Leer con el monstruo

 

Fotograma “El azar de Baltasar” (Robert Bresson, 1966)

Los grandes filósofos crean conceptos nuevos que suponen un cambio en el pensamiento ordinario y en las condiciones de verdad que dan cuenta de cómo es y funciona la realidad.

Al comienzo de Los Principios de Filosofía, obra de René Descartes dedicada a la princesa Elisabeth de Bohemia, publicada inicialmente en latín en Ámsterdam en 1644 y en su versión en francés en 1647, leemos: “Que para examinar la verdad, es preciso dudar, en cuanto sea posible, de todas las cosas, una vez en la vida”. Es gracias a los nuevos conceptos introducidos por los filósofos como la filosofía toma consciencia de cuál debe ser su comienzo, el momento verdaderamente decisivo del pensamiento. Pero dudar de todo nos genera cierta incomodidad. ¿Podríamos seguir viviendo si llevásemos a la práctica esta máxima cartesiana? ¿Hasta dónde nos permitirían llegar nuestros pasos antes de comenzar a sentir el temor a resbalar y caernos? ¿Llegaríamos a tiempo para besar a nuestros hijos? ¿En qué momentos es preciso dudar de todas las cosas una vez en la vida? Por supuesto, esta duda no es una duda escéptica y paralizante sino metódica. Sigue habiendo vida mientras se lleva a la práctica y siguen respetándose unas cuantas normas básicas (la moral provisional, denominará el autor) para poder continuar sin el temor constante al quiebro.

En la carta que sirve de prefacio a la edición francesa de Les Principes de la Philosophie Descartes se dirige a los lectores aconsejándoles cómo proceder a la lectura de su obra. La primera de las lecturas sería al modo de una novela (ainsi qu’un roman) sin tomar demasiada atención a las dificultades que el texto pudiese presentar sino, a lo sumo, intentando identificar, para empezar, los temas tratados por el autor. En la siguiente lectura podría el lector subrayar -ayudado de una pluma- pero leyendo de nuevo hasta el final, reservando aún la preocupación por el detalle para la siguiente lectura en la cual las mayores dudas se verían posiblemente aclaradas y, por tanto, el subrayado precedente en gran medida podría resultar innecesario. La única clave es releer. Cada nueva lectura resolvería los problemas de la anterior. Leer en época de claroscuros simplemente requiere el esfuerzo de volver sobre lo ya leído, sobre lo ya visto y analizado, sobre la grupa del monstruo.

En el prefacio de los Principios, Descartes nos orienta en la lectura de algo enteramente nuevo, con la humildad de quien necesita no una ni tres sino las lecturas que sean precisas; donde volver atrás no es una derrota ni una pérdida sino el único modo de avanzar deshaciendo el nudo de la dificultad. ¿Una exageración? No para un libro que pretende desplazar las coordenadas del mundo; llevar lejos los avances científicos que habían sido alcanzados y poner orden, señalando los Principios para el estudio de la Filosofía.

Sin embargo, para nosotros, ¿en qué momento, volver sobre lo leído ha empezado a considerarse una falta cuando no un signo de ineptitud? Aquí es donde posiblemente muchos comencemos a temblar y corramos el riesgo de desistir y abandonar libros ante la menor dificultad, dificultad que cada vez censura y expulsa de los textos en lugar de animar el avance del lector que parece desconocer la recomendación cartesiana: solo es cuestión de volver sobre lo releído.

¿Quiénes son los lectores a los que sugiere Descartes el peculiar proceder en la lectura? ¿Se está dirigiendo a un público que lee, en primera instancia, novelas, y se preocupa de que este hecho no le prive de poder leer libros de filosofía como Los Principios? No deja de ser paradójico que su obra -en la versión inicial latina se aprecia con claridad- fuese concebida para ser destinada al estudio pues las recomendaciones de lectura del prefacio a la versión francesa no parecen dirigidas especialmente a lectores de Filosofía y, aún menos, a lectores de Escuela.

Sabemos que Descartes escribió algunas de sus obras -como El discurso del método– en francés, una lengua vernácula, no culta, destinada a un pueblo que pudiese entenderla. Escribir para el pueblo en lugar de para la gente culta fue uno de los rasgos que definían el nuevo modo de pensar de Descartes, pues creía, y afirmaba, que el buen sentido, la capacidad para distinguir lo verdadero de lo falso, era la cosa mejor repartida del mundo. Esta era la condición que hacía del común de las personas potenciales lectores de filosofía. Asistimos, con este solo gesto, a la invención de un nuevo público para un nuevo pensamiento.

Para alguien como Descartes, que utiliza la primera persona en la escritura de su Discurso y sus Meditaciones, es preferible que un libro de filosofía como los Principia sea tomado -al menos inicialmente- como una novela antes que como un libro especializado. Y ello a pesar de que la estructura de los Principios no tiene parecido alguno con una novela, pues se compone de artículos cuya lectura hasta el final podría poner en aprietos a más de un lector no familiarizado con la temática del libro. Lo que está pidiendo Descartes no es únicamente que se contravenga el sentido común de leer un tratado de filosofía con cierta erudición sino que se lea a la manera de una novela (esto es, con menor seriedad) y que esta operación se lleve a cabo frente a un libro que no tiene forma ni orden reconocible de novela. Es decir, lo que hace Descartes es nuevamente reclamar una nueva manera de leer (una no novela a la manera de las novelas) y, al mismo tiempo, leer filosofía al modo de una ficción. He aquí donde reside la innovación del modo de leer que propone Descartes en el prefacio de los Principios de Filosofía. Pero, aún más, bajo todas estas recomendaciones lo que se propone al lector es también cómo no deben leerse Les Principes de la Philosophie, a saber, como un libro de filosofía escolástica al uso (enemigo implícito que es combatido bajo las orientaciones de lectura aludidas). La tarea consistiría pues en destituir aquella lectura tradicional y automatizada para ganar una lectura acorde al nuevo orden del mundo expuesto en un nuevo libro.

¿Aceptaría un libro especializado hoy una lectura à la Principes de la Philosophie, ainsi qu’un roman? ¿Cuáles son los libros, cuáles los géneros que nos proponen pactos ficcionales innovadores para ensayar nuevas lecturas del mundo? ¿Es su ausencia el verdadero monstruo que lee con nosotros?

Noelia Pena, mayo 2017

escucha

Jo Spence y David Roberts - Write or Be Written Off (1988)Jo Spence y David Roberts: Write or Be Written Off (1988)

Por tanto, escribir filosofía no es solo transformarse sino abrir un lugar de encuentro y de interpelación. Los resúmenes de historia de la filosofía nos presentan a los grandes filósofos según lo que han dicho, según lo que han afirmado. Sería interesante hacer un día una historia que nos explicara qué han escuchado. No hay filosofía sin escucha, sin recepción, sin contagio, sin inseminación. No se trata solo de las influencias escolares de unos sobre otros, sino de la recepción de lo que en cada caso queda por pensar. Escuchar lo no pensado: solo ahí se desata el deseo de seguir pensando, de volver a escribir sobre lo ya escrito, la necesidad de retomar o de volver a empezar.
La escritura como experiencia de transformación y como lugar de interpelación es, necesariamente, una escritura creativa, experimental, corporal, estilística y singular. «El asunto de la filosofía es el punto singular en el que el concepto y la creación se relacionan el uno con la otra», escriben Deleuze y Guattari en ¿Qué es la filosofía? (i) ¿Qué sería de la escritura filosófica si no pudiéramos reconocer, en su tono y ritmo, en su manera propia de aproximarse a la verdad, la pluma de su autor? Pero la pluma de un autor, como bien ha explicado Nietzsche, no es la firma de un propietario, sino el movimiento de un cuerpo al danzar. Los pasos de baile se aprenden y se practican, pero al fin cada cuerpo tiene su manera de ejecutarlos, su manera de infundirles vida. Hasta la más austera de las plumas filosóficas, hasta la más impersonal y anónima de las escrituras, tiene su tono y su estilo, si realmente ha hecho suyo el problema que está abordando y la necesidad de desplegar sus conceptos y transformarse con ellos. Los estilos filosóficos han cambiado no solo según sus autores, sino también según los tiempos, las modas, las situaciones políticas e institucionales, las tradiciones escolares y los medios de publicación y difusión de la escritura misma. En cada época, además, han convivido escrituras en tensión y en abierto conflicto, no solo por el contenido de sus proposiciones, sino por el modo de enunciarlas.
Cuando la escritura, en filosofía, se convierte en un mero medio de comunicación de teorías, la filosofía deja de pensar, de transformarnos y de interpelarnos. Aprender a pensar es aprender a escribir. Somos una sociedad cien por cien alfabetizada en la técnica de la escritura. Pero pienso con temor que somos una sociedad amenazada por un nuevo analfabetismo, que es el de tener una relación meramente instrumental con la lectura y con la escritura. Así, la escritura está dejando de ser un medio de comprensión y de elaboración de la experiencia personal y colectiva, para reducirse a una herramienta comunicativa.

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(i) Deleuze, G. y Guattari, F.: ¿Qué es la filosofía?, Barcelona, Anagrama, 1993, p. 17

Marina Garcés: Filosofía inacabada, Galaxia Gutemberg, Barcelona, 2015, pp. 73-74

en la puerta

William Turner - Sun Setting over a Lake (1840)Joseph Mallord William Turner: Sun Setting over a Lake (1840)

La filosofía…
conquistará todos los misterios con la regla y la línea,
vaciará el aire de fantasmas y la mina de gnomos.
Destejerá un arco iris

Keats, Lamia (1820)

citado en Ángel Álvarez Gómez (1944-2005): El racionalismo del siglo XVII, Síntesis, Madrid, 2001, p. 13

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Puntualidad

Casi siempre llegaba tarde. Pero a tu clase era siempre puntual. Una vez llegué cuando se había cerrado el muro de acero, la puerta de entrada en el castillo. Me atreví a abrirla. Me miraste severamente. Pero quizás sabías que algo no iba bien. Cómo ibas a saberlo. Imposible imaginar que había tenido que tranquilizarla varias veces en la noche, que no había fuego, que nada se quemaba, que quizás en algún momento sin levantarme le había gritado que se durmiera, sin saber a quién gritaba porque ella hacía tiempo que había comenzado a irse, dejando tras de sí unos ojos sin mirada en un pesado cuerpo. Me dejaste entrar, sí, aquella mañana. Ser la excepción. Dejarme entrar era ordenarme que me sentara y atendiese, que te demostrara por qué me permitías entrar. Eso intentaba siempre. Prestaba mucha atención a todo cuanto decías. Ahí estábamos, intentando encontrar el flaco. Había que desmenuzar a los autores a partir de sus textos. Te hice una primera pregunta precipitada. Me miraste y respondiste sin apenas pestañear. Era necesario calentamiento antes del ejercicio serio, que llegaría unos minutos más tarde. Te hice entonces una nueva pregunta. Tu expresión cambió ligeramente. Nadie lo apreció. La respuesta fue enseguida devuelta. En primer curso había aprendido a ver los elementos y la relación entre ellos, traducirlos por variables, identificar las premisas y la conclusión, saber cuándo los argumentos no eran válidos. Por ello Husserl quedaba en segundo plano –a mí no me importaba en absoluto-, lo que entraba en juego era la validez lógica, las reglas, la necesidad de reconocer la estructura del razonamiento. Las preguntas comenzaban ya por «entonces…» o «sin embargo…». Un poco más tarde pregunté algo que ni yo misma entendía todavía del todo. Me miraste fijamente. Recuerdo tu semblante. Perfectamente en la mañana de aquel jueves. En tu clase hablar no era considerado una impertinencia. Pero delante de ti las palabras pesaban enormemente. Se hacía difícil. Era porque necesitaba estar bien despierta por lo que dejaba de tener sueño a primera hora de la mañana al cruzar esa puerta.

Dejamos de vernos ese año cuando me trasladé a otra ciudad. Ya de vuelta, bastante después de haberse producido, me enteré. M. y yo estábamos lavando y secando las bandejas metálicas en las que se servía la comida. El compañero de M. había estudiado también contigo, aunque no éramos de la misma promoción. A mitad de una conversación apareció tu nombre. Disparo a bocajarro. Sonido metálico de la bandeja resbalando de mis manos y tropezando con otra bandeja en el fondo del fregadero. La noticia de tu muerte fue el estruendo de la caída de una bandeja grasienta en la que se servía comida barata. Entonces tuve que ordenar a mis lágrimas que no saliesen: «no salgáis lágrimas, que viene alguien y hay que atenderle. ¿Puedes seguir aquí un momento?» y me alejé rápido al otro extremo del local. «No salgáis.» M. no entendía nada y se sorprendió. En ese momento supe que ya nada me haría volver a un edificio en el que no iba a volver a encontrarte.

Cuando lo necesito abro el libro sobre el que está grabado tu nombre. Ahora dejas la puerta entreabierta y agradeces mi puntualidad. He dejado de llegar tarde. Me preguntas qué estoy haciendo. Te digo con timidez que sigo intentando aprender a hacer fuego. Asientes con la cabeza y nos despedimos en la puerta. Tenemos trabajo pendiente que nos espera.

Noelia Pena: El agua que falta, Caballo de Troya, Barcelona, 2014, pp. 54-56

batalla

Anselm Kiefer, Am Anfang, 2008Anselm Kiefer: Am Anfang, Al principio (2008)

En esta humanidad central y centralizada, efecto e instrumento de relaciones de poder complejas, cuerpos y fuerzas sometidos por dispositivos de “encarcelamiento” múltiples, objetos para discursos que son ellos mismos elementos de esta estrategia, hay que oír el estruendo de la batalla.

Michel Foucault: Vigilar y castigar, Siglo XXI, Madrid, 1998, trad. de Aurelio Garzón del Camino, p.314

imprevisible

Gustave Le Gray- Le Soleil au Zénith Normandie, (1856-1857)Gustave Le Gray: Le Soleil au Zénith, Normandie (1856-1857)

El mar no existe. Cuando hablamos del mar, en realidad, estamos hablando de nosotros mismos. Vengativo, imprevisible, tranquilo… Las olas del mar no son más que las olas de posesión y desprendimiento del querer vivir.

Santiago López Petit: Horror vacui. La travesía de la Noche del Siglo, Siglo XXI, Madrid, 1996, p. 60

arco iris (ii)

Lucio Fontana- Concetto spaziale. Attesa (Concepto espacial. Espera, 1960)Lucio Fontana: Concepto espacial. Espera (1960)

En un texto violentamente poético, Lawrence describe lo que hace la poesía: los hombres incesantemente se fabrican un paraguas que les resguarda, en cuya parte inferior trazan un firmamento y escriben sus convenciones, sus opiniones; pero el poeta, el artista, practica un corte en el paraguas, rasga el propio firmamento, para dar entrada a un poco del caos libre y ventoso y para enmarcar en una luz repentina una visión que surge a través de la rasgadura, primavera de Wordsworth o manzana de Cézanne, silueta de Macbeth o de Acab. Entonces aparece la multitud de imitadores que restaura el paraguas con un paño que vagamente se parece a la visión, y la multitud de glosadores que remiendan la hendidura con opiniones: comunicación. Siempre harán falta otros artistas para hacer otras rasgaduras, llevar a cabo las destrucciones necesarias, quizá cada vez mayores, y volver a dar así a sus antecesores la incomunicable novedad que ya no se sabía ver. Lo que significa que el artista se pelea menos contra el caos (al que llama con todas sus fuerzas, en cierto modo) que contra los tópicos de la opinión. El pintor no pinta sobre una tela virgen, ni el escritor escribe sobre una página en blanco, sino que la página o la tela están ya cubiertas de tópicos preexistentes, preestablecidos, que hay primero que tachar, limpiar, laminar, incluso desmenuzar para hacer que pase una corriente de aire surgida del caos que nos aporte la visión. Cuando Fontana corta el lienzo coloreado de un navajazo, no es el color lo que hiende de este modo, al contrario, nos hace ver el color liso del color puro a través de la hendidura. El arte efectivamente lucha con el caos, pero para hacer que surja una visión que lo ilumine un instante, una Sensación. Hasta las casas…: las casas tambaleantes de Soutine salen del caos, tropezando a uno y otro lado, impidiéndose mutuamente que se desmoronen de nuevo; y la casa de Monet surge como una hendidura a través de la cual el caos se vuelve la visión de las rosas. Hasta el encarnado más delicado se abre en el caos, como la carne en el despellejado. Una obra de caos no es ciertamente mejor que una obra de opinión, el arte se compone tan poco de caos como de opinión; pero si se pelea contra el caos, es para arrebatarle las armas que vuelve contra la opinión, para vencerla mejor con unas armas de eficacia comprobada. Incluso porque el cuadro está en primer lugar cubierto de tópicos, el pintor tiene que afrontar el caos y acelerar las destrucciones para producir una sensación que desafíe cualquier opinión, cualquier tópico (¿durante cuánto tiempo?). El arte no es el caos, sino una composición del caos que da la visión o sensación, de tal modo que constituye un caosmos, como dice Joyce, un caos compuesto -y no previsto ni preconcebido-. El arte transforma la variabilidad caótica en variedad caoidea, por ejemplo el arrebol gris-negro y verde de El Greco; el arrebol dorado de Turner o el arrebol rojo de Staël. El arte lucha con el caos, pero para hacerlo sensible, incluso a través del personaje más encantador, el paisaje más encantado (Watteau).

G. Deleuze y F. Guattari: ¿Qué es la filosofía?, Anagrama, Madrid, 1997, pp. 204-205

Ugo Mulas - secuencia de Lucio Fontana en su estudio (1964)Ugo Mulas: Lucio Fontana en su estudio, secuencia (1964)

Introducción de D.H. Lawrence a Chariot of the Sun, de Harry Crosby (eng)

cometas

Auto de fe-Francisco Rizzi (1683)
Auto de fe, Francisco Rizzi (1683)

Pero ¿por qué únicamente tres países fueron colectivamente capaces de producir filosofía en el mundo capitalista? ¿Por qué no España, por qué no Italia? Italia en particular presentaba un conjunto de ciudades desterritorializadas y un poderío marítimo capaces de renovar las condiciones de un «milagro», y marcó el inicio de una filosofía inigualable, pero que abortó, y cuya herencia se transfirió más bien a Alemania (con Leibniz y Schelling). Tal vez se encontraba España demasiado sometida a la Iglesia, e Italia demasiado «próxima» de la Santa Sede; lo que espiritualmente salvó a Alemania y a Inglaterra fue tal vez la ruptura con el catolicismo, y a Francia el galicanismo… Italia y España carecían de un «medio» para la filosofía, con lo que sus pensadores seguían siendo unas «cometas», y además estos países estaban dispuestos a quemar a sus cometas. Italia y España fueron los dos países occidentales capaces de desarrollar con mucha fuerza el concettismo, es decir ese compromiso católico del concepto y de la figura, que poseía un gran valor estético pero disfrazaba la filosofía, la desviaba hacia una retórica e impedía una posesión plena del concepto.

La forma presente se expresa así: ¡tenemos los conceptos! Mientras que los griegos no los «tenían» todavía, y los contemplaban de lejos, o los presentían: de ahí deriva la diferencia entre la reminiscencia platónica y el innatismo cartesiano o el a priori kantiano. Pero la posesión del concepto no parece coincidir con la revolución, el Estado democrático y los derechos del hombre.

Gilles Deleuze y Féliz Guattari: ¿Qué es la filosofía?, Barcelona, Anagrama, pp. 104-105, 1993