batalla

Anselm Kiefer, Am Anfang, 2008Anselm Kiefer: Am Anfang, Al principio (2008)

En esta humanidad central y centralizada, efecto e instrumento de relaciones de poder complejas, cuerpos y fuerzas sometidos por dispositivos de “encarcelamiento” múltiples, objetos para discursos que son ellos mismos elementos de esta estrategia, hay que oír el estruendo de la batalla.

Michel Foucault: Vigilar y castigar, Siglo XXI, Madrid, 1998, trad. de Aurelio Garzón del Camino, p.314

sueño

© Herbert List

Herbert List: Friends of Herbert List. Guess who? (Hamburg, 1932)

LA CIEGA MÁS VIEJA. — Yo algunas veces sueño que veo.

EL CIEGO MÁS VIEJO. — Yo no veo más que cuando sueño…

PRIMER CIEGO DE NACIMIENTO. — Yo no sueño, generalmente, más que a medianoche.

(Una ráfaga de viento conmueve el bosque, y las hojas caen en masas sombrías.)

Maurice Maeterlinck: Los ciegos, 1890.

…absolutamente

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Leonora Carrington, “Quería Ser Pájaro” (1960)

EL HADA.- ¿Tenéis aquí la yerba que canta o el Pájaro Azul?
TYLTYL.- Hierba tenemos pero no canta…
MYLTYL.- Tyltyl tiene un pájaro.
TYLTYL.- Pero no puedo darlo.
EL HADA.- ¿Por qué?
TYLTYL.- Porque es mío.
EL HADA.- Ciertamente es una razón… ¿en dónde está ese pájaro?…
TYLTYL.- (Mostrándole la jaula.) En la jaula…
EL HADA.- (Poniéndose las gafas para examinar el pájaro.) No me gusta; no es bastante azul. Será preciso que vayáis a buscarme ese que necesito.
TYLTYL.- Pero yo no sé dónde está…
EL HADA.- Yo tampoco. Por eso hay que ir a buscarlo. Puedo, si es preciso, pasarme sin la hierba que canta; pero necesito absolutamente el Pájaro Azul.

Maurice Maeterlinck: El pájaro azul, Sopec, Madrid, 1996, pp.18-19

La tarea

Jean Marais- Orphee

Jean Marais en Orphée (Jean Cocteau, 1950)

Jean Cocteau

(Maisons-Laffitte, 5 de julio de 1889 – Milly-la-Forêt, 11 de octubre de 1963)

No sé ni leer ni escribir. Y cuando me lo pregunta la hoja del censo, me dan ganas de contestar que no.

¿Quién sabe escribir? Es luchar con la tinta para intentar que nos oigan y nos entiendan.

O cuidamos demasiado la tarea o no la cuidamos lo suficiente. Pocas veces damos con el intermedio que cojee con gracia. Leer es harina de otro costal. Leo. Creo que leo. Cada vez que vuelvo a leer, caigo en la cuenta de que no había leído. Es lo malo de una carta. Encontramos lo que buscábamos. Y con ello nos contentamos. La guardamos. Si la volvemos a encontrar, leemos otra carta que no habíamos leído antes.

(…)

Todos estamos enfermos y sólo sabemos leer los libros que tratan de nuestra enfermedad. Por eso tienen tanto éxito los libros que hablan de amor. Pensamos: «Este libro se escribió para mí. ¿Qué pueden entender de él los demás?». «Qué hermoso es este libro», dice la persona a la que amamos y creemos que nos ama, a quien nos apresuramos a dárselo para que lo lea. Pero lo dice porque ama a otro.

Habría que preguntarse si el papel de los libros, que hablan todos para convencer, no sería escuchar y asentir. En Balzac, el lector encuentra el alimento que precisa: «Éste es mi tío, se dice, es mi tía, es mi abuelo, es la señora X…, es la ciudad en donde nací». En Dostoievski, ¿qué se dice?: «Éstas son mi fiebre y mi violencia, de las que nada sospechan quienes me rodean».

Y el lector cree leer. Toma el cristal sin azogue por espejo fiel. Reconoce la escena que transcurre del otro lado. ¡Cuánto se parece a lo que él piensa! ¡Qué bien refleja esa imagen! Cómo colaboran los dos juntos. Qué bien reflexionan.

Jean CocteauLa dificultad de ser, Madrid, Siruela, 2006, pp. 57-58