad: esto es sin duda lo que las hace bárbaras.

Walter Benjamin: Experiencia y pobreza (1933), en Obras, libro II/vol. 1, Abada, Madrid, trad. de Jorge Navarro Pérez, 2010, pp. 218-219