tregua

Laserstein. Tarde sobre Potsdam (1930)

Lotte Laserstein: Tarde sobre Potsdam (1930)

A David

El segundo o tercer lunes David y yo hablábamos como amigos que se conocen desde hace años. Nos preguntábamos cómo nos había ido la semana.

Él esperaba a su fisioterapeuta tumbado en una de las camillas de la sala grande. Yo había salido de la sala de masaje individual y empezaba a subir las mangas del jersey antes de meter mis manos en la parafina. Entonces le hablé de mi pequeña tregua (una de las primeras) de hacía unos días. El me sonrió y dijo:

—A mí eso me pasó el 22 de diciembre entre las dos y cinco y las dos y ocho. ¡Pude cerrar esta mano y mover todos los dedos! ¡Sin dolor! ¡Fue increíble!

Yo sonreía y escuchaba, mirando cómo él miraba su mano, viendo la mano. Seguimos bromeando hasta que llegó la fisioterapeuta con la que él empezaría a hacer los movimientos de piernas. Yo acabé de meter mis manos en la parafina: primero una, luego la otra. Mi fisio me ayudó con lo demás.

Aquella mañana salí de la clínica con una sonrisa (también de las primeras), la de saber que aun después, cuando las cosas estuviesen más torcidas, cuando fuese necesario pensar y ordenar mentalmente los movimientos de mi cuerpo —si es que llegase a tener que hacer algo semejante algún día, ni siquiera ahora puedo imaginarlo (sea lo que sea ese después ¿cómo puede alguien saberlo?)—, aun después, digo, en ese caso, podría haber en una noche de madrugada unos pocos minutos de tregua. Esos no los olvidaría.

Noelia Pena (abril, 2019)

Lotte Laserstein. Von Angesicht zu Angesicht, Foto. Städel MuseumLotte Laserstein: ‘Tarde sobre Potsdam’ en el Städel Museum

el envés

Martin Drolling: Interior de una cocina (1815)

Palabras

 

Algunas palabras hay que golpean como mazas {pelotas de goma y gases lacrimógenos que las UIP lanzan contra la multitud, explosiones a miles de kilómetros de distancia con detonadores en nuestra propia casa}. Pero hay otras {un cuidadoso punzón rasga el azogue de un espejo}
Que te tragas cual anzuelo {se confunde con el hambre o la sed de quien mezcla a medidas iguales horas de día y de sueño} y sigues nadando sin saberlo {limpiando de la mesa las virutas que raspas al aluminio, comiendo poco a poco el envés del vidrio para alcanzar la transparencia allí donde el valor se confunde con el atrevimiento, donde el fruto cae sin retorno y sin reflejo}.

{Anotación sobre} Hugo von Hofmannsthal: Poesía Lírica, seguida de Carta a Lord Chandos, Igitur, Montblanc, 2002, Trad. Olivier Giménez López, p.133

Leer con el monstruo

 

Fotograma “El azar de Baltasar” (Robert Bresson, 1966)

Los grandes filósofos crean conceptos nuevos que suponen un cambio en el pensamiento ordinario y en las condiciones de verdad que dan cuenta de cómo es y funciona la realidad.

Al comienzo de Los Principios de Filosofía, obra de René Descartes dedicada a la princesa Elisabeth de Bohemia, publicada inicialmente en latín en Ámsterdam en 1644 y en su versión en francés en 1647, leemos: “Que para examinar la verdad, es preciso dudar, en cuanto sea posible, de todas las cosas, una vez en la vida”. Es gracias a los nuevos conceptos introducidos por los filósofos como la filosofía toma consciencia de cuál debe ser su comienzo, el momento verdaderamente decisivo del pensamiento. Pero dudar de todo nos genera cierta incomodidad. ¿Podríamos seguir viviendo si llevásemos a la práctica esta máxima cartesiana? ¿Hasta dónde nos permitirían llegar nuestros pasos antes de comenzar a sentir el temor a resbalar y caernos? ¿Llegaríamos a tiempo para besar a nuestros hijos? ¿En qué momentos es preciso dudar de todas las cosas una vez en la vida? Por supuesto, esta duda no es una duda escéptica y paralizante sino metódica. Sigue habiendo vida mientras se lleva a la práctica y siguen respetándose unas cuantas normas básicas (la moral provisional, denominará el autor) para poder continuar sin el temor constante al quiebro.

En la carta que sirve de prefacio a la edición francesa de Les Principes de la Philosophie Descartes se dirige a los lectores aconsejándoles cómo proceder a la lectura de su obra. La primera de las lecturas sería al modo de una novela (ainsi qu’un roman) sin tomar demasiada atención a las dificultades que el texto pudiese presentar sino, a lo sumo, intentando identificar, para empezar, los temas tratados por el autor. En la siguiente lectura podría el lector subrayar -ayudado de una pluma- pero leyendo de nuevo hasta el final, reservando aún la preocupación por el detalle para la siguiente lectura en la cual las mayores dudas se verían posiblemente aclaradas y, por tanto, el subrayado precedente en gran medida podría resultar innecesario. La única clave es releer. Cada nueva lectura resolvería los problemas de la anterior. Leer en época de claroscuros simplemente requiere el esfuerzo de volver sobre lo ya leído, sobre lo ya visto y analizado, sobre la grupa del monstruo.

En el prefacio de los Principios, Descartes nos orienta en la lectura de algo enteramente nuevo, con la humildad de quien necesita no una ni tres sino las lecturas que sean precisas; donde volver atrás no es una derrota ni una pérdida sino el único modo de avanzar deshaciendo el nudo de la dificultad. ¿Una exageración? No para un libro que pretende desplazar las coordenadas del mundo; llevar lejos los avances científicos que habían sido alcanzados y poner orden, señalando los Principios para el estudio de la Filosofía.

Sin embargo, para nosotros, ¿en qué momento, volver sobre lo leído ha empezado a considerarse una falta cuando no un signo de ineptitud? Aquí es donde posiblemente muchos comencemos a temblar y corramos el riesgo de desistir y abandonar libros ante la menor dificultad, dificultad que cada vez censura y expulsa de los textos en lugar de animar el avance del lector que parece desconocer la recomendación cartesiana: solo es cuestión de volver sobre lo releído.

¿Quiénes son los lectores a los que sugiere Descartes el peculiar proceder en la lectura? ¿Se está dirigiendo a un público que lee, en primera instancia, novelas, y se preocupa de que este hecho no le prive de poder leer libros de filosofía como Los Principios? No deja de ser paradójico que su obra -en la versión inicial latina se aprecia con claridad- fuese concebida para ser destinada al estudio pues las recomendaciones de lectura del prefacio a la versión francesa no parecen dirigidas especialmente a lectores de Filosofía y, aún menos, a lectores de Escuela.

Sabemos que Descartes escribió algunas de sus obras -como El discurso del método– en francés, una lengua vernácula, no culta, destinada a un pueblo que pudiese entenderla. Escribir para el pueblo en lugar de para la gente culta fue uno de los rasgos que definían el nuevo modo de pensar de Descartes, pues creía, y afirmaba, que el buen sentido, la capacidad para distinguir lo verdadero de lo falso, era la cosa mejor repartida del mundo. Esta era la condición que hacía del común de las personas potenciales lectores de filosofía. Asistimos, con este solo gesto, a la invención de un nuevo público para un nuevo pensamiento.

Para alguien como Descartes, que utiliza la primera persona en la escritura de su Discurso y sus Meditaciones, es preferible que un libro de filosofía como los Principia sea tomado -al menos inicialmente- como una novela antes que como un libro especializado. Y ello a pesar de que la estructura de los Principios no tiene parecido alguno con una novela, pues se compone de artículos cuya lectura hasta el final podría poner en aprietos a más de un lector no familiarizado con la temática del libro. Lo que está pidiendo Descartes no es únicamente que se contravenga el sentido común de leer un tratado de filosofía con cierta erudición sino que se lea a la manera de una novela (esto es, con menor seriedad) y que esta operación se lleve a cabo frente a un libro que no tiene forma ni orden reconocible de novela. Es decir, lo que hace Descartes es nuevamente reclamar una nueva manera de leer (una no novela a la manera de las novelas) y, al mismo tiempo, leer filosofía al modo de una ficción. He aquí donde reside la innovación del modo de leer que propone Descartes en el prefacio de los Principios de Filosofía. Pero, aún más, bajo todas estas recomendaciones lo que se propone al lector es también cómo no deben leerse Les Principes de la Philosophie, a saber, como un libro de filosofía escolástica al uso (enemigo implícito que es combatido bajo las orientaciones de lectura aludidas). La tarea consistiría pues en destituir aquella lectura tradicional y automatizada para ganar una lectura acorde al nuevo orden del mundo expuesto en un nuevo libro.

¿Aceptaría un libro especializado hoy una lectura à la Principes de la Philosophie, ainsi qu’un roman? ¿Cuáles son los libros, cuáles los géneros que nos proponen pactos ficcionales innovadores para ensayar nuevas lecturas del mundo? ¿Es su ausencia el verdadero monstruo que lee con nosotros?

Noelia Pena, mayo 2017

Morgue

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Frederick Amat. Sogas nº1 (2008)

Morgue

 

El poeta se desvela. La hoja degüella la noche. El poeta enciende la luz de la
cocina abre la puerta del frigo
busca algo que corte una hemorragia.

Pero ¿qué harás con la noche descabezada?
Envolverla en papel frío.

El poeta toma las constantes a la noche
mide la temperatura el pulso hunde su mano en la frente
demora la hora del beso

Visita cada noche el poeta sus poemas
de amor
el corazón incandescente.

Noelia Pena, 2014

la tregua

Bianca de Vilar - Journeys_iii_7Bianca de Vilar. Journeys_iii_7

«Noto una dificultad de ser.» {De yacer, de doler.} Eso es lo que contesta el señor Fontenelle, ya centenario {ya astronauta}, cuando está a punto de morir {de entrar en órbita} y le pregunta su médico {el mayordomo}: «¿Qué nota, señor Fontenelle?». {Acercándole la aceituna.} Solo que la suya es de  última hora {la última antes de cerrarse la compuerta}. La mía es de toda la vida {la de toda la tregua}.

{Anotación sobre} Jean Cocteau. La dificultad de ser, Siruela, Trad. María Teresa Gallego Urrutia, 2006, p.114