anoar

Maruio Irrazábal- La mano, Punta del Este, Uruguay
La mano, obra do artista chileno Maruio Irrazábal. Punta del Este, Uruguay.

as mans, o  provisorio

(2012)

No auténtico narrar, a man,  cos seus xestos aprendidos no traballo, influe moito máis [ca voz] apoiando de múltiples formas o pronunciado.

Benjamin, Walter (1936)

estas mans anoadas e incomprensibles…

(2004)

palmas de mans sen ónices

(1999)

na palma da man non sosteñamos ónices

Méndez  Ferrín, X.L.  (1976)

Ilusión

Antonio Buero Vallejo

TOMÁS.-(Se levanta, expansivo.) Me alegra tanto lo que has dicho, Tulio… Porque la amistad es una bella cosa. [Hemos reñido, pero soy tu amigo.]  ¡Volverás con tu novia, amigo! (Con energía, con gravedad.) La vida, la dicha de crear, nos esperan a todos.
TULIO.-¡Así será, Tomás! No nos destruirán. Un día recordaremos todo esto, entre cigarrillos y cervezas. (Le pasa a TOMÁS un brazo por la espalda.) Diremos: parecía imposible. Pero nos atrevimos a imaginarlo y aquí estamos.
ASEL.-Eso. Aquí estamos.
TULIO.-¡No, no! ¡Estaremos! Diremos: aquí estamos. (Oprime, afectuoso, la espalda de TOMÁS) Y tú, con tus fantasías, me lo has hecho comprender. Tú no estás tan loco. ¡Tú estás vivo! Como yo.
TOMÁS.-(Conmovido) Pero…, ¿lo comprendes, Tulio? Si creemos en ese futuro es porque, de algún modo, existe ya. ¡El tiempo es otra ilusión! No esperamos nada. Recordamos lo que va a suceder.
ASEL.-(Sonríe con melancolía) Recordamos que no existe el tiempo…, si nos dan tiempo para ello.
TULIO.-(Ríe.) ¡No nos amargues la noche, Asel! [¡Esta noche, no!]
TOMÁS.-(Casi como un niño) ¡Esta noche, no, Asel!
(Y ríe también.)
ASEL.-Conforme, conforme. ¡Viva el presente eterno!
(Y saca su pipa.)

Diálogo de la Parte Segunda de La Fundación  (1974), de Antonio Buero Vallejo

Marina Tsvietáieva

Marina Tsvietáieva
(Rusia, 1892-1941)

Regreso del lider

El caballo… cojo.
La espada… oxidada.
¿Quién es el líder
jefe de multitudes?

Paso –una hora –.
Respiro –un siglo–.
Mirando hacia lo bajo,
donde se encuentran todos.

Enemigo o Amigo
espina o Laurel.
Todo sueña.
El Caballo es él.

El caballo… cojo.
La espada… oxidada.
La capa, vieja.
Mas derecho el cuerpo.

Antología poética, Hiperión

Sofia Gubaidulina: Hommage a Marina Tsvetayeva- V. A Garden

Teoría y vida

César Vallejo

(Santiago de Chuco, Perú, 1892 – París, 1938)

Hay hombres que elaboran una teoría o la reciben en préstamo, para luego meter y encuadrar la vida, a horcajadas y mojicones, dentro de esa teoría. La vida viene, en ese caso, a servir a la doctrina, en lugar de que ésta sirva a aquélla. (…) A fuerza de ver en esa doctrina la certeza por excelencia, la verdad definitiva, inapelable y sagrada, la han convertido en un zapato chino, afanándose por hacer que el devenir vital tan fluido y tan preñado de sorpresas calce dicho zapato, aunque sea magullándose los dedos y hasta luxándose los tobillos.

La insurreción Trotskista (texto completo: aquí)

Anatema, Raymond Carver

ANATEMA

La familia entera sufría.
Mi mujer, yo mismo, los dos niños, y la perra
cuyos cachorros nacieron muertos.
Nuestros asuntos, como siempre, iban mal.
A mi mujer la dejó su amante,
el profesor de música manco que era
su único contacto con el mundo exterior.
Mi propia novia dijo que no podía aguantar
más, y volvió con su marido.
El agua estaba cortada.
Todo aquel verano la casa se cocía.
Los ciruelos se habían secado.
Nuestro arriate de flores estaba pisoteado.
Al coche se le estropearon los frenos, y la batería
fallaba. Los vecinos dejaron de hablarnos
y nos cerraron la puerta en las narices.
Los de las tiendas nos devolvían los cheques
y luego dejaron de traernos el correo.
Sólo el sheriff pasaba
de vez en cuando- con uno u otro
de nuestros hijos en el asiento de atrás,
rogando que no los dejásemos solos.
Y luego a la casa entraron ratones a miles.
Seguidos por una serpiente cornuda. Mi mujer
se la encontró tomando el sol en el cuarto de estar
junto al televisor estropeado. Lo que hizo con ella
es otra cuestión. Le cortó la cabeza
allí mismo en el suelo.
Y luego la cortó en dos cuando siguió
retorciéndose. Vimos que no podríamos resistir
más. Estábamos hundidos.
Queríamos ponernos de rodillas
y decir perdónanos nuestros pecados, perdónanos
la vida. Pero era demasiado tarde.
Demasiado tarde. Nadie querría escuchar.
Tuvimos que ver cómo se venía abajo la casa,
el suelo se abría en dos, y luego
nos dispersamos en las cuatro direcciones.

R. Carver, Bajo una luz marina, Ed.Visor.