pájaros

Joan Miró - Mujer y pájaro ante el sol (1942)Joan Miró Mujer y pájaro ante el sol (1942)

El mercado de pájaros

 

No se engaña al aficionado a los pájaros. Ve y

entiende a su pájaro desde lejos -«No hay que confiar en

ese pájaro»- dirá un aficionado a los pájaros,

mirando dentro del pico de un chamariz, y contando las plumas

de su cola. «Canta, es cierto, pero ¿qué

indica? También yo canto en compañía. No, muchacho, canta

sin ninguna compañía; canta en soledad si

es que puedes… ¡Dame

el que está callado!»

Anton Chéjov, El mercado de pájaros

(en Un sendero nuevo a la cascada, de Raymond Carver, Visor, Madrid, p. 95)

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Olivier Messiaen, L’abîme d’oiseaux, Quatuor pour la fin du temps (1941)

transformar(se)

leonora carington-laberinto

Labyrinth, Leonora Carrington (1991)

La búsqueda

El Laberinto es el cuerpo del Minotauro. Cuando Teseo va de aposento en aposento en busca del monstruo, se convierte poco a poco en el Minotauro. Éste se lo ha incorporado. Por eso es imposible que Teseo le mate al final, a no ser que se mate a sí mismo.
Cada uno se transforma en aquello que busca.

Michael Ende, Carpeta de apuntes, p.76

demasiada lógica

Maurice Maeterlinck

(29 de agosto de 1862 –  5 de mayo de 1949)

Sir John Lubbock se inclina a negar a la abeja todo discernimiento que sale de la rutina de sus trabajos habituales. Da como prueba de ello una experiencia que cada cual puede fácilmente repetir. Meted en una garrafa media docena de moscas, y media docena de abejas; colocad luego horizontalmente la garrafa con el fondo hacia la ventana de la habitación; las abejas se empeñarán, durante horas, hasta morir de fatiga o inanición, en buscar una salida a través del fondo del cristal, mientras que las moscas, en menos de dos minutos, habrán salido todas en el sentido opuesto por el cuello de la botella. Sir John Lubbock deduce de esto que la inteligencia de la abeja es en extremo limitada y que la mosca es mucho más hábil en salir del paso y encontrar el camino. Esta conclusión no parece irreprochable. Volved alternativamente hacia la luz, veinte veces seguidas si queréis, ora el fondo, ora el cuello de la esfera transparente, y veinte veces seguidas las abejas volverán al mismo tiempo para hacer frente a la luz. Lo que las pierde en la experiencia del sabio inglés es su amor a la luz y es su razón misma. Se imaginan, evidentemente, que en toda prisión el rescate está por la parte de la claridad más viva, obran en consecuencia y se obstinan en obrar con demasiada lógica. No han tenido nunca conocimiento de ese misterio sobrenatural que para ellas representa el vidrio, esa atmósfera súbitamente impenetrable que no existe en la Naturaleza, y el obstáculo y el misterio deben de serles tanto más inadmisibles, tanto más incomprensibles, cuanto más inteligentes son. Al paso que las moscas aturdidas, sin seso, sin tener cuenta de la lógica, del llamamiento de la luz, del enigma del cristal, revolotean al azar en el globo y, encontrando aquí la buena suerte de los simples, que a veces se  salvan donde perecen los más sabios, acaban necesariamente  por encontrar a su paso el buen cuello que las salva.

Maurice Maeterlinck, La vida de las abejas, Barcelona, Orbis, pp.66-67

Grete Stern, Botella al mar, 1950

devenires (iv)

los ojos del oso

Heinrich von Kleist (1777-1811)

 

En este punto, dijo el señor C… amistosamente, he de contarle yo otra historia, y no le costará apreciar que viene como anillo al dedo.
Me hallaba de camino hacia Rusia en una quinta del señor de G…, un aristócrata livonio, cuyos hijos se entrenaban asiduamente por aquel entonces en el arte de la esgrima. Sobre todo el mayor, recién vuelto a la universidad, se las daba de maestro, y una mañana cuando yo estaba en su cuarto me ofreció un florete. Esgrimimos; pero resultó que yo le superaba; por añadidura le obcecó la pasión; casi cada una de mis estocadas lo alcanzaba, y por último su florete voló a un rincón. Medio en broma, medio contrito, me dijo al tiempo que recogía el florete que había dado con la horma de su zapato; pero que tal horma existía para toda criatura, y que me iba a conducir ante la mía. Los hermanos prorrumpieron en carcajadas gritando: ¡ea! ¡ea! ¡a la leñera con él!, y cogiéndome de la mano me llevaron ante un oso que el señor de G… su padre, hacía criar en la finca.
El oso, cuando me acerqué a él sin salir todavía de mi asombro, estaba erguido sobre las patas traseras; apoyado contra un poste al que se hallaba atado, alzaba la zarpa derecha presta a la réplica, y me miraba a los ojos: tal era su posición de guardia. Confrontado a un adversario semejante, yo no sabía si soñaba o estaba despierto; pero el señor de G… me decía, ¡ataque! ¡ataque, e intente asestarle siquiera una estocada! Así que me hube recobrado un poco de mi estupefacción, me lancé sobre el florete en mano; el oso movió ligerísimamente la zarpa y paró el golpe.
Ahora yo me encontraba casi en la misma trampa que el joven señor de G… La seriedad del oso me sacaba de mis casillas, se sucedían estocadas y fintas, me empapaba el sudor: ¡todo en vano! El oso no sólo paraba todos mis golpes, como el mejor esgrimidor del mundo, sino que además ni siquiera se inmutaba por las fintas (y en ello ningún esgrimidor del mundo hubiera podido imitarlo): con los ojos fijos en los míos, cual si en ellos me pudiese leer el alma, allí estaba plantado, con la zarpa alzada y pronta a la réplica, y cuando mis estocadas no iban en serio, ni se movía.

Kleist, Heinrich von: Sobre el teatro de marionetas y otros ensayos de arte y filosofía, Madrid, Hiperion, 1988, pp.34-35

Heinrich-Von-Kleist-Sobre-El-Teatro-de-Marionetas

condiciones

Edouard Boubat- graffiti1968
pintada en París, Édouard Boubat (1968)

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Se dice equivocadamente (sobre todo en el marxismo) que una sociedad se define por sus contradicciones. Pero eso sólo es cierto a gran escala. Desde el punto de vista de la micropolítica, una sociedad se define por sus líneas de fuga, que son moleculares. Siempre fluye o huye algo, que escapa a las organizaciones binarias, al aparato de resonancia, a la máquina de sobrecodificación: todo lo que se incluye dentro de lo que se denomina “evolución de las costumbres”, los jóvenes, las mujeres, los locos, etc. Mayo del 68, en Francia, era molecular, y sus condiciones tanto más imperceptibles desde el punto de vista de la macropolítica. En esas circunstancias, se da el caso de que personas muy moderadas o muy viejas capten mejor el acontecimiento que los hombres políticos más avanzados, o que se creían tales desde el punto de vista de la organización. Como decía Gabriel Tarde, habría que saber qué campesinos, y en qué regiones del Mediodía, han empezado a negar el saludo a los propietarios de su entorno. A este respecto, un viejo propietario desfasado puede evaluar mejor las cosas que uno progresista. En Mayo del 68 ocurrió lo mismo: todos los que lo juzgaban en términos de macropolítica no comprendieron nada del acontecimiento, puesto que algo inasignable huía. Los hombres  políticos, los partidos, los sindicatos y muchos hombres de izquierda, cogieron una gran rabieta; repetían sin cesar que no se daban las “condiciones”. Daba la impresión de que se les había privado provisionalmente de toda la máquina dual que los convertía en los únicos interlocutores válidos. Extrañamente, de Gaulle e incluso Pompidou comprendieron mucho mejor que los otros.

G. Deleuze y F. Guattari: Mil Mesetas, Pre-textos Valencia, 2004, p.220-221

el letrero

Luis Seoane_Emigrante (1967)Luis Seoane, Emigrante (1967)


-É unha historia que sucedéu de certo e que lin nos xornáis, unha historia de emigrantes. Unha mulleriña galega que na súa vida saíra da súa aldea viaxóu até a Suiza pra ver aos seus fillos que traballaban aló. Ela eiquí vivía soia, os veciños escibiron o enderezo dos seus fillos en Xenebra, penduráronllo do pescozo nun letreiro e metérona no tren: no letreiro decíase ónde tiña que chegar a muller. A probe íballe amosando a todo o mundo o seu leteiro co enderezo escrito pra que lle dixeran qué tren tiña que coller, a qué ventaniña tiña que se dirixir en qué cola poñerse… Non falaba máis que galego e ficou completamente tola despóis dun viaxe que non remataba nunca. Cando chegóu a Xinebra non sabía quén era nin recoñecía a ninguén: somentes amosaba o seu letreiriño e xemía, que xa non falaba. Non a deixaron entrar siquera. Aló, como en todas partes, sonche moi cucos e moi asépticos: unha muller naquelas condicións, doente, trasvariada non podía entrar no país, non é rentable, non sirve, e os seus fillos tampouco poideron facer cousa ningunha. Aquí remata a historia: puxéronlle un calmante, metérona no tren, sin conciencia, e mandárona de volta pra aldea. Lin a historia nos xornáis e axiña pintei o cadro que ves: co letreiro cáseque abonda. A traxedia coméntase a sí mesma.

Víctor Freixanes: Unha ducia de galegos

-Es una historia que sucedió realmente y que leí en los periódicos, una historia de emigrantes. Una mujer gallega que nunca había salido de su pueblo viajó hasta Suiza para ver a sus hijos, que trabajaban allí. Ella aquí vivía sola, los vecinos escribieron la dirección de los hijos en Ginebra en un letrero, se lo colgaron del cuello y la metieron en el tren: en el letrero se indicaba adónde tenía que llegar la mujer. La pobre mujer iba enseñando a todo el mundo su letrero con la dirección escrita para que le dijeran qué tren tenía que tomar, a qué ventanilla tenía que dirigirse, en qué cola ponerse… Sólo hablaba gallego y se volvió completamente loca después de un viaje que no acababa nunca. Cuando llegó a Ginebra no sabía quién era ni reconocía a nadie: tan solo mostraba su letrerito y gemía, ya no hablaba. Ni siquiera la dejaron entrar. Allá, como en todas partes, son muy aprovechados y muy asépticos: una mujer en aquellas condiciones, enferma, trastornada, no podía entrar en el país, no es rentable, no sirve, y sus hijos tampoco pudieron hacer nada. Aquí acaba la historia: le dieron un calmante, la metieron en el tren, inconsciente, y la mandaron de vuelta al pueblo. Leí la historia en los periódicos y enseguida pinté el cuadro que ves: con el letrero ya es suficiente. La tragedia se comenta a sí misma.

Víctor Freixanes: Unha ducia de galegos (1976)