el rostro

 

2007-41.1-.13

Untitled (Glass on Body Imprints — Face), Ana Mendieta, 1972.

Mil mesetas (1980)

¿No es eso también deshacer el rostro, o como decía Miller (1), ya no mirar a los ojos ni mirarse en los ojos, sino atravesarlos a nado, cerrar los ojos y convertir el propio cuerpo en un rayo de luz que se mueve a una velocidad cada vez mayor? Por supuesto, se necesitan todos los recursos del arte, y del arte más elevado. Se necesita toda una línea de escritura, toda una línea de picturalidad, toda una línea de musicalidad… Pues gracias a la escritura se deviene animal, gracias al color se deviene imperceptible, gracias a la música se deviene duro y sin recuerdos, a la vez animal e imperceptible: amoroso. Pero el arte nunca es un fin, sólo es un instrumento para trazar líneas de vida, es decir, todos esos devenires reales, que no se producen simplemente en el arte, todas esas fugas activas, que no consisten en huir en el arte, en refugiarse en el arte, todas esas desterritorializaciones positivas, que no van a reterritorializarse en el arte, sino más bien arrastrarlo con ellas hacia el terreno de lo asignificante, de lo asubjetivo y de lo sin-rostro.

G. Deleuze y F. Guattari: Mil Mesetas, Pre-textos Valencia, 2004, p.191

(1) “Ya no miro a los ojos de la mujer que tengo en mis brazos, los atravieso a nado, cabeza, brazos y piernas en su integridad, y veo que tras las órbitas de esos ojos se extiende un mundo inexplorado, mundo de las cosas futuras, y que ese mundo carece de toda lógica (…). He roto la pared (…), mis ojos ya no sirven para nada, pues sólo me remiten la imagen de lo conocido. La totalidad de mi cuerpo debe devenir rayo perpetuo de luz, moviéndose a una velocidad cada vez mayor, sin respiro, sin retorno, sin debilidad (…). Sello, pues, mis oídos, mis ojos, mis labios” (Henry Miller, Trópico de Capricornio, citado en Mil Mesetas, p. 177)

+

tiempo

Cândido Portinari. Mulher chorando (1947)

Cândido Portinari: Mulher chorando (1947)

 Carlos Drummond de Andrade (1902 – 1987)

Nuestro tiempo

A Oswaldo Alves

I

Este es tiempo de partido,

tiempo de hombres partidos.

En vano recorremos volúmenes,

viajamos y nos coloreamos.

La hora presentida se desmenuza en polvo por la calle.

Los hombres piden carne. Fuego. Zapatos.

Las leyes no bastan. Los lirios no nacen

de la ley. Mi nombre es tumulto, y se escribe

en la piedra.

Visito los hechos, no te encuentro.

¿Dónde te ocultas, precaria síntesis,

prenda de mi sueño, luz

durmiendo encendida en la balaustrada?

Menudas certezas de préstamo, ningún beso

sube al hombro para contarme

la ciudad de los hombres completos.

Me callo, espero, descifro.

Las cosas tal vez mejoren.

¡Son tan fuertes las cosas!

Pero yo no soy las cosas y me rebelo.

Tengo palabras en mí buscando canal,

son roncas y duras,

irritadas, enérgicas,

comprimidas hace tiempo,

perdieron el sentido, apenas quieren estallar.

II

Este es tiempo de divisas,

tiempo de gente cortada.

De manos viajando sin brazos,

obscenos gestos sueltos.

Cambió la calle de la infancia.

Y el vestido rojo

rojo

cubre la desnudez del amor,

al relente, no sirve.

Símbolos oscuros se multiplican.

¿Guerra, verdad, flores?

De los laboratorios platónicos movilizados

viene un soplo que limpia los rostros

y disipa, en la playa, las palabras.

La oscuridad se extiende pero no elimina

el sucedáneo de la estrella en las manos.

¡Ciertas partes de nosotros cómo brillan! Son uñas,

anillos, perlas, cigarros, linternas,

son partes más íntimas,

la pulsación, el jadeo,

y el aire de la noche es el estrictamente necesario

para continuar, y continuamos.

III

Y continuamos. Es tiempo de muletas.

Tiempo de muertos habladores

y viejas paralíticas, nostálgicas de bailongo,

pero todavía es tiempo de vivir y contar.

Ciertas historias no se perdieron.

Conozco bien esta casa,

por la derecha se entra, por la izquierda se sube,

la sala grande conduce a cuartos terribles,

como el del entierro que fue hecho, del cuerpo olvidado en

la mesa,

conduce a la copa de frutas ácidas,

al claro jardín central, al agua

que gotea y segrega

el incesto, la bendición, la partida,

conduce a las celdas cerradas, ¿qué contienen?

¿papeles?

¿crímenes?

¿monedas?

Oh cuenta, vieja negra, oh periodista, poeta, pequeño

historiador urbano,

oh sordomudo, depositario de mis desfallecimientos, ábrete y cuenta,

muchacha prendida en la memoria, viejo alejado, cucaracha

de los archivos, puertas chirriantes, soledad y asco,

personas y cosas enigmáticas, contad,

capa de polvo de los pianos desmantelados, contad;

viejos sellos del emperador, vajillas de porcelana partidas, contad;

huesos en la calle, fragmentos de diario, cierres en el piso de la

costurera, luto en el brazo, palomas, perros errantes, animales cazados, contad.

Todo es tan difícil desde que os callasteis…

Y muchos de vosotros nunca se abrieron.

IV

Es tiempo de medio silencio,

de boca helada y murmullo,

palabra indirecta, aviso

en la esquina. Tiempo de cinco sentidos

en uno solo. El espía cena con nosotros.

Es tiempo de cortinas pardas,

de cielo neutro, política

en la manzana, en el santo, en el gozo,

amor y desamor, cólera

blanca, gin con agua tónica,

ojos pintados,

dientes de vidrio,

grotesca lengua torcida.

A eso llamamos: equilibrio.

En el callejón,

apenas una pared,

sobre ella la policía.

En el cielo de la propaganda

aves anuncian

la gloria.

En el cuarto,

irrisión y tres cuellos sucios.

V

Escucha la hora formidable del almuerzo

en la ciudad. Las oficinas, en un instante, se vacían.

Las bocas chupan un río de carne, legumbres y tortas vitamínicas.

¡Salta aprisa del mar la bandeja de peces argénteos!

Los subterráneos del hambre lloran caldo de sopa,

ojos líquidos de perro a través del vidrio devoran tu hueso.

Come, brazo mecánico, aliméntate, mano de papel, es tiempo de comida,

más tarde será el de amor.

Lentamente las oficinas se recuperan, y los negocios, forma indecisa, evolucionan.

El espléndido negocio se insinúa en el tráfico.

Multitudes que lo cruzan no ven. No tiene color ni olor.

Está disimulado en el tranvía, por detrás de la brisa del sur,

viene en la arena, en el teléfono, en la batalla aérea,

toma cuenta de tu alma y extrae de ella un porcentaje.

Escucha la hora deshecha del regreso.

Hombre tras hombre, mujer, criatura, hombre,

ropa, cigarro, sombrero, ropa, ropa, ropa,

hombre, hombre, mujer, hombre, mujer, ropa, hombre,

imaginan esperar cualquier cosa,

y se quedan mudos, chorrean paso a paso, se sientan,

últimos siervos del negocio, imaginan volver a casa,

ya de noche, entre paredes apagadas, en una supuesta ciudad, imaginan.

Escucha la pequeña hora nocturna de compensación, lecturas, llamado al casino, paseo en la playa,

el cuerpo al lado del cuerpo, finalmente distendido,

con los pantalones despedido el incómodo pensamiento de esclavo,

escucha al cuerpo chirriar, enlazar, refluir,

errar en objetos remotos y, bajo ellos enterrado sin dolor,

confiarse a lo que bien me importa

del sueño.

Escucha el horrible empleo del día

en todos los países de habla humana,

la falsificación de las palabras goteando en los periódicos,

el mundo irreal de los registros civiles donde la propiedad es una torta con flores,

los bancos triturando suavemente el pescuezo del azúcar,

la constelación de las hormigas y usureros,

la mala poesía, la mala novela,

los frágiles que se entregan a la protección del basilisco,

el hombre feo, de fealdad mortal,

paseando en bote

en un siniestro crepúsculo de sábado.

VI

En los sótanos de la familia,

orquídeas y opciones

de compra y desquite.

La gravidez eléctrica

ya no trae languideces.

Criaturas alérgicas

se cambian; se reforman.

Hay una implacable

guerra a las cucarachas.

Se cuentan historias

por correspondencia.

La mesa reúne

una copa, un cuchillo,

y la cama devora

tu soledad.

Se salva la honra

y la herencia del ganado.

VII

O no se salva, y es lo mismo. Hay soluciones, hay bálsamos

para cada hora y dolor. Hay fuertes bálsamos,

dolores de clase, de sangrienta furia

y plácido rostro. Y hay mínimos

bálsamos, sofocados dolores innobles,

lesiones que ningún gobierno autoriza,

no obstante duelen,

melancolías insobornables,

ira, reprobación, disgusto

de ese sombrero viejo, de la calle embarrada, del Estado.

Está el llanto en el teatro,

¿en el palco?, ¿en el público?, ¿en las butacas?

está sobre todo el llanto en el teatro,

ya tarde, ya confuso,

él oscurece las luces, se engolfa en el linóleo,

va a minar los depósitos, en los callejones coloniales donde pasean ratas nocturnas,

va a mojar, en la plantación madura, el maíz ondulante,

y a secar al sol, en pozo amargo.

Y dentro del llanto mi rostro irónico,

mi ojo que ríe y desprecia,

mi repugnancia total por vuestro lirismo deteriorado,

que profana la esencia misma de los diamantes.

VIII

El poeta

declina toda responsabilidad

en la marcha del mundo capitalista

y con sus palabras, intuiciones, símbolos y otras armas

promete ayudar

a destruirlo

como a una cantera, una selva,

un gusano.

Carlos Drummond de Andrade, La rosa del pueblo, 1945

un poema más

50 poemas escogidos

A rosa do povo

formulación de los problemas

Julián Marías Aguilera (Valladolid, 1914 – Madrid, 2005)


“El verbo griego del que se deriva el sustantivo “problema” quiere decir lanzar o arrojar delante. Problema significa, ante todo, algo saliente, p.e. un promontorio; de un modo más correcto, un obstáculo, algo con que me encuentro delante; y por extensión metafórica, lo que llamamos usualmente problema intelectual. Pero repárese en que para que algo me sea obstáculo no basta con que esté ahí delante; también tengo delante la pared y ésta no me sirve de obstáculo, sino de abrigo -otro sentido que tiene la voz, προβλεμα-; para que se convierta en obstáculo, no es suficiente su presencia ante mí: hace falta que yo necesite pasar al otro lado, precisamente a través de ella; entonces es efectivo obstáculo, en la forma concreta de lo que los griegos llaman “aporía”, es decir, falta de poro o agujero por el que salir de una situación. Podemos decir, por tanto, que uno de los elementos reales que integran un problema es la situación en que como tal se constituye; y una formulación de los problemas que omita esa situación, es en el sentido más riguroso, una formulación incompleta, abstracta y, en suma, ficticia”.

Julián Marías, Introducción a la Filosofía

etimología de “problema”

los recuerdos

Cuernos de caza

Nuestra historia es noble y trágica

Como la máscara de un tirano

Ningún drama arriesgado o mágico

Ningún detalle indiferente

Vuelve patético nuestro amor

Y Thomas de Quincey tomando

Opio veneno dulce y casto

En su pobre Anne iba soñando

Pasemos pasemos pues que todo pasa

Yo volveré a menudo

Los recuerdos son cuernos de caza

Cuyo ruido muere entre el viento

Apollinaire,  Alcoholes (1913)

el original puede leerse y escucharse aquí

cor de chasse

sonido

sobre el instrumento

perpetua sangre quieta

Plaza de las Tres Culturas (Ciudad de México) escenario de la matanza del 2 de octubre de 1968

JAIME SABINES

(1926 – 1999)

TLATELOLCO, 68

1
Nadie sabe el número exacto de los muertos,
ni siquiera los asesinos,
ni siquiera el criminal,
(Ciertamente, ya llegó a la historia
este hombre pequeño por todas partes,
incapaz de todo menos del rencor.)

Tlatelolco será mencionado en los años que vienen
como hoy hablamos de Río Blanco y Cananea,
pero esto fue peor,
aquí han matado al pueblo:
no eran obreros parapetados en la huelga,
eran mujeres y niños, estudiantes,
jovencitos de quince años,
una muchacha que iba al cine,
una criatura en el vientre de su madre,
todos barridos, certeramente acribillados
por la metralla del Orden y la Justicia Social.

A los tres días, el ejército era la víctima de los
desalmados,
y el pueblo se aprestaba jubiloso
a celebrar las Olimpiadas, que darían gloria a México.

2
El crimen está allí,
Cubiertos de hojas de periódicos,
con televisores, con radios, con banderas olímpicas.
El aire denso, inmóvil,
el terror, la ignominia.
Alrededor las voces; el tránsito, la vida.
y el crimen está allí.

3
Habría que lavar no sólo el piso: la memoria.
Habría que quitarles los ojos a los que vimos,
asesinar también a los deudos,
que nadie llore, que no haya más testigos.
Pero la sangre echa raíces
y crece como un árbol en el tiempo.
La sangre en el cemento, en las paredes,
en una enredadera: nos salpica,
nos moja de vergüenza, de vergüenza, de vergüenza,

Las bocas de los muertos nos escupen
una perpetua sangre quieta.

4
Confiaremos en la mala memoria de la gente,
ordenaremos los restos,
perdonaremos a los sobrevivientes,
daremos libertad a los encarcelados,
seremos generosos, magnánimos y prudentes.
Nos han metido las ideas exóticas como una lavativa,
pero instauramos la paz,
consolidamos las instituciones;
los comerciantes están con nosotros,
los banqueros, los políticos auténticamente
(mexicanos,
los colegios particulares,
las personas respetables.
Hemos destruido la conjura,
aumentamos nuestro poder:
ya no nos caeremos de la cama
porque tendremos dulces sueños.

Tenemos Secretarios de Estado capaces
de transformar la mierda en esencias aromáticas,
diputados y senadores alquimistas,
líderes inefables, chulísimos,
un tropel de putos espirituales
enarbolando nuestra bandera gallardamente.

Aquí no ha pasado nada.
Comienza nuestro reino.

5
En las planchas de la Delegación están los cadáveres,
Semidesnudos, fríos, agujerados,
algunos con el rostro de un muerto.
Afuera, la gente se amontona, se impacienta,
espera no encontrar el suyo:
“Vaya usted a buscar a otra parte”.

6
La juventud es el tema
dentro de la Revolución.
El Gobierno apadrina a los héroes.
El peso mexicano está firme
y el desarrollo del país es ascendente.
Siguen las tiras cómicas y los bandidos en la televisión.
Hemos demostrado al mundo que somos capaces,
respetuosos, hospitalarios, sensibles
(¡Qué Olimpiada maravillosa!),
y ahora vamos a seguir con el “Metro”
porque el progreso no puede detenerse.

Las mujeres, de rosa,
los hombres, de azul cielo,
desfilan los mexicanos en la unidad gloriosa
que construyen la patria de nuestros sueños.

Jaime Sabines, Maltiempo (1972)

algunos poemas más

la cuestión

PELUQUERO PARA SEÑORAS QUISQUILLOSAS

Detener una mañana en sus camas, sin decir nada, a tres mil damas y caballeros del Kurfürstendanmm, y tenerlos veinticuatro horas en la cárcel. Distribuir a medianoche, en las celdas, un cuestionario sobre la pena de muerte, pidiendo a sus firmantes que indiquen el tipo de ejecución que, llegado el caso, elegirían a título personal. Quienes hasta entonces solían expresarse “según su leal entender” y sin que nadie se lo pidiera, tendrían que rellenar ese documento bajo estricta vigilancia y “según su leal saber”. Antes del amanecer, sagrado desde siempre, pero consagrado en este país al verdugo, se habría esclarecido la cuestión de la pena de muerte.

W. Benjamin, Dirección Única, Taurus,1987, p.36

un diálogo

Diálogo sobre un diálogo

A. —Distraídos en razonar la inmortalidad, habíamos dejado que anocheciera sin encender la lámpara. No nos veíamos las caras. Con una indiferencia y una dulzura más convincentes que el fervor, la voz de  Macedonio Fernández repetía que el alma es inmortal. Me aseguraba que la muerte del cuerpo es del todo insignificante y que morirse tiene que ser el hecho más nulo que puede sucederle a un hombre. Yo jugaba con la navaja de Macedonio; la abría y la cerraba. Un acordeón vecino despachaba infinitamente la Cumparsita, esa pamplina consternada que les gusta a muchas personas, porque les mintieron que es vieja… Yo le propuse a Macedonio que nos suicidáramos, para discutir sin estorbo.

Z (burlón). —Pero sospecho que al final no se resolvieron.
A (ya en plena mística). —Francamente no recuerdo si esa noche nos suicidamos.

Jorge Luis Borges, El Hacedor

un poco más:

Macedonio Fernández por acá y por allá

Otros laberintos

fácil, imposible, difícil


René Magritte: Jeune fille mangeant un oiseau (Le Plaisir)

Retrato de mujer

Tiene que ser para elegir.
Cambiar para que no cambie nada.
Es fácil, imposible, difícil, vale la pena intentarlo.
Tiene ojos, si hace falta, a veces grises, otras azules,
negros, alegres, llenos de lágrimas sin motivo.
Se acuesta con él como la primera de la fila, la única en el mundo.
Le da cuatro hijos, no le da hijos, le da uno.
Ingenua, pero da buenos consejos.
Débil, pero puede con la carga.
No tiene nada en la cabeza, pero lo va a tener.
Lee a Jaspers y revistas femeninas.
No sabe para qué es ese tornillo y construye un puente.
Joven, como de costumbre joven, constantemente joven.
Tiene en la mano un gorrión con el ala rota,
su propio dinero para un viaje largo y lejano,
un cuchillo, una compresa y un vaso de vodka.
A dónde va con tanta prisa, ¿no estará cansada?
Claro que no, sólo un poco, mucho, no importa.
O lo ama o está encaprichada.
En las buenas, por las malas y por el amor de Dios.

Wislawa Szymborska: en Poesía no completa, FCE, México, 2002, p. 236 [traducción Gerardo Beltrán]

pensar de otro modo

Michel Foucault
(Poitiers, 15 de octubre de 1926 – París, 25 de junio de 1984)

En cuanto al motivo que me impulsó, fue bien simple. Espero que, a los ojos de algunos, pueda bastar por sí mismo. Se trata de la curiosidad, esa única especie de curiosidad, por lo demás, que vale la pena de practicar con cierta obstinación: no la que busca asimilar lo que conviene conocer, sino la que permite alejarse de uno mismo. ¿Qué valdría el encarnizamiento del saber si sólo hubiera de asegurar la adquisición de conocimientos y no, en cierto modo y hasta donde se puede, el extravío del que conoce? Hay momentos en la vida en los que la cuestión de saber si se puede pensar distinto de como se piensa y percibir distinto de como se ve es indispensable para seguir contemplando o reflexionando. Quizá se me diga que estos juegos con uno mismo deben quedar entre bastidores, y que, en el mejor de los casos, forman parte de esos trabajos de preparación que se desvanecen por sí solos cuando han logrado sus efectos. Pero ¿qué es la filosofía hoy -quiero decir la actividad filosófica si no el trabajo crítico del pensamiento sobre sí mismo? ¿Y si no consiste, en vez de legitimar lo que ya se sabe, en emprender el saber cómo y hasta dónde sería posible pensar distinto?

Siempre hay algo de irrisorio en el discurso filosófico cuando, desde el exterior, quiere ordenar a los demás, decirles dónde está su verdad y cómo encontrarla, o cuando se siente con fuerza para instruirles con positividad ingenua; pero es su derecho explorar lo que, en su propio pensamiento, puede ser cambiado mediante el ejercicio que hace de un saber que le  es extraño.

Se trata de un ejercicio filosófico: en él se ventila saber en qué medida el trabajo de pensar su propia historia puede liberar al pensamiento de lo que piensa en silencio y permitirle pensar de otro modo.

Michel Foucault, introducción a Historia de la sexualidad. II. El uso de los placeres

narradores

Elias Canetti

(25 de julio de 1905 –  14 de agosto de 1994)

Cuenteros y escribanos

Los cuenteros suelen tener la mayor clientela. A su alrededor se forman los más densos y también los más duraderos círculos de gente. Sus intervenciones duran bastante;  en un corro interior los oyentes se sientan en el suelo y no se levantan tan pronto. Otros forman en pie un cerco exterior, y tampoco se mueven, penden fascinados de las palabras y gestos del cuentero. A veces son dos los que recitan alternativamente. Sus palabras llegan  desde lejos y permanecen más tiempo suspendidas en el aire que las de personas corrientes. Yo no entendía nada y sin embargo permanecía igualmente fascinado al eco de su voz. Eran palabras sin significado alguno para mí, lanzadas con energía y fuego: eran entrañables al hombre, pues se afirmaba orgulloso de ellas. Las ordenaba a tenor de un ritmo que a mí siempre me parecía muy personal. Cuando se detenía, resonaba lo que decía a continuación más poderoso y elevado. Me era posible percibir la solemnidad de algunas palabras y la maliciosa intención de otras. Los cumplidos me afectaban como si fuesen dirigidos directamente hacia mí; y me sentí amenazado. Todo parecía dominado; las palabras más imponentes volaban tan lejos como deseaba el narrador. El aire, por encima de los oyentes, se percibía en movimiento; y uno que entendiese tan poco como yo, sentía latir la vida más allá del oyente.

Para hacer honor a sus palabras los narradores iban vestidos de una forma chocante. Su indumentaria se diferenciaba de la del resto de los oyentes. Vestían telas lujosas; uno u otro, por lo general, en terciopelo azul o marrón. Actuaban como personalidades de alto rango, pero fantásticas para quienes les rodeaban. Atendían a sus héroes y figuras. Cuando su mirada caía sobre alguien que estuviese allí habitualmente, éste debía pasar tan inadvertido como cualquier otro. Los extranjeros no existían para él en absoluto; no pertenecían al reino de sus palabras. Al principio no quería admitir siquiera que yo le interesase tan poco, era demasiado sorprendente para ser verdad. Y así per­manecía largo rato en pie, hasta que esas voces me hacían ir hacia otro lugar más sonoro, pero tampoco en­tonces reparaba en mí, cuando ya casi empezaba incluso a sentirme a gusto en el corro más amplio. El cuentero, por supuesto, se había fijado en mí, pero para él continuaba siendo un extraño en su círculo encantado, pues no era capaz de entenderle.

Con frecuencia habría dado cualquier cosa por comprenderle, y espero llegue el día en que pueda apre­ciar a estos cuenteros itinerantes tal como se merecen. Pero también estaba contento de no entenderles. Constituían para mí algo así como un enclave de vida arcaica y sin cambio. Su idioma les resultaba tan indis­pensable como a mí el mío propio. Las palabras eran su alimento y no se dejaban convencer fácilmente por na­die para cambiarlas por otro alimento mejor. Me sentía orgulloso de constatar el poder narrativo que ejercían sobre sus compañeros de lengua. Se asemejaban a mis hermanos más viejos y mejores. En momentos felices me decía a mí mismo: También yo puedo reunir perso­nas en torno mío a las que relatar algo. Pero en vez de cambiar de lugar a lugar, sin ser capaz de encontrar oídos que se abran a mí; en vez de vivir de la confianza de mi propio relato, me había hipotecado para con el papel. Yo, soñador pusilánime, vivo a resguardo de me­sas y puertas; y ellos entre la algarabía del mercado, entre cientos de rostros extraños, cambiando diariamen­te, desprovistos de todo conocimiento frío y superfluo, sin libros, ambiciones ni prestigio vacío. Entre las personas de nuestro ambiente que viven la literatura, raras veces me había sentido a gusto. Los miro con desdén porque desdeño algo en mí mismo y creo que ese algo es el papel. Aquí me encontraba de pronto entre poetas que podía mirar a la cara porque no había una sola pa­labra suya que leer.

Sin embargo, en la proximidad más inmediata, tuve que reconocer hasta qué punto había ofendido el papel. A pocos pasos de los cuenteros tenían su sitio los escribanos. Había silencio alrededor suyo, la parte más silenciosa del Xemaá El Fná. Los escribanos no ensalzaban su capaci­dad; estaban allí sentados tranquilamente, hombres pe­queños, enjutos, su escribanía delante; y jamás daban a uno la sensación de que esperasen clientes. Cuando mira­ban, te observaban sin especial curiosidad y al momento desviaban de nuevo la mirada. Sus bancos estaban dis­puestos a cierta distancia unos de otros, de tal modo que era imposible que se oyesen entre sí. Los más avezados o quizás también los más antiguos se acurrucaban en el suelo. Allí recapacitaban o escribían en un mundo discre­to, ajeno al desenfrenado bullicio de la plaza circundante. Era como si se les consultase sobre reclamaciones secretas, y puesto que todo sucedía públicamente se habían acos­tumbrado todos ya a pasar desapercibidos. Incluso ellos mismos apenas estaban presentes; sólo contaba una cosa: la callada presencia del papel.

Hasta ellos llegaban jóvenes o parejas. Una vez vi a dos mujeres jóvenes con velo sentadas en el banco ante el escribano y moviendo los labios imperceptiblemente. Otra vez reparé en toda una familia sumamente orgullosa y distinguida. Estaba constituida por cuatro personas que habían tomado asiento en dos pequeños bancos en el ángulo izquierdo del escribano. El padre era un viejo fuerte, un beréber majestuosamente bien formado, en cuyo rostro podían leerse todos los signos de la expe­riencia y de la sabiduría. Intenté imaginar una parcela de la vida que él no hubiese desarrollado, y no pude encontrar ninguna. Ahí estaba él, en su singular desam­paro, y junto a él su mujer, de porte igualmente suges­tivo, pues de su velado rostro sólo quedaban libres los enormes, profundos ojos oscuros, y en el banco de al lado dos hijas jóvenes, por supuesto con velo. Todos se sentaban derechos y muy dignos.

El escribano, que era mucho más pequeño, hizo valer su respetabilidad. Sus rasgos delataban una sutil delicade­za y ésta era tan perceptible como el bienestar y la belleza de la familia. Yo los miraba a corta distancia, sin escuchar un sólo sonido, sin apreciar un sólo movimiento. El escri­bano aún no había comenzado con su práctica particular. Había dejado que se le informase cumplidamente de lo que se trataba y meditaba ahora cómo poder expresar me­jor todo esto a través de la palabra escrita. El grupo actuaba tan compenetradamente como si todos los intere­sados se hubiesen conocido ya desde siempre y se sentasen desde tiempo inmemorial en el mismo lugar.

No me pregunté por qué vendrían juntos, tan unidos iban, y sólo mucho más tarde, cuando ya no me en­contraba en este lugar, comencé a pensar en ello. ¿Qué podía ser realmente lo que requería la presencia de toda una familia ante el escribano?

Elias Canetti, Las voces de Marrakesh, Pre-textos, 2002,p.91-94